A lo largo de esta temporada de la Ópera de Oviedo he disfrutado de todos sus los títulos en distintos momentos de su vida artística: ensayo general, segundo reparto, función. Y todos los he disfrutado, como digo, a pesar de aquel que en este aria abría un caramelo sonoramente, o del otro, el que tenía un acceso de mocos en mitad de una majestuosa obertura. O del que, claro, estaba mirando el reloj y hablando con su peripuesta acompañante sin prestar atención al espectáculo. Por suerte, han sido pocos. Y cobardes, que se callan con una mala mirada.
Pero es que, además, el otro día vi a cierto artista de más que reconocido talento, o fama, en cierta sala de Gijón. Y tocaba en acústico, y desnudaba sus canciones para el entregado público que había pagado un dinero nada desdeñable por su recital, por la mera herencia de los recuerdos que le había dejado su pasado triunfal. También allí, con los monitores a un volumen decente y las acústicas y voces en su punto, descubrí que se escuchaban las toses, los caramelos, las conversaciones. Los mocos.
Convertido todo, eso sí, en ruidosos choques de vasos y exagerados gritos entre los unos y los otros. Muy tabernario, el intercambio entre determinada actriz, sus atopadizos colegas y las miradas asesinas de quienes habían pagado por ver al ídolo empuñar la guitarra.
Ópera y pop encontrados, casados, unidos (¡milagro!) no por el pésimo gusto de algún músico que no ha entendido nada, sino por el simple hecho de que la gente, por motivos inexplicables, habla en los conciertos. Habla por hablar.
Dudo que las óperas vistas (El murciélago, La italiana en Argel, La flauta mágica y Norma) sean para oídos entrenados; igual que el artista popero al que me refiero. Dudo que sea fácil aburrirse, o incluso que vayan dirigidos, todos ellos, a las élites. Pero por A o por B –probablemente por C, es decir, por culpa de todos a la vez– nos ha faltado esa mala mirada a tiempo. Y es una pena. Hablamos por hablar, cuando estaríamos más guapos callados.
