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M. Ward – Hold Time

Inauguro esta sección con el excelente disco de M. Ward. Se trata de la mitad de She & Him, que quizás os suene más.

Bien, la gracia de Ward reside en su acertadísima fusión de folk, gospel, rock y nosecuantas cosas más: es decir, su música trasciende la fusión pura y dura para situarse en un estilo totalmente nuevo; no inventado por él, eso desde luego, pero sí con una producción y un estilo marcadamente propios: las armonías y melodías no resultan especialmente originales.

Es casi un artista de “domingo”, perfecto para tener de fondo mientras que se lee, se vaguea o se friegan los platos; no obstante, resulta igualmente propicio para dar un paseo con él, por esas rítimicas tan marcadas y, a la vez, perfectamente engarzadas con las melodías. Sorprendente, de hecho, resulta escuchar su versión de Rave On, de Buddy Holly.

Que lo disfrutéis: M. Ward – Hold Time

Tengo una banda

logoculturasLlevaba tiempo metido debajo de la cama. El flamante bajo con el que tan buenos ratos había pasado exprimiéndole el jazz que podía, aporreándolo tras un día largo y cansado frente al ordenador, o esforzándome por sacar grisáceas escalas llevaba tiempo mudo.

Hasta que, hace unas semanas, lo desempolvé una tarde tontorrona sin saber por qué. Quizás alguna línea que me apetecía emular, quizás simple mono: allí estaban las cuatro cuerdas de acero, envueltas en la aterciopelada funda negra; volvía a sentir el peso de la madera maciza contra la pierna, la tracción de las cuerdas al encallecerme los dedos, la resistencia de los trastes al buscar un sonido limpio.

Toqué, y toqué, y toqué, y pronto volvía a encontrarme forzando notas en este o aquel compás, preocupándome más por embellecer que por atinar en la armonía.

Y justamente hace hoy una semana volví a enchufar el cable a un amplificador, y volví a darle al ‘Power’. Volví a sentir un pequeño crujido, luego algo de ruido: está bien afinado, las manos calientes, la estructura en la cabeza.

Volví a los cuatro baquetazos, al «un, dos, tres, cuatro», al primer acorde saliendo despedido; volví a darlo todo; volví a saber lo que es tener una banda. Y bien que mola.

Fe de errores

Ejea de los Caballeros (Zaragoza) es un pueblo de 17.178 habitantes. Su equipo de fútbol es la Sociedad Deportiva Ejea, que juega en Tercera División y en un estadio con capacidad para 3.000 espectadores.

Imagino al consistorio dando saltos de alegría y abrazándose cuando cierto rotativo de tirada nacional les adjudicaba, en el fragor de la crónica del concierto del domingo de Bruce Springsteen en Bilbao, el recital de fin de gira del de New Jersey, que al parecer ha decidido cambiar el Monte do Gozo por algo más «familiar».

Un error lo puede cometer cualquiera, pero es que la cosa no acaba ahí: resulta que el domingo la E-Street logró resucitar a su teclista, que falleció en abril del año pasado de cáncer, para la ocasión. Debió de ser memorable. Y para redondear la información, comentando el setlist, encuentro que Luke Perry, el cuasi ario guapete de Sensación de vivir, compuso You never can tell; no fue Chuck Berry, no, que es negro, le saca 40 años y sabe componer canciones, por ejemplo.

A la 1 de la tarde ya habían tratado de subsanar los errores en la web; no me atrevo a comprar la edición impresa, lo mismo descubro que este viernes actúa Jacko en el Savoy. Y me fastidiaría sobremanera perdérmelo.

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P.S.: Basado en hechos reales:

http://www.elpais.com/articulo/cultura/leon/rock/inflama/Bilbao/elpepucul/20090727elpepucul_1/Tes

Fans

Miguel escribe en un foro de fanáticos de Bruce Springsteen bajo el pseudónimo de «razzmatazz». Trabaja como desratizador en Murcia y, cuando tiene oportunidad, agarra el hatillo y se hace una gira por media Europa persiguiéndole, en busca de esa canción deseada o del autógrafo prometido, como el que consiguió en Dublín tras esperar «cuatro horas en la puerta del hotel».

Uno ya desiste. Hace exactamente un año glosaba las maravillas de haber asistido a 6 conciertos de Springsteen, pero tan sólo 12 meses después (que alguien le dé un Tranquilmazin al Jefe) el plan Valladolid-Benidorm-Sevilla no convence demasiado, y menos aún teniendo en cuenta que, a buen seguro, los viejos rockeros volverán el año que viene con la voz más cascada y más injertos de pelo.

Lo mismo con U2; el respetable empieza a dormirse de mesianismos e himnos épicos: no somos pocos a los que nos encantan tanto la E-Street como los irlandeses, pero que preferimos quedarnos con un The River bien entonado a tiempo que ver languidecer al ídolo sobre el escenario. Seguro que el señor aquel que denunció a U2 por ruidos acababa de escuchar No line on the horizon

Pero Miguel, una vez más, se despide azorado: «Llego tarde, la cola, las pulseras…» Y allá que se va, a por los 200 conciertos.

¿Oasis?

Según leo y veo desde varios ángulos (desde un móvil entre el público, en el telediario: bendito Internet) Liam Gallagher y su infame voz de cazallero protagonizaron una de sus conocidas espantadas en mitad de una canción el pasado jueves, en el FIB. No era cualquier canción, era Wonderwall.

En el conocido como «britpop» todo son bandos: están los de Blur y los de Oasis, los que prefieren a un Gallagher o al otro, los que les aman y los que les odian. Este último club se incrementa cada vez que abren la boca, intentan dar un concierto o, lo que es más frustrante, sacan un disco. Y es que resulta bastante mosqueante encontrarles edulcoradamente melosones acariciándonos los tímpanos con sus baladas primigenias para luego comportarse como punkys pasados de vueltas.

Puede que hayan logrado sobrevivir a esta actitud a base de tirarse los trastos a la cabeza, que sus conciertos hayan terminado por funcionar gracias a una banda medianamente profesional, puede que incluso tengan algún motivo para no saber sobreponerse a lo que son.

Pero lo más increíble y paranormal no es nada de esto: son, precisamente, más de 40.000 personas, sin necesidad alguna de un Liam Gallagher, coreando Wonderwall 14 años después, que se dice pronto.