Hace cosa de un mes reseñé en mi blog la fantástica lectura que supuso El guardián entre el centeno, con sus claroscuros y esa cadencia tan particular que le confería el haber sido concebida como una suerte de serial para la prensa, y cómo se transformó en una obra escandalosmente polémica a raíz de su contenido y su continente.
Tras escribir aquella reseña pasé algunos días obcecado con lo que rodeó al libro: revisando la famosa traducción muy por encima, buscando algo de información sobre el disparatado número de leyendas urbanas y rumores que rodean al libro y, finalmente, tratando de averiguar qué fue de J.D. Salinger.
Según cuentan por ahí, el bueno de Salinger huyó del mundo años después de la publicación de esta obra, y nunca permitió que se llevara al cine o al teatro por diversos motivos, entre los cuales se comenta que se encontraba su obsesión por interpretar a Holden Caulfield. No quiero ahondar mucho más en este tema porque no poseo suficientes datos —ya habrá tiempo, ya—, pero basta aportar estos trazos para darse cuenta de que, en el caso de este libro, tanto importa la obra en sí como todo lo que la rodea.
Pues bien, dejé mi ejemplar encima de la estantería de los libros leídos y me puse a otra cosa, cuando, oh sorpresa, Holden Caulfield volvió a cruzarse en mi camino el otro día, inesperadamente, dentro de una noticia publicada por el diario británico The Guardian.
Resulta que un pollo de origen sueco llamado John David California ha decidido en su primera novela retomar la historia de Caulfield 60 años después. No se avanza demasiado del argumento, lo suficiente como para levantar polémicas y atraer lectores: que en esta ocasión Caulfield se escapa del asilo en el que languidece y que J.D. Salinger aparece como personaje. Ah, y que el libro va dedicado al propio Salinger (“Al más increíble mentiroso que jamás se haya visto”).
Luego California explica que lo hace porque siempre quiso saber cómo seguía la historia, y por rendir homenaje a estos dos iconos (Caulfield y Salinger) de la literatura norteamericana. Es cierto que si por Salinger fuera el universo engendrado por la producción y reproducción de su obra habría quedado congelado en el año 1950, y no se habría investigado nada sobre su libro y su vida. Pero de ahí a escribir la segunda parte de su obra maestra hay un trecho, y si encima Caulfield se escapa de un geriátrico, no me queda sino suponer que no terminará la novela rodeado por su familia, sino envasado en un cálido cajón de pino (aunque esta es una conjetura absolutamente gratuita).
La premisa no es en absoluto mala, y probablemente si fuera Salinger el autor del libro a nadie le cabría duda alguna de que el resultado bien sería interesante, bien sería un intento desesperado por sacar dinero; pero ese morbo por saber qué habrá sido del autor ermitaño en este tiempo y si habrá escrito por convicción o por deudas queda solapado, ahora, por la curiosidad que despierta el grado de dureza del rostro de John David California: ¿escribe por convicción o por forrarse descaradamente?
Uno, sin haber leído el libro y volviendo a conjeturar osadamente, presupone más bien que tiene un morro de proporciones épicas: si el leit motiv de su primera novela es el homenaje al personaje y al autor ¿por qué razón no puede crear una historia paralela, como se ha hecho toda la vida, o escribir un ensayo? ¿Por qué no puede conjeturar definiéndose como narrador y voz cantante y no como impostor a cara descubierta?
Se podría llenar una biblioteca con los experimentos de este tipo que se han ido haciendo con Sherlock Holmes, y aunque algunos son auténticas aberraciones de la literatura, otros resultan perfectamente elegantes y aportan lo que deben aportar en calidad de tributos: un complemento periférico a los textos originales que permita al lector ampliar ese mundo de ficción.
Ahora bien, la estrategia del homenaje se transforma aquí en excusa, cuando lo que hace California es tomar la estructura argumental y el personaje protagonista (o eso afirma) y darle una nueva vuelta de tuerca. Y más sospechoso es que esos ingredientes precocinados han ido empapando muchas historias desde que Salinger concibiera El guardián entre el centeno, y no es necesariamente obligatorio remontarse a los orígenes, con nombres y apellidos, para continuar la historia: no creo que si a alguien le da por escribir una historia de amor prohibido tenga que llamar a sus protagonistas Romeo y Julieta.
Espero con ansiedad la oportunidad de leerlo, y de saber si el señor California cuenta con su propio guardián que le sujete cuando se dirija, ciego, hacia el precipicio, o si por el contrario la legión de seguidores de Salinger nos uniremos en un movimiento coordinado para empujarle con convicción.
En cualquier caso, hace falta valor.