Cito Mortal y rosa, de Umbral:
La cultura no ha conformado la mano como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras.
Ayer, después de cenar, y paseando por las callejuelas de Muros, con la ría al lado, empezamos a seguir uno de los pasos de Semana Santa, con una banda de música de calidad discutible. Era el único camino posible para volver a casa. El suelo estaba empapado, acababa de llover. Y la solemndidad del momento, sin embargo, podía masticarse. Pero no explicarse.
Entonces, con los cadenciosos y lentos pasos que estaba obligado a dar, pensaba en todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, en el cóctel de vidas, impresiones y pasiones que se estaban desatando en cada uno de los lugareños que, sin saberlo, me han visto crecer con cada visita esporádica. Según el INE, en el último siglo en todo este concejo la variación demográfica no ha llegado al 10%: hay 800 habitantes más que en 1900. Están inmóviles, y sin embargo no se están quietos.
Pasan demasiadas cosas en Muros, y demasiadas, pocas, como para lograr explicarlas todas. Esta casa de piedra que levantó algún antepasado, este puerto que cambia constantemente, estos pescadores y este frío granítico que enciende las neuronas y despierta los recuerdos.
Ese mejunje, todo lo que ocurre al mismo tiempo, me parece casi imposible de detener. Ese cóctel al que me refería, esa simple imagen de los muradanos paseando al santo de turno como han hecho siempre, esas calles mojadas y, por qué no, ese pulpo a la gallega que parece no acabarse nunca. Estampa que me parece casi imposible de recoger.
Parece que por mucho que agarre la pluma nunca lograré contarlo, y sin embargo me empecino en hacerlo. Por muchas páginas que escriba (qué paradoja: hoy es el Día del Libro pero no hay prensa en papel) creo que nunca lograré dar cuenta de todo eso que no cabe ni aquí, ni en una foto, ni en un vídeo, ni en nada.
Solo algunas novelas y poesías lo consiguen, las que trascienden las recetas y nos sitúan en otro plano, las que acarician el milagro.
Y vuelvo a citar a Umbral:
Hay una dimensión del hogar que sólo descubre el niño. De la persona descomunal que le toma en brazos, sólo le interesa un botón determinado. Del mar sólo le interesa una concha. Sabe reducir lo enorme a su medida, compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño.
Aunque solo sea por hoy: Feliz día del libro.
