RSS Feed

Entradas que hablan sobre «Ópera»

  1. S.P.B.

    Lo escribí el Domingo 29 de enero de 2012

    Es muy frecuente, al salir del teatro o de la ópera, o incluso de haber mantenido una charla en casa acompañada por el solo tic tac del reloj, que sufra lo que llamo el hostiazo de realidad.

    Consiste en meterte entre pecho y espalda –por poner el último ejemplo– Peter Grimes, que se estrena hoy en Oviedo, y luego salir a la calle del viernes noche. El hostiazo de realidad camina sobre unos tacones más altos que ella, y discute con sus amigas por el rollo de Fulano, el móvil de Zutano o la hora de cierre del chigre de turno. La música alta truena por el barrio, y aturde la tranquilidad y el escalofrío que traías puesto, que tan bien te sentaba.

    Nos metimos en ese bar tranquilo en el que aún quedaba algo para comer y, acodados en la barra, empezamos a trazar un plan para que el hostiazo de realidad no lo destruyera todo otra vez.

    La idea es montar la S.P.B., o Sociedad para la Preservación de la Belleza, una organización con ánimo de lucro en la que meter todos los ahorros para comprar aforos completos de teatros, promocionar la ausencia de maquillaje entre las muchachas del lugar y sobornar a los chigreros, convencerlos de que comer con el Sálvame a todo volumen no es agradable.

    Tiene que ser una cosa pretendidamente elitista y un poco repelente; tiene que ser algo que llevemos en secreto para poder apearnos de tan encomiable empresa cinco o seis noches al mes sin que nadie nos mire raro. Tiene que ser un plan meticuloso y algo retorcido para que dé ese lucro que aún no sabemos de dónde saldrá o en qué consiste.

    La emoción, escuché, se mide por la altura del esófago hasta la que trepa el nudo correspondiente. Solo queremos que deje de vivir en el píloro, y encuentre acomodo en la misma garganta, y que no vuelva a bajar más que cuando se lo pidamos.


  2. Ya no se hacen catedrales

    Lo escribí el Miércoles 25 de enero de 2012

    Se puede hacer un Calatrava, un Niemeyer, un Ghery. Pero tiene que servir para algo: ya no se hacen catedrales.

    Será un edificio bonito, a la par que funcional. Será un edificio en el que hasta el último tornillo tenga una utilidad más allá de la estética, en el que todo rincón tenga un fin claro.

    Ya no se hacen catedrales. Ya no se hace nada «porque sí». Buscar la belleza por la belleza, la enormidad por la enormidad solo tiene perdón si al final da dinero, acoge congresos de dentistas o permite alojar a unas cuantas familias.

    Últimamente, he pasado suficiente tiempo metido en los entresijos de Peter Grimes, la última ópera de la temporada en Oviedo, como para conocer al equipo que allí curra. Obviamente, hasta que no se estrene no sabremos si el resultado es una catedral de las que aguantan o de las que se derrumban, pero el caso es que va tomando forma día a día.

    Ves al coro de la Ópera de Oviedo escuchando las lecciones de dicción del director de escena, David Alden, perfectamente vestidos después de 7 horas de ensayos.

    –Jobs. You say joooobs –pronuncia Alden.

    Y las siluetas contestan, ante la mirada paciente de su director, Patxi Aizpiri, y la atención precisa del maestro Corrado Rovaris.

    Y Albert, el regidor, corretea y se estresa, igual que Marioli, la jefa de producción. A Javier, director artístico, le arde el móvil; Alicia organiza a la prensa; Toni, la montaña humana que se ocupa de la técnica, da órdenes sin parar.

    Todos, del primero al último, parecen trabajar sin un objetivo concreto, parecen correr sin tener en cuenta el sentido o el producto final. Se ensimisman en los detalles, como hace la gente de su profesión, para que el resultado cuando se levanta el telón sea el buscado desde un primer momento.

    Construyen catedrales, porque aunque el teatro se llenara cada noche este nunca se iba a convertir en el negocio del siglo para nadie. Quizás la catedral se caiga, como digo, pero al menos estas gentes de escena ponen una piedra encima de otra.

    No, ya no se hacen catedrales.


  3. Hablar por hablar

    Lo escribí el Domingo 15 de enero de 2012

    A lo largo de esta temporada de la Ópera de Oviedo he disfrutado de todos sus  los títulos en distintos momentos de su vida artística: ensayo general, segundo reparto, función. Y todos los he disfrutado, como digo, a pesar de aquel que en este aria abría un caramelo sonoramente, o del otro, el que tenía un acceso de mocos en mitad de una majestuosa obertura. O del que, claro, estaba mirando el reloj y hablando con su peripuesta acompañante sin prestar atención al espectáculo. Por suerte, han sido pocos. Y cobardes, que se callan con una mala mirada.

    Pero es que, además, el otro día vi a cierto artista de más que reconocido talento, o fama, en cierta sala de Gijón. Y tocaba en acústico, y desnudaba sus canciones para el entregado público que había pagado un dinero nada desdeñable por su recital, por la mera herencia de los recuerdos que le había dejado su pasado triunfal. También allí, con los monitores a un volumen decente y las acústicas y voces en su punto, descubrí que se escuchaban las toses, los caramelos, las conversaciones. Los mocos.

    Convertido todo, eso sí, en ruidosos choques de vasos y exagerados gritos entre los unos y los otros. Muy tabernario, el intercambio entre determinada actriz, sus atopadizos colegas y las miradas asesinas de quienes habían pagado por ver al ídolo empuñar la guitarra.

    Ópera y pop encontrados, casados, unidos (¡milagro!) no por el pésimo gusto de algún músico que no ha entendido nada, sino por el simple hecho de que la gente, por motivos inexplicables, habla en los conciertos. Habla por hablar.

    Dudo que las óperas vistas (El murciélago, La italiana en Argel, La flauta mágica y Norma) sean para oídos entrenados; igual que el artista popero al que me refiero. Dudo que sea fácil aburrirse, o incluso que vayan dirigidos, todos ellos, a las élites. Pero por A o por B –probablemente por C, es decir, por culpa de todos a la vez– nos ha faltado esa mala mirada a tiempo. Y es una pena. Hablamos por hablar, cuando estaríamos más guapos callados.


  4. La fabada de Verdi

    Lo escribí el Jueves 5 de enero de 2012

    Me acuerdo no por acordarme, sino porque, como sucede de cuando en cuando, la vida te lo pone delante, en bandeja de plata: la semana pasada aprendí, escribiendo sobre la nueva temporada de la Ópera de Oviedo, avanzada el jueves, que Don Carlo se estrenó en 1867.

    Y al día siguiente, recibí como caído del cielo el espléndido Breviario de la fabada de Paco Ignacio Taibo I, editado por Trea. Leyéndolo y repasando, con ese humor fartón y erudito, la historia de nuestro plato estrella, descubrí que sus orígenes no son tan remotos como yo pensaba, sino que quedan a la vuelta de la esquina: en 1864.

    Quizás la exactitud de la fecha no sea total, pero es imposible resistirse a pensar que mientras que Verdi hacía lo que tuviera que hacer para parir el Don Carlo, en algún lugar de esta tierra verde y extraña a otro se le ocurría meter en una pota fabes de granja, chorizo, morcilla, tocino, jamón, hueso, azafrán y agua (¿y sal?).

    Hablan los teóricos del periodismo de eso de cruzar datos y obtener otros nuevos, jugosos y reveladores. Yo me encuentro ante este hallazgo y no sé si revela nada, pero la alineación parece mágica: Ainhoa Arteta, que es vasca (una amenaza para la fabada, según Taibo), cantará en Don Carlo, que es contemporáneo del rico mejunje, en Oviedo, que es la capital de la fabada, en el bicentenario del nacimiento de Verdi.

    Valiente ensalada de datos. Quizás Arteta sea una suerte de caballo de Troya tratando de imponer a Verdi sobre el chorizo de Tineo –que no lo creo– pero si los señores del New York Times encuentran patrones fundamentales en los datos demográficos y de delincuencia, alguna relación oscura existe entre Arteta, Verdi, y la fabada. Seguro.