RSS Feed

Entradas que hablan sobre «Música»

  1. Hablar por hablar

    Lo escribí el Domingo 15 de enero de 2012

    A lo largo de esta temporada de la Ópera de Oviedo he disfrutado de todos sus  los títulos en distintos momentos de su vida artística: ensayo general, segundo reparto, función. Y todos los he disfrutado, como digo, a pesar de aquel que en este aria abría un caramelo sonoramente, o del otro, el que tenía un acceso de mocos en mitad de una majestuosa obertura. O del que, claro, estaba mirando el reloj y hablando con su peripuesta acompañante sin prestar atención al espectáculo. Por suerte, han sido pocos. Y cobardes, que se callan con una mala mirada.

    Pero es que, además, el otro día vi a cierto artista de más que reconocido talento, o fama, en cierta sala de Gijón. Y tocaba en acústico, y desnudaba sus canciones para el entregado público que había pagado un dinero nada desdeñable por su recital, por la mera herencia de los recuerdos que le había dejado su pasado triunfal. También allí, con los monitores a un volumen decente y las acústicas y voces en su punto, descubrí que se escuchaban las toses, los caramelos, las conversaciones. Los mocos.

    Convertido todo, eso sí, en ruidosos choques de vasos y exagerados gritos entre los unos y los otros. Muy tabernario, el intercambio entre determinada actriz, sus atopadizos colegas y las miradas asesinas de quienes habían pagado por ver al ídolo empuñar la guitarra.

    Ópera y pop encontrados, casados, unidos (¡milagro!) no por el pésimo gusto de algún músico que no ha entendido nada, sino por el simple hecho de que la gente, por motivos inexplicables, habla en los conciertos. Habla por hablar.

    Dudo que las óperas vistas (El murciélago, La italiana en Argel, La flauta mágica y Norma) sean para oídos entrenados; igual que el artista popero al que me refiero. Dudo que sea fácil aburrirse, o incluso que vayan dirigidos, todos ellos, a las élites. Pero por A o por B –probablemente por C, es decir, por culpa de todos a la vez– nos ha faltado esa mala mirada a tiempo. Y es una pena. Hablamos por hablar, cuando estaríamos más guapos callados.


  2. Con frecuencia, Beethoven

    Lo escribí el Martes 10 de enero de 2012

    El otro día cayó en mis manos un documento curioso: un estudio médico que versa sobre la correlación entre la sordera de Beethoven y su proceso compositivo a lo largo del tiempo. Este, realizado por Edoardo Saccenti, Age K Smilde y Wim H M Saris, se centra en el uso de determinadas frecuencias por parte de Beethoven en función de lo que oyera: al parecer, percibía mejor las frecuencias bajas que las altas, y por lo tanto se sentía más cómodo con composiciones (en especial las de la última época) no graves, ya, sino directamente oscuras.

    Ahora bien, dicen los doctores que quizás al genio no le hiciera falta oír nada para componer. Que quizás, como decía Wagner, la sordera fuera la introspección definitiva, el encuentro consigo mismo que necesitaba para escarbar en los confines de su alma. ¿Un pintor ciego, un poeta sordo?

    Si se estudia la producción musical de cualquier autor contemporáneo (popular, rockero, da igual), se observará que, por muy bueno que sea, los vicios de postura acaban por influir en su producción: contaba Springsteen, en el documental Wings for wheels (o quizás en Storytellers, no recuerdo), cómo la escritura de Born to run se basa en su decisión de componer el disco al piano (donde tiene una serie de vicios) en lugar de a la guitarra (donde tiene otros). Igual que las Suites para chelo de Bach son difíciles de tocar en el bajo, pongamos por caso, por estar este afinado de distinta forma que el violín, la viola o el chelo mismo. Es muy difícil: olvida la impostura, y muévete en terreno cómodo.

    Lo mismo ocurre en literatura, cuando uno empieza a encontrar repeticiones y patrones permanentes en el pensamiento de su autor favorito: le pasó a John Fante en su autobiografía, que dictó ya ciego y al final de su vida. Ocurre en todas las formas de arte: que, al final, uno solo lo consigue cuando acepta sus vicios y empieza a vivir con ellos. Beethoven, con una trompetilla, renunciando a oír, curvado sobre su piano. Limitándose a escribir. Pariendo la 5.ª sinfonía.


  3. Vuelve la canción protesta

    Lo escribí el Jueves 23 de junio de 2011

    Etgar Keret, eminente escritor israelí, me dijo hace un mes que estaba hasta las narices de que le preguntaran por el conflicto y por política. «¿Te crees que si yo tuviera la respuesta a esa pregunta me dedicaría a escribir libros o me habría puesto a arreglarlo?»

    Aquí la prudencia y la lucidez artística de Keret no se estila: Todo empezó hará una semana, cuando Russian Red dijo que ella, de ser, era de derechas. Luego, El País estimó asunto de interés nacional la ideología musical y preguntó a otro puñado de músicos, que en general vinieron a decir lo mismo que Nacho Vegas: «Hoy en día, cuando las políticas neoliberales han dejado en la calle a familiares y amigos míos y han recortado derechos fundamentales a la mayoría de la gente, que además está saliendo en masa a la calle, no puedo evitar pensar que cualquiera que se declare de derechas ha de ser un cretino o un cabrón.» Y por último, salta al ruedo Hermann Tertsch defendiendo a la joven folkie. Y ahí seguirán, mientras que todo el mundo tiene algo que decir sobre el 15M, con las entrevistas a artistas, escritores y gente, en general, sin relación profesional con la política convertidas en charlas de bar sobre asuntos nacionales y/o internacionales.

    Ayer entrevisté a Kepa Junkera, que es un músico vasco que vive ahí, en su folk, en su música tradicional y en sus cosas. No, lo siento, no le pregunté sobre Bildu ni sobre el pacto del PNV para la negociación colectiva, no salió el tema, entre pregunta y pregunta, de si España se rompe o si la caverna mediática de Intereconomía está hundiendo el país.

    No entiendo en qué momento a alguien le importó si Russian Red era del Sporting o del Madrid; y menos aún, en qué momento se le ocurrió responder a la pregunta del millón. No entiendo que los artistas del artículo de El País arriba citado también entren al trapo. Pero, sobre todo, no entiendo en qué momento nadie con una guitarra se creyó que estaba en el lugar adecuado (encima de un escenario, detrás de un micrófono) para explicar al mundo de dónde viene y a dónde va. ¿Es la vuelta de la canción protesta?


  4. And last, but not least…

    Lo escribí el Lunes 20 de junio de 2011

    Springsteen siempre presentaba igual al Big Man: «And last, but not least… ¡Clarence Clemons!» («Y por último, aunque no menos importante… ¡Clarence Clemons!»). Y los estadios se caían. En el caso de Bruce Springsteen y de su E Street Band, a la capacidad natural que tuvieron para reconfigurar una banda de rock convencional hay que añadir que en el momento en el que se les vive en directo, dan ganas de tirar todos los discos a la basura y no escuchar más que conciertos.

    Porque por mucha manía que se le tenga al saxo como instrumento, Clarence Clemons supo atacarlo con cordura y mucha elegancia y, además, integrarlo en el proyecto de Springsteen y de su E Street Band. Ese fue su primer triunfo.

    Clemons no es solo, entonces, momentos fulgurantes, sino algo tan sorprendente como la introducción de este The River del Reunion Tour (1999) en el Madison Square Garden:

    En este vídeo aparece el otro e-streeter que ya no está entre nosotros, Danny Federici. Federici falleció en 2008, y le sustituyó Charles Giordano, el teclista de la formación folk que Springsteen se sacó de la manga en 2006, la Seeger Sessions Band.

    Por eso las muertes o sustituciones en una banda como esta, que es una piña, son muy complicadas para los fans y escuchantes en general: llega un momento en el que la emoción sobrepasa la música, en el que la mera presencia de, por ejemplo, un Clemons agarrotado y al que sacaban del escenario en silla de ruedas enchufado a una bombona de oxígeno era más importante que lo que fuera capaz de demostrar con su saxo de oro.

    Será difícil olvidar aquel concierto de verano de 2008 en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid, en el Magic Tour, cuando Clemons logró sobrevivir a Radio Nowhere (había entrado en su solo como un elefante en una cacharrería) y se atrevió con Jungleland.

    Cuando sonaron los primeros acordes de esa canción quienes allí estábamos nos miramos sorprendidos: su solo en ese tema es uno de los momentos por los que mejor se le conoce y entraña, además, una dificultad técnica considerable. «No va a ser capaz», pensé entonces. Empezó con cautela, la banda le arropaba, atenta, echándole el tempo hacia atrás para que pudiera amarrar cada nota con prudencia. De pronto, uno ve aparecer de alguna forma al músico, a lo que le ha conferido esos poderes: uno sabe, de golpe, que por encima de la leyenda que él se sabe para mucha gente y por debajo del poder que destila quedándose aparcado en un taburete sobre el escenario, hay un musicazo. Había un musicazo. Y sí, pudo con el solo.

     


  5. Valor de ley

    Lo escribí el Miércoles 23 de febrero de 2011

    Decir de Valor de ley que es un peliculón es muy osado. Decir que es la mejor película de las nominadas a los Oscar, más. Pero es tan rematadamente necesaria como la canción de Johhny Cash que suena en la página web oficial. Y eso la hace única.

    Siempre he sido un gran admirador de los westerns, de las historias que brindan un trasfondo sencillo, un entorno conocido y explotado hasta la saciedad pero siempre fascinante y, por qué no, unos paisajes alucinantes.

    Precisamente la fotografía de las noches son, tanto en esta película como en La red social una de las cosas que más me ha atrapado de las películas de este año.

    Pero volvamos a la última de los Coen, película que, además, según leo, ha sido la primera de ellos que ha sobrepasado una recaudación en cines de 100 millones de dólares en Estados Unidos. Esto debería darnos algo que pensar: ¿qué aporta este remake? ¿Qué tiene de novedoso? Nada, y todo al mismo tiempo.

    Porque Valor de ley logra hacer que lo complicado parezca sencillo, logra llevar el lenguaje cinematográfico un par de pasos más allá lavándole la cara a lo que ya conocíamos y trayéndolo a los cines de hoy. Estas películas, de enorme complejidad en muchos de los planos cinematográficos que hay que saber conjugar, son las que terminan por reunir en un cine al público más variopinto, las fábulas más inmortales del folclore de una nación en construcción que han ido saltando del relato oral a la música (véase Johnny Cash, pero también a sus predecesores y herederos).

    Igual que esos cuentos hablan no solo de una tierra (los paisajes que nos regalan la vista) sino de unos personajes, de un dramatismo, de una cierta moraleja en mitad de la nada (los que nos seducen los sentidos e impregnan las narraciones), Valor de ley no solo plantea por enésima vez ese mundo al que siempre nos gusta volver.

    Con su historia, con unas interpretaciones bien servidas, con una niña repelente, con una pizca de humor negro, con tiros y una épica tan, tan particular… Vuelve a conseguirlo.