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Entradas que hablan sobre «Literatura europea»

  1. Un cirque passe

    Lo escribí el Lunes 22 de junio de 2009

    Un cirque passeUn cirque passe

    Patrick Modiano

    Gallimard, París, 1992

    Modiano forma parte de un grupo de escritores franceses que tienen poca repercusión a este lado de los Pirineos pero que, a priori, no deberían tener ningún problema para venderse bien. No me voy a poner ahora a investigar las causas del éxito o del fracaso de las letras francesas, pero desde luego es un hecho peculiar, visto lo visto en esta novela.

    Lo digo porque se trata de un libro de ficción de los que despiertan sesudísimos estudios literarios pero que, al mismo tiempo, se leen en dos días: apenas cuenta 150 páginas de letra gruesa y manejable, con una historia sencilla de seguir y con sus recovecos literarios bien ocultos, para que lleguen los críticos y los desentierren mientras que el resto de los mortales pasan, de puntillas, por una agradable lectura de hamaca y sombra.

    La trama es, de hecho, tan sencilla, que de no haber sido filtrada por el tamiz de una escritura singular y talentosa quedaría olvidada rápidamente; se trata de un estilo breve, periodístico, que aparentemente sólo quiere dar cuenta de una serie de acontecimientos de manera desapasionada y fría. Ahí está el truco de Modiano, que todo es tan aséptico que cuando se deja llevar por un ramalazo lírico en esta o aquella descripción, cuando nos habla de sentimientos, se ha ganado hasta tal punto nuestra confianza de lectores que asumimos como cierto lo que está contando, y la novela cobra vida propia.

    Por otra parte, la obra cuenta con un sutil juego en la macroestructura que le confiere un volumen infrecuente y único. Los acontecimientos son cronológicos pero a veces tropiezan los unos con los otros; los flashbacks no están prohibidos pero tampoco intervienen abiertamente, se integran en el relato; las ensoñaciones no se confunden con la realidad pero la impregnan de cuando en cuando…

    Y para atarlo todo, resulta que el autor no teme a la repetición de una misma palabra varias veces en un solo párrafo, tampoco considera arriesgado revelarnos datos sobre determinado personaje en un momento que quizás no sea el más adecuado: todo son migajas que nos hacen entrever una concepción urgente de la novela, es decir, la incertidumbre, compartida con el lector, sobre lo que sucederá a continuación.

    Rápido, fugaz y efectivo: lo que tiene que ser un libro de verano.


  2. Crónicas del perroverdismo

    Lo escribí el Sábado 20 de junio de 2009

    logoculturasDicen que el mayor riesgo de dedicarse a las letras es, aparte de volverse imbécil, convertirse en un perro verde con el paso del tiempo. Un primer síntoma es emplear latinajos ad hoc y galicismos malgré lui hasta en la lista de la compra.

    Claro que eso son minucias al lado, por ejemplo, del movimiento del Oulipo, aquellos perfectos intelectuales franceses que, como tales, se esforzaron en darle un par de vueltas de tuerca a la literatura inventando fórmulas tan ingeniosas como los Ejercicios de estilo de Queneau o La Disparition, la novela que Georges Perec produjo en 1969 sin una sola E.

    Tras estos fogonazos de genialidad, el perroverdismo estaba abocado a transformarse o morir: en 2004, Michel Thaler, profesor de la Sorbona, obsequió al mundo con la primera novela sin un solo verbo. 233 páginas de desbarre literario que despertaron una de las más brillantes críticas de todos los tiempos: «La historia es un tostón, no pasa nada en toda la novela». Muy agudo.

    Todo esto viene porque la otra noche andaba leyendo un ensayo de Umberto Eco en el que reconoce que, para homenajear uno de sus poemas favoritos, decidió matar la tarde recomponiéndolo al estilo oulipiano. Aparte de usar y de evitar vocales en 10 de las repeticiones, intentó (sin éxito) transformarlo en «panagrama heterogramático», que aunque suene a canibalismo amazónico, no es más que, según explica, reproducir el texto usando cada letra del alfabeto una sola vez.

    Un planazo para el sábado noche, oiga.


  3. Lo que Sherlock nunca dijo

    Lo escribí el Jueves 18 de junio de 2009

    El otro día vi el tráiler  de la película de Sherlock Holmes, dirigida por Guy Ritchie, y no me dio buena espina:

    Y ayer, sin que el acontecimiento tenga una necesaria conexión con lo anterior, leí que Sherlock nunca pronunció las palabras mágicas: “Elemental, querido Watson.” Dicen que es un ejemplo perfecto de transformación de un personaje célebre, y me lo creo: no recuerdo haber encontrado la frasecita en cuestión o alguna parecida en ninguno de los libros… Cuestión de mirar por ahí.


  4. Mendel el de los libros

    Lo escribí el Viernes 12 de junio de 2009

    Mendel el de los libros

    Mendel el de los libros

    Stefan Zweig

    Traducción de Berta Vias Mahou

    Ed. Acantilado, Barcelona, 2009 

    “Un librito delicioso”, anuncia la portada de Mendel el de los libros, la enésima joya de Stefan Zweig publicada por Acantilado. Y es que, efectivamente, se trata de un relato muy breve, tanto que uno casi se podría sentir estafado por pagar 9 euros por un libro de los que se leen de una sentada y sin parpadear, sin capítulos ni epígrafes. Una historia en la que Zweig, como el gran narrador que es, logra equilibrar milimétricamente fondo, forma e historia.

    El fondo reside en la identidad y personalidad de Mendel, un personaje solitario y enciclopédico que conoce toda la bibliografía del mundo y cuyo devenir acabará quedando marcado, a medida que transcurre el relato, por esa idea de Europa en torno a la cual orbita la mayor parte de la reflexión de Zweig. Un progreso al que asistió horrorizado, plasmándolo con más y más crudeza hasta que se apoderó de él: en Memorias de un europeo, su autobiografía, no duda en supeditar sus propias vivencias al mundo que conoció, en declararse mero espectador de un tiempo.

    En la forma, nos deja prendados con su capacidad para jugar al despiste, para llevarnos por el camino narrativo inicialmente (la descripción de Viena y del café en el que se desarrolla la historia) y, a las pocas páginas, hacer un quiebro y lanzarse por los derroteros ensayísticos, por desarrollar ideas completamente inesperadas en un cuento de estas características. Finalmente, vuelve a su hilo argumental sin despeinarse, dejando claro que todo en su escritura responde a un esquema pensado y planeado y que nunca, jamás, el relato le domina a él: siempre lleva las riendas.

    Por último, hay que destacar el envidiable ritmo: la brevedad, obviamente, contribuye a una lectura rápida, pero es la cuidada segmentación de la estructura la que permite seguir todos y cada uno de los puntos del texto sin detenerse, sin pestañear.


  5. Chroniques italiennes

    Lo escribí el Viernes 17 de abril de 2009

    Chroniques italiennes (Édition de Dominique Fernandez)

    Stendhal

    Paris, Éditions Gallimard (Folio classique)

    Establecimiento del texto: 1952; notas: 1976

    373 pp.

    Aquello de que en el siglo XIX no se hubieran inventado las distracciones con las que contamos hoy en día —la Wii, las series de Antena 3, las películas de Stallone— provocaba, sin duda, un gran aburrimiento. Para remediarlo, unos se dedicaban a la vida pecaminosa, a coleccionar amantes hasta caer fulminados por una enfermedad venérea; otros alternaban en los bailes y las recepciones o las lúgubres tabernas; y algunos disfrutaban de la literatura, de la lectura y de otros placeres.

    Leyendo a autores como Stendhal o Flaubert, y dejando de lado consideraciones eruditas y filológicas, uno se da cuenta de que ese aburrimiento extremo y la consiguiente necesidad de matar el rato dieron lugar al nacimiento de una relación con los libros que aún hoy resulta deliciosa: no se compraban únicamente para absorber la historia en ellos contenida, con la urgencia de recorrerlos en apenas una semana. Rojo y Negro o Madame Bovary, por encima de todas sus capas, niveles y virtudes, presentan la admirable característica de requerir al lector, ante todo, que disfrute del mero hecho de sentarse con el libro entre las manos.

    Uno puede abrir cualquier capítulo y no enterarse de por dónde transcurre el argumento o de quiénes son los personajes, pero disfrutará de un estilo cuidado en cada línea, de unas descripciones tan trabajadas que transportan, y asistirá a unos diálogos que, más allá de la gracia que hoy en día nos pueda hacer el lenguaje, embelesan por su pulso y su tono.

    Sospecho que el nacimiento de esta escritura radica únicamente en el aburrimiento al que me refería y en la imposición de practicar una escritura “analógica”: ¿Quién hoy, en la era de los blogs, se molestaría en releer cinco veces su texto? ¿Quién se molestaría en pensar dos veces lo que va a escribir cuando sólo tiene que dejar que sus dedos vuelen mecánicamente sobre un teclado? Probablemente muchos menos de los que lo hicieron entonces.

    Víctima de ese aburrimiento mortal y presa ya de los encantos de Italia era Stendhal cuando, en 1833, se encontraba en Civitavecchia (Roma) como cónsul francés. Entonces cayó en sus manos una (generosa) recopilación de relatos renacentistas, que narraban hechos acaecidos en aquel país —asesinatos, cuernos, enfrentamientos, pasión italiana—, proporcionando así al emocionado observador jugosísimo material de 200, 300 años de antigüedad.

    Con su enorme gusto por lo histórico, se dispone a escarbar en los textos, comienza su traducción y, como señala Dominique Fernandez en la edición de Folio, se entusiasma tanto con el trabajo que se deja llevar por ellos, empieza a comentarlos, a editarlos, a reescribirlos incluso, confundiéndose con el narrador original o suplantándole directamente.

    Y es que este es el primer aviso de un mensaje que es esencial tener en cuenta: en el fondo, poco importan la Historia (con mayúscula) y la historia (con minúsucula): es el carácter de los italianos, su naturaleza más profunda y sus manifestaciones más terrenales las que realmente interesan a su espíritu explorador; las descripciones, en las que se eterniza, son las que pesan, y no duda a la hora de suprimir fragmentos enteros del original, o diálogos, alegando en un par de líneas que su contenido no agradaría al lector contemporáneo y quitándoselos de en medio con un resumen de una frase de extensión.

    El resultado es, de nuevo, una lectura que no requiere tanta atención a los progresos de la trama como una inmersión en su mundo: uno no retiene de Tant de faveur tue los caracoleos del culebrón que organizan las habitantes del convento, sino el nido de libertinaje y descontrol que es aquello. Llega el segundo aviso al lector de que se preocupe sólo de lo que se tiene que preocupar: encontramos pasajes de nuestro libro (no de los originales italianos) mutilados o inacabados, y lo primero que nos asalta es el fastidio que supone no saber cómo termina la historia. Pero, poco a poco, acabamos por darnos cuenta de que lamentar el rigor editorial que ha mantenido los textos tal cual los dejó Stendhal no tiene sentido alguno, que debemos dejarnos guiar hacia vericuetos más locales, más detallistas, donde realmente reside la grandeza de la obra.

    Si logramos, en definitiva, desprendernos del vértigo que provoca el francés decomonónico y si dejamos de ser esclavos de la tiranía del argumento, lograremos el mismo efecto de cualquier novela concebida al estilo de hoy en día: sentarnos en el rincón preferido, descalzarnos y disponernos a disfrutar, durante horas que pasan solas, de una visita a a otro tiempo y a otro lugar.