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Entradas que hablan sobre «Polémicas»

  1. Cercas vs. Espada, crónica de una polémica (absurda)

    Lo escribí el Jueves 17 de febrero de 2011

    Bueno, leo que Arcadi Espada ha publicado en su blog que Javier Cercas fue identificado por la Policía en un burdel de Arganzuela. Y El País se hace eco a todo trapo del asunto, consulta con el «afectado» y este se enfada un montón.

    Y entonces resulta que todo se debe a una encarnizada rivalidad entre ellos, que al parecer ha alcanzado algunos picos de tensión reseñables, debida a… que la ficción en el periodismo. Un tema por el que merece la pena morir defendiendo nuestras posiciones, ¡faltaría más!

    Uno pensaba que este tipo de polémicas habían quedado superadas hace cien años, excluyendo, claro, a quienes dedicaron sus esfuerzos a parodiar a los literatos peleados por sus respectivas poéticas y a los imbéciles funcionales.

    Pero ni Espada ni Cercas son imbéciles (creo, por lo que les he leído); no obstante, ambos dos parecen haber encontrado cierto placer soterrado en esta absurda discusión sobre los límites de la verdad en el periodismo. ¿Por qué? Se me escapa.

    La vocación por meter en alguna categoría, por enmarcar la crónica periodística es jugosa por infinita, pero absurda por estéril: Leila Guerriero –a la que podéis leer aquí–, con la que estuvimos charlando la semana pasada,  defendía con naturalidad y un sutil encogimiento de hombros que prefería la realidad a la ficción, para contarla, porque le resultaba más interesante. Explicaba cómo sumergirse en una historia concreta, narrarla de arriba a abajo le vale la pena, le ensimisma y, entiendo, le entusiasma. La literatura está bien, pero para matar el rato. Mirad qué fácil.

    Cercas es, seguramente, mucho más relajado para eso: ni siquiera él se atrevía a calificar Anatomía de un instante de crónica, tampoco de novela, y dedica el extenso prólogo a explicarse (o a intentarlo). Espada es, por su lado, un enamorado de la verdad absoluta. Y así es como el segundo acaba llamando putero al primero, en un guiño metaliterario-privado que ayer dio el salto a la portada digital de El País para regocijo de las marujas literarias (que no son pocas).

    Discutir está bien; marujear, también. Pero viéndoles así enzarzados, uno se pregunta: ¿en qué momento decidisteis entrar al trapo?


  2. El imperio de los gordos

    Lo escribí el Lunes 2 de agosto de 2010

    Llevo varios días dándole vueltas a un artículo sobre una noticia, aparecida en el diario Público, titulada «La ministra británica de Salud pide llamar “gordos” a los obesos». Qué tema espinoso: trataré de no herir sensibilidades.

    Pulsando impresiones, he recalado en la web de la Asociación Española para la Aceptación de la Obesidad (ellos lo escriben así, con mayúsculas), que, ironías de la vida, se llama gordos.org. Sólo quería mencionarla, porque uno podría pasarse horas navegando por esta organización casi equiparable a la de fans del cubo de Rubik.

    Volviendo a la ministra: opina que con este cambio terminológico, las personas con sobrepeso se sentirán culpables y adelgazarán más rápido (o al menos así lo relata Público). Como razonamiento deja bastante que desear, pero esconde el mismo proteccionismo grimoso que rezumaba aquel intento por prohibirnos el Burger King.

    El problema de los gordos, obesos, gente con sobrepeso u orondos es el de siempre: lo políticamente correcto enfrentado a una realidad social, añadiéndole el factor patológico. Nadie podrá decirle nada a quien padezca una enfermedad que le condene a una vida de curvas e inseguridades; pero a mí, personalmente, el gordo por deporte me da bastante reparo. Si has elegido comer como un animal, enchufarte tres bocadillos de chorizo en un trayecto Asturias-Madrid, cinco cervezas y dos cocacolas ¿por qué tengo que ceder los preciosos centímetros que arrebatas a mi asiento?

    Y alguien dirá que si el otro obeso, el patológico, no me molesta. Sí, claro, igual que –quien no quiera, que no lo reconozca– alguien con un problema de salud mental que se pasa el mismo viaje gritando. Pero como enfermedades tenemos todos, uno se aguanta y se calla –o lo intenta, o se va a otro vagón–.

    Hablando de esto el otro día con un amigo que defiende las curvas –y eso, sorprendentemente, le ha costado más de una crítica feroz– llegamos a la conclusión (novedosa) de que todo radica en hasta qué punto se nos ha ido la cabeza. Como bien indican en gordos.org, el problema no es tanto el volumen como la autoestima, la seguridad. Vivimos en una sociedad (tranquilos, trataré de esquivar el tópico) que no ve con buenos ojos determinados físicos; pero como la sociedad no es La Sociedad, S.A., esquivar aquello que nos acompleja, o incluso afrontarlo es mucho más fácil de lo que pretenden hacernos creer.

    Se montó una buena con aquella compañía aérea que pretendía cobrar dos asientos a quienes ocuparan demasiado espacio, y hubo quien se quejó. Bueno, es comprensible, pero yo en los aviones sigo procurando coger pasillo para encajar más a gusto mi metro ochenta generoso.

    Lo llevan repitiendo unos cuantos siglos: no somos todos iguales, y pretenderlo es absurdo; no es fácil haber nacido de esta o de aquella manera; lo único por lo que podemos pelear, no obstante, es por establecer un sistema de convivencia aceptable y digno para todos pero que, al mismo tiempo, establezca unos límites razonables a la libertad individual y a la colectiva: déjame fumar, maldito; déjame engordar, maldito; déjame decir tacos, maldito; pero evita que con ello moleste a los demás. No puedes hacer más, y si lo intentas, fracasarás.


  3. Los toros, o manual para (no) tomar partido

    Lo escribí el Miércoles 28 de julio de 2010

    Pocos minutos después de que, este mediodía, el parlamento catalán aprobara la prohibición de los toros en aquella comunidad, mi Facebook y mi Twitter empezaban a echar humo con reacciones (en general desaforadas) a tan polémica decisión.

    La verdad es que a mí, personalmente, me ha costado mucho formarme una opinión al respecto; es más, no lo he hecho y dudo que llegue a hacerlo en algún momento. Todos los argumentos esgrimidos tienen dos, tres o cuatro filos, tanto de un bando como del otro: me cuesta empatizar con un bicho que sólo comparte conmigo el hecho de ser mamífero; me cuesta, igualmente, creer que es sano cargarse cosas para pasarlo bien. (más…)