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Los toros, o manual para (no) tomar partido

Pocos minutos después de que, este mediodía, el parlamento catalán aprobara la prohibición de los toros en aquella comunidad, mi Facebook y mi Twitter empezaban a echar humo con reacciones (en general desaforadas) a tan polémica decisión.

La verdad es que a mí, personalmente, me ha costado mucho formarme una opinión al respecto; es más, no lo he hecho y dudo que llegue a hacerlo en algún momento. Todos los argumentos esgrimidos tienen dos, tres o cuatro filos, tanto de un bando como del otro: me cuesta empatizar con un bicho que sólo comparte conmigo el hecho de ser mamífero; me cuesta, igualmente, creer que es sano cargarse cosas para pasarlo bien. Seguir leyendo

(A)salto a la fama

Es fácil suponer que alguien como yo, que colabora en un periódico de tirada regional, tiene un sueldo aproximado de 2.000 euros por columna publicada y que goza de un estatus que le compromete a infinitos y tediosos partidos de golf con la élite local.

Si a esto le sumamos que últimamente no hay ostras frescas y que el caviar iraní escasea, no hace falta decir mucho más para darse cuenta de que mi vida se está convirtiendo en un pozo negro y sin sentido: no sé qué hacer con tanto dinero, mujeres y drogas.

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El imperio de lo agradable

Coincidiendo –qué casualidad– con el arranque de la Feria del Libro de Madrid, sale a la venta la que podría ser la carga de profundidad definitiva, a medio plazo, para el mundo editorial tal y como lo conocemos: el iPad.

Cuando el Kindle, el primer dispositivo para leer libros electrónicos, salió a la venta en 2007, el sector se echó a temblar; con el tiempo, se ha visto que no había tanto que temer: el funcionamiento del Kindle no se basa en una pantalla retroiluminada normal, sino en un mecanismo algo más complejo que, según publicaba The New Yorker en una ácida crítica el año pasado, presenta desventajas básicas, como puede ser el fondo irremediablemente gris de la pantalla o el posible apagón total de esta si le da el sol directamente.

Por otro lado, Amazon, la librería en línea que lo comercializa, adoptó una estrategia para con el mercado editorial que la aleja varios continentes de la de Apple: mientras que la primera trató de puentear a las editoriales y de negociar directamente con el autor, para así rebajar costes al máximo; la segunda ha empezado su andadura en el mundo de la librería digital por sentar a las seis mayores editoriales de Estados Unidos y proponerles un modelo de representación. Cinco aceptaron; una, Random House, no: creen que es demasiado pronto para lanzarse a esta piscina con tanto entusiasmo y que aún le quedan entre cinco o siete años para cubrir lo suficiente.

El futuro es de lo más incierto, en este sentido, pero al menos, parece claro que se está intentando aplicar el mismo modelo que va a salvar el mundo de la música o el del cine (ya existen programas gratuitos que, por un módico precio mensual, nos permiten consumir cuanto queramos en línea); y que, además, con la entrada de Apple en este terreno de juego se impone el imperio de lo agradable: trastos quizás inútiles, quizás excesivamente caros, pero tan bien diseñados…

No obstante, el peligro a la masificación que ya atenaza los otros dos sectores se va a cebar con el libro: hoy, cualquiera puede escribir, maquetar y «publicar» un libro electrónico. Ya no desde el punto de vista comercial, sino cultural, sólo nos queda, pues, la figura del editor como filtro, como proveedor al que acudir: por ese modelo apuestan Libros del Asteroide o Acantilado.

En este sentido, en esta Feria del Libro, más que el año pasado y menos que el que viene, algunos nos centraremos más en las casetas de las ocho, diez editoriales que sabemos que nos ofrecerán un producto de calidad, desconocido e interesante. Pero, una vez llegue el 14 de junio y la Feria haya acabado; una vez que la gente deje de acudir a las librerías y las reemplace por Internet, ¿será capaz el mercado editorial español de sobrevivir importando, en otra revolución tecnológica más, las ideas que se les han ocurrido a otros con un par de años de retraso? Ahora, más que nunca, adaptarse o morir: ir a rebufo del resto del mundo no parece una opción.

“Total, es ponerlo en español”

Desayuno hoy con un mensaje del TRAG, la lista de distribución de traductores audiovisuales más asentada, con un enlace a cierto artículo de El País sobre la traducción y doblaje de la última temporada de Perdidos, proceso que, dicho sea de paso, se está llevando a cabo a velocidades demenciales.

Me encanta cuando envían estos enlaces, porque así disfruto leyendo algo sobre traducción en prensa (cosa infrecuente) y luego asisto a los mensajes enfervorecidos o a las felicitaciones de los colegas, en función de quienes aparezcan en el texto.

En esta ocasión, las reacciones son de cabreo, y no es para menos: el artículo de El País, aparentemente elaborado con la misma premura con la que se realiza el doblaje, habla de los actores y de la directora largo y tendido; mientras que la traductora (María José Aguirre de Cárcer, en esta ocasión) queda relegada a la siguiente frase:

- Sábado 30. Llega el guión provisional, que se traduce en 24 horas.

Me imagino que a esto se referían los teóricos de la traducción con aquello de la “invisibilidad del traductor”… Yo, personalmente, no tenía ni idea de quién era María José Aguirre de Cárcer; y, sin meternos en debates sobre dónde debe quedar el nombre del traductor en el producto final, es demasiado que en un artículo de estas características ni siquiera se mencione su nombre.

Especialmente porque, por encomiable que resulte el trabajo de dirección y actuación en el proceso de doblaje, puedo asegurar y aseguro que traducir el guión de un capítulo de una hora en un día supone un buen tarrado de horas delante del ordenador y del diccionario; y una capacidad sobrehumana para mantener la concentración durante todo ese tiempo, y bajo presión.

La interesada, dicho sea de paso, ha respondido al foro esta mañana limitándose a agradecer las enhorabuenas. Mañana por la noche, a las 22:15, media España estará viendo el esperadísimo estreno y, de ellos, más bien pocos sabrán quién ha traducido lo que oyen. ¿Triste? No necesariamente: nadie conoce los nombres de las voces o directores de doblaje; lo triste es que, una vez más los alumnos aventajados de Primero de Progre, especialidad Cultureta, han vuelto a sacarse de la manga un reportaje curioso, cultural, pisoteando la figura central del proceso: quien ha puesto las palabras en boca de las voces.

No sé quién tiene más problemas, si periodistas o traductores… ¿Traductores periodistas?

Barack me robó el periódico

El gabinete de prensa de la Casa Blanca nunca había tenido que preocuparse en exceso de las nuevas tecnologías: hasta la legislatura anterior, valía con tener a un pollo que supiera usar Internet Explorer y enviar e-mails para enterarse más o menos de lo que se decía del presidente de Estados Unidos por ahí.

Pero con la era Obama llegó la locura: Twitter, Facebook, Youtube ya eran una realidad, un monstruo de siete cabezas imposible de dominar. Sólo quedaba una opción: hacerse un hueco.

En alguna ocasión he hablado ya de esos psicópatas de las nuevas tecnologías que con la excusa de la web 2.0 twittean hasta desde la cola del supermercado, y comparten con nosotros cada detalle de sus vidas mediante insulsos blogs en los que los enlaces a redes sociales ocupan más que el propio cuerpo del texto. Bien, pues de esta tendencia no se iba a salvar la prensa política estadounidense de hoy: habla un artículo reciente de The New Yorker de un corresponsal que a lo largo del día publica 3 ó 5 entradas en su blog y 8 ó 10 actualizaciones de Twitter. El ritmo de la noticia en Washington dura 24 horas, y vuelve a coger carrerilla antes de que amanezca.

Vista la voracidad del nuevo periodismo, frenético e imparable, lo que la administración Obama decidió, como astutamente analiza el artículo de Ken Auletta, fue llevarles la noticia a la puerta de casa. Te abro un canal en Youtube, te modernizo la página web, contrato a un equipo de televisión: yo te lo cuento TODO. Yo soy la fuente directa; así, no se acalla a los medios de comunicación, sino que (esto suena rarísimo) se compite con ellos: ¿Quién hubiera podido pensar hace 30 años que el gobierno publicara un periódico propio? Ahora no sólo hace eso: tiene además un canal de televisión y, todo, con difusión mundial.

Los medios tradicionales, mientras, están contra la pared: los tipos de los puros reclaman a los atribulados reporteros en mangas de camisa y con el lápiz sobre la oreja historias, historias, historias, y a éstos no les queda más remedio que tirar de Blackberry y procurar esquivar las faltas de ortografía; el periodismo no tiene más remedio que hacerse con un nicho ideológico y afianzarlo, a costa de cortar cabezas, y el análisis se va doblegando ante el hambre de sencillez poco a poco.

La inmediatez ha permitido a un gobierno circunvalar a una prensa de dudosa moralidad y levantar, en tan sólo unos meses, un debate sobre la ética periodística y comunicativa que empieza a proyectar una sombra ligeramente siniestra sobre el idolotrado Obama, que ha dejado de molar algo de lo que molaba (pero sigue siendo guay).

Aquí esto no pasa, y dudo que llegue a ocurrir. Como siempre digo, mientras que en un sótano de Washington un think tank mide cada uno de los términos que aparecerá en un discurso, aquí montamos un ministerio. Pero el poder, más que nunca, está en nuestras manos: ellos saben cómo funciona; nosotros, no.

Es tonificante vivir en un país que sigue creyendo que es más eficaz regalar bolis y globos en los mítines que esto: