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Entradas que hablan sobre «Siglo XXI»

  1. Brañaganda

    Lo escribí el Domingo 11 de diciembre de 2011

    David Monteagudo se hizo conocido (para lo que es ser conocido en este mundillo) con Fin, una novela (que no he leído) que venía envuelta en ese halo del autor de vocación tardía, el que coge la pluma pasada la treintena.

    Juan Marsé es, probablemente, el máximo representante de este grupo, y a la vista están los resultados: es posible ponerse a escribir tarde.

    Brañaganda invita a acordarse de que hay quien es capaz de contar mucho en poco y quien prefiere contar nada en mucho, con resultados espectaculares si sale bien. Monteagudo se queda aquí a medio camino entre ambas opciones: la idea es muy buena pero el desarrollo es insuficiente, y parece que justifica esta infusión narrativa por un subtexto rural, humano, intenso que no llega a domar del todo.

    Parece que cuando el aterrador lobishome se va a convertir en el centro de la narración, ora por sus brutales actos, ora por el efecto que produce en los personajes, el autor se queda con el balón pegado a los pies, la portería vacía delante y los once jugadores del equipo contrario corriendo hacia él para quitársela sin esfuerzo.

    El lector, como un hincha, le grita desde la grada, se tira de los pelos por impotencia y ve cómo se desvanece la posibilidad de gol: las procelosas relaciones familiares y vecinales de Brañaganda están bien esbozadas pero les falta textura; la tensión sobre quién es el lobishome, sobre su existencia o no, desaparece al poco de plantearse; y, en cuanto a la atmósfera general, quizás a los detalles y giros argumentales les falte un conocimiento más íntimo del medio: en ocasiones, Monteagudo tropieza con la misma piedra que aquellos que escriben novela negra basándose no en lo que saben o creen saber, sino en lo que han visto por la tele.

    Brañaganda es una novela bien escrita, con un principio y un final (algo por lo que, hoy en día, podemos darnos con un canto en los dientes), pero que no pasa de ser anecdótica y adecuada para llevar en el tren. De ahí la decepción: comparte colección con Stefan Zweig, con Pessoa… Hay ligas, señores de Acantilado. Hay ligas.

    Brañaganda

    David Monteagudo

    Barcelona, Acantilado, 2011

    282 páginas


  2. Dublinesca

    Lo escribí el Miércoles 23 de febrero de 2011

    Dublinesca

    Enrique Vila-Matas

    Seix-Barral, Barcelona: 2010

    325 pp.

    Ya me ha costado meterme a leer Dublinesca. No por nada –París no se acaba nunca es una de mis novelas favoritas–, pero es que hay dos cosas de Vila-Matas que no soporto: a ese segmento de sus lectores que abren sus libros como si fueran álbumes de fotos, buscando al siguiente referente que el magno Dios ha señalado con su dedo (alguno seguirá intentando leer Ulysses a estas alturas); y lo que escribe cuando se encuentra plenamente bien, o lo aparenta.

    El Vila-Matas que más me gusta es el patético, el que está tan inmerso en esa parcelita literaria que resulta cómico, grotesco, muy gracioso. Ese es el que aflora en la primera mitad de Dublinesca y el que me seduce por la convicción de su prosa. Aquel dispuesto a enseñar sus miserias y obsesiones con tan poco pudor que se acaba por dudar de si lo está haciendo propósito (el reto, irónico, de la segunda mitad del libro).

    Y no digo que sea patético en el sentido anglosajón, como algo negativo, sino decantándome por la acepción más nuestra: que es débil, frágil, «malo» pero tierno. Autores como Vila-Matas solo me resultan gratos cuando se deja la piel en la novela. Da igual que siempre hable de lo mismo, como Auster; importa menos aún que se ensimisme y se enfangue en determinados pasajes. La gracia es asistir no solo a lo que contiene la propia novela sino también, y sobre todo, a lo que vive tras ella. Ahí, en esa trastienda, es donde está el autor genial.

    Todo lo demás es accesorio. Los libros que cita, la metaliteratura que exuda y demás devaneos son totalmente accesorios. Lo mejor es que ni lo sabe ni parece capaz de calcularlo; lo malo, es que sus novelas son una lotería: o son el gran acierto, o son el gran error. Eso sí, Dublinesca es todo acierto.


  3. Freedom

    Lo escribí el Miércoles 16 de febrero de 2011

    Freedom

    Jonathan Franzen

    4th Estate: Londres (2010)

    562 pp.

    Cuesta saber por dónde empezar con Franzen. ¿Qué decir de él, si su literatura parece de lo más cotidiano, si se diría que no ha ocurrido nada, o poco, que realmente haya cambiado el mundo? Y es que ese es el truco: recurre a una historia tan normal –en un principio– que podría estar sucediendo a la vuelta de la esquina sin que nos estemos enterando. Luego los acontecimientos se van amontonando, van entrando en escena todo tipo de juegos, de giros, de filigranas aparentemente gratuitos. Y va colándonos la auténtica carga de la novela y, al pasar la última página (doblando el lomo, ya: no es que sea un folleto) buscamos un poco más de Franzen. Pero no, se ha terminado: ¿te lo has perdido? Eso pasa por parpadear.

    Tampoco es que sea difícil seguirle los pasos al relato. Está construido sobre un puñado de estadounidenses de hoy exagerados hasta sus respectivos estereotipos (estereotipos adecuados, digo), limitando el grupo a un número asequible de miembros. Asimismo la estructura, que alterna segmentos de aquí y de allí, lineal pero no llana, permite ir visitando cada una de las escenas con enorme agilidad. De no ser así, no habría por dónde agarrar Freedom.

    Y digo «de no ser así» con toda la intención, porque no creo haber encontrado el punto fuerte, la clave de la genialidad de Franzen. Existe, sí, uno se da cuenta a medida de que lee de que algo está ocurriendo; se identifica con este o con aquel, o con el que pasa por allí al fondo: todo es real y fascinante como un día normal. Puede que esa sea la sensación. Pero es imposible aislarla de todo lo que la rodea.

    No es tanto un ensayo o una crónica como una buena novela, una que da cuenta de su tiempo y de su pulso. No pesan tanto los hechos o la minuciosidad con la que se describen las interacciones entre los personajes (verosímiles, como digo) como el ambiente general, sus argumentaciones, lo que representan.

    Podría haber llegado a ser la novela que te cambia la vida de no haber sido por el plano emocional. La misma técnica utilizada para la construcción de los Berglund y alrededores en lo moral y lo ideológico llega hasta sus sentimientos y la manera en que encaran el paso del tiempo. Esto queda perfectamente reflejado y medido, cosa nada fácil de encontrar bien hecha, pero le falta, para ser redondo, un punto de sutileza. Perderle el miedo a dejar cosas sin decir que intuya el propio lector; incluso, por qué no, ocultárselas deliberadamente. No solo hacernos pensar, sino hacernos preguntas con algo de descaro.

    Pero ni siquiera estoy seguro de que sea un inconveniente. Ni siquiera estoy seguro de vaya a olvidarme de este libro. Ni siquiera estoy seguro de suficientes cosas tras terminar de leerlo como para no recomendarlo mucho, mucho.


  4. Sobre el Goncourt

    Lo escribí el Sábado 20 de noviembre de 2010

    Sólo podía ser él. El único hombre que se las apaña para salir en la portada de todas sus novelas fumando, tenía que ganar el premio Goncourt. Pero ¿qué ha hecho Michel Houellebecq por las letras? Varias cosas. Lo que aún nos preguntamos es si son buenas.

    Me acerqué a él por primera vez con Les particules élémentaires, un libro desasosegante, raro, y bastante explícito, no nos engañemos, cuya portada le tenía –claro– a él como protagonista, con una bolsa de plástico y blandiendo un cigarrillo. No sé, en una primera lectura podría llegar a parecer que nos encontrábamos ante una especie de Medem (uf) o de Bigas Luna (uf, uf) literario (uf, uf, uf) francés (recontra uf).

    Pero con el tiempo, abandonando un interés casi marrano por la reproducción; dejando de lado su amistad con Fernando Arrabal y la consiguiente tendencia hacia el mileniarismo chusco; obviando que se trate de uno de esos autores que despiertan frases en Wikipedia del tipo «el ‘fenómeno Houellebecq’, que provocó numerosos y apasionados debates»; e incluso olvidando el barniz científico que da un presunto giro inusitado a todas sus tramas, empecé a sentir, como tantos otros, que efectivamente se trata de uno de los mejores escritores que ha dado la madre Francia.

    Le perdí levemente la pista cuando empezó a ser más importante su faceta de carnaza mediática que de escritor (algo) preocupado por lo que producía; cuando empezó a ser, en fin, objeto de sesudos seminarios de estudio (!). Cuando lo que había entre sus fotos fumando y la contra de sus libros, dejó de importar.

    Ahora, que ha salido su nuevo libro, lo único de lo que se ha hablado ha sido de supuestos plagios de Wikipedia, para ese barniz científico que tan poco me interesó en su día. Eso sí, ahora, Houellebecq tiene un Goncourt. Y un lector menos, creo.


  5. Tortilla de filtraciones

    Lo escribí el Martes 2 de noviembre de 2010

    Aquel viernes por la noche, como tantos otros españoles, me disponía a salir de casa cuando miré el ordenador por última vez, y resulta que se había hecho Historia mientras que apuraba una tortilla francesa. Al-Jazeera había anunciado, a eso de las 10 y media, que iba a filtrar algo del material de Wikileaks, esos esperados y temidos 400.000 documentos. A las 11, la cuenta de Twitter de la organización anunció que el embargo quedaba levantado.

    Lo que ocurrió en las horas siguientes marcará un antes y después: páginas y páginas y páginas y páginas de información se materializaron, de golpe, en completísimos especiales de The New York Times, Der Spiegel, Le Monde y la propia Al-Jazeera, los medios a los que Wikileaks había dado casi un mes de ventaja para trabajar con el material.

    En estos especiales pudieron apreciarse las culturas y enfoques de cada uno (el Times, cauteloso, sintetizaba la información de la manera más aséptica posible; Le Monde anunciaba siete páginas de décryptage de sus sesudos colaboradores; The Guardian arremetía contra la crueldad de los soldados reflejada sobre el campo de batalla…). Pero todos ellos, trabajando independientemente, lanzaron al mundo un contenido único: la visualización de datos.

    Esta rama de la información, aún en pañales en España, es la que permitió al rotativo británico a condensar una hoja de cálculo de 400.000 entradas en un mapa interactivo de Google, sobre el que se puede consultar cada emplazamiento en el que había tenido lugar un conflicto, y quién había resultado muerto o herido allí. También pudimos sobrecogernos con una reconstrucción de un día de guerra en el Times, o incluso entender, en un vídeo de apenas siete minutos, en qué consistía la orden FARGO 242, que permitía a los militares abrir fuego en caso de considerarlo oportuno.

    Este terremoto ocurrió en apenas un par de horas, como digo; pero lo que es más increíble es que pocos días después, con la opinión formada y los datos más escrutados, también podemos empezar a atisbar una vuelta a la tortilla que dará aún más que hablar: la revista Wired, en su edición digital, ya dejaba caer hace dos sábados que los documentos podrían demostrar que sí había armas de destrucción masiva, o químicas, y que los soldados estadounidenses estuvieron, efectivamente, buscándolas en Irak.

    También se ha sometido a escrutinio público la figura de Julian Assange, responsable de la organización… y todo este caudal de noticias alternado con un Pérez-Reverte enfervorecido y ácidos comentarios sobre la serie de Felipe y Letizia en Telecinco, en tiempo real.

    En la portada de la página web de Wikileaks puede verse un vídeo de Daniel Ellsberg, el periodista que destapó un escándalo de magnitudes similares con la guerra de Vietnam, celebrando la amplitud, alcance, impacto y eficacia de lo que ha ocurrido. En su época fue perseguido y se levantó un gran revuelo no solo por el contenido de la documentación, sino por el debate que nació en torno a los límites de la libertad de expresión; todo eso acaba de resucitar. Y todo, además, en lo que tarda en cuajarse una tortilla francesa.