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Entradas que hablan sobre «Libros»

  1. Memorias de un europeo. El mundo de ayer

    Lo escribí el Miércoles 28 de octubre de 2009

    Memorias de un europeoMemorias de un europeo. El mundo de ayer

    Stefan Zweig

    Barcelona, Acantilado, 2001

    552 páginas

    Puede parecer una banalidad decir que este libro es el más personal de Stefan Zweig tratándose de su autobiografía, pero quien lo haya leído entenderá que no es una afirmación evidente en absoluto.

    Como ya mencionaba en el segundo episodio del Podcast, dedicado al autor, la primera particularidad de la narración se encuentra ya en el prefacio del libro, en el que advierte de su renuncia a contarnos su propia vida para rendirse al papel de espectador de uno de los momentos más sombríos del siglo XX europeo.

    Primero, la felicidad de principios de siglo; luego, el mazazo de la Primera Guerra Mundial; después ese limbo en el que parecía que la situación se estabilizaba; finalmente, la explosión de la Segunda Gran Guerra y su (para él inevitable) retirada de un mundo que parecía repudiarle.

    La vida y formación del escritor sólo sirve para enmarcar el contexto en el que se produjeron todos estos acontecimientos, y a pesar del empeño de Zweig en “quitarle hierro”, cualquier seguidor de su obra curioso por la trastienda de su creatividad encontrará también una dosis de lo que busca. El resultado es, en definitiva, apasionado y fluido, mucho menos desbastado que cualquier otro relato suyo (basta con observar la extensión de los párrafos y segmentos, menos purgados y depurados que en otras ocasiones) pero, por suerte, producido en un momento literario en el que ya se podía permitir sentarse ante el folio y dejarlo salir todo sin aburrir a las moscas.

    Mención aparte merece la traducción: como viene siendo costumbre en Acantilado, se trata de un texto cuidado y pulcro, pero una observación atenta permite entrever la presencia de las cuatro manos que lo firman, quitándole en algunos pasajes la fluidez que le habría dado el trabajo de un único traductor.

    Pero minucias aparte, la traducción salva con mucho más que dignididad un texto complicado, ensimismado y en algunos instantes amargamente sombrío tras el tono entusiasta y emocionado que es costumbre en Zweig. Al final, un libro indescriptible en su desarrollo —¿qué personalidad lo es?— y de emociones variopintas, encontradas, superpuestas y habitualmente intensas.

    Inusual y necesario para entender un siglo que ya nos pilla algo lejos.


  2. Autoayúdate

    Lo escribí el Lunes 12 de octubre de 2009

    Niños con pijamas de rayas aparte, existe un fenómeno editorial único en su especie e irresistible por derecho propio, en la sección de autoayuda, que me tiene atrapado desde hace días: El Secreto o Ley de la Atracción (con muchas mayúsculas, como mandan los cánones del género).

    Se trata, aparte de una premisa absurdamente perfecta, de toda una demostración del arrojo moral necesario para lanzarse a hacer dinero con estos manuales. Ahí va: si uno desea ciertas cosas para sí con toda su convicción, éstas acuden dóciles gracias a la señal magnética (!) que todos emitimos. ¿Genialidad o timo? Por si acaso, había que probar: quizás en el epílogo me enseñasen a lanzar rayos por los ojos o a pulverizar nueces con la mente.
    Comencé mi investigación en la Red de redes, donde encontré un avezado resumen de la técnica en cuestión cortesía de unos fans, que incluía este tonificante símil entre el milagro propuesto y la electricidad: «Yo no sé cómo funciona [la electricidad]. Pero sí se [sic] esto, que puedes cocinar la cena de un hombre con electricidad, y también puedes cocinar al hombre».
    En fin, estaba cada vez más claro que mi camino hacia una vida de superpoderes y telekinesia estaba abonada: ya tengo encargado el traje de mallas y ando dándole vueltas a un apodo atractivo para mi otro yo.
    Ahora espero ansioso una segunda parte con la que detener balas con los dientes, construir bombas nucleares con Mistol o hacer vudú usando el Facebook: y todo, gracias a la autoayuda. No lo duden y háganse un favor: ¡autoayúdense!

  3. Mi literatura

    Lo escribí el Sábado 12 de septiembre de 2009

    logoculturas

    Desde que descubrí que cualquier plumilla que se precie tiene «su literatura», quise una: por lo que he podido averiguar, se trata de una especie de mascota sedosa y rechoncha a la que no le puede dar Cabrales pasadas las 12, y a la que es obligatorio referirse con cierto énfasis en el posesivo: «Mi (espacio) literatura», ha de decirse. Fíjense qué emocionante: la de este evolucionaba hacia el mal (amigo escritor, hay que leerse las instrucciones: nada de bañarlas), la de aquel maduraba, la del de más allá estaba definida por el erotismo, y la del otro «muestra la infancia como un paraíso perdido». Sin duda, parecía una inversión prometedora.

    Logré que me regalaran una por mi cumpleaños, hace un par de meses, y de momento no he conseguido más que evitar que haga sus necesidades en la balda de los diccionarios y que salude con la patita si tiene el día simpático. Por lo demás, eviten comprársela: no me advirtieron de que la literatura de uno hace preguntas, tortura el alma y esclaviza al autor, maldito de por vida. En casa sospechamos, además, que se come los macarrones directamente de la caja y, cuando hay luna llena, nos mira de una forma un poco extraña: a mí se me hace cada vez más peliagudo mirar debajo de la cama.

    Entretanto nuestros audaces escritores, los Ángel Cristo de la doma de letras, ya las tienen creando intrincados laberintos polifónicos de personajes multidimensionales, o como se diga. ¿Será el clima?


  4. Alineaciones perfectas

    Lo escribí el Viernes 4 de septiembre de 2009

    Tengo la manía, incurable pero deliciosa, de leer más de uno y más de dos libros al mismo tiempo: me cuesta profundamente concentrarme en uno solo, y absorbo mucho mejor los capítulos si voy alternando los de varias obras. Ahora mismo, la sinfonía está compuesta por cuatro volúmenes: Rayuela, de Cortázar; Lo que arraiga en el hueso, de Robertson Davies; Memorias de un europeo, de Stefan Zweig; y Last of the Cold War Spies, de Robert Service.

    No me extenderé destapando el argumento de cada uno de ellos, pero baste decir que, excepto en el caso de Cortázar, se ha producido con los otros tres uno de los pequeños milagros que de vez en cuando produce la mencionada manía: resulta que los tres personajes en torno a los que orbitan han comenzado a traspasar sus respectivos libros para alinearse, proyectando la sombra de un personaje mucho más grande y complejo.

    Lo realmente glorioso es que esta alineación no es buscada, en absoluto: nada haría pensar, salvo lo cronológico, que tres hombres de lugares tan distintos y extracciones tan variadas empezarían a cruzarse, a llevar vidas paralelas (y eso que uno de ellos es ficticio… creo) e incluso a coincidir peligrosamente cerca en el espacio y en el tiempo.

    Asisto, en esta tarde de verano tardío y agradable, a cómo la rotación entre las tres puntas del triángulo se van cerrando y complicando a medida que devoro capítulos, que saltan las páginas y que, durante el primer párrafo después de uno de los cambios de libro, creo estar leyendo otro distinto. Luego caigo en la cuenta, lo releo y ya se inserta en la(s) historia(s) que estaba siguiendo.

    Y de repente, llegan la Maga y Oliveira y dan una patada en el suelo.

    Hagan la prueba….


  5. El dardo en la palabra

    Lo escribí el Martes 1 de septiembre de 2009

    El dardo en la palabraEl dardo en la palabra

    Fernando Lázaro Carreter

    Madrid, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores

    1998 (recopilación de artículos desde 1975 a 1996)

    Tengo que advertir que probablemente ésta sea una de las reseñas más complicadas de todas las que he hecho en este blog. ¿Por qué? En primer lugar, por la magnitud de la obra; en segundo lugar, por la cuestión tratada y el enfoque elegido.

    Estas crónicas, como artículos periodísticos que son, dan cuenta de una realidad tan cambiante como es la lengua española a lo largo, además, de 21 años en los que este país se transformó intensamente. Lázaro Carreter vigila en cada texto los malos usos, investiga su origen, los critica, censura o simplemente ironiza al respecto: no cejó en su empeño de ser escuchado y de tratar de hacer algo por el español, no se limitó a relatar realidades. Él de verdad creía en sus posibilidades para fomentar un debate en torno a esta complicadísima cuestión que es cómo nos expresamos.

    No en todos los casos triunfó (el libro está trufado de notas al pie indicando voces que entraron en el Diccionario en 1992 y que a Lázaro le resultan abominables), y no abundan los artículos en los que se congratula por un éxito a la hora de enmendar un mal uso. Puede que en ocasiones peque de cierto purismo, y se puede estar más o menos de acuerdo con lo que expone; ahora bien, no da un solo paso en falso, no deja de justificar por qué algo está mal dicho ni de proponer una alternativa. Así es como descubrimos el proceso que lleva al hablante a elegir qué español es el suyo y cómo usarlo, y se empieza a despertar, con sabias reprimendas, la conciencia lingüística del lector.