RSS Feed

Entradas que hablan sobre «Música»

  1. Tengo una banda

    Lo escribí el Sábado 24 de octubre de 2009

    logoculturasLlevaba tiempo metido debajo de la cama. El flamante bajo con el que tan buenos ratos había pasado exprimiéndole el jazz que podía, aporreándolo tras un día largo y cansado frente al ordenador, o esforzándome por sacar grisáceas escalas llevaba tiempo mudo.

    Hasta que, hace unas semanas, lo desempolvé una tarde tontorrona sin saber por qué. Quizás alguna línea que me apetecía emular, quizás simple mono: allí estaban las cuatro cuerdas de acero, envueltas en la aterciopelada funda negra; volvía a sentir el peso de la madera maciza contra la pierna, la tracción de las cuerdas al encallecerme los dedos, la resistencia de los trastes al buscar un sonido limpio.

    Toqué, y toqué, y toqué, y pronto volvía a encontrarme forzando notas en este o aquel compás, preocupándome más por embellecer que por atinar en la armonía.

    Y justamente hace hoy una semana volví a enchufar el cable a un amplificador, y volví a darle al ‘Power’. Volví a sentir un pequeño crujido, luego algo de ruido: está bien afinado, las manos calientes, la estructura en la cabeza.

    Volví a los cuatro baquetazos, al «un, dos, tres, cuatro», al primer acorde saliendo despedido; volví a darlo todo; volví a saber lo que es tener una banda. Y bien que mola.


  2. Hablemos de Bill Evans

    Lo escribí el Jueves 3 de septiembre de 2009

    Llevo una temporada escuchando casi compulsivamente Alone, un disco de Bill Evans grabado en los años 60 (no me atrevo a dar fecha) en solitario, y que incluye un tema que me tiene obsesionado: se llama Never let me go, dura 14 minutos y pico y prometo que quien lo escuche, quedará hipnotizado.

    De momento, dejo Waltz for Debbie en una excepcional versión con su trío; podéis ponerla mientras leéis:

    El (buen) jazz realiza un recorrido casi simétrico desde que es concebido hasta que el escuchante lo recibe: cuanto más honda es su raigambre en el alma del músico, en una zona más profunda golpeará la del espectador: nace de las tripas más tripas, de la improvisación. Se trata de adquirir una serie de cualidades técnicas (que el contrabajo afine, que la trompeta suene) que permitan olvidarlas en el momento en que se toca la primera nota: sólo la armonía o la melodía deben estar presentes, y de una manera absolutamente orientativa. A partir de ahí, sale el artista de verdad.

    De los mejores trompetistas, por ejemplo, siempre me ha fascinado su capacidad para hacer hablar a un instrumento que, en el fondo, no es más que el filtro de sus soplidos. ¿Cómo se le imprime un estilo personal a los metales? Es una cuestión de feeling, de tempos, de intensidades… Es una combinación de factores que no creo que valga la pena siquiera explicar (eso para los musicólogos). Lo mismo ocurre con el resto de instrumentos de una formación jazzera: guitarra, contrabajo, bajo, batería… Se puede coger cualquiera de ellos y se observará que no hace más que filtrar la energía de quien lo domina, sea energía muscular, aeróbica o artística.

    Pero llega un momento en el que esa barrera desaparece, en que el propio instrumento deja de importar. Pues eso, exactamente, es lo que ocurre con Bill Evans: su piano no canaliza, dialoga. Además, literalmente.

    Más allá de una brillantez técnica que le permite hacer cualquier filigrana con las teclas, más allá del virtuosismo compositivo para idear o versionar, creo que lo que más me fascina de Evans es su capacidad para llevar cada mano por un lado: escucharle solo es encontrar que la una no acompaña a la otra, que no imprime una base, no. Existen dos melodías, que se entrecruzan sin tropezar y se complementan a la perfección. Una dice una cosa, la otra le responde o sigue a lo suyo; nunca llegan a discutir, siempre se entienden, pero generan una tensión que nos hace asistir a una suerte de peloteo tenístico: cuando, en el inicio de Waltz for Debbie, la derecha presenta la melodía y la izquierda apostilla breves acordes de respuesta, se producen repentinos fraseos, se produce un acompañamiento inesperado y chocante y ¡zas!, la mano supuestamente en segundo plano nos grita “aquí estoy, hacedme caso”, casi como un guiño, casi imperceptible pero, de alguna manera, perfectamente presente.

    Eso es jazz.


  3. Otros veranos

    Lo escribí el Jueves 27 de agosto de 2009

    Nuevos Ministerios es un complejo mamotreto gris de cemento en cuyas tripas se encuentra uno de los mayores intercambiadores de Cercanías y Metro de la Madrid. Al salir a la Castellana, en invierno, el frío corta la cara; en primavera, no se sabe muy bien si fuera espera el calor incipiente o la ventisca tardía; y, en otoño, sucede aproximadamente lo mismo.

    Pues ya anochezca a las 7 de la tarde o a las 10 –es decir, durante todo el curso– aguarda fuera un tipo enjuto, de tez oscura, que con su clarinete se pasa allí las jornadas enteras, tocando y retocando largas composiciones clásicas con gran sobriedad.

    Cuál fue mi sorpresa cuando, paseando por el Puerto Deportivo hace un año, topé con el mismísimo escapando del  desierto verano madrileño; y este año, también. Ya no luce ni los guantes sin dedos ni la pesada gabardina, que ahora reposa sobre el altavoz que amplifica el acompañamiento; ya no toca solemnidades, ahora se lanza con animadas y saltarinas melodías, y no oculta una leve sonrisa ahí sentado, bajo un plátano de sombra, tan ricamente.

    Dentro de poco más de una semana nos volverá a esperar, supongo, sentado en la misma banqueta de Nuevos Ministerios; así que de momento, toque lo que toque, corramos a aprovechar antes de que se lleve este sol.


  4. Modernos al Cabrales

    Lo escribí el Sábado 15 de agosto de 2009

    Me llegan noticias de que uno de los grupos que esta semana han amenizado las noches de la Plaza Mayor, muy modernos y lánguidos ellos, se cebaron a base de bien antes del recital en un restaurante cercano.

    Según el informante, que compartió bar con los músicos en cuestión, éstos pasaron aproximadamente tres horas comiendo y bebiendo y riendo, hasta tal punto que el bar olía a Cabrales por culpa suya. Un inicio prometedor

    Pero la rocanrol actitud manda: aparecieron en el escenario, a las 9, con semblante serio, casi de espaldas al público y en una actitud soporíferamente solemne. Así se eternizaron con temas ambientales y profundos (intensísimo), sin mover ni un pie de sus respectivas posiciones, hasta hipnotizar a algunos y dormir a otros, marchando con la misma gravedad con la que habían entrado.

    Reaparecieron, finalmente, en cierto bar de Cimadevilla riendo y bebiendo (no comiendo, lo que nos faltaba) como una pandilla de colegas tomando algo en una noche cualquiera.

    Charlaban con los lugareños acodados hasta las mil en una terraza, compartían risas con quien quisiera acerárseles y todo para propinar un concierto soso, soso. Son como Gremlins: les das Cabrales y pasa lo que pasa.


  5. Nuevo indie español

    Lo escribí el Martes 11 de agosto de 2009

    Andaba ayer por la mañana sin saber bien si llovía o no llovía, cuando el sol resplandeció sobre Gijón y quedó un excelente tiempo de verano. Era de esos lunes en los que tenía que hacer varios recados, por lo que cargué el iPod y hala, a caminar.

    Terminé con los quehaceres mucho antes de lo previsto, gracias al sol y al vientín fresco y, quizás, al último descubrimiento, Klaus & Kinski, indies murcianos de manual con canciones variadas; en general, bastante buenas. No hay como darse un paseo por el Cerro con la esperanza de que la música en este país no se haya autodestruido del todo.

    Puede que el rollo indie-melosón, con una muchacha cantando suave y algún que otro sintetizador loco por ahí lleguen a molestar a los más puristas, pero desde luego el surtido de estilos, letras y tipos hacen del álbum eso, un álbum, una colección, y no un disco de temas embutidos y planos de difícil digestión. También es posible que cansen rápido, pero eso lo diré cuando se ponga a llover porque, de momento, con este clima, resultan de lo más grato.

    Aquí dejo Flashback al revés, me temo que la única canción con vídeo. Podéis escuchar más en el MySpace que he enlazado arriba. A disfrutar.

    KLAUS & KINSKI: Flash-back al revés