Estoy despachando los New Yorkers atrasados y he encontrado, en el del 20 de julio, un incisivo reportaje sobre el sheriff del Condado de Maricopa (Arizona). El pollo se llama Joe Arpaio, podéis leer un resumen del artículo aquí.
Bueno, la gracia del personaje reside en que es un inmigrante italiano de 77 años de los que las pasó canutas de pequeño, creció sin madre y, en general, ganándose la vida desde que era un chaval en las fuerzas del orden. Luego se retiró y en 1992 se presentó como candidato a sheriff (allí funciona como unas elecciones, se elige sheriff cada cuatro años) y en el puesto lleva desde entonces, saboreando la peligrosa miel resultante de mezclar política chusca con poderes policiales.
Cuenta el artículo que su nueva obsesión es la inmigración ilegal: apuntaré, sólo como ejemplo de sus expeditivos métodos, la solución impuesta para solventar el problema de la saturación de las cárceles: instalar tiendas de campaña militares al sur de Phoenix (que cae en su jurisdicción), a tiro de piedra de una perrera, un vertedero y una planta de tratamiento de residuos; rodearlas de alambre de espino; y colgar de una de las torres vigilancia un neón que reza “Plazas libres”.
Huelga decir que, aunque hasta aquí no haya llegado, la figura del sheriff Arpaio es tan odiada como idolatrada por aquellos lares: es la típica historia que, bien filtrada por el tamiz de un estudiante de 3º de Ciencias Progres, daría cuenta de lo paletos y de lo analfabetos que son estos yanquis, que siguen votando a esta especie de ogro neonazi. En fin, lo de siempre.
Ahora bien, este artículo me ha hecho cruzar la frontera en dirección sur y ponderarlo usando la balanza de dos noticias que recientemente nos han llegado: en primer lugar, esta semana hemos sabido que 18 personas habían sido asesinadas en Ciudad Juárez a sangre fría por unos sicarios, que dos quedaron con heridas graves y que tres se desvanecieron (y van…). La situación allí es insostenible, creo que de eso no nos cabe ninguna duda. Estamos hablando, cuidado, de un lugar que se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con los States, donde tenemos una buena remesa de Arpaios esperando para cazar al ilegal, ponerse un par de chapitas y empezar a usar los méritos en sus carreras por los pasillos de Washington.
La otra noticia es el asesinato de Christian Poveda, en El Salvador, a manos de las Maras, sobre las cuales había realizado un reportaje. Según he leído, estas bandas se llevaron por delante a 3.700 personas el año pasado: otra animalada.
Quiero decir con esto que William Finnegan ha podido firmar un artículo sobre Joe Arpaio que incluye conversaciones con él y con su equipo en el que no le tiembla la mano al insinuar que el sheriff es poco menos que un dictador, un personaje sin escrúpulos ni demasiados problemas para saltarse un puñado de leyes. Y nadie le ha pegado un tiro por hacerlo.
Y toda la gente que ha votado a Arpaio teme a “lo que hay al sur”, ora debido a la burricie, ora debido a noticias como las que llegan de Juárez; la gente que le ha votado también odia, sin duda a causa del desconocimiento y, probablemente, a causa también del temor mencionado. Y si a esto le sumamos la estirpe que citaba, la de quienes manipulan, crean y recrean para beneficiarse (Arpaio, seguramente, el capitán de todos ellos), tenemos un cóctel lo suficientemente denso como para que simplificarlo y servirlo bien remozadito y masticadito no resulte demasiado complicado a ciertos medios de comunicación de cuyo nombre no quiero acordarme.
La realidad americana (norte, sur y centro) es, si no imposible, muy complicada de entender. No digamos ya de compartir, apoltronados en esta península con una frontera de 11 km de mar y cómodamente alejados de lo que realmente está ocurriendo. Me encantaría que dejáramos de juzgar de una santa vez a Arpaios y compañía, pero no de lamentar que existan; que dejáramos de opinar sobre Ciudad Juárez como si fuéramos legisladores, pero no de horrorizarnos ante la crueldad humana; que nos diera tanta grima el asesinato de Christian Poveda como el hecho de que el gobierno de El Salvador no haya tardado ni una semana (¡milagro!) en detener a un responsable… Que dejemos, en definitiva, de hablar de lo que no sabemos.