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Entradas que hablan sobre «Siglo XX»

  1. ¡Quinqui!

    Lo escribí el Sábado 13 de febrero de 2010

    Cualquier estudiante sabe que, cuanto más se acercan los exámenes, mayor es el surtido de películas, series y materiales culturales de diverso pelaje que se cruzan en su camino: un amigo pasó diez años intentando sacar Derecho sin éxito, por culpa de Falcon Crest.

    Pero yo voy con todo, nada de sutilezas: leo una noticia sobre la política de comunicación de la Casa Blanca y veo La cortina de humo, peliculón; ya que estamos de thriller político, revisemos Todos los hombres del presidente (cómo nos gusta Robert Redford); y puestos a degustar el inconfundible sabor de las películas setenteras, rebusquemos, rebusquemos… ¡Nada al otro lado del charco! Bueno, pues volvamos a España (siempre con los apuntes al alcance de la mano para no sentirnos mal). ¡Premio! En dos días no puedo resistirme a la trilogía de Perros callejeros, con El Torete en plena forma; a las de El Lute; a la de El Vaquilla y -gracias, España- El Pico partes 1 y 2.

    Por ir, iremos a septiembre en procesión, pero hay que ver lo que se puede llegar a aprender en un par de semanas: in ir más lejos, a robar coches y la historia reciente de España, condensada en un puñado de cintas a medio camino entre lo cómico, lo dramático y lo grotescamente pos franquista: cine quinqui vs. apuntes. ¿Queda alguna duda? Suerte, estudiantes.


  2. Glamorama

    Lo escribí el Sábado 6 de febrero de 2010

    portada-glamoramaGlamorama

    Bret Easton Ellis

    New York: Knopf-RandomHouse, 2000 (ed. de 1998)

    Sin contar la inminente continuación de Less than Zero, Imperial Bedrooms, que se publicará este año, sólo me queda una novela de Bret Easton Ellis por leer. Si digo esto es porque, a pesar de encontrarme ante el cuarto libro de este señor, sigo sorprendiéndome por sus múltiples salidas.

    En este caso, los fans encontrarán una buena ración del Ellis de siempre: elementos irreales entremezclados con una ficción muy ceñida a lo autobiográfico, de manera que, una vez más, va despegando desde la insulsa crónica costumbrista y social hacia lo completamente inverosímil, sin perder el ritmo en ningún momento.

    Llama especialmente la atención, en Glamorama, la admirable estructura narrativa, una de las más sólidas que he encontrado: es una novela muy densa, muy larga (roza las 550 páginas) pero perfectamente articulada, mucho más que American Psycho. Con el libro entre las manos, notamos que nos queda más de la mitad cuando el relato empieza a desinflarse, para de repente asirse con fuerza a un punto de inflexión magistral en la mitad y volver a arrancar de golpe, manteniendo el ritmo narrativo pero lanzándose en una historia que bien podría pertenecer a otro libro.

    Es justamente esta variedad la que aleja la novela de un tono profundo para dotarla de una experiencia como de novela de intriga, sin tener la certeza de si se resolverá el misterio o si, por el contrario, nos quedaremos colgados con uno de esos finales abiertos marca de la casa. De esta forma, el lector se mantiene pegado y capta la coherencia de la obra en toda su extensión, cosa que no es fácil de lograr; y disfrutamos, así, de todo un entramado de referencias y estilos narrativos de lo más variopinto: las encubiertas citas de canciones, el aroma de la novela de acción y característicamente francesa de los 90, el desasosiego de la literatura estadounidense contemporánea y, por qué no, una buena pátina de humor negro del bueno.

    El mayor logro es, pues, poder afirmar que un libro de esta magnitud (en todos los sentidos) puede disfrutarse en un santiamén y sin un esfuerzo interpretativo desmesurado. La frivolidad y ligereza que guían esta lectura han sido víctima de críticas pero constituyen, sin embargo, una de sus grandes virtudes por su osadía. Definitivamente, enorme Ellis.


  3. El texto tras el autor

    Lo escribí el Sábado 30 de enero de 2010

    Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).

    La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.

    Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.

    Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).

    Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.

    Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.

    Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.


  4. Episodio 4: John Fante + Describiendo comida

    Lo escribí el Domingo 17 de enero de 2010

    Un episodio sobre el excelente John Fante y sobre cómo describir comida por culpa de Robertson Davies. Poco a poco, vamos sonando mejor…

    [podcast]http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/wp-content/uploads/Episodio4.mp3[/podcast]


  5. De vez en cuando

    Lo escribí el Viernes 15 de enero de 2010

    De vez en cuando, se cruzan discos, libros o películas que llevábamos años sin escuchar, o que incluso dormían semi inexplorados en algún lugar: eso, exactament,e acaba de ocurrirme con un estilo que se quedó en las profundidades de los bares hace tiempo.

    La historia es la siguiente: últimamente ando buscando nuevos grupos, algo que escuchar que actualice el iPod y me permita apartar temporalmente los discos que más escucho o, al menos, ampliar la nómina de imprescindibles en ese pequeño compañero musical.

    En un barrido por lo último de lo último, le di un buen puñado de oportunidades a Kasabian:

    Vale, sí, está muy bien, pero psché. Sólo me salía eso, psché: un single molón, una melodía pegadiza y un desarrollo infinito sobre todo tipo de recursos enchufables, sintéticos, desenchufables y, en general, artificiales. A la quinta escucha, preferí volver a algo que sonara a música, a fuerza, algo que, al menos, me sugiriera la potencia del músico tras las notas, y no el simple tacto de unas teclas, de un control, de un botón.

    De pronto, aterrizó por un flanco inesperado (como siempre ocurre con los revivals) el mítico punk-rock californiano que pegó el patadón en los 90, pero que ya llevaba suficiente tiempo de cocción. Grupos buenos, malos, regulares… Al final, opté por profundizar levemente en Bad Religion, grupo cuya fama máxima me pilló demasiado, ejem, joven, y cuyos discos me habían pasado al lado sin llegar a tocarme. Hasta ahora.

    Puede que sea pretencioso afirmarlo, pero creo que ambas canciones, incluso que ambos grupos, tienen mucho en común: nada en lo musical (aunque bien escuchado…), nada en las letras, nada en la actitud, nada, pero no puedo evitar tener la sensación, escuchando una canción tras otra, de que esta especie de moderneo de nuestro siglo no es más que la versión descafeinada, plastificada y envasada de lo que en su día fue el punk-rock: ambas se pretenden músicas directas e impactantes, ambas venden personalidad y fuerza frente a fragilidades sentimentalonas, ambas quieren entretener, ambas quieren resultar expresivas… La diferencia, amigos, es que Bad Religion huele a mala leche; tras ese bajo hay un tipo haciendo fuerza con la púa bien agarrada; tras la batería hay urgencia; tras las guitarras, saltos: hay mucho de impostura, pero aunque el aroma sea intencionado, es.

    Hoy lo vemos con una sonrisa en la cara y nos damos cuenta de lo caricaturesco de los nerds de la generación de tus hermanos mayores, llenos de granos, metiénose en pogos, pero tras toda esa “actitud” quedan musicazos, una gran banda y no puedo sino sospechar que, tras Kasabian (igual que ha ocurrido con el 95% de grupos nacidos de los 2000) sólo quedarán camisas planchadas y melenas impecables.