Decir de Valor de ley que es un peliculón es muy osado. Decir que es la mejor película de las nominadas a los Oscar, más. Pero es tan rematadamente necesaria como la canción de Johhny Cash que suena en la página web oficial. Y eso la hace única.
Siempre he sido un gran admirador de los westerns, de las historias que brindan un trasfondo sencillo, un entorno conocido y explotado hasta la saciedad pero siempre fascinante y, por qué no, unos paisajes alucinantes.
Precisamente la fotografía de las noches son, tanto en esta película como en La red social una de las cosas que más me ha atrapado de las películas de este año.
Pero volvamos a la última de los Coen, película que, además, según leo, ha sido la primera de ellos que ha sobrepasado una recaudación en cines de 100 millones de dólares en Estados Unidos. Esto debería darnos algo que pensar: ¿qué aporta este remake? ¿Qué tiene de novedoso? Nada, y todo al mismo tiempo.
Porque Valor de ley logra hacer que lo complicado parezca sencillo, logra llevar el lenguaje cinematográfico un par de pasos más allá lavándole la cara a lo que ya conocíamos y trayéndolo a los cines de hoy. Estas películas, de enorme complejidad en muchos de los planos cinematográficos que hay que saber conjugar, son las que terminan por reunir en un cine al público más variopinto, las fábulas más inmortales del folclore de una nación en construcción que han ido saltando del relato oral a la música (véase Johnny Cash, pero también a sus predecesores y herederos).
Igual que esos cuentos hablan no solo de una tierra (los paisajes que nos regalan la vista) sino de unos personajes, de un dramatismo, de una cierta moraleja en mitad de la nada (los que nos seducen los sentidos e impregnan las narraciones), Valor de ley no solo plantea por enésima vez ese mundo al que siempre nos gusta volver.
Con su historia, con unas interpretaciones bien servidas, con una niña repelente, con una pizca de humor negro, con tiros y una épica tan, tan particular… Vuelve a conseguirlo.



