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El texto tras el autor

Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).

La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.

Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.

Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).

Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.

Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.

Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.

Episodio 1: JD Salinger y un trocito de un relato

Espero que os guste…

 

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Cuando John encontró a Salinger

logoculturasJohn David California es el pseudónimo de un norteamericano de origen sueco (¿o viceversa?) que ha decidido debutar en esto de las letras con una secuela no autorizada de El guardián entre el centeno: «Me encantaría que Salinger me dijera qué le ha parecido».

Y para algo lleva el aludido 40 años repartiendo denuncias hasta en Irán: no ha tardado en complacer al «nuevo talento» con una demanda por plagio. En la mejor tradición salingeriana, aquí no se salva ni el apuntador: además del misterioso California, se sentarán en el banquillo la editorial sueca Nicotext; su subsidiaria inglesa, Windupbird Publishing; y la distribuidora norteamericana.

Curiosamente, sólo la agencia AP ha logrado contactar (telefónicamente) con el autor novel, que luego ha vuelto a desvanecerse en algún lugar cerca de Gotemburgo.

Tirando algo más del hilo, resulta que el catálogo de Nicotext se nutre de títulos tan sugerentes como Stupedia: Los datos más inútiles de Wikipedia y Parklife: 100 cosas que hacer en un parque, dudosos precedentes para la secuela de una pieza clave de la literatura contemporánea. Y no llama menos la atención que la filial inglesa, Windupbird Publishing, comparta oportunamente su dirección con una empresa londinense que ofrece un apartado de correos y un servicio de centralita telefónica a sus clientes.  O que sólo haya publicado este libro. O que si a su nombre, literalmente «pájaro de cuerda de juguete», le quitamos el «pájaro», la expresión signifique bien «terminar», bien «tomar el pelo»: elija su acepción. De momento, Salinger y compañía se han decantado por la primera. De momento.

El guardián entre el centeno… 2

Hace cosa de un mes reseñé en mi blog la fantástica lectura que supuso El guardián entre el centeno, con sus claroscuros y esa cadencia tan particular que le confería el haber sido concebida como una suerte de serial para la prensa, y cómo se transformó en una obra escandalosmente polémica a raíz de su contenido y su continente.

Tras escribir aquella reseña pasé algunos días obcecado con lo que rodeó al libro: revisando la famosa traducción muy por encima, buscando algo de información sobre el disparatado número de leyendas urbanas y rumores que rodean al libro y, finalmente, tratando de averiguar qué fue de J.D. Salinger.

Según cuentan por ahí, el bueno de Salinger huyó del mundo años después de la publicación de esta obra, y nunca permitió que se llevara al cine o al teatro por diversos motivos, entre los cuales se comenta que se encontraba su obsesión por interpretar a Holden Caulfield. No quiero ahondar mucho más en este tema porque no poseo suficientes datos —ya habrá tiempo, ya—, pero basta aportar estos trazos para darse cuenta de que, en el caso de este libro, tanto importa la obra en sí como todo lo que la rodea.

Pues bien, dejé mi ejemplar encima de la estantería de los libros leídos y me puse a otra cosa, cuando, oh sorpresa, Holden Caulfield volvió a cruzarse en mi camino el otro día, inesperadamente, dentro de una noticia publicada por el diario británico The Guardian.

Resulta que un pollo de origen sueco llamado John David California ha decidido en su primera novela retomar la historia de Caulfield 60 años después. No se avanza demasiado del argumento, lo suficiente como para levantar polémicas y atraer lectores: que en esta ocasión Caulfield se escapa del asilo en el que languidece y que J.D. Salinger aparece como personaje. Ah, y que el libro va dedicado al propio Salinger (“Al más increíble mentiroso que jamás se haya visto”).

Luego California explica que lo hace porque siempre quiso saber cómo seguía la historia, y por rendir homenaje a estos dos iconos (Caulfield y Salinger) de la literatura norteamericana. Es cierto que si por Salinger fuera el universo engendrado por la producción y reproducción de su obra habría quedado congelado en el año 1950, y no se habría investigado nada sobre su libro y su vida. Pero de ahí a escribir la segunda parte de su obra maestra hay un trecho, y si encima Caulfield se escapa de un geriátrico, no me queda sino suponer que no terminará la novela rodeado por su familia, sino envasado en un cálido cajón de pino (aunque esta es una conjetura absolutamente gratuita).

La premisa no es en absoluto mala, y probablemente si fuera Salinger el autor del libro a nadie le cabría duda alguna de que el resultado bien sería interesante, bien sería un intento desesperado por sacar dinero; pero ese morbo por saber qué habrá sido del autor ermitaño en este tiempo y si habrá escrito por convicción o por deudas queda solapado, ahora, por la curiosidad que despierta el grado de dureza del rostro de John David California: ¿escribe por convicción o por forrarse descaradamente?

Uno, sin haber leído el libro y volviendo a conjeturar osadamente, presupone más bien que tiene un morro de proporciones épicas: si el leit motiv de su primera novela es el homenaje al personaje y al autor ¿por qué razón no puede crear una historia paralela, como se ha hecho toda la vida, o escribir un ensayo? ¿Por qué no puede conjeturar definiéndose como narrador y voz cantante y no como impostor a cara descubierta?

Se podría llenar una biblioteca con los experimentos de este tipo que se han ido haciendo con Sherlock Holmes, y aunque algunos son auténticas aberraciones de la literatura, otros resultan perfectamente elegantes y aportan lo que deben aportar en calidad de tributos: un complemento periférico a los textos originales que permita al lector ampliar ese mundo de ficción.

Ahora bien, la estrategia del homenaje se transforma aquí en excusa, cuando lo que hace California es tomar la estructura argumental y el personaje protagonista (o eso afirma) y darle una nueva vuelta de tuerca. Y más sospechoso es que esos ingredientes precocinados han ido empapando muchas historias desde que Salinger concibiera El guardián entre el centeno, y no es necesariamente obligatorio remontarse a los orígenes, con nombres y apellidos, para continuar la historia: no creo que si a alguien le da por escribir una historia de amor prohibido tenga que llamar a sus protagonistas Romeo y Julieta.

Espero con ansiedad la oportunidad de leerlo, y de saber si el señor California cuenta con su propio guardián que le sujete cuando se dirija, ciego, hacia el precipicio, o si por el contrario la legión de seguidores de Salinger nos uniremos en un movimiento coordinado para empujarle con convicción.

En cualquier caso, hace falta valor.

The Catcher in the Rye


The Catcher in the Rye

J.D. Salinger

Londres, Penguin Books

1951 (texto original publicado en 1945-1946)

Esta es una de esas lecturas de las que uno oye hablar hasta el aburrimiento en todas partes, pero en torno a las cuales pesa la más opaca ignorancia: todo el mundo opina, comenta, cita, dice, pero, quizás por casualidad o por pura suerte, nunca había oído de qué trataba o en qué momento había sido escrita.

En realidad, el concepto es de lo más simple: una suerte de diario en el que un adolescente, Holden Caulfield, va contando lo que le sucede en el fin de semana que transcurre desde que decide adelantar sus vacaciones de Navidad en el centro en el que estudia, y del que le acaban de expulsar, hasta el último episodio, el 26, que en tan sólo una página pone fin a sus andanzas.

Y tampoco es que la estructura sea lo más trabajado: Salinger la concibió como un serial y se ciñe absolutamente al orden cronológico, sirviéndose de las digresiones de Caulfield para tocar otros temas y escenarios y retratárnoslo, volviendo al cauce de la narración con una de las variadas muletillas del personaje: “Anyway”. Constantemente “Anyway”.

Aquí se encuentra la primera pirueta del autor: no sólo meterse en la piel de un adolescente, sino hacerlo con tanta convicción y vividez que a uno le cuesta creer que el texto date de 1945. Parece una especie de Bret Easton Ellis primigenio, que no se corta un pelo a la hora de decir lo que se le pasa por la cabeza, sin contemplaciones y sin complejo alguno, impregnando toda la historia con esos aires de niñato insoportable que, en el fondo, cautiva.

Porque se trata de una primera persona con todas las consecuencias: la historia no tiene un principio y un final claros, ni desde el punto de vista emocional ni desde el literario, sino que nos asomamos a una ventana que se abre por un espacio de tiempo determinado, como si estuviéramos comprándole a Caulfield una de esas copas que en ningún bar le quieren servir y charlando con él en la barra de un piojoso local del Nueva York chusco. Salinger logra incluso superar la tentación de convertir la obra en un rito iniciático de paso a la vida adulta en sí mismo, renuncia a sobreponer el fondo de la trama sobre los hechos en sí mismos, que son los que enganchan verdaderamente al lector quien, al pasar la última página, se descubre como voyeur accidental.

Una vez terminada la lectura, ya vienen las reflexiones profundas sobre el ser humano y la vida adulta y todas esas cosas, pero mientras tanto, estamos demasiado ocupados atendiendo a los saltos y altibajos tanto de la manera en que narra el protagonista como de su ánimo y su actitud, estamos absortos observando progresar el libro, fraguarse en directo.

Da la sensación de que este efecto, que tanta vida le da al texto, no es tanto una virguería técnica del autor como una cierta dejadez a la hora de darle coherencia a la obra, como si él también se hubiera quedado embobado viendo desfilar los acontecimientos. Parece que alguien ha bajado la guardia y nos está mostrando su interior, pero por momentos no sabemos quién es: quizás Caulfield, quizás Salinger o quizás toda una generación de norteamericanos. Ni idea.

Eso es lo más grandioso de los libros humildes, de estas obras que esconden honduras y entresijos pero que no se pierden en divagaciones pseudofilosóficas: lo único que contiene son hechos, acontecimientos, pensamientos de lo más burdo y banal (la chica esa… no os voy a engañar, la chica esa está buena), y somos nosotros, los lectores, los que tenemos la libertad absoluta de rebuscar lo que nos plazca. Baste el pasaje que da título al libro, un mortal hacia atrás literario engarzado con una elegancia de las de quitarse el sombrero.

Como último apunte, quiero mencionar el curioso efecto que esta obra ha tenido en los lectores españoles. Mientras que lo leía, iba preguntando a la gente a la que conozco qué les había parecido, y la mitad afirmaba haberlo adorado y la otra mitad lo aborrecía. Caramba, tampoco es que sea un libro como Rayuela, de esos que o te enganchan o te dan ganas de abandonarlo al tercer párrafo. Ni siquiera es denso.

Pues bien, el secreto reside en la traducción, firmada por Carmen Criado allá por 1978 y revisada por ella misma (aunque no he consultado esta versión) hace aproximadamente un año. Y es que es uno de los textos más complicados de traducir que he leído jamás, dada la enormísima cantidad de frases hechas que el protagonista emplea a modo de muletillas, que no cuentan con equivalentes demasiado claros en español y que, en consecuencia, complican hasta extremos insospechados la tarea de verter el texto en nuestra lengua. El resultado es ciertamente poco afortunado y, de esta forma, una obra clave del siglo XX se mueve, en España, entre el desconocimiento y la indiferencia.

Curioso pero cierto, como todo en El guardián entre el centeno: poned “conspiración guardián entre el centeno” en Google y maravillaos con lo ociosa que está la gente.