Es muy frecuente, al salir del teatro o de la ópera, o incluso de haber mantenido una charla en casa acompañada por el solo tic tac del reloj, que sufra lo que llamo el hostiazo de realidad.
Consiste en meterte entre pecho y espalda –por poner el último ejemplo– Peter Grimes, que se estrena hoy en Oviedo, y luego salir a la calle del viernes noche. El hostiazo de realidad camina sobre unos tacones más altos que ella, y discute con sus amigas por el rollo de Fulano, el móvil de Zutano o la hora de cierre del chigre de turno. La música alta truena por el barrio, y aturde la tranquilidad y el escalofrío que traías puesto, que tan bien te sentaba.
Nos metimos en ese bar tranquilo en el que aún quedaba algo para comer y, acodados en la barra, empezamos a trazar un plan para que el hostiazo de realidad no lo destruyera todo otra vez.
La idea es montar la S.P.B., o Sociedad para la Preservación de la Belleza, una organización con ánimo de lucro en la que meter todos los ahorros para comprar aforos completos de teatros, promocionar la ausencia de maquillaje entre las muchachas del lugar y sobornar a los chigreros, convencerlos de que comer con el Sálvame a todo volumen no es agradable.
Tiene que ser una cosa pretendidamente elitista y un poco repelente; tiene que ser algo que llevemos en secreto para poder apearnos de tan encomiable empresa cinco o seis noches al mes sin que nadie nos mire raro. Tiene que ser un plan meticuloso y algo retorcido para que dé ese lucro que aún no sabemos de dónde saldrá o en qué consiste.
La emoción, escuché, se mide por la altura del esófago hasta la que trepa el nudo correspondiente. Solo queremos que deje de vivir en el píloro, y encuentre acomodo en la misma garganta, y que no vuelva a bajar más que cuando se lo pidamos.
