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Entradas que hablan sobre «Primavera»

  1. Día del libro (abrumado en el Atlántico)

    Lo escribí el Sábado 23 de abril de 2011

    Cito Mortal y rosa, de Umbral:

    La cultura no ha conformado la mano como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras.

    Ayer, después de cenar, y paseando por las callejuelas de Muros, con la ría al lado, empezamos a seguir uno de los pasos de Semana Santa, con una banda de música de calidad discutible. Era el único camino posible para volver a casa. El suelo estaba empapado, acababa de llover. Y la solemndidad del momento, sin embargo, podía masticarse. Pero no explicarse.

    Entonces, con los cadenciosos y lentos pasos que estaba obligado a dar, pensaba en todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, en el cóctel de vidas, impresiones y pasiones que se estaban desatando en cada uno de los lugareños que, sin saberlo, me han visto crecer con cada visita esporádica. Según el INE, en el último siglo en todo este concejo la variación demográfica no ha llegado al 10%: hay 800 habitantes más que en 1900. Están inmóviles, y sin embargo no se están quietos.

    Pasan demasiadas cosas en Muros, y demasiadas, pocas, como para lograr explicarlas todas. Esta casa de piedra que levantó algún antepasado, este puerto que cambia constantemente, estos pescadores y este frío granítico que enciende las neuronas y despierta los recuerdos.

    Ese mejunje, todo lo que ocurre al mismo tiempo, me parece casi imposible de detener. Ese cóctel al que me refería, esa simple imagen de los muradanos paseando al santo de turno como han hecho siempre, esas calles mojadas y, por qué no, ese pulpo a la gallega que parece no acabarse nunca. Estampa que me parece casi imposible de recoger.

    Parece que por mucho que agarre la pluma nunca lograré contarlo, y sin embargo me empecino en hacerlo. Por muchas páginas que escriba (qué paradoja: hoy es el Día del Libro pero no hay prensa en papel) creo que nunca lograré dar cuenta de todo eso que no cabe ni aquí, ni en una foto, ni en un vídeo, ni en nada.

    Solo algunas novelas y poesías lo consiguen, las que trascienden las recetas y nos sitúan en otro plano, las que acarician el milagro.

    Y vuelvo a citar a Umbral:

    Hay una dimensión del hogar que sólo descubre el niño. De la persona descomunal que le toma en brazos, sólo le interesa un botón determinado. Del mar sólo le interesa una concha. Sabe reducir lo enorme a su medida, compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño.

    Aunque solo sea por hoy: Feliz día del libro.


  2. Un par de viajes (o tres)

    Lo escribí el Martes 27 de abril de 2010

    Por distintos motivos, en diferentes circunstancias y con destinos totalmente antagónicos, llevo dos fines de semana sin posar los pies en Madrid. El primero, a Canarias; el segundo, a Zaragoza y Barcelona.

    A Canarias uno va como hay que ir: con chanclas, bañador y los gastos pagados. Ah, y ciento y pico desconocidos con los que entretenerse. Pero, en cualquier caso, a hacer turismo de safari; esto es, a ver guiris en su salsa, al piano man del cartonpiédrico hotel y a comer hasta quedarse tonto en el buffet libre. Un viaje ciertamente agradable, relajante incluso.

    A Zaragoza y Barcelona ya no, la cosa cambia. Aquí el formato era diferente; con coche, tres amigos y 1.200 kilómetros en tres días por delante. Pueden parecer pocos, pero si se pretende compaginar las múltiples excursiones con el delicioso terraceo del verano tempranero, con paseos frente a la Basílica del Pilar a horas infames, o incluso con una visita en condiciones a Barcelona, la cosa se complica.

    Al final, volví de ambos fines de semana con el único propósito de que me dejaran meterme en mi cama durante un mínimo de ocho horas, pero también con una sensación única: la de estar descansado y haber tomado fuerzas. Soy una de esas personas a las que contentar es tan fácil como darles un poco de sol adormecedor, un día veraniego y una comida en buena compañía –más la promesa de que Internet y derivados no entrarán en escena–: así ya se me puede infundir un buen humor complicado de tumbar. Horas en el coche, cigarros en gasolineras sobre una llanura infinita, aviones a las siete de la mañana, kebabs a las 5, taxis con desconocidos… Al final, recargar pilas no era tan difícil.


  3. Día 1 de primavera, casi verano

    Lo escribí el Miércoles 31 de marzo de 2010

    Por primera vez, se despertó en el piso nuevo y decidió bajar a dar una vuelta por su recién adquirido barrio, aquel que tan bien había aprehendido de noche, cuyos bares podía recitar de cabo a rabo pero que, ahora que se daba cuenta, nunca había visto a la luz de un día tan soleado como este.

    Respiró el primaveral aire nada más pisar la calle, se llenó de una bocanada con un mordisco de aquellas diminutas partículas de buen tiempo que flotaban a su alrededor, y empezó a andar.

    Descubriste que, intercalados entre los bares que tan conocidos tenías a otras horas, bajo la luna que de vez en cuando alcanzarías a ver desde tu nueva ventana, había tiendas de ropa y electrodomésticos y regalos, que había colmados repletos de apetitosas y carísimas latas de conserva e, incluso, algún comercio de comida precocinada para los oficinistas que se internaban en aquellas calles adoquinadas a la hora del almuerzo.

    No dudaste ni un segundo al encontrar aquel pequeño café arrinconado, con las cuatro puertas abiertas de par en par, e inmediatamente quisiste probar el té frío que aquellas muchachas somnolientas como lagartos al sol de abril sorbían haciendo tintinear la ingente cantidad de hielo del vaso.

    Me llené la boca de frío mirando alrededor, y pensé qué haría a lo largo del día. Quizás terminar de desempaquetar las cajas, o quizás lo dejaría para el día siguiente y me preocuparía, más bien, en captar la incesante conversación en italiano que sobrevolaba la coqueta mesa de madera en la que estaba sentado.

    Efectivamente, terminé por decidir que aquél sería el primer día de una nueva vida, en un nuevo barrio que acababa de cobrar, abrazándome con la brisa que antes me resbalaba, y ahora me impregnaba, un sentido totalmente desconocido para mí. Me di la bienvenida, terminé –sin pretenderlo– el vaso de té de un largo trago y pensé, encantado, que la primavera, casi verano, me esperaba ansiosa.