La ciencia médica es tajantemente clara al respecto del peligro del tabaco. Lo que ocurre es que a pesar de que la ciencia médica se tome tres raciones de verdura al día, haga media hora de ejercicio, duerma ocho horas y modere el consumo de alcohol, el hecho es que el común de los mortales disfruta remoloneando en la cama media horita más, adora brindarse un homenaje (por estas fechas, más) y en general pretende equilibrar lo que es físicamente sano con lo que es mentalmente sano. O lo que es médicamente inapelable con lo que es económicamente jugoso.
Consultando el avance de la liquidación de los Presupuestos Generales de 2010, observamos que el Estado ha recibido de las llamadas labores del tabaco, y solo del tabaco (sin alcohol), 4.289 millones de euros. Agárrense, que hay más: la previsión de gasto por programas para 2011 del Ministerio de Sanidad es de 2.693 millones de euros, esto es, un 62% de lo ingresado por las labores del tabaco, y solo del tabaco. Con los 1.596 millones de euros restantes podrían cubrirse las previsiones de gasto del Ministerio de Cultura para todo 2011, y todavía sobrarían 360 milloncejos para, no sé, regalar 50 billetes de Metro a cada habitante de Madrid y frenar el cambio climático, que también es muy malo.
He aquí el imponderable de marras: la nivelación entre lo que nos garantiza vivir 100 años y lo que nos garantiza vivirlos a gusto. Hay quien disfruta yendo a pescar (eso es bueno); hay quien disfruta fumando (eso es malo); hay quien disfruta corriendo 15 kilómetros en su día libre (eso es bueno); hay quien disfruta comiéndose, mientras, cuatro grasientas hamburguesas (eso es malo).
Conste que todo es malo o bueno, que no hay términos medios: el humo en la ropa molesta, los ambientes cargados, también. Y todos agradeceremos respirar mejor y saborear vinos y manjares. Eso sí, no debemos olvidar que lo que estamos examinando aquí no es la densidad del humo de un cigarrillo. No, esa es otra guerra y no debemos confundirnos: lo que estamos midiendo es la potestad de nuestro Estado-padre para decidir sobre qué nos conviene y qué no (mientras que nos vende cajetillas a puñados).
Dejando de lado aficiones poco positivas (robar bancos o importar ojivas nucleares), lo que no termino de comprender es qué clase de autoridad moral tiene el Estado sobre todos nosotros, sobre el devenir de la sociedad civil. Probablemente, ninguna. Evidentemente, toda.
