RSS Feed

Entradas que hablan sobre «Literatura norteamericana»

  1. Pulp

    Lo escribí el Sábado 18 de julio de 2009

    PulpPulp

    Charles Bukowski

    New York, Ecco (HarperCollins)

    2002

    Charles Bukowski siempre fue un escritor de historias cortas y poemas, si no me equivoco pocas son las veces (si no es esta la única) que se enfrentó al reto de componer toda una novela. Por eso al abrir la primera página, uno siente el cosquilleo del fan que va a enfrentarse a un triple salto mortal de un ídolo, del que quizás salga anonadado o quizás decepcionado; quizás se caiga un mito o se encumbre para siempre.

    Pues bien, en este caso, es lo segundo. Uno de los rasgos de Bukowski que más me han atraído es su capacidad para disparar sordideces de todas las formas y colores mientras que, en el fondo, o detrás de todo ello, se encuentra un escritor como pocos. Esto pude confundir al respetable, que no sabe muy bien si su literatura es una recopilación de borracheras, úlceras y guarradas o si era la única forma de expresión con la que contaba. Este libro demuestra que esta última explicación es la que mejor se adapta a su escritura.

    Porque Pulp tiene la frescura de sus relatos, seguramente concebidos a toda velocidad, pero envasada en un cuerpo y en un hilo argumental sólidos como la roca, un libro coherente y al mismo tiempo demencial, trufado de esas escenas marca de la casa y de una colección de ideas (¿matar a Celine?) que llevan la impronta del mejor Bukowski.

    Todo aquel que piense que es un escritor sobrevalorado, que no se explique cómo ha llegado al panteón de los clásicos contemporáneos debería hacerse con esta edición (sobresaliente), sentarse en una terraza, pedirse un algo y dejarse sorprender. Y que viva Bukowski.


  2. Muerte de un viajante

    Lo escribí el Jueves 16 de julio de 2009

    Muerte de un viajanteTraducción: Eduardo Mendoza

    Dirección: Mario Gas

    Reparto: Jordi Boixaderas, María Cirici, Carles Cruces, Pablo Derqui, Camilo García

    No negaré que cuando abrí el libreto y encontré que la duración del espectáculo era de 3 horas y 10 minutos (con pausa de 20 minutos) se me cayó a los pies y temí por mi supervivencia, dada la ¿encantadora? incomodidad de los asientos del Teatro Español.

    Sobre todo porque hace algún tiempo asistí a una representación (no daré nombres, pero se esperaba otra cosa de ellos) bastante lamentable de El precio, sobreactuada y bastante poco lograda: Arthur Miller no es un autor que se caracterice por sus explosiones literarias, por la espectacularidad escénica. No, sus obras requieren uno de los ingredientes clave en teatro: que lo complejo parezca simple.

    Es lo que él ofrece en el texto, y lo que debe llegar al espectador tras haber superado no ya el trabajo de los actores, sino el peliagudo escollo de una traducción o adaptación. Mendoza realiza un trabajo impecable en este sentido, y Mario Gas (San Mario Gas, a partir de ahora) no se queda atrás con su sobriedad y minuciosidad. En Las Troyanas, de Eurípides, que pude ver el año pasado en las Naves del Español, quedaba clara su valía, pero se desinflaba por cortesía de un reparto en exceso televisivo.

    Aquí no. Entre una escenografía cuidada al milímetro y un Boixaderas espectacular, los flashbacks dejan con la boca abierta, los momentos más crudos erizan hasta el último pelo y los más tiernos (dentro de la dureza implacable de Miller) cierran con convicción un nudo en la boca del estómago, que acompañará al espectador hasta que haya logrado echarse unas risas tras la representación.

    Tampoco creo que sea casual que Boixaderas y Camilo García sean actores de doblaje, de Russell Crowe y Anthony Hopkins respectivamente, lo cual, unido al atrezzo profundamente americano nos transporta a otro tiempo, a otro ambiente. Brillante Biff Loman, interpretado por el sorprendente Pablo Derqui; sobresaliente Rosa Renom como madre; Víctor Valverde en el papel de Ben… Habría que citar y aplaudir a cada uno de ellos, por engrasar y hacer rodar una máquina inasible y enorme; todo un hito se mire por donde se mire.

    Por fin podemos ovacionar por convicción y encontrar que aún queda, en España, una casta de artistas capaz de traspasar el escenario, sentarse con nosotros en el patio de butacas y zarandearnos hasta que sintamos algo. Por fin una obra redonda.


  3. Episodio 1: JD Salinger y un trocito de un relato

    Lo escribí el Sábado 13 de junio de 2009

    Espero que os guste…

    [podcast]http://alejandrocarantonna.es/wordpress/wp-content/uploads/Episodio1.mp3[/podcast]


  4. Cuando John encontró a Salinger

    Lo escribí el

    logoculturasJohn David California es el pseudónimo de un norteamericano de origen sueco (¿o viceversa?) que ha decidido debutar en esto de las letras con una secuela no autorizada de El guardián entre el centeno: «Me encantaría que Salinger me dijera qué le ha parecido».

    Y para algo lleva el aludido 40 años repartiendo denuncias hasta en Irán: no ha tardado en complacer al «nuevo talento» con una demanda por plagio. En la mejor tradición salingeriana, aquí no se salva ni el apuntador: además del misterioso California, se sentarán en el banquillo la editorial sueca Nicotext; su subsidiaria inglesa, Windupbird Publishing; y la distribuidora norteamericana.

    Curiosamente, sólo la agencia AP ha logrado contactar (telefónicamente) con el autor novel, que luego ha vuelto a desvanecerse en algún lugar cerca de Gotemburgo.

    Tirando algo más del hilo, resulta que el catálogo de Nicotext se nutre de títulos tan sugerentes como Stupedia: Los datos más inútiles de Wikipedia y Parklife: 100 cosas que hacer en un parque, dudosos precedentes para la secuela de una pieza clave de la literatura contemporánea. Y no llama menos la atención que la filial inglesa, Windupbird Publishing, comparta oportunamente su dirección con una empresa londinense que ofrece un apartado de correos y un servicio de centralita telefónica a sus clientes.  O que sólo haya publicado este libro. O que si a su nombre, literalmente «pájaro de cuerda de juguete», le quitamos el «pájaro», la expresión signifique bien «terminar», bien «tomar el pelo»: elija su acepción. De momento, Salinger y compañía se han decantado por la primera. De momento.


  5. El guardián entre el centeno… 2

    Lo escribí el Domingo 17 de mayo de 2009

    Hace cosa de un mes reseñé en mi blog la fantástica lectura que supuso El guardián entre el centeno, con sus claroscuros y esa cadencia tan particular que le confería el haber sido concebida como una suerte de serial para la prensa, y cómo se transformó en una obra escandalosmente polémica a raíz de su contenido y su continente.

    Tras escribir aquella reseña pasé algunos días obcecado con lo que rodeó al libro: revisando la famosa traducción muy por encima, buscando algo de información sobre el disparatado número de leyendas urbanas y rumores que rodean al libro y, finalmente, tratando de averiguar qué fue de J.D. Salinger.

    Según cuentan por ahí, el bueno de Salinger huyó del mundo años después de la publicación de esta obra, y nunca permitió que se llevara al cine o al teatro por diversos motivos, entre los cuales se comenta que se encontraba su obsesión por interpretar a Holden Caulfield. No quiero ahondar mucho más en este tema porque no poseo suficientes datos —ya habrá tiempo, ya—, pero basta aportar estos trazos para darse cuenta de que, en el caso de este libro, tanto importa la obra en sí como todo lo que la rodea.

    Pues bien, dejé mi ejemplar encima de la estantería de los libros leídos y me puse a otra cosa, cuando, oh sorpresa, Holden Caulfield volvió a cruzarse en mi camino el otro día, inesperadamente, dentro de una noticia publicada por el diario británico The Guardian.

    Resulta que un pollo de origen sueco llamado John David California ha decidido en su primera novela retomar la historia de Caulfield 60 años después. No se avanza demasiado del argumento, lo suficiente como para levantar polémicas y atraer lectores: que en esta ocasión Caulfield se escapa del asilo en el que languidece y que J.D. Salinger aparece como personaje. Ah, y que el libro va dedicado al propio Salinger (“Al más increíble mentiroso que jamás se haya visto”).

    Luego California explica que lo hace porque siempre quiso saber cómo seguía la historia, y por rendir homenaje a estos dos iconos (Caulfield y Salinger) de la literatura norteamericana. Es cierto que si por Salinger fuera el universo engendrado por la producción y reproducción de su obra habría quedado congelado en el año 1950, y no se habría investigado nada sobre su libro y su vida. Pero de ahí a escribir la segunda parte de su obra maestra hay un trecho, y si encima Caulfield se escapa de un geriátrico, no me queda sino suponer que no terminará la novela rodeado por su familia, sino envasado en un cálido cajón de pino (aunque esta es una conjetura absolutamente gratuita).

    La premisa no es en absoluto mala, y probablemente si fuera Salinger el autor del libro a nadie le cabría duda alguna de que el resultado bien sería interesante, bien sería un intento desesperado por sacar dinero; pero ese morbo por saber qué habrá sido del autor ermitaño en este tiempo y si habrá escrito por convicción o por deudas queda solapado, ahora, por la curiosidad que despierta el grado de dureza del rostro de John David California: ¿escribe por convicción o por forrarse descaradamente?

    Uno, sin haber leído el libro y volviendo a conjeturar osadamente, presupone más bien que tiene un morro de proporciones épicas: si el leit motiv de su primera novela es el homenaje al personaje y al autor ¿por qué razón no puede crear una historia paralela, como se ha hecho toda la vida, o escribir un ensayo? ¿Por qué no puede conjeturar definiéndose como narrador y voz cantante y no como impostor a cara descubierta?

    Se podría llenar una biblioteca con los experimentos de este tipo que se han ido haciendo con Sherlock Holmes, y aunque algunos son auténticas aberraciones de la literatura, otros resultan perfectamente elegantes y aportan lo que deben aportar en calidad de tributos: un complemento periférico a los textos originales que permita al lector ampliar ese mundo de ficción.

    Ahora bien, la estrategia del homenaje se transforma aquí en excusa, cuando lo que hace California es tomar la estructura argumental y el personaje protagonista (o eso afirma) y darle una nueva vuelta de tuerca. Y más sospechoso es que esos ingredientes precocinados han ido empapando muchas historias desde que Salinger concibiera El guardián entre el centeno, y no es necesariamente obligatorio remontarse a los orígenes, con nombres y apellidos, para continuar la historia: no creo que si a alguien le da por escribir una historia de amor prohibido tenga que llamar a sus protagonistas Romeo y Julieta.

    Espero con ansiedad la oportunidad de leerlo, y de saber si el señor California cuenta con su propio guardián que le sujete cuando se dirija, ciego, hacia el precipicio, o si por el contrario la legión de seguidores de Salinger nos uniremos en un movimiento coordinado para empujarle con convicción.

    En cualquier caso, hace falta valor.