David Monteagudo se hizo conocido (para lo que es ser conocido en este mundillo) con Fin, una novela (que no he leído) que venía envuelta en ese halo del autor de vocación tardía, el que coge la pluma pasada la treintena.
Juan Marsé es, probablemente, el máximo representante de este grupo, y a la vista están los resultados: es posible ponerse a escribir tarde.
Brañaganda invita a acordarse de que hay quien es capaz de contar mucho en poco y quien prefiere contar nada en mucho, con resultados espectaculares si sale bien. Monteagudo se queda aquí a medio camino entre ambas opciones: la idea es muy buena pero el desarrollo es insuficiente, y parece que justifica esta infusión narrativa por un subtexto rural, humano, intenso que no llega a domar del todo.
Parece que cuando el aterrador lobishome se va a convertir en el centro de la narración, ora por sus brutales actos, ora por el efecto que produce en los personajes, el autor se queda con el balón pegado a los pies, la portería vacía delante y los once jugadores del equipo contrario corriendo hacia él para quitársela sin esfuerzo.
El lector, como un hincha, le grita desde la grada, se tira de los pelos por impotencia y ve cómo se desvanece la posibilidad de gol: las procelosas relaciones familiares y vecinales de Brañaganda están bien esbozadas pero les falta textura; la tensión sobre quién es el lobishome, sobre su existencia o no, desaparece al poco de plantearse; y, en cuanto a la atmósfera general, quizás a los detalles y giros argumentales les falte un conocimiento más íntimo del medio: en ocasiones, Monteagudo tropieza con la misma piedra que aquellos que escriben novela negra basándose no en lo que saben o creen saber, sino en lo que han visto por la tele.
Brañaganda es una novela bien escrita, con un principio y un final (algo por lo que, hoy en día, podemos darnos con un canto en los dientes), pero que no pasa de ser anecdótica y adecuada para llevar en el tren. De ahí la decepción: comparte colección con Stefan Zweig, con Pessoa… Hay ligas, señores de Acantilado. Hay ligas.
Brañaganda
David Monteagudo
Barcelona, Acantilado, 2011
282 páginas


