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Entradas que hablan sobre «Prensa»

  1. Una tarde en la hemeroteca

    Lo escribí el Viernes 7 de agosto de 2009

    Ayer pasé la tarde sumido en la hemeroteca de El Comercio buscando y recopilando artículos. Hacía mal día en Gijón, y lo sigue haciendo: lleva dos días sin parar de orvallar, refrescando un agosto que se prometía caluroso cuando llegué el lunes.

    La hemeroteca se encuentra en la segunda planta del edificio del periódico, exactamente encima de la redacción y en un ángulo muerto de la señal inalámbrica. A tan pocos metros de la vorágine de internet y de la cocina de un diario, con sus prisas y azoramientos, estaba completamente solo entre gruesos tomos encuadernados en rojo, sin más preocupación que la de extraerlos de las estanterías y pasar páginas.

    En los 60las crónicas deportivas llegaban dos días tarde; el papel de los ejemplares de los 70 aún cruje, enorme, entre los dedos; los anuncios de los 80, con ese halo de modernidad casposona, fascinan; en los 90 todo parece sospechosamente parecido a lo que es hoy, pero sin llegar a serlo.

    Esto es, en mitad de la calma, un viaje en el tiempo; tanto de la manera en que se hace un periódico como en la que se percibía el mundo en otros momentos: revueltas que nunca llegaron a estallar;  guerras que jamás se declararon; falsas alarmas, en general, que cayeron en el olvido aún más deprisa de lo que habían llegado.

    Y debajo, mientras, nace un número más, otro El Comercio diferente del de ayer que, mañana, ya vivirá en otro grueso tomo rojo entre todos los demás.


  2. Al rojo vivo

    Lo escribí el Martes 21 de julio de 2009

    Llevo tratando de no dormirme a los cinco kilómetros de carrera desde que comenzó este Tour de Francia, sin éxito. Lo mismo me sucede con los telediarios, capaces de mandar un enviado especial a la Antártida a cubrir una tormenta de nieve con tal de arañar un par de minutos al aburrimiento estival. Y Michael Jackson ha muerto, por si alguien no lo sabía.

    El domingo por la noche, hojeando la edición digital de cierto diario, comprobé que la segunda noticia más visitada (¿Sobre quién versaba la primera? Empieza por Michael) llevaba por titular «El dilema del uso del biquini por la ciudad». En el extenso artículo (unas diez veces esta columna) la preocupación ciudadana que despierta este asunto quedaba patente en una maraña de acusaciones entre ayuntamientos y hosteleros; en un festival de PIB y porcentajes; y, como no podía ser de otra manera, todo ello aderezado con las opiniones de catedráticos en Ciencia Política y Antropología.

    Es frenético: aún no nos ha dado tiempo a digerir la bacanal que la semana pasada mereció la portada de otro rotativo nacional cuando nos llega esta bomba informativa. Menos mal que Obama no ha tenido a bien volver a cazar una mosca, porque explota Internet y se colapsa el país.


  3. Alta gratuidad

    Lo escribí el Sábado 4 de julio de 2009

    Es de todos sabido que en cualquier acto público, presentación o congresillo existen tres elementos fundamentales para que se pueda considerar exitoso: comida, gente guapa y cosas gratis, como si se tratase del título de una novela de Stieg Larsson.

    Tuve oportunidad de comprobarlo en la entrega de premios del Gamelab anteanoche, edición esta con más gente, menos sillas y más presupuesto para comida que el año pasado.

    Sala Acapulco, 10:52 de la noche, «Muchas gracias a todos por haber asistido a este Gamelab», empieza a sonar We are family (extended version). Los presentes hablan con el ceño fruncido por la erudición y una copa de vino en la mano mientras que van tomando posiciones (disimuladamente) en torno a las mesas, vacías de momento, pronto llenas de manjares.

    Una camarera deposita una cesta con pan que se volatiliza al instante. Giro la cabeza, un redactor me dice, con los ojos inyectados en sangre y la boca llena «Pruébalo, tío, sabe a pizza».

    Luego llega el embutido, los tacos de queso, los milhojas de anchoas y el postre, que hace temer lo peor: nos echan, hora de apurar, de llenar el tupper.

    Minutos después, en la calle, comento: «Este año estaba genial montado, ¿no?». Me miran, guardan silencio, y responden por fin: «Vamos al McDonald’s, anda».


  4. Un pequeño 11-S

    Lo escribí el Viernes 26 de junio de 2009

    Ayer estaba, recién llegado a Gijón, tomando algo en cierto bar del centro al que siempre acudo en mis sesiones de lectura. Era ya tarde, la camarera revoloteaba recogiendo y limpiando y cerrando; su amigo, acodado en la barra, se concentraba en el enésimo gin tonic, y yo me bebía, no menos absorto, The informers, de Bret Easton Ellis.

    Me llegó entonces un mensaje, que sólo decía: “Michael Jackson ha muerto”. Yo creí que era una broma, obviamente, pero al mismo tiempo me pareció imposible que alguien se inventara semejante  absurdidad. Cerré el libro y, algo desasosegado, pagué la cuenta y me fui. Les dije a los allí presentes antes de salir: “Me han dejado un dato curioso: murió Michael Jackson”. Los dos se me quedaron mirando.

    El tipo, borracho de ginebra, no supo cómo reaccionar y balbuceó algo como que “Calla ho, que eso ye mentira.” La camarera se rió y opinó que no podía ser. “Michael Jackson no puede morir”.

    A mí cada vez me parecía más verosímil, más real, hasta que llegué a casa, encendí el ordenador e Internet explotó ante mis ojos. Toda la portada de Facebook eran comentarios al respecto; en Google ya había indexadas 688 noticias de periódico, y todas, absolutamente todas las redes sociales, como ya han atestiguado otros bloggers, quedaron colapsadas.

    Y es que en aquel bar, anoche, mientras compartía con el parroquiano y la camarera semejante información, se me aceleró el pulso, noté mis nervios momentáneos y tuve la sensación de que se había producido un pequeño sismo, un 11-S en miniatura, uno de esos días que no se olvidan y que luego contaremos a los nietos. “Recuerdo el día en que murió Michael Jackson”.

    Y claro, imaginad cuando, superado el impacto inicial,  me entero de que Farrah Fawcett también murió ayer.  No somos nada.


  5. The New Yorker, talibanes y demás

    Lo escribí el Miércoles 24 de junio de 2009

    El frente macarra de The New Yorker, esto es, sus dibujantes y viñetistas, ya se han ganado un par de grupos en Facebook que les desean de todo menos prosperidad y felicidad en la vida, tras haber ironizado en una portada con el presidente Obama disfrazado de talibán:

    Obama Cover Taliban

    Ahora vuelven a la carga, quizás con algo más de tacto, reinventando un par de publicaciones estadounidenses al estilo del viejo oeste. Pincha encima de la foto para visitar la galería completa:

     
    The ayatollahist