El músico, el artista o cualquiera que dé la cara en un escenario se enfrenta, como hecho inherente a la profesión que ha elegido, a la crítica más dura y difícil de rebatir, la intelectualmente más elevada: «Esto es una mierda».
¿Qué se puede responder ante semejante despliegue argumental? Poco. Lo mejor es pasar. Sobre todo cuando uno es consciente de que el trabajo que ha hecho está objetivamente bien: la música, que tomaré como caso aquí, consiste en tiempos, armonías e instrumentación. Consiste en matemáticas, en números y en ondas que son las que son. Lo que cada cual haga con ellas va con él y con ella y con su conciencia. Ese es el primer filtro.
Una vez colocado todo en su sitio, podemos pasar a contemplar otros matices: originalidad, frescura, ejecución, soltura, color… Y aquí no hay nada escrito; es imposible evaluar qué es bueno y qué es malo. Aunque yo propongo una vara de medir, creo que la más aceptable: sinceridad. Es difícil de explicar, a veces incluso de percibir, pero por plano que resulte, el artista que se arremanga y se mancha las manos con lo que hace, el que se machaca no por la fama o el éxito (solamente) sino por una convicción más honda, merece, por lo pronto, respeto. Eso tampoco podrá ser una mierda.
Dicho lo cual, estimo sin pudor alguno que la canción que este año nos representará en Eurovisión es una mierda. Con todas las letras.
La tal Lucía Pérez es la que menos culpa tiene de este descalabro musical, aunque no está exenta de su parte. Lo digo porque:
a) La melodía le pilla fuera de tono. El uouo este le queda bastante alto, y tiene que forzar la voz. No sé si es porque no le da para más o, sencillamente, porque a quien haya producido esto no se le ha ocurrido la sencilla idea de bajar la canción un tono. Uno. Más fácil, imposible.
b) Una cosa son las licencias literarias y otra, muy distinta, es tener los santos redaños de escribir:
Pero a fin de cuentas he disfrutao
de todo lo bailao
c) Cuando la voz de alguien no llega, no puedes intentar taparlo con autotune y un reverb más bestia que hay en el baño.
d) Si vas a meter coros para tapar el desaguisao (ya me estoy imbuyendo) no es necesario que los interprete una coral de tabernarios.
Esas son las cuatro cosas, digamos, objetivas que se pueden señalar para justificar que es una de las peores canciones jamás escritas. Podría, con menos frialdad, meterme en razonamientos, pero ni siquiera estoy seguro de que merezca la pena comentar la armonía, los arreglos y la estructura.
Y bien por Lucía Pérez y por quien haya perpetrado esto. Nos vemos en Eurovisión. Abajo, abajo.


