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Entradas que hablan sobre «Literatura europea»

  1. Chroniques italiennes

    Lo escribí el Viernes 17 de abril de 2009

    Chroniques italiennes (Édition de Dominique Fernandez)

    Stendhal

    Paris, Éditions Gallimard (Folio classique)

    Establecimiento del texto: 1952; notas: 1976

    373 pp.

    Aquello de que en el siglo XIX no se hubieran inventado las distracciones con las que contamos hoy en día —la Wii, las series de Antena 3, las películas de Stallone— provocaba, sin duda, un gran aburrimiento. Para remediarlo, unos se dedicaban a la vida pecaminosa, a coleccionar amantes hasta caer fulminados por una enfermedad venérea; otros alternaban en los bailes y las recepciones o las lúgubres tabernas; y algunos disfrutaban de la literatura, de la lectura y de otros placeres.

    Leyendo a autores como Stendhal o Flaubert, y dejando de lado consideraciones eruditas y filológicas, uno se da cuenta de que ese aburrimiento extremo y la consiguiente necesidad de matar el rato dieron lugar al nacimiento de una relación con los libros que aún hoy resulta deliciosa: no se compraban únicamente para absorber la historia en ellos contenida, con la urgencia de recorrerlos en apenas una semana. Rojo y Negro o Madame Bovary, por encima de todas sus capas, niveles y virtudes, presentan la admirable característica de requerir al lector, ante todo, que disfrute del mero hecho de sentarse con el libro entre las manos.

    Uno puede abrir cualquier capítulo y no enterarse de por dónde transcurre el argumento o de quiénes son los personajes, pero disfrutará de un estilo cuidado en cada línea, de unas descripciones tan trabajadas que transportan, y asistirá a unos diálogos que, más allá de la gracia que hoy en día nos pueda hacer el lenguaje, embelesan por su pulso y su tono.

    Sospecho que el nacimiento de esta escritura radica únicamente en el aburrimiento al que me refería y en la imposición de practicar una escritura “analógica”: ¿Quién hoy, en la era de los blogs, se molestaría en releer cinco veces su texto? ¿Quién se molestaría en pensar dos veces lo que va a escribir cuando sólo tiene que dejar que sus dedos vuelen mecánicamente sobre un teclado? Probablemente muchos menos de los que lo hicieron entonces.

    Víctima de ese aburrimiento mortal y presa ya de los encantos de Italia era Stendhal cuando, en 1833, se encontraba en Civitavecchia (Roma) como cónsul francés. Entonces cayó en sus manos una (generosa) recopilación de relatos renacentistas, que narraban hechos acaecidos en aquel país —asesinatos, cuernos, enfrentamientos, pasión italiana—, proporcionando así al emocionado observador jugosísimo material de 200, 300 años de antigüedad.

    Con su enorme gusto por lo histórico, se dispone a escarbar en los textos, comienza su traducción y, como señala Dominique Fernandez en la edición de Folio, se entusiasma tanto con el trabajo que se deja llevar por ellos, empieza a comentarlos, a editarlos, a reescribirlos incluso, confundiéndose con el narrador original o suplantándole directamente.

    Y es que este es el primer aviso de un mensaje que es esencial tener en cuenta: en el fondo, poco importan la Historia (con mayúscula) y la historia (con minúsucula): es el carácter de los italianos, su naturaleza más profunda y sus manifestaciones más terrenales las que realmente interesan a su espíritu explorador; las descripciones, en las que se eterniza, son las que pesan, y no duda a la hora de suprimir fragmentos enteros del original, o diálogos, alegando en un par de líneas que su contenido no agradaría al lector contemporáneo y quitándoselos de en medio con un resumen de una frase de extensión.

    El resultado es, de nuevo, una lectura que no requiere tanta atención a los progresos de la trama como una inmersión en su mundo: uno no retiene de Tant de faveur tue los caracoleos del culebrón que organizan las habitantes del convento, sino el nido de libertinaje y descontrol que es aquello. Llega el segundo aviso al lector de que se preocupe sólo de lo que se tiene que preocupar: encontramos pasajes de nuestro libro (no de los originales italianos) mutilados o inacabados, y lo primero que nos asalta es el fastidio que supone no saber cómo termina la historia. Pero, poco a poco, acabamos por darnos cuenta de que lamentar el rigor editorial que ha mantenido los textos tal cual los dejó Stendhal no tiene sentido alguno, que debemos dejarnos guiar hacia vericuetos más locales, más detallistas, donde realmente reside la grandeza de la obra.

    Si logramos, en definitiva, desprendernos del vértigo que provoca el francés decomonónico y si dejamos de ser esclavos de la tiranía del argumento, lograremos el mismo efecto de cualquier novela concebida al estilo de hoy en día: sentarnos en el rincón preferido, descalzarnos y disponernos a disfrutar, durante horas que pasan solas, de una visita a a otro tiempo y a otro lugar.


  2. Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas

    Lo escribí el Miércoles 4 de marzo de 2009

    Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas

    Stefan Zweig

    Traducción del alemán de Berta Vias Mahou

    Barcelona, Acantilado

    2002

    306 pp.

    Mirando cualquier foto de Stefan Zweig, con su calva y su bigote de austriaco de principios del siglo XX, a uno de le cuesta descifrar la apasionante biografía que tuvo, como escritor y como persona. Se trata de un autor imprevisible en el contenido de su obra, y sorprendentemente accesible en la forma: uno de esos escritores que, sin apenas esfuerzo —en apariencia, al menos—, nos acerca los detalles más deliciosamente insignificantes y apasionantes de cualquier materia, mientras que lo riega todo con sus propias reflexiones, sin dejar por ello que el ego carcoma la obra: un ejercicio de moderación y equilibrio que lo convierten, sin duda, en un imprescindible.

    Antes de emprender la lectura de esta pequeña joya ataqué otra obra de Zweig, breve e inacabada, que supone un ejemplo perfecto de lo que fue el autor y de lo que es su estilo, y que nos sirve además de introducción a lo que encontraremos aquí, aunque su escritura sea posterior: se trata del ensayo titulado Montaigne, en el que desgrana la obra y vida del solitario y ejemplar escritor renacentista Michel de Montaigne, aquel que, un buen día de 1572, dijo que a él le dejaran de guerras de religión y de historias, y se encerró en su torreón con una nutrida biblioteca a dar forma al proyecto de su vida: unos ensayos que recogieran todo su pensamiento, en forma de reflexiones sobre el mundo que le rodeaba, encapsulándose, de paso, a sí mismo para la posteridad.

    Encontramos, paradójicamente, el propio perfil de Zweig reflejado en Montaigne: aquel que se atreve con todo, que no teme a la aventura de abordar cualquier cuestión que le interese y que, a medida que pasa la vida se va cansando, espantando de sus congéneres, más y más, hasta retirarse del mundo (Montaigne con algo menos de violencia que Zweig: la solución del torreón en la campiña francesa parece más comedida que buscar un paraíso utópico en Brasil).

    Momentos estelares…, como bien advierte el autor en su introducción, es una recopilación de aquellos instantes que, en un minuto, en un segundo, marcaron para siempre el devenir de la humanidad. ¿Grandes guerras, enormes descubrimientos y discursos inolvidables? Sí, pero también momentos inesperados, íntimos, casuales que se escapan de los libros de Historia al alcance del gran público, y que nos descubren a los menos duchos en la materia cuestiones que no hacen sino despertar el apetito.

    Desde la muerte de Cicerón hasta el tendido del primer cable telegráfico por el Atlántico; desde la caída de Bizancio hasta la composición del Mesías, de Händel, tras cada nuevo capítulo sólo tenemos la certeza de que nos aguarda una de estas miniaturas posterior en el tiempo, pero nada más: es Zweig quien nos lleva por esta montaña rusa con firmeza, sin detenerse y —he aquí el gran logro— sin obligarnos a asistir a todos y cada uno de sus hallazgos. Así, uno abre la primera página de esta selección y queda atrapado, la recorre de arriba abajo, nervioso, hasta que el libro vuelve a la estantería. Pero días, semanas más tarde encontrará cierta referencia a cierto sultán y volverá al índice para revisar el capítulo correspondiente.

    No tiene sentido atreverse a valorar cómo se han escogido estos momentos históricos, puesto que probablemente erraríamos en el intento y, además, estaríamos atacando frontalmente uno de los puntos fuertes de la obra, como el truco de un buen mago, de esos de los que no se quiere ni conocer el secreto: momentos que hayan cambiado la humanidad los hay a patadas, y ¿por qué rasero elegirlos? Cada cual sacará su conclusión.

    Llama la atención el esfuerzo no sólo en el nivel histórico, sino lingüístico-literario: a lo largo de la obra quedan las huellas de una escritura extendida en el tiempo, larga y pausada, bajo el popurrí de tipologías textuales que se dan cita. De esta forma, el indulto de Dostoievski es un poema; la muerte de Tolstoi, una obra de teatro; la resurrección de Händel tras su apoplejía tiene forma de relato romántico, con diálogos y muchedumbres emocionadas; y el descubrimiento del Pacífico se empapa en épica.

    Pero todos, absolutamente todos los fragmentos guardan esa impronta única de Zweig, fruto de un dominio de la lengua y de la escritura que le permitían generar relatos casi periodísticos, quedar agazapado en un rincón de la obra, dando cuenta de cada detalle hasta que una explosión emocionada le impide reprimir su opinión: entonces se asoma, la grita, y vuelve a tomar notas. De hecho, es aquí, en esta escritura, donde reside otro de los grandes trucos de Zweig, y uno de los que más encandilan: logra describir una escena de la manera más casual, más cercana y, cuando menos lo esperamos, nos recuerda que sucedió hace muchos siglos, muy lejos.

    Poco a poco las historias se ensombrecen, y la densidad de momentos más cercanos a su propia vida (1880-1946) se incrementa. Podría criticarse este claro decantamiento por lo cercano, que ocupa un lugar que quizás debería estar reservado a cualquier otro invento, invasión o descubrimiento, pero, una vez más, el maestro se guarda un as: el terreno queda perfectamente abonado para un siglo XX que aún nacía y daba sus primeras patadas y, creedme, el efecto de pasar la última página y tomar cualquier otra obra que comience donde Zweig lo dejó es impagable.

    Lo más negativo de esta edición es la traducción de Berta Vias Mahou: cada significado y cada matiz parecen estar ahí (uno, que no sabe alemán), pero en algunos momentos cojea de manera molesta hacia el original, dejando entrever que el texto ha pasado por sus manos. Por ejemplo, en alemán quizás no sea tan extraño que el narrador abra un inciso entre rayas y exclame. Pero en español eso no suena del todo natural… quizás sea aceptable, quizás no tenga otra solución, no lo sé, pero desde luego en algunos momentos la sintaxis deja un regusto a bratwurst que descoyunta el texto, el léxico queda prendido con alfileres: es el riesgo de traducir a los grandes, que conocen tan bien su lengua, tienen tan bien indexado el repertorio semántico y sintáctico en la cabeza que, sin esfuerzo, recuperan la forma deseada, y dan en la diana con la frase justa. Eso es absolutamente difícil de mantener, qué duda cabe, pero ¿qué menos, cuando exiges 18 euros por la edición?

    En cualquier caso, sería estúpido tratar de ocultar que este libro es una de las patas de cualquier biblioteca. Lo tiene todo. Proporciona emoción, una lectura interesante, una carga histórica irrefutablemente bien analizada, una escritura cuidadosa, mil y una lecturas diferentes y, lo que para mí prima sobre lo demás, logra conjugar todos esos elementos para lanzar al lector una batería de preguntas que se adhieren, y que no dejan otra escapatoria más que seguir buscando: ¿qué marca el devenir de la humanidad? ¿Qué rasgos tiene la humanidad, y quién pertenece a ella? Es una especie de quiénes-somos-adónde-vamos perfecto, imperecedero e ineludible.

    Simplemente increíble.