Me ha salido un nombre de cóctel sin comerlo ni beberlo. Sí, me refiero a las dos noticias literarias de la semana (pasada) que siguen expandiéndose y cebando la Red de redes con comentarios, apoyos, y polémicas.
Como bien apuntaba cierto bloguero bílico, Ignacio Echevarría, la lista Granta es una patochada en tanto en cuanto abarca un área territorial demasiado vasta y, probablemente, los autores reconocidos son aquellos que ya contaban con alguna visibilidad. También dice que su valor depende de lo que hablemos de ella; y sí, realiza estas observaciones en una entrada aproximadamente el doble de larga que cualquiera de este blog. Síndrome Calamaro, lo llamo yo.
Uno de los ganadores, el ingenioso hidalgo Alberto Olmos, también ha comentado la jugada en su blog, igualmente aquejado, imagino que por el entusiasmo, de una pluma liviana que vuela en libertad. Básicamente cuenta cómo recibió el premio, cómo se sintió y algunas cosas más –como era de suponer–.
Me atrevería a decir que Echevarría, a pesar de lo atinado de sus comentarios, alberga cierto resquemor hacia la lista, o hacia el jurado, o se levantó enfadado con el mundo ese día. Extracto del primer párrafo:
revista –Granta– cuyo prestigio e influencia, en el ámbito anglosajón, han menguado sensiblemente en la última década, y cuyos intentos de implantación en España se han saldado hasta el momento con un discreto fracaso.
Eso es empezar un artículo con entusiasmo y lo demás, tonterías. Olmos, por su lado, utiliza con sabiduría la tecla pero, inexplicablemente, estima oportuno o gracioso o curioso contarnos cómo vivió la recepción del premio. Es más, no lo hace con el entusiasmo irrefrenable del alma joven que necesita soltarlo, sino con una pretensión irónicamente autobiográfica para la que, creo, es aún joven. Así todo, resulta que es importante que aclare todo lo que aclara, y que cuente todo lo que cuenta, a la luz de la inundación de textos que están apareciendo en Internet desde la publicación de la lista: opino que hoy, martes, el 90% de los españoles no sería capaz de recitar de memoria más de cinco de los nombres de la lista, pero ese 10% que vive en editoriales independientes e inmersión literaria equipara este anuncio a, no sé, ¿unas primarias?
Pasando al Casciari, me gustaría retomar la idea de la extensión. La verborrea que les (y a mí también me) aqueja ha encontrado un adalid en Hernán Casciari, que en esta extensisíma entrada en su blog, Renuncio, explica por qué abandona su columna en El País y en La Nación en sus ediciones en papel. También recomiendo la lectura de los 600 y muchos comentarios de apoyo.
Lo más relevante es lo de El País: por culpa de la publicidad galopante, le han recortado la cantidad de texto de 400 a 240 palabras, y eso le molesta porque no le parece suficiente espacio para escribir –de nuevo, el síndrome Calamaro–. Mantiene, sin embargo, su blog.
Ahora bien, yo digo: en primer lugar, ¿cómo puede mantenerse a flote un periódico si no metiendo publicidad y quitando páginas con la que está cayendo?; y, en segundo lugar, opino: ¿acaso un buen escritor no debe ser capaz de comprimir sus ideas en 50 palabras si es necesario? Ahí dejo las preguntas.
Se va a embarcar en una revista bien editada, bien producida en la que los autores puedan investigar y reflexionar lo que les pida el cuerpo y el intelecto. Y sus lectores le animan, le apoyan y esperan ansiosos la publicación trimestral… Pero insisto: ¿de verdad es buena idea dejar a alguien escribir lo que le apetezca sin limitaciones? Es decir, uno puede enrollarse hasta el infinito si le viene en gana, pero vistos los soporíferos discursos de proporciones soviéticas que más de uno nos ha calzado, quizás entrenarse en el noble arte de la concreción y la simplificación anglosajonas no nos vendría mal.