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Entradas que hablan sobre «Política»

  1. Admonición (o los controladores, parte III)

    Lo escribí el Martes 7 de diciembre de 2010

    Quién tiene razón en todo este conflicto?

    Espero.

    ¿Ya?

    Bien. Me he intentado leer el famoso decreto de febrero; el del viernes pasado; el del viernes por la noche; el del sábado; la carta abierta de un controlador al ministro de Fomento; y un buen puñado de blogs aparentemente redactados por un equipo de monos borrachos (de un bando, del otro y de en medio). Me he aburrido mucho.

    Como decía en el anterior episodio sobre los controladores aéreos, ya el sábado por la tarde los medios de comunicación empezaban a retornar a sus respectivas trincheras para atacar a quien correspondiera: presidente, controlador o ministro. Elija su cabecera, siéntese en el sillón de pensar y a disfrutar.

    Si hay algo que me preocupa seriamente es, una vez más, la escasez de plumas y mentes que parecen no haberse dado cuenta de que nadie lleva razón. O al menos, nadie lleva suficiente razón como para que podamos decantarnos por un bando con la más mínima convicción.

    Iba a poner subtítulos, como en la entrada anterior, pero tampoco tiene mucho sentido. Recapitular no nos llevará más que dos frases: una vez más, probablemente los controladores tengan razón en sus reivindicaciones pero se equivocaron hondamente en su planteamiento; una vez más, probablemente el Gobierno haya montado una maraña difícil de desenmarañar (y el que la desenmarañe, buen desenmarañador será); una vez más, la opinión pública (pienso en las redes sociales) se comporta como un resplandeciente banco de arenques: juntito e indeciso en su rumbo.

    La opinión del común de los españoles parece avanzar a trompicones, en función de los dos o tres artículos del día. Nos abalanzamos sobre ellos, los descuartizamos y a otra cosa. Todo ello, cómodos comentarios anónimos mediante en webs de todo pelaje y condición, desde periódicos hasta los mencionados blogs, pasando por tweets enfervorecidos.

    Queda esperanza, sin embargo. Probablemente el motivo por el que Ignacio Escolar es el bloguero político más leído en este país sea porque es de los pocos (si no el único) que tiene el sentido común de publicar cosas como esta entrada confesando su indecisión (que no prudencia, y hace bien) en pleno fragor de la batalla. Y mira que cuando se pone sectario no hay quien le pare, pero al César lo que es del César. A ver si nos cae algún césar más. Se les echa de menos.


  2. Columna de domingo (o los controladores, parte II)

    Lo escribí el Domingo 5 de diciembre de 2010

    Esta semana, más que ninguna otra, el domingo tiene un sentido esencial, un sentido básico y bastante significativo.

    Hablo, claro está, de los controladores, a los que ya dediqué unas líneas el viernes por la noche, en caliente, y a los que ahora me gustaría dedicar un par más ya en frío, con las ideas serenas.

    La comunicación alineada (y alienada)

    En primer lugar, lo más superficial: mención a los medios de comunicación, que se están cubriendo de gloria. Igual que cuando se murió el dictador, igual que cuando llegó el 23-F, aquí hasta que no volvieron a despegar los aviones nadie se atrevió a volver a sus filas, y las grandes cabeceras se alinearon, como mansos corderitos, tras el peligro de la situación, como si trascendiera a lo informativo.

    Todos titulaban «estado de alarma» el sábado por la mañana. Ninguno sabía muy bien por dónde salir.

    Ahora, que todo ha vuelto a la calma, ya han retornado a sus respectivas posiciones de crítica/apoyo y editoriales cansinos sobre Zapatero y el Estado de Derecho. Un aburrimiento.

    Segundo asunto: el Gobierno y la barra libre

    Es muy difícil valorar culpas y disculpas de un Gobierno ante semejante crisis. Quiero pensar que la mano dura aplicada es la adecuada, que la presión ejercida no ha sido desproporcionada sino contundente, y que es lo que requería la situación.

    Ahora bien, si tenemos que tirar del estado de alarma (que vaya nombrecito, por cierto) cada vez que ocurra algo similar, estamos aviados: este podría ser el primer paso al desgaste de ciertas garantías constitucionales. No hay como que un gobierno abra la barra libre para que todos se echen en tromba detrás. ¿Huelga de basuras? venga…

    Es difícil, por muy jurista que se sea, calcular hoy y aquí el alcance de lo ocurrido en las últimas 48 horas: que Zapatero utilice a Rubalcaba de mandamás tiene sentido –el que sea, pero lo tiene–. Lo que se ha salido del guión (consejos de ministros extraordinarios de 3 horas y decretos a la carrera) ya será evaluado con el tiempo.

    Un regalo final: los controladores

    Se está cubriendo de gloria la tal Cristina Antón con su blog de marras, que al parecer los usuarios le han reventado a comentarios. En él defiende las tesis que, según leo, son comunes a los controladores (entre los cuales incluyo al ya citado anormal de la chaqueta y el signo de la victoria, en esta foto de ABC.es)
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    Dicen que defienden sus derechos, sí. Y que sienten las molestias. Jo, pobres, qué majos: y nosotros creyéndonos las mentiras del Gobierno, que no hace sino desprestigiarles dando cifras sobre su sueldo infladas en exceso. ¿Dónde quedó la voz de los controladores, que tanto trabajan y tan poco cobran?

    Bueno, pues se quedó en la puerta de la torre de control el día en que eligieron dedicarse a lo que se dedican. No, no sé nada de control aéreo, no sé cómo se vive y se respira ahí dentro (aunque me encantaría: qué buen reportaje) pero me da exctamente igual: no vuelan aviones.

    No es la primera vez que he defendido en este blog que ciertas profesiones (periodista, por ejemplo; controlador, ahora) no deberían hacer huelga. Directamente: porque sin tu trabajo el país y su sociedad dejan de funcionar. Punto pelota. Pedir, por tanto, al ciudadano que se solidarice con tu causa (o imponérselo, más bien) es un acto de egoísmo del caletre más turbio; hasta el punto de que aquí, uno, se alegrará de que tenga consecuencias penales.

    Que la tal Cristina Antón tenga razón en todo lo que expone (en un español nítido como el suelo de un bar de barrio un sábado a las 11 de la noche) y que los jefazos de Aena sean el demonio no es óbice para que los aviones sigan volando. Y que un avión vuele depende de que haya un controlador haciéndolo volar. Y que un controlador esté en su puesto de trabajo depende exclusivamente de él.

    Una vez más: si tengo que entregar un artículo hoy; si tengo que entregar una traducción, una corrección, un texto hoy; si tengo que tocar hoy, a quien esté al otro lado del correo electrónico, bajo el escenario, donde sea, le da igual que acaben de amputarme una pierna. Puede darme una palmada y echarme un cable –esos son los buenos jefes– pero el hecho es que EXACTAMENTE mi trabajo no lo va a hacer nadie más que yo. Y si no lo hago, no lo cobro, pase lo que me pase. Así de fácil.

    Y no me quejo, es la vida que elegí y con la que estoy más que satisfecho. No creo que el caso de los controladores se aleje tanto de esto. Ellos sabrán.


  3. El miedo hecho crisis (o los controladores)

    Lo escribí el Sábado 4 de diciembre de 2010

    Ríanse, ríanse de todo lo que nos ha ocurrido en este accidentado 2010. Ni huelgas generales, ni crisis de gobierno… Lo que está pasando ahora mismo en España empieza a trascender lo informativamente apetitoso para instalarse en lo democráticamente peligroso.

    Son horas extrañas para escribir en el blog, y más teniendo en cuenta que hoy es viernes, que vengo de disfrutar de un buen concierto y que mañana espero dar uno más que decente; son horas en las que, por primera vez en democracia, estamos al borde de que sea declarado el estado de alarma.

    En situaciones como esta, en la que un puñado de anormales (lo más vomitivo: el controlador tapándose la cara y haciendo el signo de la victoria) han decidido paralizar el país porque no están de acuerdo con su situación laboral (200.000 euros al año mínimo), uno empieza a preguntarse por qué estamos llegando a estos extremos de república bananera. Sí, los de tener que pedir AL EJÉRCITO que intervenga porque los controladores están haciendo una huelga encubierta que quizás acabe con sus huesos en una celda bien cómoda.

    Dos dudas, de esas que un ciudadano tiene cuando sabe que la verdad no saldrá a relucir hasta dentro de 5 ó 6 Wikileaks, me asaltan.

    La primera es si existe algún tipo de pacto con el Gobierno: ¿por qué se aprobó el decreto esta mañana? ¿Por qué el paro fue masivo y empezó media hora antes de que cerrara la Bolsa, y no antes?

    La segunda: ¿estarán los políticos a la altura? Nunca me ha gustado Rubalcaba, nunca me ha parecido trigo limpio pero, al mismo tiempo, siempre he creído que era un hombre inteligente que estaba haciendo lo que tenía que hacer, y haciéndolo mejor que nadie… la pregunta es: De no estar él, ¿sabría España estar a la altura?

    Francamente, prefiero no saber qué ocurre en las próximas horas. Descansen (mientras puedan).


  4. Paridad, paridad, sin ira paridad

    Lo escribí el Miércoles 20 de octubre de 2010

    La que se ha liado esta mañana en el Gobierno no era de esperar, pero resulta esperable. Desde aqui ya oigo a los editorialistas afilar sus hachas con el suculento buffet de biografías censurables que Zapatero ha servido; con la inestabilidad que arengarán los más combativos. Algunos –pocos, me temo– defenderán la oportunidad de las medidas adoptadas.

    Uno no puede leer más que alguna clase de desesperación en este repentino cambio de rumbo, que puede deberse a dos motivos que no se excluyen entre sí: en primer lugar, tensiones internas. Cambiar un ministerio implica reemplazos, iniciando así una secuencia que sacude todo el Gobierno en varias direcciones. En segundo lugar, convicción sincera de que es necesario tomar nuevas vías, ora por la bomba de humo que, según Soraya Sáenz de Santamaría necesitaba el Ejecutivo; ora por redirigir el país.

    Sea como fuere, la desesperación es la protagonista del día: no sólo porque el presidente se haya desdicho de lo quea firmaba hace tan poco como dos semanas; también por la eliminación de la cartera de Igualdad (¡plas!) y el desequilibrio de la paridad en los cargos ministeriales (¡ay!).

    Siempre he detestado las medidas cosméticas, y las que tienen que ver con el fatalmente llamado «género», más. Pero no puedo evitar un íntimo regocijo, un cosquilleo dulce, antes de que los columnistas más chuscos empiecen a corromper lo que hoy ha ocurrido y los otros entren al trapo como borregos. Sí, lo que hoy, a esta hora, veo y disfruto es una pequeña derrota de la correción política más grimosa y una enorme victoria para la sinceridad política. Mañana será otro día.


  5. Anatomía de un instante

    Lo escribí el Viernes 8 de octubre de 2010

    Anatomía de un instante

    Javier Cercas

    Barcelona: Mondadori, 2009

    463 páginas

    Lo mejor de esta no-novela son sus 70 páginas finales; es más, no es que sea lo mejor, sino lo que da sentido a las anteriores y concluye un volumen de calidad, un libro recomendable. Pero se salva por los pelos: «Excepcional cruce de géneros narrativos», afirma Javier Pradera en una de las loas que recubren la cubierta de esta edición: ese es, precisamente, el núcleo de la tensión principal de este libro, la que desconcierta al lector de principio a fin.

    Cercas se descubre en la introducción: resulta que Anatomía de un instante no es una novela pero tampoco es un ensayo pero tampoco es una investigación periodística, ni siquiera es un libro de Historia. La excusa perfecta: es todo a la vez: cuando parece que viene una andanada de datos sobre el 23-F, de pronto el autor llama «chisgarabís», «arribista» o «gallito de provincias» a Suárez, por ejemplo. Junto a los datos, conclusiones personales más o menos justificadas que le restan fuerza y empaque al mensaje; junto a una estructura cuidada, una dosis de literatura que dinamita toda posibilidad de una lectura fragmentada.

    Todo esto no significa que no se lea de un tirón, que no enganche, pero a costa de cabrear al lector absorto con las casi 100 páginas que le sobran: una de las técnicas preferidas de Cercas es repetir sintagmas concretos hasta la tortura (el «gobierno de coalición o concentración o unidad»); además, si puede, de escribir párrafos de páginas y páginas y páginas sin un mísero punto; incluso procura extender las oraciones y yuxtaponerlas y evitar puntuarlas o cortarlas o interrumpirlas en determinados momentos y así confundirnos por completo y obligarnos a leer una y otra y otra vez tres líneas que no entendemos en absoluto.

    No obstante, la experiencia le permite manejar un vocabulario rico y expresarse con bastante más claridad que otros autores de este tipo de libros; y no cabe duda de que su discurso, por leído y documentado, tiene cierto peso. Pero de nuevo, el cruce de géneros hace zozobrar el texto: da la impresión, en la exposición de los hechos, de que Cercas no puede resistir la tentación de presentarnos sus conclusiones personales, las impresiones que le ha dejado el larguísimo proceso al que se sometió para escribir Anatomía de un instante: por eso digo que las últimas 70 páginas (las conclusiones) son las más lúcidas de todo el libro.

    Es un texto, por otra parte, ensimismado y obsesivo: esto inyecta relevancia al plano extratextual, al autor frente a un episodio decisivo de la historia de España; al mismo tiempo, y como señalaba anteriormente: si quería hacernos saber su opinión ¿no podría confesarlo desde un primer momento? ¿Por qué no hay un editor que le pare los pies cuando afloran los sentimientos?

    Un libro raro, extraño y cargado de altibajos: de los que enfadan pero atrapan; de los que exudan irrelevancia pero acaban por ser inolvidables. Eso sí: ante todo, una buena forma de asomarse a un cuasi cataclismo político.