Bueno, leo que Arcadi Espada ha publicado en su blog que Javier Cercas fue identificado por la Policía en un burdel de Arganzuela. Y El País se hace eco a todo trapo del asunto, consulta con el «afectado» y este se enfada un montón.
Y entonces resulta que todo se debe a una encarnizada rivalidad entre ellos, que al parecer ha alcanzado algunos picos de tensión reseñables, debida a… que la ficción en el periodismo. Un tema por el que merece la pena morir defendiendo nuestras posiciones, ¡faltaría más!
Uno pensaba que este tipo de polémicas habían quedado superadas hace cien años, excluyendo, claro, a quienes dedicaron sus esfuerzos a parodiar a los literatos peleados por sus respectivas poéticas y a los imbéciles funcionales.
Pero ni Espada ni Cercas son imbéciles (creo, por lo que les he leído); no obstante, ambos dos parecen haber encontrado cierto placer soterrado en esta absurda discusión sobre los límites de la verdad en el periodismo. ¿Por qué? Se me escapa.
La vocación por meter en alguna categoría, por enmarcar la crónica periodística es jugosa por infinita, pero absurda por estéril: Leila Guerriero –a la que podéis leer aquí–, con la que estuvimos charlando la semana pasada, defendía con naturalidad y un sutil encogimiento de hombros que prefería la realidad a la ficción, para contarla, porque le resultaba más interesante. Explicaba cómo sumergirse en una historia concreta, narrarla de arriba a abajo le vale la pena, le ensimisma y, entiendo, le entusiasma. La literatura está bien, pero para matar el rato. Mirad qué fácil.
Cercas es, seguramente, mucho más relajado para eso: ni siquiera él se atrevía a calificar Anatomía de un instante de crónica, tampoco de novela, y dedica el extenso prólogo a explicarse (o a intentarlo). Espada es, por su lado, un enamorado de la verdad absoluta. Y así es como el segundo acaba llamando putero al primero, en un guiño metaliterario-privado que ayer dio el salto a la portada digital de El País para regocijo de las marujas literarias (que no son pocas).
Discutir está bien; marujear, también. Pero viéndoles así enzarzados, uno se pregunta: ¿en qué momento decidisteis entrar al trapo?
