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El Monopoly del cooperante
Miedo me dan estas cosas. Ayer, por si alguien no se había enterado, llegaron a Barcelona los dos cooperantes que quedaban secuestrados en Mali: han sido unos meses muy largos de un caso del que la opinión pública casi se había olvidado. Había entrado en esa dinámica de estancamiento informativo que se rompe regularmente para recordarnos que siguen ahí, pero, aparentemente, en stand by.
Ahora ya están en casa. Sus vidas valían dinero, o un prisionero, o algo, y seguramente por ello no se las arrebataron: eso sí, cuanto más altas son las apuestas (dos españoles por aquellos lares deben de equivaler a un hotel del Monopoly en la calle Serrano en términos diplomáticos) más opaca se va volviendo la pátina que lo recubre todo. Seguir leyendo
Palabras vacías
El lingüista George Lakoff escribió hace algún tiempo un libro, titulado ‘No pienses en un elefante’, analizando las claves de una comunicación política eficaz. Aquel volumen se abría con un error delicioso de Nixon, el que le costó el cargo: cuando apareció en televisión afirmando que no era un ladrón, la simple mención del término asociada a su cara le convirtió, a ojos del público, en uno: adiós a Nixon.
Ayer, en el debate del parlamento catalán, el representante de la federación nacionalista tropezó con la misma piedra 36 años después: afirmó que «no estamos ante un debate Cataluña-España». Efectivamente: si no lo es ¿para qué mencionarlo? Un bocado más de torpeza pragmática de nuestros políticos. Pero ¿qué más da? Palabras son, y se las lleva el viento.
Thomas Cathcart y Daniel Klein son dos filósofos que han escrito varios libros juntos; uno de ellos, el divertidísimo ‘Aristóteles y un armadillo van a Washington’, analizando las perlas discursivas que los políticos estadounidenses han ido dejando tras de sí: algunas de las estrategias descritas son perfectamente extrapolables a nuestro país, pero especialmente pertinente es la que ellos llaman la «estrategia ‘y tu madre también’», que puede extender un debate hasta la extenuación. El truco consiste en añadir más ingredientes a la marmita, en lugar de cocinar los que ya están dentro. ¿Que nos echan en cara que los toros sufren durante una corrida? Pues respondemos que si la fiesta deja de celebrarse, cada catalán perderá nosecuantos euros.
Sólo en momentos concretos de las intervenciones se dieron los supuestos necesarios para hablar de un diálogo (por aquello de que fuera entre dos), como cuando salió la cuestión identitaria: en el caso catalán acabar con los toros no es un asunto regional porque en Canarias se abolieron las corridas (sí, «abolieron», como la esclavitud: hábil, ¿verdad?) hace 19 años. Da gusto que alguien responda a lo que se le dice por una vez.
Por lo demás, las palabras siguen sin tener un peso especial: es lo cómodo de vivir en un país en el que, habitualmente, las votaciones parlamentarias vienen atadas y bien atadas antes de que empiecen las sesiones; las intervenciones carecen de poder político efectivo, y sólo sirven para regalar nuestros ya maltrechos oídos. Ayer, las corridas de toros fueron borradas de Cataluña: el problema es, como de costumbre, que nos quedaremos con las ganas de saber por qué: tras casi dos horas siguiendo las exposiciones de los grupos políticos, hemos logrado enterarnos –como si no lo supiéramos ya– de que la postura de cada cual es, sistemática y fundamentalmente, la contraria de la del vecino, se hable sobre toros, políticas económicas, motosierras, huevos escalfados o equipos de fútbol. Un triunfo para los animales, supongo; un nuevo fracaso para quienes practican el sano deporte de tratar de enterarse de algo.
Culpa de la gente
Estaba el lunes pasado viendo nosequé zapping, tirado en el sofá, cuando aparecen Jordi González, ese solemne presentador de programas rosas, y mi ministro de Fomento preferido, José Blanco. Salto del incipiente letargo, y me pregunto si será un avance de la nueva película de Goddard –al que, si no fuera por el plantón de Cannes, seguiría dando por muerto–.
No, será real: veamos lo que piensa el número dos del PSOE: que le han criticado en los últimos días por ir a ‘La Noria’, pero que a él no le importa porque tiene una «másima»: el político ha de ir «donde esté la gente». ¡Por fin alguien valiente, no como Montilla, ese desaprensivo que pasó de irse a quemar contenedores a Canaletas!
Seguía sospechando que era un sueño, y que, como digo, Goddard había pasado a mejor vida; le rescaté de la categoría de «genio fallecido», gracias al episodio blanquiano. Sí, resulta que el tipo no solo aguanta sino que sigue haciendo películas, como ‘Film Socialisme’, una ida de olla sin precedentes.
En cualquier caso, en el preciso instante en el que nuestro ínclito ministro acudía a la cadena de Berlusconi, yo –y otras enecientas mil personas que no nos encontrábamos delante de la caja tonta– estábamos distribuidos entre los estridentes conciertos que tomaron la Gran Vía; o en las Vistillas, aprovechando que por un día Madrí se baja del pedestal para ofrecer unas gratas fiestas de pueblo; o tomándonos un vermú a la fresca de una noche más que agradable, con la gorra y el clavel. Y a mí, la verdad, si no llega a ser por el camarero del bar de paisanos de la esquina, que está muy puesto, nunca se me hubiera ocurrido pensar que realmente Goddard sigue vivo o que ‘La Noria’ sigue emitiéndose…
Una de traficantes de armas
Sugerente título, ¿verdad?
Hoy quiero hablar de Monzer Al-Kassar, personaje sensiblemente siniestro, retratado por The New Yorker recientemente. ¿A qué se dedicaba Monzer Al-Kassar? Cuenta el artículo que, inicialmente y de la mano de su hermano, al narcotráfico a escala McDonald’s; luego, al tráfico de armas; y, aprovechando contactillos y amigos de la profesión, se dice que llegó a tener potestad para desencadenar, frenar, arrancar de nuevo y manejar algún que otro conflicto armado.
Este personaje, actualmente entre rejas tras una investigación de más de veinte años, operaba desde la pradisíaca y mediterránea villa de Marbella desde los 80, cuando hombres de negocios de su mismo perfil empezaron a instalarse en la Costa del Sol, algo para lo que, según cita el artículo, la Policía española no estaba preparada: se trata de gente tremendamente bien educada, que sabe lo que hace, que no se expone a riesgos y, lo que es más, que se conoce el derecho internacional como para cometer nimios y casi imperceptibles delitos en gigantescos movimientos de cargamento armamentístico.
A este lo cazaron: ¿cómo? Organizando una operación de la agencia antidroga estadounidense en España de agárrate y no te menees y logrando grabar al tipo hablando de sus negocios, para luego inducirle a viajar desde Málaga a Madrid para cerrar el trato y, sólo cuando estaba en el aire camino de Barajas, informar de quién era el buscado criminal a las autoridades españolas. Y es que Al-Kassar, sin ir más lejos, llamó a José Villarejo, su contacto dentro de la inteligencia antiterrorista (así, como suena) para preguntarle si lo de Madrid era una trampa. Villarejo, por suerte, no sabía nada.
Cuando todo esto se descubrió, los miembros de las Fuerzas de Seguridad con los que Al-Kassar tenía relación afirmaron que colaboraba con la inteligencia española en misiones internaciones secretas. Cada cual, que piense lo que quiera. A mí me parece una historia fascinante.
Barack me robó el periódico
El gabinete de prensa de la Casa Blanca nunca había tenido que preocuparse en exceso de las nuevas tecnologías: hasta la legislatura anterior, valía con tener a un pollo que supiera usar Internet Explorer y enviar e-mails para enterarse más o menos de lo que se decía del presidente de Estados Unidos por ahí.
Pero con la era Obama llegó la locura: Twitter, Facebook, Youtube ya eran una realidad, un monstruo de siete cabezas imposible de dominar. Sólo quedaba una opción: hacerse un hueco.
En alguna ocasión he hablado ya de esos psicópatas de las nuevas tecnologías que con la excusa de la web 2.0 twittean hasta desde la cola del supermercado, y comparten con nosotros cada detalle de sus vidas mediante insulsos blogs en los que los enlaces a redes sociales ocupan más que el propio cuerpo del texto. Bien, pues de esta tendencia no se iba a salvar la prensa política estadounidense de hoy: habla un artículo reciente de The New Yorker de un corresponsal que a lo largo del día publica 3 ó 5 entradas en su blog y 8 ó 10 actualizaciones de Twitter. El ritmo de la noticia en Washington dura 24 horas, y vuelve a coger carrerilla antes de que amanezca.
Vista la voracidad del nuevo periodismo, frenético e imparable, lo que la administración Obama decidió, como astutamente analiza el artículo de Ken Auletta, fue llevarles la noticia a la puerta de casa. Te abro un canal en Youtube, te modernizo la página web, contrato a un equipo de televisión: yo te lo cuento TODO. Yo soy la fuente directa; así, no se acalla a los medios de comunicación, sino que (esto suena rarísimo) se compite con ellos: ¿Quién hubiera podido pensar hace 30 años que el gobierno publicara un periódico propio? Ahora no sólo hace eso: tiene además un canal de televisión y, todo, con difusión mundial.
Los medios tradicionales, mientras, están contra la pared: los tipos de los puros reclaman a los atribulados reporteros en mangas de camisa y con el lápiz sobre la oreja historias, historias, historias, y a éstos no les queda más remedio que tirar de Blackberry y procurar esquivar las faltas de ortografía; el periodismo no tiene más remedio que hacerse con un nicho ideológico y afianzarlo, a costa de cortar cabezas, y el análisis se va doblegando ante el hambre de sencillez poco a poco.
La inmediatez ha permitido a un gobierno circunvalar a una prensa de dudosa moralidad y levantar, en tan sólo unos meses, un debate sobre la ética periodística y comunicativa que empieza a proyectar una sombra ligeramente siniestra sobre el idolotrado Obama, que ha dejado de molar algo de lo que molaba (pero sigue siendo guay).
Aquí esto no pasa, y dudo que llegue a ocurrir. Como siempre digo, mientras que en un sótano de Washington un think tank mide cada uno de los términos que aparecerá en un discurso, aquí montamos un ministerio. Pero el poder, más que nunca, está en nuestras manos: ellos saben cómo funciona; nosotros, no.
Es tonificante vivir en un país que sigue creyendo que es más eficaz regalar bolis y globos en los mítines que esto: