Ayer pasé la tarde sumido en la hemeroteca de El Comercio buscando y recopilando artículos. Hacía mal día en Gijón, y lo sigue haciendo: lleva dos días sin parar de orvallar, refrescando un agosto que se prometía caluroso cuando llegué el lunes.
La hemeroteca se encuentra en la segunda planta del edificio del periódico, exactamente encima de la redacción y en un ángulo muerto de la señal inalámbrica. A tan pocos metros de la vorágine de internet y de la cocina de un diario, con sus prisas y azoramientos, estaba completamente solo entre gruesos tomos encuadernados en rojo, sin más preocupación que la de extraerlos de las estanterías y pasar páginas.
En los 60las crónicas deportivas llegaban dos días tarde; el papel de los ejemplares de los 70 aún cruje, enorme, entre los dedos; los anuncios de los 80, con ese halo de modernidad casposona, fascinan; en los 90 todo parece sospechosamente parecido a lo que es hoy, pero sin llegar a serlo.
Esto es, en mitad de la calma, un viaje en el tiempo; tanto de la manera en que se hace un periódico como en la que se percibía el mundo en otros momentos: revueltas que nunca llegaron a estallar; guerras que jamás se declararon; falsas alarmas, en general, que cayeron en el olvido aún más deprisa de lo que habían llegado.
Y debajo, mientras, nace un número más, otro El Comercio diferente del de ayer que, mañana, ya vivirá en otro grueso tomo rojo entre todos los demás.


