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Entradas que hablan sobre «Libros»

  1. De Sorel a Pijoaparte

    Lo escribí el Sábado 16 de octubre de 2010

    Ese libro sólo podía haber sido así», me dijo un profesor sobre Últimas tardes con Teresa. Y tiene toda la razón del mundo: el Pijoaparte es un chulito arrabalero que empieza por caernos bien hasta que, al final, se acaba quitando su propia careta para quedarse en el Manolo Reyes que nunca debió dejar de ser: un chico inocente, tontamente enamorado de una rubia no menos prendada de los trajes baratos y las maneras de barriada.

    Pero que el Pijoaparte acabe por dejar de ser quien es, o al menos en parte, no es nada comparado con lo que el bueno de Julien Sorel, en Rojo y negro, era capaz de hacer en circunstancias similares (y eso que el segundo era unos añitos más joven que el primero). Los personajes de Stendhal no se andan con chiquitas: mientras que Pijoaparte se pasa un puñado de líneas poniéndose tonto porque ha visto, fugazmente, un hombro en la playa, Sorel pasa del aserradero a la docencia, de la docencia a los líos de faldas, de los líos de faldas a la cárcel y –¡como tiene que ser!– luego el que no muere, llora amargamente.

    No, no se andaban con chiquitas, aquellos decimonónicos: las macarradas de nuestro mejor cine quinqui se quedan en pañales al lado de aquel orondo personaje de las Crónicas italianas, del propio Stendhal, a cuya llaga de la pierna tenían que alimentar directamente con filetes para que dejara al amo en paz.

    El Pijoaparte no deja de resultar entrañable por sus torpes esfuerzos por aprender, por salir de eso que llaman un «drama social»; Sorel no deja de resultar entrañable por lo bruto que es bajo esa apariencia dócil e inocente: después de todo… ¿Quién logra, hoy, conmovernos como ellos?


  2. Últimas tardes con Teresa

    Lo escribí el Martes 12 de octubre de 2010

    Ultimas tardes con Teresa

    Juan Marsé

    Barcelona: DeBols!llo, 2009 (original de 1966)

    470 pp.

    Probablemente, el libro más conocido de Juan Marsé. Y digo «libro» no por azar, sino porque no se trata de una novela al uso. Especialmente, por su carácter de ensayo, en cierto modo: leyendo algún Marsé posterior se puede observar cómo la historia del entrañable Pijoaparte y lo que la rodea no son tan importantes como el camino literario que el autor empieza a trazar.

    No sé muy bien cómo, pero el relato ensimisma cuando tiene que ensimismar –los alucinados párrafos corridos, tan ambiciosos– y precisa cuando tiene que precisar: por algún motivo, el lector tiene la sensación permanente de que las escenas culminantes, a las que Marsé se refiere en el prólogo a esta edición, son efectivamente el pilar sobre el que se sustenta toda la obra. Los colores, los olores, los paisajes, los movimientos –metáforas aparte– cobran una vida que sólo es posible con una escritura acelerada y concentrada.

    Se nota la falta de edición en algunos pasajes, aunque no molesta; se nota, también, lo cercano y conocido que es todo el universo plasmado para el narrador; pero lo que no se nota hasta haber pasado la última página es la construcción del héroe. Cualquiera podría ser Pijoaparte, cualquiera entiende al joven Manolo Reyes y a las muchachas y personajes que van desfilando por su vida. Es lo suficientemente complejo y elaborado como para que una descripción proletaria y baratera –que, viendo la época, sería lo oportuno– quede excluida del horizonte desde el primer momento.

    Mandan todas sus facetas, entre las cuales podemos elegir; manda el razonamiento maduro y meditado de las emociones que le conducen al siguiente paso.

    Manda, en definitiva, la sinceridad: literaria, intelectual, y artística. Y, qué narices, que es una novela incomparable.


  3. Anatomía de un instante

    Lo escribí el Viernes 8 de octubre de 2010

    Anatomía de un instante

    Javier Cercas

    Barcelona: Mondadori, 2009

    463 páginas

    Lo mejor de esta no-novela son sus 70 páginas finales; es más, no es que sea lo mejor, sino lo que da sentido a las anteriores y concluye un volumen de calidad, un libro recomendable. Pero se salva por los pelos: «Excepcional cruce de géneros narrativos», afirma Javier Pradera en una de las loas que recubren la cubierta de esta edición: ese es, precisamente, el núcleo de la tensión principal de este libro, la que desconcierta al lector de principio a fin.

    Cercas se descubre en la introducción: resulta que Anatomía de un instante no es una novela pero tampoco es un ensayo pero tampoco es una investigación periodística, ni siquiera es un libro de Historia. La excusa perfecta: es todo a la vez: cuando parece que viene una andanada de datos sobre el 23-F, de pronto el autor llama «chisgarabís», «arribista» o «gallito de provincias» a Suárez, por ejemplo. Junto a los datos, conclusiones personales más o menos justificadas que le restan fuerza y empaque al mensaje; junto a una estructura cuidada, una dosis de literatura que dinamita toda posibilidad de una lectura fragmentada.

    Todo esto no significa que no se lea de un tirón, que no enganche, pero a costa de cabrear al lector absorto con las casi 100 páginas que le sobran: una de las técnicas preferidas de Cercas es repetir sintagmas concretos hasta la tortura (el «gobierno de coalición o concentración o unidad»); además, si puede, de escribir párrafos de páginas y páginas y páginas sin un mísero punto; incluso procura extender las oraciones y yuxtaponerlas y evitar puntuarlas o cortarlas o interrumpirlas en determinados momentos y así confundirnos por completo y obligarnos a leer una y otra y otra vez tres líneas que no entendemos en absoluto.

    No obstante, la experiencia le permite manejar un vocabulario rico y expresarse con bastante más claridad que otros autores de este tipo de libros; y no cabe duda de que su discurso, por leído y documentado, tiene cierto peso. Pero de nuevo, el cruce de géneros hace zozobrar el texto: da la impresión, en la exposición de los hechos, de que Cercas no puede resistir la tentación de presentarnos sus conclusiones personales, las impresiones que le ha dejado el larguísimo proceso al que se sometió para escribir Anatomía de un instante: por eso digo que las últimas 70 páginas (las conclusiones) son las más lúcidas de todo el libro.

    Es un texto, por otra parte, ensimismado y obsesivo: esto inyecta relevancia al plano extratextual, al autor frente a un episodio decisivo de la historia de España; al mismo tiempo, y como señalaba anteriormente: si quería hacernos saber su opinión ¿no podría confesarlo desde un primer momento? ¿Por qué no hay un editor que le pare los pies cuando afloran los sentimientos?

    Un libro raro, extraño y cargado de altibajos: de los que enfadan pero atrapan; de los que exudan irrelevancia pero acaban por ser inolvidables. Eso sí: ante todo, una buena forma de asomarse a un cuasi cataclismo político.


  4. Granta con Casciari

    Lo escribí el Miércoles 6 de octubre de 2010

    Me ha salido un nombre de cóctel sin comerlo ni beberlo. Sí, me refiero a las dos noticias literarias de la semana (pasada) que siguen expandiéndose y cebando la Red de redes con comentarios, apoyos, y polémicas.

    Como bien apuntaba cierto bloguero bílico, Ignacio Echevarría, la  lista Granta es una patochada en tanto en cuanto abarca un área territorial demasiado vasta y, probablemente, los autores reconocidos son aquellos que ya contaban con alguna visibilidad. También dice que su valor depende de lo que hablemos de ella; y sí, realiza estas observaciones en una entrada aproximadamente el doble de larga que cualquiera de este blog. Síndrome Calamaro, lo llamo yo.

    Uno de los ganadores, el ingenioso hidalgo Alberto Olmos, también ha comentado la jugada en su blog, igualmente aquejado, imagino que por el entusiasmo, de una pluma liviana que vuela en libertad. Básicamente cuenta cómo recibió el premio, cómo se sintió y algunas cosas más –como era de suponer–.

    Me atrevería a decir que Echevarría, a pesar de lo atinado de sus comentarios, alberga cierto resquemor hacia la lista, o hacia el jurado, o se levantó enfadado con el mundo ese día. Extracto del primer párrafo:

    revista –Granta– cuyo prestigio e influencia, en el ámbito anglosajón, han menguado sensiblemente en la última década, y cuyos intentos de implantación en España se han saldado hasta el momento con un discreto fracaso.

    Eso es empezar un artículo con entusiasmo y lo demás, tonterías. Olmos, por su lado, utiliza con sabiduría la tecla pero, inexplicablemente, estima oportuno o gracioso o curioso contarnos cómo vivió la recepción del premio. Es más, no lo hace con el entusiasmo irrefrenable del alma joven que necesita soltarlo, sino con una pretensión irónicamente autobiográfica para la que, creo, es aún joven. Así todo, resulta que es importante que aclare todo lo que aclara, y que cuente todo lo que cuenta, a la luz de la inundación de textos que están apareciendo en Internet desde la publicación de la lista: opino que hoy, martes, el 90% de los españoles no sería capaz de recitar de memoria más de cinco de los nombres de la lista, pero ese 10% que vive en editoriales independientes e inmersión literaria equipara este anuncio a, no sé, ¿unas primarias?

    Pasando al Casciari, me gustaría retomar la idea de la extensión. La verborrea que les (y a mí también me) aqueja ha encontrado un adalid en Hernán Casciari, que en esta extensisíma entrada en su blog, Renuncio, explica por qué abandona su columna en El País y en La Nación en sus ediciones en papel. También recomiendo la lectura de los 600 y muchos comentarios de apoyo.

    Lo más relevante es lo de El País: por culpa de la publicidad galopante, le han recortado la cantidad de texto de 400 a 240 palabras, y eso le molesta porque no le parece suficiente espacio para escribir –de nuevo, el síndrome Calamaro–. Mantiene, sin embargo, su blog.

    Ahora bien, yo digo: en primer lugar, ¿cómo puede mantenerse a flote un periódico si no metiendo publicidad y quitando páginas con la que está cayendo?; y, en segundo lugar, opino: ¿acaso un buen escritor no debe ser capaz de comprimir sus ideas en 50 palabras si es necesario? Ahí dejo las preguntas.

    Se va a embarcar en una revista bien editada, bien producida en la que los autores puedan investigar y reflexionar lo que les pida el cuerpo y el intelecto. Y sus lectores le animan, le apoyan y esperan ansiosos la publicación trimestral… Pero insisto: ¿de verdad es buena idea dejar a alguien escribir lo que le apetezca sin limitaciones? Es decir, uno puede enrollarse hasta el infinito si le viene en gana, pero vistos los soporíferos discursos de proporciones soviéticas que más de uno nos ha calzado, quizás entrenarse en el noble arte de la concreción y la simplificación anglosajonas no nos vendría mal.


  5. Bret Easton Ellis en Madrid

    Lo escribí el Miércoles 29 de septiembre de 2010

    Ayer por la tarde tuve la oportunidad de asistir a la presentación de Imperial Bedrooms, el nuevo libro de Bret Easton Ellis. Dejando de lado el balbuceo de Rosa Falcón, que parecía tratar de leer cinco notas de prensa al mismo tiempo en la presentación, y de los poco atinados comentarios de Ray Loriga, Ellis no decepcionó a quienes sentíamos curiosidad por ver al hombre tras las historias.

    Respuestas largas y cansadas por una gira de presentaciones eterna, pero que nos dejaron ese regusto de serenidad, lucidez e inteligencia que sospechábamos al leerle. No faltaron, claro, preguntas sobre la indumentaria de los personajes de American Psycho: pero incluso las más frívolas y aparentemente irrelevantes tuvieron respuesta del autor.

    Su forma de hablar resulta, sin embargo, escalofriantemente similar a la de cualquier diálogo que pudiera escribir –por suerte, nadie cometió la torpeza de preguntarle por la parte de verdad que hay en sus novelas–: en lugar de aclarar dudas, lo que Ellis hizo fue sembrar más. Es decir, las ganas de hacerse con Imperial Bedrooms, multiplicadas…