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Entrevistar a Maalouf

Ayer llegué al periódico con intención de rellenar un simple artículo sobre Amin Maalouf cuando, de golpe, me puse al teléfono y estaba ahí. Ayer tuve el gustazo de entrevistar a Amin Maalouf: fue breve pero intenso. Ahí va la entrevista, publicada originalmente aquí:

Amin Maalouf recibió ayer la noticia de que había ganado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por toda una carrera entregada a la literatura, una literatura arraigada en su mundo, pero también en el nuestro. El escritor coge el teléfono en su casa de París con la voz algo afectada por la emoción de un Príncipe de Asturias aún fresco, pero tocada de un elegante acento francés de tintes arábigos. Sus palabras, pausadas y profundas, echan un vistazo sobre el universo que le rodea.
-Ante todo, felicidades por el Premio, ¿cómo ha recibido la noticia?
-Para mí es un momento de enorme alegría; me siento muy honrado. Se trata de un galardón prestigioso, que además me acerca a un país muy importante para mí desde el principio de mi carrera literaria. España siempre me ha servido de inspiración para mis personajes, y la he visitado en varias ocasiones.
-El jurado ha dicho de su obra que constituye un «mosaico de lenguas, culturas y religiones». ¿Qué opina de esta valoración?¿Es acertada?
-En primer lugar, esas palabras me emocionan; en segundo lugar, estoy totalmente de acuerdo. Vivimos en un mundo muy diverso, un mundo que es, enteramente, un mosaico. Ese término en concreto es muy pertinente, ya que lo importante no son tanto las piezas que lo componen ni su posición como la manera en que conviven. Todos estamos obligados a habitar este mundo con otras personas, y por eso es esencial encontrar el equilibrio entre la suerte de cada cual y arreglar nuestros problemas: vivimos tiempos difíciles en ese nivel…
-Usted tiende a transmitir una visión del mundo global, una concepción que deja de lado las fronteras puramente políticas; no obstante, suele utilizar metáforas que tienen que ver con el desierto, con oasis, con un paisaje muy particular. ¿Es el prisma a través del cual mira a su alrededor?
-Ahora mismo, lo que estoy es intranquilo. Intranquilo cuando miro a ese mundo árabe al que se refiere: está atravesando su momento más sombrío, en especial en lo tocante a las personas. Cada vez que miro al Líbano, que es mi tierra, dudo mucho que la gente que vive allí, que los libaneses, quieran vivir así.
-¿Cómo es, entonces, ese paisaje ahora mismo?
-El paisaje del mundo árabe es triste. Lo que veo es gente que sueña con otro mundo.
-No obstante, la perspectiva desde Francia, donde usted reside, será muy diferente…
-Sí, lo es: vivo en un país desarrollado, libre y soy un apasionado absoluto de Europa: sin embargo, Francia es un país en el que está creciendo el malestar, en el que surgen tensiones y desencuentros constantemente y, cada vez, más acentuadas. En el ámbito europeo, la perspectiva es similar: se percibe una dejadez preocupante ante las elecciones, por ejemplo.
-¿Qué solución propone?
-Creo que la observación del mundo debe ser serena. Tenemos que verlo tal cual es y, una vez hecho eso, reinventarlo. Y eso es algo que sólo puede lograrse a través de la cultura, del arte y de las letras.
-Esa idea se refleja en su obra, está imbuida por ella, pero ¿en qué medida considera que su propia producción tiene una influencia en ese sentido? ¿Piensa que sus libros están cambiando el mundo de alguna manera?
-Creo que hay que ser muy modesto en ese aspecto, yo no quiero pensar que mis libros estén cambiando nada. No puedo evitar estar triste porque veo que el mundo avanza en un sentido que no es el que yo esperaba y que las cosas no funcionan como yo querría, pero no puedo hacer más que escribir, leer y escuchar y, luego, esperar que me lean y me escuchen a mí.
-¿No le resulta paradójico que entreguen este galardón a un árabe que escribe novela histórica, justamente, en la tierra que empezó la Reconquista?
-(Ríe) No, para nada. Soy un enamorado de la Historia, y soy de la opinión de que no se pueden observar hechos pretéritos desde las preocupaciones y consideraciones del presente. Cada vez que visito una mezquita cordobesa, o que contemplo la catedral en Santiago de Compostela lo que siento es una gran admiración; y al mismo tiempo soy consciente de que son edifcios construidos en momentos determinados y por razones concretas. Lo que me fascina es que sean construcciones realizadas por los hombres, y para los hombres.
-Ni siquiera su editorial sabe en qué está trabajando ahora mismo: ¿puede adelantarnos algo?
-Nunca digo nada de mis libros a nadie hasta que los tengo terminados. Sí puedo decir, sin embargo, que es una novela y que tengo previsto acabarla a finales de este año. Hasta entonces, estaré trabajando en ella: sólo interrumpiré el proceso en octubre para ir a Oviedo a recoger el galardón; después, la terminaré.

Debout les morts

Debout-les-mortsDebout les morts

Fred Vargas

París: J’ai Lu (2000)

Ante todo, voy a intentar hablar de este libro sin reventarlo. Pero no prometo nada, así que si alguien tiene intención de leerlo, atención.

Fred Vargas se ha hecho un nombre a base de duro trabajo, de una bibliografía extensa y, no nos engañemos, de explotar el género más socorrido y uno de los más cómodos para cualquier narrador: el policíaco.

El thirller, de esta forma, no requiere más que de un final espectacular y, a partir de ahí, dar los pasos pertinentes hasta colocarse en el principio: un esquema perfectamente estructurado desde el minuto uno, sin meterse en berenjenales narrativos que requieran romperse las neuronas. Luego, sólo queda aplicar la pluma con el talento de cada cual y voilà: un auténtico roman policier.

El problema con Fred Vargas (es una señora con pseudónimo, por cierto) es que, si bien posee un talento enorme en ese segundo paso, el de escribir propiamente dicho, en su desarrollo de la trama hace gala de una cierta pereza que por momentos cabrea: giros cogidos con pinzas, diálogos forzados y ramalazos creativos, con escenas y detalles casi líricos, que poca cabida tienen en una novela policíaca, en la que el relato ha de ser fluido, voraz y directo.

Quiero decir que como novelista vale un potosí, y los personajes protagonistas están razonablemente bien dibujados; sin embargo, al elegir este género tan cómodo, el libro ha quedado bastante desequilibrado: un primer capítulo más que sugerente y un capítulo final típico pero eficaz; y una ristra de episodios de dudosa pertinencia en medio, llegando a hacernos pensar por momentos que en algún lugar del contrato ponía que había que pasar de las 250 páginas.

Ahora bien, que se lee rápido (esto empieza a parecerse a una reseña escolar) es innegable, y que la atención del lector está bien dirigida hacia los sospechosos en la resolución del crimen también, pero entre ese tufillo místico-histórico y algunas incongruencias en la investigación, a uno le dan más ganas de abrir un Sherlock Holmes, comérselo en 15 minutos y quedarse tan ancho. Gran novelista, sospechosa autora de thrillers.

Dora Bruder

Dora BruderDora Bruder

Patrick Modiano

París, Folio

1997

Este es uno de esos libros que probablemente no elegiría en una librería, pero que, en una noche de desesperación por leer algo rápido y breve, encontré en una estantería rodando por casa.

Ya he reseñado dos libros de Modiano últimamente, y en este, el tercero, esperaba encontrar si no más de lo mismo algo que se moviera en el mismo ámbito que los demás: una historia en primera persona, chico conoce a chica, con un halo obsesivo y terapéuticamente autobiográfico… Bien, esto está presente en Dora Bruder, pero deformado y, desde luego, abordado desde un ángulo absolutamente inesperado.

Se trata de la búsqueda, a través del tiempo y de un París que al autor le cae algo lejos, de una niña judía en mitad de la vorágine de la Ocupación nazi. Es el propio Modiano, sin tapujos, quien nos habla de los descubrimientos que va haciendo, de manera bastante frenética, 50 años después de que Dora Bruder pasara por las mismas calles que él recorre ahora.

El relato es casi periodístico, hay que dejarse invadir más por la curiosidad histórica que por el tino literario (en el tramo final se repiten sintagmas sin parar); y puede que Modiano se haya dejado llevar aquí por ese lado más terapéutico de su escritura, con tramas sobre su padre que difícilmente caben en el relato, por ejemplo. Pero ese riesgo, ese abalanzarse sobre sus propios demonios y sus obsesiones, es al mismo tiempo uno de los hilos que nos mantienen pegados al libro durante sus 144 páginas. (¿Por qué TODOS los libros de Modiano son igual de extensos?)

En algunos momentos tenemos la sensación de que la pasión nubla el buen criterio del autor, que anula su capacidad de comedirse, pero esto, llevado hasta el extremo, enfangado hasta la barbilla, acaba por sumirnos más en lo que se nos está contando: anula, igualmente, el sentido de “lo políticamente correcto”, de ensañarse en glosarnos lo malos que eran los nazis (que algo de eso hay, claro) para limitarse a lanzarnos datos, desapasionados y apasionantes.

Uno de esos libros, en definitiva, que sólo un autor con el potencial para sumergirse en sí mismo (un francés, vaya, pero un francés con criterio) podría haber producido. Muy interesante.

Un cirque passe

Un cirque passeUn cirque passe

Patrick Modiano

Gallimard, París, 1992

Modiano forma parte de un grupo de escritores franceses que tienen poca repercusión a este lado de los Pirineos pero que, a priori, no deberían tener ningún problema para venderse bien. No me voy a poner ahora a investigar las causas del éxito o del fracaso de las letras francesas, pero desde luego es un hecho peculiar, visto lo visto en esta novela.

Lo digo porque se trata de un libro de ficción de los que despiertan sesudísimos estudios literarios pero que, al mismo tiempo, se leen en dos días: apenas cuenta 150 páginas de letra gruesa y manejable, con una historia sencilla de seguir y con sus recovecos literarios bien ocultos, para que lleguen los críticos y los desentierren mientras que el resto de los mortales pasan, de puntillas, por una agradable lectura de hamaca y sombra.

La trama es, de hecho, tan sencilla, que de no haber sido filtrada por el tamiz de una escritura singular y talentosa quedaría olvidada rápidamente; se trata de un estilo breve, periodístico, que aparentemente sólo quiere dar cuenta de una serie de acontecimientos de manera desapasionada y fría. Ahí está el truco de Modiano, que todo es tan aséptico que cuando se deja llevar por un ramalazo lírico en esta o aquella descripción, cuando nos habla de sentimientos, se ha ganado hasta tal punto nuestra confianza de lectores que asumimos como cierto lo que está contando, y la novela cobra vida propia.

Por otra parte, la obra cuenta con un sutil juego en la macroestructura que le confiere un volumen infrecuente y único. Los acontecimientos son cronológicos pero a veces tropiezan los unos con los otros; los flashbacks no están prohibidos pero tampoco intervienen abiertamente, se integran en el relato; las ensoñaciones no se confunden con la realidad pero la impregnan de cuando en cuando…

Y para atarlo todo, resulta que el autor no teme a la repetición de una misma palabra varias veces en un solo párrafo, tampoco considera arriesgado revelarnos datos sobre determinado personaje en un momento que quizás no sea el más adecuado: todo son migajas que nos hacen entrever una concepción urgente de la novela, es decir, la incertidumbre, compartida con el lector, sobre lo que sucederá a continuación.

Rápido, fugaz y efectivo: lo que tiene que ser un libro de verano.

Chroniques italiennes

Chroniques italiennes (Édition de Dominique Fernandez)

Stendhal

Paris, Éditions Gallimard (Folio classique)

Establecimiento del texto: 1952; notas: 1976

373 pp.

Aquello de que en el siglo XIX no se hubieran inventado las distracciones con las que contamos hoy en día —la Wii, las series de Antena 3, las películas de Stallone— provocaba, sin duda, un gran aburrimiento. Para remediarlo, unos se dedicaban a la vida pecaminosa, a coleccionar amantes hasta caer fulminados por una enfermedad venérea; otros alternaban en los bailes y las recepciones o las lúgubres tabernas; y algunos disfrutaban de la literatura, de la lectura y de otros placeres.

Leyendo a autores como Stendhal o Flaubert, y dejando de lado consideraciones eruditas y filológicas, uno se da cuenta de que ese aburrimiento extremo y la consiguiente necesidad de matar el rato dieron lugar al nacimiento de una relación con los libros que aún hoy resulta deliciosa: no se compraban únicamente para absorber la historia en ellos contenida, con la urgencia de recorrerlos en apenas una semana. Rojo y Negro o Madame Bovary, por encima de todas sus capas, niveles y virtudes, presentan la admirable característica de requerir al lector, ante todo, que disfrute del mero hecho de sentarse con el libro entre las manos.

Uno puede abrir cualquier capítulo y no enterarse de por dónde transcurre el argumento o de quiénes son los personajes, pero disfrutará de un estilo cuidado en cada línea, de unas descripciones tan trabajadas que transportan, y asistirá a unos diálogos que, más allá de la gracia que hoy en día nos pueda hacer el lenguaje, embelesan por su pulso y su tono.

Sospecho que el nacimiento de esta escritura radica únicamente en el aburrimiento al que me refería y en la imposición de practicar una escritura “analógica”: ¿Quién hoy, en la era de los blogs, se molestaría en releer cinco veces su texto? ¿Quién se molestaría en pensar dos veces lo que va a escribir cuando sólo tiene que dejar que sus dedos vuelen mecánicamente sobre un teclado? Probablemente muchos menos de los que lo hicieron entonces.

Víctima de ese aburrimiento mortal y presa ya de los encantos de Italia era Stendhal cuando, en 1833, se encontraba en Civitavecchia (Roma) como cónsul francés. Entonces cayó en sus manos una (generosa) recopilación de relatos renacentistas, que narraban hechos acaecidos en aquel país —asesinatos, cuernos, enfrentamientos, pasión italiana—, proporcionando así al emocionado observador jugosísimo material de 200, 300 años de antigüedad.

Con su enorme gusto por lo histórico, se dispone a escarbar en los textos, comienza su traducción y, como señala Dominique Fernandez en la edición de Folio, se entusiasma tanto con el trabajo que se deja llevar por ellos, empieza a comentarlos, a editarlos, a reescribirlos incluso, confundiéndose con el narrador original o suplantándole directamente.

Y es que este es el primer aviso de un mensaje que es esencial tener en cuenta: en el fondo, poco importan la Historia (con mayúscula) y la historia (con minúsucula): es el carácter de los italianos, su naturaleza más profunda y sus manifestaciones más terrenales las que realmente interesan a su espíritu explorador; las descripciones, en las que se eterniza, son las que pesan, y no duda a la hora de suprimir fragmentos enteros del original, o diálogos, alegando en un par de líneas que su contenido no agradaría al lector contemporáneo y quitándoselos de en medio con un resumen de una frase de extensión.

El resultado es, de nuevo, una lectura que no requiere tanta atención a los progresos de la trama como una inmersión en su mundo: uno no retiene de Tant de faveur tue los caracoleos del culebrón que organizan las habitantes del convento, sino el nido de libertinaje y descontrol que es aquello. Llega el segundo aviso al lector de que se preocupe sólo de lo que se tiene que preocupar: encontramos pasajes de nuestro libro (no de los originales italianos) mutilados o inacabados, y lo primero que nos asalta es el fastidio que supone no saber cómo termina la historia. Pero, poco a poco, acabamos por darnos cuenta de que lamentar el rigor editorial que ha mantenido los textos tal cual los dejó Stendhal no tiene sentido alguno, que debemos dejarnos guiar hacia vericuetos más locales, más detallistas, donde realmente reside la grandeza de la obra.

Si logramos, en definitiva, desprendernos del vértigo que provoca el francés decomonónico y si dejamos de ser esclavos de la tiranía del argumento, lograremos el mismo efecto de cualquier novela concebida al estilo de hoy en día: sentarnos en el rincón preferido, descalzarnos y disponernos a disfrutar, durante horas que pasan solas, de una visita a a otro tiempo y a otro lugar.