Leo en El Comercio que el seguimiento de la manifestación de hoy contra la reforma laboral (del PP, apostillan El País y Público todo el rato) está siendo masivo en Gijón. En efecto, la foto habla por sí misma.
Ahora llueve, está el cielo blanco. Anoche la temperatura era agradable, y el cielo era negro, espeso, sin una sola gota de agua. Bajo aquél, hay manifestación. Bajo este, hay folixa y antroxu, hay carnaval y la fiesta que el bolsillo pueda soportar.
Esta es una manifestación de futuro, de las de ponerse serio. Esta es de las que generan recortes de prensa que colocar mañana en el la puerta del congelador, pegada con un imán: de las que anteceden, quizás, a una huelga general si los sindicatos se atreven a lanzarse a la piscina. Yo estuve allí el 19 de febrero de 2012.
Dicen que es un retroceso de los derechos fundamentales de los trabajadores, pero sobre todo –y creo que esto es lo que está llenando el Humedal de paraguas– opinan que las medidas del Gobierno no van a servir para cambiar nada. Quizás tengan razón: bien sabemos todos que los resultados, en esto de la economía, no se conocen hasta que haya pasado un tiempo prudencial.
Vamos a conceder, a todos los que están ahora mismo en la calle, que algo está carcomiendo nuestros derechos, y que ese algo tiene por cabeza pensante a Mariano Rajoy. Y vamos a conceder que, por otro lado, no es el PP quien está jibarizando los derechos sino una situación de crisis que están intentando atajar rotundamente.
Están de acuerdo, los unos y los otros, en que un pequeño roedor está consumiendo el queso hasta hoy guardado a buen recaudo en la alacena. ¿A qué conclusión podemos llegar los que ni salimos con los unos ni votamos a los otros? Que no hay culpables, ni atacantes, sino atacados: nosotros. Yo.
España no va bien, entonces. Es más: ya no hay supermercado al que acudir cuando no tienes a donde ir. En eso estamos todos de acuerdo: nadie te va a sacar, ya, las castañas del fuego cuando quieran despedirte. Por descontado, no tendré más jubilación que la que haya logrado reunir en un calcetín.
Aquí estamos. En mitad de la nada, rodeados de todo y abocados, sea de quien sea la culpa, a empezar a cuidar de nuestras tomateras no ya como hobby, sino como una forma de subsistencia. Yo no pienso tomar la calle, ni tomar medidas. Solo pienso tomarme un whisky, brindar por todos, y salir adelante. Suerte.
