Enrique Vila-Matas
Seix-Barral, Barcelona: 2010
325 pp.
Ya me ha costado meterme a leer Dublinesca. No por nada –París no se acaba nunca es una de mis novelas favoritas–, pero es que hay dos cosas de Vila-Matas que no soporto: a ese segmento de sus lectores que abren sus libros como si fueran álbumes de fotos, buscando al siguiente referente que el magno Dios ha señalado con su dedo (alguno seguirá intentando leer Ulysses a estas alturas); y lo que escribe cuando se encuentra plenamente bien, o lo aparenta.
El Vila-Matas que más me gusta es el patético, el que está tan inmerso en esa parcelita literaria que resulta cómico, grotesco, muy gracioso. Ese es el que aflora en la primera mitad de Dublinesca y el que me seduce por la convicción de su prosa. Aquel dispuesto a enseñar sus miserias y obsesiones con tan poco pudor que se acaba por dudar de si lo está haciendo propósito (el reto, irónico, de la segunda mitad del libro).
Y no digo que sea patético en el sentido anglosajón, como algo negativo, sino decantándome por la acepción más nuestra: que es débil, frágil, «malo» pero tierno. Autores como Vila-Matas solo me resultan gratos cuando se deja la piel en la novela. Da igual que siempre hable de lo mismo, como Auster; importa menos aún que se ensimisme y se enfangue en determinados pasajes. La gracia es asistir no solo a lo que contiene la propia novela sino también, y sobre todo, a lo que vive tras ella. Ahí, en esa trastienda, es donde está el autor genial.
Todo lo demás es accesorio. Los libros que cita, la metaliteratura que exuda y demás devaneos son totalmente accesorios. Lo mejor es que ni lo sabe ni parece capaz de calcularlo; lo malo, es que sus novelas son una lotería: o son el gran acierto, o son el gran error. Eso sí, Dublinesca es todo acierto.




