Ya, voy. Está siendo una dura semana de periodismo que está resultando apasionante pero agotadora. Puede que en el número de piezas firmadas no se vea nada espectacular, que más de uno y más de dos lectores hayan saltado por encima de los textos sin ni siquiera reparar en ellos; o sin reparar en la sección, incluso. Bueno, a veces pasa.
No, lo realmente inquietante de esta semana frenética y llena de inesperadas idas y venidas está siendo el perfeccionismo. Eso es lo que agota el cuerpo realmente, como descubro en lo que cuesta dormir a veces: hoy me he despertado soñando que en un titular había una errata, que en el Twitter del Festival había insultado a la madre de alguien, que un texto había desaparecido de la maqueta minutos antes de cerrar la página, darla, filmarla (convertirla en aluminio) y que dejara de haber remedio.
Perfeccionismo, entiéndanme, no por considerar que las informaciones tienen una calidad extraordinaria: perfeccionismo porque me he dado cuenta de que ese término, en periodismo, significa ser un burro persiguiendo una zanahoria sin cesar. Ni siquiera en unas condiciones New York Times se puede garantizar que todas las fuentes responderán, que todos los teléfonos sonarán, que toda la información entrará y, sobre todo, que las teclas no nos jugarán una mala pasada.
Es un proceso de permanente revisión, en el que se hace lo máximo posible pero en el que no existe la fórmula del éxito. Y eso es porque en estos trabajos, cada encargo, cada reportaje, cada día hay que hacerlo bien. Por mucho que hayas currado, será el día en que llames terrorista al tipo equivocado cuando reparen en ti. O no. De momento, a trabajar, que no es gerundio.