Anteanoche pude dejarme sorprender a una hora indecente por una película de 1971, The day of the Jackal. En España se llamó Chacal, a secas, pero no guarda más parentesco con la película de Bruce Willis que el hecho de que ésta es un mal remake de aquélla.
Se trata de una historia basada en la novela del mismo título de Frederick Forsyth. La trama es simple y clara: la OAS, esa organización terrorista francesa de los años 60, quiere cargarse a De Gaulle y, para ello, contrata a un asesino profesional e implacable. La gracia está en que, una vez preparado el golpe, el asesino comienza su periplo desde Italia hacia París en coche mientras que un agente trata de pararle los pies: el gato y el ratón, de nuevo, aliñado con el lujo entendido en los años 60.
La gracia está en que la historia transcurre en 1963, de ahí el título de esta entrada: 20 años después, con móviles a medio cocinar y la capacidad de enviar fotografías en poco tiempo, no habría argumento, y el autor se vería en serios apuros para mantener alejado a su protagonista de las fuerzas del orden —eso por no hablar del encanto de verlos hablar por macroteléfonos desde un coche—. La fuerza del guión reside, en gran medida, en la tensión que se genera en el tiempo transcurrido entre el descubrimiento de pruebas cruciales y el peregrinaje que realizan hasta su punto de destino, para llegar, en la mayoría de los casos, demasiado tarde y dejando al Chacal avanzar un poco más hacia su presa. Este escollo se hace aún más claro en el mencionado remake, que sorteaba estos problemas con más bien poco tino, aprovechando los momentos en los que el cerco se cerraba para montar uno o dos asesinatos, tres explosiones y fuera.
Y no es ninguna tontería: ¿cuántas trabas ha encontrado Hollywood en los últimos tiempos para redondear esta clase de argumentos? Los fugitivos ya no pueden echar a correr con un grillete y una cadena por Louisiana, robar un coche y escaparse sin más; el mundo ya no funciona así: ahora los guionistas se ven en la obligación de introducir al típico enrollao experto en telecomunicaciones que lleva gafas amarillas y pelopincho para que aquello quede medianamente verosímil; hay que servir al espectador una buena dosis de tecnicismos para que no chirríe.
Ahora los personajes tienen el Internet ese de las narices, tienen un teléfono a mano constantemente (lo de que no haya cobertura ya no cuela) y, así, sin comerlo ni beberlo, asistimos a un nuevo quebradero de cabeza provocado por las condiciones tecnológicas. ¿Será por eso que tenemos inflación de westerns y películas de época?
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