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Entradas que hablan sobre «Música»

  1. De Spotify y otras genialidades

    Lo escribí el Jueves 4 de marzo de 2010

    La semana pasada conseguí acceder a ese excelso club que es el Spotify. Por si alguien, a estas alturas de la película, aún no sabe en qué consiste el invento, lo explico brevemente: se trata de un programa conectado a internet que funciona, básicamente, como un Youtube, pero con música. Se ofrece en dos modalidades: la de pago (9,99 e al mes que dan derecho a disponer off-line de hasta 3.333 canciones y un puñado más de ventajas) y la suculentamente gratuita (cuyo único inconveniente es que incluye anuncios cada cierto tiempo, como una radio). Ah, y lo más importante: es completamente legal (y al parecer moralmente aceptable).

    El invento aún no está disponible en todos los países en los que cabría esperar, pero por suerte el nuestro es uno de ellos, y según alguna que otra noticia ya está dando beneficios: parece que esta fórmula, la de brindarnos el acceso a un catálogo enormísimo de canciones (aunque aún tenga boquetes, como los Beatles) gratuitamente con métodos de autofinanciación como la publicidad o el pago voluntario es la solución definitiva a los lloriqueos discográfico-progres.

    Ahora bien, no debemos obviar el reverso de la moneda: de aquí a un tiempo, y si no nacen opciones alternativas YA, corremos el riesgo de vivir un efecto Google y que estos señores se monten un monopolio encubierto para cobrarnos, alegremente, el triple o el cuádruple de lo que piden ahora por el mismo servicio.

    No obstante, uno no puede sino estar contento y feliz con este nuevo servicio: para empezar, por el simple hecho de poder ponerme música cómodamente sin tener que escrutar webs pseudoescondidas, descargar megas y megas de porno surcoreano antes de dar con lo que busco o, qué narices, mover carpetas de un lado a otro; para seguir, porque estoy descubriendo hordas de grupos y toneladas de música que desconocía; para acabar, porque la tecnología empieza a permitir colocarlo en tu móvil y, por tanto, permitirte disfrutar de esa música por la calle, tan alegre.

    De cara al futuro yo sería el primero en hacerme con los discos que me gustaran, pero supongo (y espero) que, en ese sentido, aún estamos en la fase de transición: ¿cómo puede ser que un disco que no es novedad cueste lo mismo que una suscripción de pago durante un mes? Cuestión de darle una vuelta.


  2. Some kind of monster

    Lo escribí el Martes 2 de marzo de 2010

    Aún no sé muy bien por qué, la semana pasada me acordé repentinamente del documental sobre Metallica Some kind of monster, rodado entre 2001 y 2003, cuando la banda atravesaba uno de sus episodios más constructivos: sin bajista, con un bloqueo creativo de tres pares y la tormenta de la demanda de Lars Ulrich, el batería, a Napster, aún fresca.

    Realmente sorprende la cantidad de horas de metraje que tienen que existir como para describir con tanta exactitud el camino que va desde un grupo al borde del abismo hasta el de los cuatro metallicos defendiendo su St. Anger frente a nosecuantascientas mil personas, pasando por las imprescindibles escenas con el terapeuta.

    Se aprecia a la perfección cómo el mismo ego y energía que llevaron a Ulrich, Hetfield y Hammet a comerse el mundo empezaban a volverse contra ellos; más aún cuando se veían incapaces de producir una canción que valiera la pena: se les estaba empezando a ir la cabeza (más) y ese pequeño resquicio de maldad, de estupidez, de lo que sea que acaba por germinar y convertirnos en seres insoprotables e ingobernables parece adueñarse de ellos al principio de la historia, para acabar por derretirse cuando todo encaja y funciona, de golpe.

    Dudo que el señor terapeuta como tal tenga demasiado que ver en el proceso; más bien parece que el hecho de tener cámaras delante y a alguien “vigilándoles” basta para que Hetfield y sus psicópatas se contengan en momentos clave y consigan llevar a buen puerto –no sin esfuerzos sobrehumanos– el disco que acabaría por ser St. Anger.

    Tampoco queda de lado la presión: a pesar de la capacidad que ha de tener uno para ser músico y poder permitirse ser Metallica al mismo tiempo, cómo meterse en el estudio y (en la medida de lo posible) olvidarse del mundanal ruido y hacer lo que mejor –o lo único– que saben hacer.

    En fin, tampoco conviene hablar mucho más: vedlo y opinad, sabios.


  3. Richard Hawley en Madrid (13 de febrero de 2010)

    Lo escribí el Martes 16 de febrero de 2010

    Foto de Silvia Manzano, extraída de 20minutos.es (pincha sobre la imagen para ir al artículo).

    Foto de Silvia Manzano, extraída de 20minutos.es (pincha sobre la imagen para ir al artículo).

    Lo que ocurrió el sábado en la sala Heineken de Madrid fue, principalmente, un desarme en toda regla: uno iba sin apenas haber escuchado el último disco del inglés, Truelove’s Gutter, y con las melodías más animadas de anteriores entregas en la cabeza. Sin embargo, tenía organizada mi idea del repertorio guardando un hueco para alguno de los sugerentes medios tiempos que copan los discos del ex-Pulp, y lo que encontré no tenía nada que ver con cualquier idea que hubiera podido formarme.

    El concierto del sábado pasado se basó en el valor de una banda que cree en sus canciones y sabe por dónde agarrarlas; un Hawley y compañía con la capacidad técnica y las tablas necesarias para entregar canciones de bastante más de cinco minutos a tempos lentos, lentos, sin dejar por ello de conectar con su público: el gran peligro de la música que hace este señor es que puede resultar un soberano tostón si uno se escuda en las correspondientes gafas de sol y una supuesta sensibilidad salida de madre, que le lleven a tocar para los cuatro tipos que le acompañan en el escenario y no para los 500 que están delante. Pero no, en esta ocasión ocurrió el milagro: una sala repleta, un silencio sepulcral, aplausos merecidos y un Hawley y banda emocionados. ¡La conexión es posible!

    En lo musical los cinco brillaron, contenidos, atinados y perfectamente compenetrados. Una pena, en cualquier caso, que tuvieran que recurrir a secciones de cuerda grabadas, que le quitaron algo de brillo a ciertos temas pero sin llegar a deslucirlos, en absoluto. El sonido, por una vez, era claro en medios y agudos, con una voz ecualizada a la perfección y unas guitarras limpias dentro de la eventual distorsión; ahora bien, collejón para los graves: el bajo y el contrabajo formaban una masa pegajosa que haría las delicias de los más “ambientales” pero que, a quienes gustamos de distinguir el bombo del bajo nos resultó más bien insufrible.

    Por último, todo un placer la sala Heineken, en la que a pesar de su nombre la cerveza se cotiza a 5 euros la caña (previo pago de una entrada de 29 para mis amigos de TickTackTicket) y 8 euros la copa, con el oportuno grifo de Coca-Cola silbando entre canción y canción. Así, uno puede fundirse tranquilamente 10 euros por no morir deshidratado. En serio, un gustazo.


  4. Hoy es jueves

    Lo escribí el Jueves 21 de enero de 2010

    Podría parecer una obviedad pero, por suerte, para nosotros hoy no lo es. Me refiero con nosotros a Nistal, el grupo del que hace algún tiempo tengo el gusto de poder decir que soy su bajista.

    Todo empezó con unos tímidos ensayos, con pruebas, con ajustes y desajustes preparando el repertorio del nuevo disco hasta que Alfredo, Álex, Ricardo y yo llegamos a entendernos lo suficientemente bien como para que cuando nos llegó la proposición de participar, allá por diciembre, en la inauguración de la sala Ra! Ra! Ra! nos lo tomáramos con el debido entusiasmo.

    La idea de la fiesta es sencilla: grupos de Madrid versionando canciones típicamente de aquí, o de la movida, o de hace mucho, mucho, tiempo, con su estilo propio. Hasta aquí, una premisa como cualquier otra, una promesa más de una noche divertida y (¡olé!) regada con lo que más nos gusta hacer: tocar.

    Elegimos dos temas, y empezamos a montarlos. Rodaron mp3, miles de mails absurdos y algunas sesiones cuanto menos divertidas tratando de (volver a) darle forma a este par de canciones que, aunque ajenas, suponen la primera vez que la actual formación prepara algo por sí misma, y en sí misma.

    La fiesta se retrasa: la organización no da abasto y no llega a tiempo. Se pospone para el 7 de enero. Bueno, no pasa nada.

    Pero se vuelve a posponer, y nosotros ya hemos convertido las dos canciones originales en una nueva pieza marca de la casa, en canciones de Nistal por derecho propio. ¿Cuándo, cuándo, cuándo podremos sacar los acordes de nuestros iPods y de las cuatro gélidas paredes del local?

    Llega el mail definitivo: día 21 de enero, jueves. Copa gratis, entrada gratuita, párking medio pagado.

    Pasan los días, los ensayos y aquel 21 de enero se convierte en la semana que viene; luego, en el jueves que viene; luego, en pasado mañana; y, finalmente, en hoy: hoy, como digo, es jueves.

    Hoy, por fin, nos subimos a un escenario los cuatro juntos por primera vez, debutamos secretamente y con unas ganas de escuchar el baqueteo de Álex al marcar, el slide de Alfredo al disparar y la voz de Ricardo al rematar que no vemos. Yo quiero que el Mi me vibre bajo el índice nervioso, quiero ser incapaz de levantar los ojos del mástil durante tres o cuatro compases y quiero, tras el estribillo, atreverme a alzar la mirada y encontrar, al menos, una cara sonriente entre el público y algo de satisfacción entre mis compañeros.

    Hoy, más que nunca, tenemos ganas de tocar. ¿Nos vemos esta noche?


  5. De vez en cuando

    Lo escribí el Viernes 15 de enero de 2010

    De vez en cuando, se cruzan discos, libros o películas que llevábamos años sin escuchar, o que incluso dormían semi inexplorados en algún lugar: eso, exactament,e acaba de ocurrirme con un estilo que se quedó en las profundidades de los bares hace tiempo.

    La historia es la siguiente: últimamente ando buscando nuevos grupos, algo que escuchar que actualice el iPod y me permita apartar temporalmente los discos que más escucho o, al menos, ampliar la nómina de imprescindibles en ese pequeño compañero musical.

    En un barrido por lo último de lo último, le di un buen puñado de oportunidades a Kasabian:

    Vale, sí, está muy bien, pero psché. Sólo me salía eso, psché: un single molón, una melodía pegadiza y un desarrollo infinito sobre todo tipo de recursos enchufables, sintéticos, desenchufables y, en general, artificiales. A la quinta escucha, preferí volver a algo que sonara a música, a fuerza, algo que, al menos, me sugiriera la potencia del músico tras las notas, y no el simple tacto de unas teclas, de un control, de un botón.

    De pronto, aterrizó por un flanco inesperado (como siempre ocurre con los revivals) el mítico punk-rock californiano que pegó el patadón en los 90, pero que ya llevaba suficiente tiempo de cocción. Grupos buenos, malos, regulares… Al final, opté por profundizar levemente en Bad Religion, grupo cuya fama máxima me pilló demasiado, ejem, joven, y cuyos discos me habían pasado al lado sin llegar a tocarme. Hasta ahora.

    Puede que sea pretencioso afirmarlo, pero creo que ambas canciones, incluso que ambos grupos, tienen mucho en común: nada en lo musical (aunque bien escuchado…), nada en las letras, nada en la actitud, nada, pero no puedo evitar tener la sensación, escuchando una canción tras otra, de que esta especie de moderneo de nuestro siglo no es más que la versión descafeinada, plastificada y envasada de lo que en su día fue el punk-rock: ambas se pretenden músicas directas e impactantes, ambas venden personalidad y fuerza frente a fragilidades sentimentalonas, ambas quieren entretener, ambas quieren resultar expresivas… La diferencia, amigos, es que Bad Religion huele a mala leche; tras ese bajo hay un tipo haciendo fuerza con la púa bien agarrada; tras la batería hay urgencia; tras las guitarras, saltos: hay mucho de impostura, pero aunque el aroma sea intencionado, es.

    Hoy lo vemos con una sonrisa en la cara y nos damos cuenta de lo caricaturesco de los nerds de la generación de tus hermanos mayores, llenos de granos, metiénose en pogos, pero tras toda esa “actitud” quedan musicazos, una gran banda y no puedo sino sospechar que, tras Kasabian (igual que ha ocurrido con el 95% de grupos nacidos de los 2000) sólo quedarán camisas planchadas y melenas impecables.