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Entradas que hablan sobre «Siglo XX»

  1. Nostalgia del absoluto

    Lo escribí el Jueves 13 de agosto de 2009

    Nostalgia del absolutoNostalgia del absoluto

    George Steiner

    Barcelona, Siruela

    2002 (original de 1974)

    Steiner, enorme pensador y ensayista, presenta en este libro cinco conferencias que dio en la radio canadiense en 1974, en torno a la sustitución de la religión cristiana por nuevos modelos que, en el fondo (aquí viene la carnaza) están basados en aquél: el marxismo, el psicoanálisis, la antropología entendida por Lévi-Strauss, la pseudo-ciencia y los cultos más bien oscuros (ovnis, etc.).

    El trabajo de pensar y de investigar en este sentido, el de reflexionar sobre cuestiones sobre las que no se tienen necesariamente suficientes datos es altamente arriesgado, puesto que es muy fácil enfangarse en materias ajenas o, al menos, no demasiado conocidas. Pero Steiner no se limita a disculparse constantemente por esto, sino que sortea el escollo de lo especializado buscando, más bien, en los elementos de juicio con los que cuenta material lo suficientemente válido como para aportar reflexiones de interés.

    Surge aquí un nuevo riesgo, que es el de, por pisar con pies de plomo, pecar de conservador y recalar en el extremo opuesto: el de las opiniones superfluas y escasamente documentadas. Tampoco: Steiner encuentra una línea recta y la sigue con gran firmeza, que sólo se quiebra en las conclusiones, quizás demasiado abstractas para el rigor que venía mostrando en las charlas.

    Si a esto le sumamos una traducción impecable (por impercetible) y la oralidad inherente a una conferencia radiofónica, resulta un libro que se puede consumir en una tarde (con cierta predisposición intelectual, eso sí) y, sin duda, enriquecedor.


  2. Dora Bruder

    Lo escribí el Sábado 1 de agosto de 2009

    Dora BruderDora Bruder

    Patrick Modiano

    París, Folio

    1997

    Este es uno de esos libros que probablemente no elegiría en una librería, pero que, en una noche de desesperación por leer algo rápido y breve, encontré en una estantería rodando por casa.

    Ya he reseñado dos libros de Modiano últimamente, y en este, el tercero, esperaba encontrar si no más de lo mismo algo que se moviera en el mismo ámbito que los demás: una historia en primera persona, chico conoce a chica, con un halo obsesivo y terapéuticamente autobiográfico… Bien, esto está presente en Dora Bruder, pero deformado y, desde luego, abordado desde un ángulo absolutamente inesperado.

    Se trata de la búsqueda, a través del tiempo y de un París que al autor le cae algo lejos, de una niña judía en mitad de la vorágine de la Ocupación nazi. Es el propio Modiano, sin tapujos, quien nos habla de los descubrimientos que va haciendo, de manera bastante frenética, 50 años después de que Dora Bruder pasara por las mismas calles que él recorre ahora.

    El relato es casi periodístico, hay que dejarse invadir más por la curiosidad histórica que por el tino literario (en el tramo final se repiten sintagmas sin parar); y puede que Modiano se haya dejado llevar aquí por ese lado más terapéutico de su escritura, con tramas sobre su padre que difícilmente caben en el relato, por ejemplo. Pero ese riesgo, ese abalanzarse sobre sus propios demonios y sus obsesiones, es al mismo tiempo uno de los hilos que nos mantienen pegados al libro durante sus 144 páginas. (¿Por qué TODOS los libros de Modiano son igual de extensos?)

    En algunos momentos tenemos la sensación de que la pasión nubla el buen criterio del autor, que anula su capacidad de comedirse, pero esto, llevado hasta el extremo, enfangado hasta la barbilla, acaba por sumirnos más en lo que se nos está contando: anula, igualmente, el sentido de “lo políticamente correcto”, de ensañarse en glosarnos lo malos que eran los nazis (que algo de eso hay, claro) para limitarse a lanzarnos datos, desapasionados y apasionantes.

    Uno de esos libros, en definitiva, que sólo un autor con el potencial para sumergirse en sí mismo (un francés, vaya, pero un francés con criterio) podría haber producido. Muy interesante.


  3. El milagro de la (in)comunicación

    Lo escribí el Jueves 30 de julio de 2009

    Anteanoche pude dejarme sorprender a una hora indecente por una película de 1971, The day of the Jackal. En España se  llamó Chacal, a secas, pero no guarda más parentesco con la película de Bruce Willis que el hecho de que ésta es un mal remake de aquélla.

    Se trata de una historia basada en la novela del mismo título de Frederick Forsyth. La trama es simple y clara: la OAS, esa organización terrorista francesa de los años 60, quiere cargarse a De Gaulle y, para ello, contrata a un asesino profesional e implacable. La gracia está en que, una vez preparado el golpe, el asesino comienza su periplo desde Italia hacia París en coche mientras que un agente trata de pararle los pies: el gato y el ratón, de nuevo, aliñado con el lujo entendido en los años 60.

    La gracia está en que la historia transcurre en 1963, de ahí el título de esta entrada: 20 años después, con móviles a medio cocinar y la capacidad de enviar fotografías en poco tiempo, no habría argumento, y el autor se vería en serios apuros para mantener alejado a su protagonista de las fuerzas del orden —eso por no hablar del encanto de verlos hablar por macroteléfonos desde un coche—. La fuerza del guión reside, en gran medida, en la tensión que se genera en el tiempo transcurrido entre el descubrimiento de pruebas cruciales y el peregrinaje que realizan hasta su punto de destino, para llegar, en la mayoría de los casos, demasiado tarde y dejando al Chacal avanzar un poco más hacia su presa. Este escollo se hace aún más claro en el mencionado remake, que sorteaba estos problemas con más bien poco tino, aprovechando los momentos en los que el cerco se cerraba para montar uno o dos asesinatos, tres explosiones y fuera.

    Y no es ninguna tontería: ¿cuántas trabas ha encontrado Hollywood en los últimos tiempos para redondear esta clase de argumentos? Los fugitivos ya no pueden echar a correr con un grillete y una cadena por Louisiana, robar un coche y escaparse sin más; el mundo ya no funciona así: ahora los guionistas se ven en la obligación de introducir al típico enrollao experto en telecomunicaciones que lleva gafas amarillas y pelopincho para que aquello quede medianamente verosímil; hay que servir al espectador una buena dosis de tecnicismos para que no chirríe.

    Ahora los personajes tienen el Internet ese de las narices, tienen un teléfono a mano constantemente (lo de que no haya cobertura ya no cuela) y, así, sin comerlo ni beberlo, asistimos a un nuevo quebradero de cabeza provocado por las condiciones tecnológicas. ¿Será por eso que tenemos inflación de westerns y películas de época?


  4. La máquina de follar

    Lo escribí el Domingo 26 de julio de 2009

    La máquina de follarLa máquina de follar

    Charles Bukowski

    Barcelona, Anagrama

    2002

    Si puedo evitarlo, nunca jamás leo traducciones: la mente se dispersa, la atención se desvía involuntariamente hacia cuestiones que no tienen nada que ver con lo que se está leyendo. Es el caso de La máquina de follar, que, encima, está traducido por cuatro manos.

    La frescura e inmediatez originales, hijas sin duda de las cualidades como poeta de Bukowski, desaparecen en nuestra lengua, pero sí subsiste la atmósfera que crea en cada relato y el trasfondo entre humano y surreal que con tanta maestría trabaja.

    Hermoso es, pues, el collejón que se merecen los señores de Anagrama: qué fácil es encargar un dibujín de una zagala con dos lustrosos encantos y venga, ponle de título el del último relato, que suena apetecible. Justamente lo más lustroso del libro (y del autor), que es esa atmósfera, parecen haber sido olvidadas en la edición para, en su lugar, tirarse a lo fácil.

    Esta es la editorial responsable de acercarnos algunos de los más reseñables libros que se han escrito en lengua inglesa, pero en ocasiones, como esta, tropiezan con el espíritu ramplón de quedarse en lo guarro, en lo maldito, en lo simple, y el resultado —por mucho que la selección fuera aprobada por el autor— es una colección deslavazada y descafeinada.

    Es evidente que un libro de relatos no puede funcionar como un bloque, y que buscar una coherencia entre cada texto más allá de un estilo no sirve de nada; pero en La máquina de follar no, parece que los cuentos se alternan de manera desorganizada, que se cruzan chapuceramente convirtiendo el libro en una especie de colección de consulta. Para que figure en el armario, vamos.

    De la obra en sí misma poco hay que decir, lo de siempre: ya es sabido cómo se las gasta Bukowski y en qué terreno se mueve, pero vuelvo a descubrirme ante él, vuelvo a tener ganas de comprar otro libro y de abrirlo con avidez cuando encuentro, línea tras línea, que no deja de sorprender, que sólo escribe desde la creatividad. Se permite fijar unas coordenadas, elegir unos carriles por los que va a transcurrir lo que sea que nos quiere contar cuando un para de páginas más allá se lo carga todo, empieza de cero y se reinventa. Y así, hasta el infinito.


  5. The Informers

    Lo escribí el Viernes 24 de julio de 2009

    The Informers The Informers

    Bret Easton Ellis

    Londres, Picador

    1994 [Esta portada no se corresponde con la de la edición]

    Estamos en racha: me sorprendía en Pulp por el cambio de registro de Bukowski, de sus naturales relatos cortos a la novela; y ahora me sorprendo con el salto inverso, de Bret Easton Ellis, desde la novela al relato. Y para completar el efecto rebote, resulta que la cita que abre este libro está extraída del excelso Ask the dust, que también reseñaba por aquí hace poco.

    En el fondo se trata de un volumen bastante cohesionado, y no de una recopilación de historias inconexas: siempre se busca una excusa, a la hora de publicar esta clase de colecciones, que explique por qué se ha decidido servir esa selección. Lo fácil es escudarse en la ciudad de Los Ángeles, o en la década de los 80, o en cualquier otro motivo que aquí, sencillamente, no vale. Porque los relatos de The Informers están cimentados sobre ese juego que a Ellis tanto le encanta de hacerlos dialogar entre sí, de guiñar el ojo al lector presentándole, por ejemplo, un restaurante al que acuden varios personajes, de distintas historias.

    Todo ello sin dejar de lado su habitual tendencia a ir abandonando la realidad para sobrepasar todos los límites: no quiero reventar nada, pero en la décima historia más de uno acudirá al diccionario preguntándose si realmente está entendiendo lo que lee o si su capacidad de comprensión está sufriendo un colapso.

    Manteniendo, pues, dos de los ingredientes más reconocibles del estilo de Bret Ellis, y sumándoles un sentido del humor a la vez oscuro y fresco, sólo queda añadir la variedad de estructuras, literarias y textuales, para topar con un imprescindible de los de verdad, probablemente de lo mejorcito de la producción de este escritor y, además, una delicia para el verano.