Esta es una de esas lecturas de las que uno oye hablar hasta el aburrimiento en todas partes, pero en torno a las cuales pesa la más opaca ignorancia: todo el mundo opina, comenta, cita, dice, pero, quizás por casualidad o por pura suerte, nunca había oído de qué trataba o en qué momento había sido escrita.
En realidad, el concepto es de lo más simple: una suerte de diario en el que un adolescente, Holden Caulfield, va contando lo que le sucede en el fin de semana que transcurre desde que decide adelantar sus vacaciones de Navidad en el centro en el que estudia, y del que le acaban de expulsar, hasta el último episodio, el 26, que en tan sólo una página pone fin a sus andanzas.
Y tampoco es que la estructura sea lo más trabajado: Salinger la concibió como un serial y se ciñe absolutamente al orden cronológico, sirviéndose de las digresiones de Caulfield para tocar otros temas y escenarios y retratárnoslo, volviendo al cauce de la narración con una de las variadas muletillas del personaje: “Anyway”. Constantemente “Anyway”.
Aquí se encuentra la primera pirueta del autor: no sólo meterse en la piel de un adolescente, sino hacerlo con tanta convicción y vividez que a uno le cuesta creer que el texto date de 1945. Parece una especie de Bret Easton Ellis primigenio, que no se corta un pelo a la hora de decir lo que se le pasa por la cabeza, sin contemplaciones y sin complejo alguno, impregnando toda la historia con esos aires de niñato insoportable que, en el fondo, cautiva.
Porque se trata de una primera persona con todas las consecuencias: la historia no tiene un principio y un final claros, ni desde el punto de vista emocional ni desde el literario, sino que nos asomamos a una ventana que se abre por un espacio de tiempo determinado, como si estuviéramos comprándole a Caulfield una de esas copas que en ningún bar le quieren servir y charlando con él en la barra de un piojoso local del Nueva York chusco. Salinger logra incluso superar la tentación de convertir la obra en un rito iniciático de paso a la vida adulta en sí mismo, renuncia a sobreponer el fondo de la trama sobre los hechos en sí mismos, que son los que enganchan verdaderamente al lector quien, al pasar la última página, se descubre como voyeur accidental.
Una vez terminada la lectura, ya vienen las reflexiones profundas sobre el ser humano y la vida adulta y todas esas cosas, pero mientras tanto, estamos demasiado ocupados atendiendo a los saltos y altibajos tanto de la manera en que narra el protagonista como de su ánimo y su actitud, estamos absortos observando progresar el libro, fraguarse en directo.
Da la sensación de que este efecto, que tanta vida le da al texto, no es tanto una virguería técnica del autor como una cierta dejadez a la hora de darle coherencia a la obra, como si él también se hubiera quedado embobado viendo desfilar los acontecimientos. Parece que alguien ha bajado la guardia y nos está mostrando su interior, pero por momentos no sabemos quién es: quizás Caulfield, quizás Salinger o quizás toda una generación de norteamericanos. Ni idea.
Eso es lo más grandioso de los libros humildes, de estas obras que esconden honduras y entresijos pero que no se pierden en divagaciones pseudofilosóficas: lo único que contiene son hechos, acontecimientos, pensamientos de lo más burdo y banal (la chica esa… no os voy a engañar, la chica esa está buena), y somos nosotros, los lectores, los que tenemos la libertad absoluta de rebuscar lo que nos plazca. Baste el pasaje que da título al libro, un mortal hacia atrás literario engarzado con una elegancia de las de quitarse el sombrero.
Como último apunte, quiero mencionar el curioso efecto que esta obra ha tenido en los lectores españoles. Mientras que lo leía, iba preguntando a la gente a la que conozco qué les había parecido, y la mitad afirmaba haberlo adorado y la otra mitad lo aborrecía. Caramba, tampoco es que sea un libro como Rayuela, de esos que o te enganchan o te dan ganas de abandonarlo al tercer párrafo. Ni siquiera es denso.
Pues bien, el secreto reside en la traducción, firmada por Carmen Criado allá por 1978 y revisada por ella misma (aunque no he consultado esta versión) hace aproximadamente un año. Y es que es uno de los textos más complicados de traducir que he leído jamás, dada la enormísima cantidad de frases hechas que el protagonista emplea a modo de muletillas, que no cuentan con equivalentes demasiado claros en español y que, en consecuencia, complican hasta extremos insospechados la tarea de verter el texto en nuestra lengua. El resultado es ciertamente poco afortunado y, de esta forma, una obra clave del siglo XX se mueve, en España, entre el desconocimiento y la indiferencia.
Curioso pero cierto, como todo en El guardián entre el centeno: poned “conspiración guardián entre el centeno” en Google y maravillaos con lo ociosa que está la gente.

