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El Pentateuco de Isaac

El Pentateuco de Isaac

Angel Wagenstein

Traducción de Liliana Tabákova

Barcelona: Libros del Asteroide, 2008

316 páginas

Lo han vuelto a hacer. El catálogo de Libros del Asteroide se nutre, una vez más, de uno de esos libros que marcan y refrescan al mismo tiempo: resfrescan por su agilidad, por su calidad y por una traducción brillante; marcan porque aportan algo nuevo y único.

En este caso, ese algo es la conciliación: El Pentateuco de Isaac nace en una cultura literaria alejadísima de la nuestra, con mucho de centroeuropeo y una pizca de occidentalidad. Lo que concilia, pues, es una estructura que nos es muy ajena pero al mismo tiempo accesible, es decir, toda una lección de literatura. Seguir leyendo

Historias de la Alcarama

Historias de la Alcarama

Abel Hernández

Madrid: Gadir, 2008

240 páginas

Hay libros necesarios, como esos pequeños volúmenes que quizás pasan desapercibidos hoy, mañana, y pasado y que, de pronto, un alma inquieta por cómo era la vida en otro tiempo recupera. Es el encanto de España, de Europa incluso: que un habitante curioso de estas tierras decide escarbar en su pasado, en el de su lugar de origen y plasmarlo en un libro.

La relevancia del resultado es, ante todo, propia y personal, una especie de esfuerzo, como escribe Hernández en este libro dirigido a su hija Sara, por mantener la herencia que va pasando de generación en generación: puede parecer algo atávico que esta tradición tenga espacio en nuestras librerías y bibliotecas, pero es, ante todo, relevante.

Porque la voz de este periodista político carece del engolamiento de esos «viajes espirituales» con los que más de uno se ha cargado una crónica humilde y sincera de sus orígenes; es más, carecía de las ganas de escribirlo hasta que sus hijos le empujaron a hacerlo: de esta forma, Abel Hernández recoge cuarenta capítulos –cortos, muy cortos– historias de aquí y de allá, insertadas e hiladas en una estructura sólida, para ofrecer una descripción de doscientas y pico páginas de otro lugar, y de otro tiempo.

Es decir, este libro no sirve para revolucionar la literatura, ni para copar las listas de ventas, ni para marcar un antes y un después en la vida del lector; este libro sirve –como el pueblo que tan bien dibuja– para refugiarse y buscar silencio en mitad de los bulevares madrileños, por ejemplo.

También es, sin querer, una forma de dotar a quien quiera explorar el mundo rural sentimental o artísticamente: es un buen lienzo sobre el que empezar a pintar más cosas.

Esta es la gran muestra de honestidad que convierte un ejercicio que fácilmente podría pecar de pesado –repito: una descripción de doscientas y pico páginas– en un volumen entrañable y necesario: por una vez, aquello de «acompañar al autor en su camino» que tan bien queda en las traseras de los libros es enteramente cierto; y el trayecto es, encima, de lo más agradable.

Entrevistar a Maalouf

Ayer llegué al periódico con intención de rellenar un simple artículo sobre Amin Maalouf cuando, de golpe, me puse al teléfono y estaba ahí. Ayer tuve el gustazo de entrevistar a Amin Maalouf: fue breve pero intenso. Ahí va la entrevista, publicada originalmente aquí:

Amin Maalouf recibió ayer la noticia de que había ganado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por toda una carrera entregada a la literatura, una literatura arraigada en su mundo, pero también en el nuestro. El escritor coge el teléfono en su casa de París con la voz algo afectada por la emoción de un Príncipe de Asturias aún fresco, pero tocada de un elegante acento francés de tintes arábigos. Sus palabras, pausadas y profundas, echan un vistazo sobre el universo que le rodea.
-Ante todo, felicidades por el Premio, ¿cómo ha recibido la noticia?
-Para mí es un momento de enorme alegría; me siento muy honrado. Se trata de un galardón prestigioso, que además me acerca a un país muy importante para mí desde el principio de mi carrera literaria. España siempre me ha servido de inspiración para mis personajes, y la he visitado en varias ocasiones.
-El jurado ha dicho de su obra que constituye un «mosaico de lenguas, culturas y religiones». ¿Qué opina de esta valoración?¿Es acertada?
-En primer lugar, esas palabras me emocionan; en segundo lugar, estoy totalmente de acuerdo. Vivimos en un mundo muy diverso, un mundo que es, enteramente, un mosaico. Ese término en concreto es muy pertinente, ya que lo importante no son tanto las piezas que lo componen ni su posición como la manera en que conviven. Todos estamos obligados a habitar este mundo con otras personas, y por eso es esencial encontrar el equilibrio entre la suerte de cada cual y arreglar nuestros problemas: vivimos tiempos difíciles en ese nivel…
-Usted tiende a transmitir una visión del mundo global, una concepción que deja de lado las fronteras puramente políticas; no obstante, suele utilizar metáforas que tienen que ver con el desierto, con oasis, con un paisaje muy particular. ¿Es el prisma a través del cual mira a su alrededor?
-Ahora mismo, lo que estoy es intranquilo. Intranquilo cuando miro a ese mundo árabe al que se refiere: está atravesando su momento más sombrío, en especial en lo tocante a las personas. Cada vez que miro al Líbano, que es mi tierra, dudo mucho que la gente que vive allí, que los libaneses, quieran vivir así.
-¿Cómo es, entonces, ese paisaje ahora mismo?
-El paisaje del mundo árabe es triste. Lo que veo es gente que sueña con otro mundo.
-No obstante, la perspectiva desde Francia, donde usted reside, será muy diferente…
-Sí, lo es: vivo en un país desarrollado, libre y soy un apasionado absoluto de Europa: sin embargo, Francia es un país en el que está creciendo el malestar, en el que surgen tensiones y desencuentros constantemente y, cada vez, más acentuadas. En el ámbito europeo, la perspectiva es similar: se percibe una dejadez preocupante ante las elecciones, por ejemplo.
-¿Qué solución propone?
-Creo que la observación del mundo debe ser serena. Tenemos que verlo tal cual es y, una vez hecho eso, reinventarlo. Y eso es algo que sólo puede lograrse a través de la cultura, del arte y de las letras.
-Esa idea se refleja en su obra, está imbuida por ella, pero ¿en qué medida considera que su propia producción tiene una influencia en ese sentido? ¿Piensa que sus libros están cambiando el mundo de alguna manera?
-Creo que hay que ser muy modesto en ese aspecto, yo no quiero pensar que mis libros estén cambiando nada. No puedo evitar estar triste porque veo que el mundo avanza en un sentido que no es el que yo esperaba y que las cosas no funcionan como yo querría, pero no puedo hacer más que escribir, leer y escuchar y, luego, esperar que me lean y me escuchen a mí.
-¿No le resulta paradójico que entreguen este galardón a un árabe que escribe novela histórica, justamente, en la tierra que empezó la Reconquista?
-(Ríe) No, para nada. Soy un enamorado de la Historia, y soy de la opinión de que no se pueden observar hechos pretéritos desde las preocupaciones y consideraciones del presente. Cada vez que visito una mezquita cordobesa, o que contemplo la catedral en Santiago de Compostela lo que siento es una gran admiración; y al mismo tiempo soy consciente de que son edifcios construidos en momentos determinados y por razones concretas. Lo que me fascina es que sean construcciones realizadas por los hombres, y para los hombres.
-Ni siquiera su editorial sabe en qué está trabajando ahora mismo: ¿puede adelantarnos algo?
-Nunca digo nada de mis libros a nadie hasta que los tengo terminados. Sí puedo decir, sin embargo, que es una novela y que tengo previsto acabarla a finales de este año. Hasta entonces, estaré trabajando en ella: sólo interrumpiré el proceso en octubre para ir a Oviedo a recoger el galardón; después, la terminaré.

Un libro «de mayores»

Siendo yo niño, niño, vi a alguien con un grueso libro, de esos que tienen «sólo texto, sin dibujos» y cuyo argumento es además difícil de explicar (una novela «de mayores») y quise leer algo parecido: las aventuras de Guillermo eran de lo más divertido, pero sentía la necesidad de tener entre las manos un volumen con la fotografía de un señor circunspecto en la cubierta. Me parecía lo más: eran montañas literarias de una densidad insoportable para mí, y admiraba a aquellos adultos que podían con ellas sin pestañear y encima las disfrutaban, mientras que yo daba cabezadas al tercer capítulo. El reto se tornó factible cuando en clase nos mandaron leer ‘El camino’: bullía solo, leí una página, dos, tres, ¡un momento! ¿Qué significa «membrudo»? Corrí al diccionario, lo averigüé y seguí.

No ocurren grandes cosas en la escritura de Delibes, no abunda el movimiento, pero al mismo tiempo las constantes descripciones no se están quietas: la apertura de ‘Las ratas’ contiene una violencia visceral durísima dentro de su anodina rutina. Mientras que nos transporta adonde quiere, tachona el texto con palabras desconocidas y acota, así, un espacio único, unos libros aleccionadores sin ser cargantes, que los currículos educativos nos enseñan a mirar con la reverencia del comentario de texto: «este», parecen decir, «es un gran libro». Pocas veces llegamos a creérnoslo del todo, pero de vez cuando salta esa chispa oculta al darle una segunda lectura en la intimidad, sin la presión de un examen, por puro placer: Delibes juega en esa liga.

Es de los pocos autores a los que se puede no coger manía después de que a uno se lo embuchen de pequeño, a destiempo: los cuadros que nos pinta rebosan una humanidad y una belleza que impactan entonces y que, años después, cuando ya estamos en condiciones de entender algo, sobrecogen en lo más hondo.

Tras de él quedan lecturas de todos los niveles, formas y sabores, en una producción tan extensa en el tiempo que se ha ido engarzando, poco a poco, con la vida de varias generaciones de españoles, siendo su Castilla un ingrediente fundamental de nuestro paisaje literario. Ahora, callado irremediablemente, ha llegado el momento de auparle a la categoría de «clásico». Sólo espero que, además de lograrlo, no deje de ser suyo el primer libro «de mayores» de muchos lectores más.

Rock’n'roll

Rock’n'roll de Tom Stoppard

Naves del Matadero, Madrid

Toda la información aquí.

Tom Stoppard era, hasta el sábado pasado, un dramaturgo de lo más desconocido para mí; pero resulta que no sólo es importante sino que, además, es guionista prolífico (y no menos reseñable). Con lo que vi entonces, y lo que leo ahora, no me cuesta confirmar la imagen mental del escritor de origen exótico reconvertido en autor perfectamente anglosajón, e inserto en su cultura y su forma de entender el arte a la perfección.

Eso, desde el minuto uno, es Rock’n'roll: un relato pseudohistórico a caballo entre Praga y Cambridge con una densidad ideológica e histórica detrás (no, lo siento, no estoy muy puesto en regímenes autoritarios en Checoslovaquia) que, por suerte, Stoppard sabe encauzar de manera que no resulte plomiza (otro escollo: 2 horas 50 minutos).

Los diálogos son ágiles y el espacio escénico está perfectamente aprovechado en el montaje de Teatre Lliure dirigido por Álex Rigola, con una presentación ambiciosa pero bien cuidada y en absoluto excesiva o grandilocuente. Los actores contribuyen a esta sensación, la traducción suena bastante natural, pero…

Pero. Hay un pero, y cuesta definir cuál es: existe un problema oculto en Rock’n'Roll, que reside quizás en el texto original, quizás en el español, quizás en la dirección, no lo sé –porque todo el mundo parece desempeñar su labor competentemente– que lastra en exceso la primera parte. Va gustando, camina, pero casi antes del descanso el espectador empieza a tener la sensación de que el ritmo se está enfangando y de que, de pronto, algo falla.

La sospecha se confirma con la segunda parte, mil veces más ágil, aguda y liviana que la primera, en una oposición bestial que sólo puede radicar en la obra original; no obstante, también cabe la posibilidad que, siendo el principio de la obra el de mayor contenido histórico-político, y tener un ambiente, un tono, un discurso teatral absolutamente distinto, a alguno de los responsables de la adaptación se les haya ido la mano.

Sin embargo, no me hagáis ningún caso e id a verla. En estos tiempos que corren, pillar un teatro de calidad medianamente decente, bien montado y que encima proporcione conversación al salir ya es todo un regalo. Y seguro que disfrutáis del Rock’n'Roll que le da título…