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Entradas que hablan sobre «Invierno»

  1. Lo bueno y lo malo

    Lo escribí el Viernes 24 de diciembre de 2010

    La ciencia médica es tajantemente clara al respecto del peligro del tabaco. Lo que ocurre es que a pesar de que la ciencia médica se tome tres raciones de verdura al día, haga media hora de ejercicio, duerma ocho horas y modere el consumo de alcohol, el hecho es que el común de los mortales disfruta remoloneando en la cama media horita más, adora brindarse un homenaje (por estas fechas, más) y en general pretende equilibrar lo que es físicamente sano con lo que es mentalmente sano. O lo que es médicamente inapelable con lo que es económicamente jugoso.

    Consultando el avance de la liquidación de los Presupuestos Generales de 2010, observamos que el Estado ha recibido de las llamadas labores del tabaco, y solo del tabaco (sin alcohol), 4.289 millones de euros. Agárrense, que hay más: la previsión de gasto por programas para 2011 del Ministerio de Sanidad es de 2.693 millones de euros, esto es, un 62% de lo ingresado por las labores del tabaco, y solo del tabaco. Con los 1.596 millones de euros restantes podrían cubrirse las previsiones de gasto del Ministerio de Cultura para todo 2011, y todavía sobrarían 360 milloncejos para, no sé, regalar 50 billetes de Metro a cada habitante de Madrid y frenar el cambio climático, que también es muy malo.

    He aquí el imponderable de marras: la nivelación entre lo que nos garantiza vivir 100 años y lo que nos garantiza vivirlos a gusto. Hay quien disfruta yendo a pescar (eso es bueno); hay quien disfruta fumando (eso es malo); hay quien disfruta corriendo 15 kilómetros en su día libre (eso es bueno); hay quien disfruta comiéndose, mientras, cuatro grasientas hamburguesas (eso es malo).

    Conste que todo es malo o bueno, que no hay términos medios: el humo en la ropa molesta, los ambientes cargados, también. Y todos agradeceremos respirar mejor y saborear vinos y manjares. Eso sí, no debemos olvidar que lo que estamos examinando aquí no es la densidad del humo de un cigarrillo. No, esa es otra guerra y no debemos confundirnos: lo que estamos midiendo es la potestad de nuestro Estado-padre para decidir sobre qué nos conviene y qué no (mientras que nos vende cajetillas a puñados).

    Dejando de lado aficiones poco positivas (robar bancos o importar ojivas nucleares), lo que no termino de comprender es qué clase de autoridad moral tiene el Estado sobre todos nosotros, sobre el devenir de la sociedad civil. Probablemente, ninguna. Evidentemente, toda.


  2. Fin de año, etc. (nueve) Trenes perdidos

    Lo escribí el Jueves 23 de diciembre de 2010

    Gracias a un atasco, a una máquina expendedora de billetes que no funcionaba y a la suficiente intransigencia de un empleado de Renfe, me encontré tirado en Madrid un día más, hasta esta mañana.

    Claro, uno  retorna a casa con cara de tonto, la maleta hecha y la nevera perfectamente vacía, con todo listo para volver dentro de 20 días.

    Sin querer tocar nada (a fin de cuentas no me quedaban más que unas pocas horas en la ciudad) pasé de puntillas por el pequeño apartamento. Y decidí ajustar las cuentas que aún me quedaban por saldar.

    La primera: unas carrilleras con salsa de pimienta excepcionales, al calor de una copa de Planta y de Freedom, de Johnathan Franzen, que empiezo a disfrutar en toda su magnitud.

    La segunda: ver a un buen amigo y recorrer bares, y bares, fumando. Imaginando cómo va a cambiar el paisaje la próxima vez que nos veamos, en apenas eso, 20 días; recapitulando y dándonos cuenta de la cantidad de cosas que han tenido a bien suceder en el último año.

    Por fin me fui a dormir. No podía volver a permitirme perder el tren: moverse de Madrid a Asturias ya es difícil de por sí, pero por estas fechas más: mientras que escribo estas líneas ya viajo, con un niño a mi espalda y rodeado de gente de toda clase y condición, rumbo a Gijón.

    Puede que no hiciera tan mal en perder el tren, pero casi rozo con los dedos el mar.


  3. Piedra y madera (viaje en el tiempo)

    Lo escribí el Sábado 18 de diciembre de 2010

    Ha sido una semana de lo más ajetreada y cargada, especialmente, de interesantes movimientos en el ámbito internacional: Kosovo, un ejercicio sobre el Sur Sudán, una magistral clase sobre Irán en la Historia y sus relaciones con los países vecinos…

    El miércoles disfruté, sin embargo, de una tarde libre que pude aprovechar convenientemente para acercarme hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación a hacer unos papeleos.

    Descubro que el Palacio de Santa Cruz, donde tiene su sede el Ministerio, fue una cárcel en tiempos, sobre la cual (extraigo de la propia web) William Bromley escribió, en 1702:

    «La cárcel de aquí es la más elegante que jamás he visto: fue construida como palacio para un príncipe; el Cardenal-Infante, creo, hermano de Felipe IV, le dio este otro fin de Cárcel del Estado.»

    El simple acceso lateral del edificio ya revela una frialdad marmórea por las sólidas paredes de piedra, pero suavizada más adelante por las pesadas puertas de madera y el crujiente parquet de sabedios qué época.

    Entro en la sala habilitada para información y una funcionaria, tremendamente amable, me cede su ordenador para que rellene los formularios que luego presentaré en la habitación contigua («Así te queda mejor», sonríe).

    En aquella otra sala me recibirá una alucinante señora que bien podría haber sobrevivido a un cómic de Tintín: es una mujer negra, muy negra, muy mayor, que camina encorvada bajo el peso de un moño imposible y que me mira por encima de las gafas, que hacen a su vez equilibrismos sobre la punta de su nariz.

    Me reñirá por no haber llevado un sobrecito para guardar las fotos de carnet, y grapará con parsimonia pero enorme minuciosidad todos los documentos que le entrego.

    Bien, volvamos a la habitación de información. En un momento en el que la funcionaria busca el documento que tengo que rellenar e imprimir, miro a las paredes.

    Hay mapas envejecidos. El más cercano es el de África, por el que paseo la mirada desde el Cabo de Buena Esperanza hacia el Norte. De pronto, mis ojos se detienen y tengo que acercar la cabeza para dar crédito a lo que veo: Rhodesia.

    Rhodesia lleva el nombre de Cecil Rhodes, ese gran hombre que conquistó su trocito de tierra y no tuvo empacho alguno en bautizarlo con su apellido. Pero Rhodesia dejó de existir en 1964 para dividirse en dos naciones; y una década más tarde, el territorio pasó a llamarse definitivamente Zambia (al norte) y Zimbabwe (al sur). En este glorioso mapa, en aras de la actualización, han pegado dos etiquetas Dimo que indican, muy dignamente, dónde está Zimbabwe y que su capital es Harare.

    Aún queda otra sorpresa entrañable: descubro, pasada Nigeria, la República del Alto Volta. No me sonaba de nada semejante país, así que volví a abrir mucho los ojos y a acercar la cabeza al mapa. No había reparado en otro Dimo que advertía, ahora, de que se trataba en realidad de Burkina Faso. La República del Alto Volta dejó de llamarse así, comprobé más tarde, en 1984. Esto es, hace 26 años.

    Sin duda no conviene malgastar el dinero del contribuyente en inútiles mapas políticos actualizados, por mucho Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación que se sea: es más, aquí, uno, agradece y agradecerá saber dónde está la máquina del tiempo.


  4. Libros sin abrir

    Lo escribí el Viernes 8 de enero de 2010

    Cada vez que paso por delante de una librería suelo apretar el paso y, como dice esa creencia popular sobre las funerarias, agacharme para que no me tomen las medidas. Si por un casual se me ocurriera virar, empujar la puerta y meterme en la librería, tendríamos un enorme problema.

    Para empezar, caminaría entre las estanterías sin saber bien qué buscar. Entonces recordaría un trozo de periódico, una reseña, una recomendación y me encaminaría a donde estuviera el libro en cuestión. Lo abriría, lo hojearía, me gustaría. Luego otro. Y otro. Me encontraría con siete estimulantes libros en las manos, el tipo de la caja sonriendo y mi tarjeta temblando en el bolsillo.

    La última vez que me ocurrió eso (“venirse arriba”, lo llamo yo) rellené la estantería de libros por leer y llena sigue: se tarda un segundo en comprar Vida y destino; no se tarda tan poco en leerlo… Pero sí, va bajando, uno disfruta de tener tanto entre lo que elegir cuando se levanta, por ejemplo, un domingo con la literatura efervescente y tiene ganas de desayunarse con algo rico.

    Pues ahora que han venido los Reyes, estamos igual, pero con la cuenta corriente encamada: abro un paquete y Jan Potocki, desde Acantilado, me saluda con casi 800 páginas de tapa dura. ¡Viva! Y luego abro otro: Todo fluye, de Vasili Grossman, ¡alegría! Qué contento estoy con mis libros nuevos, ahora podré leerlos, toquetearlos, abrirlos, cerrarlos, contemplarlos y… ponerlos a la cola. ¡Maldición!


  5. Días de niebla [4]

    Lo escribí el Jueves 17 de diciembre de 2009

    Lee la tercera parte.

    Pero a medida que se fue acercando al pueblo descubrió que nada refulgía en las paredes de piedra de las casas: no tenían ventanas; que las entradas eran agujeros oscuros: no tenían puertas; que pocos tejados se mantenían en su sitio. Aquel pueblo marronuzco, lleno de ocres y bañado por la lluvia que empezaba a brillar bajo los primeros acordes del sol que siguió a la tormenta, estaba abandonado.

    Siguió andando, con la masa de niebla pisándole los talones pero cada vez más alejada, como extenuándose y empezando a disolverse. Aprovechó la momentánea tranquilidad para comerse la otra barra energética y recordar, intranquilo, que no le quedaban víveres.

    No había querido que el nerviosismo cundiera en él, había preferido achacar los temblores de su pulso al frío y al barro que aún quedaba pegado en la espalda, pero ahora, al no encontrarse sumido en la blancura cegadora de la mole de niebla, no pudo evitar que le invadieran las hipótesis.

    Palpándose la ropa concluyó que era la misma que recordaba haberse puesto pot última vez y que, casualmente, todo lo que llevaba en los bolsillos respondía a su disposición habitual: odiaba equivocarse y guardar la navaja en el bolsillo derecho para luego, al necesitarla, ir a buscarla al izquierdo y que no estuviese allí.

    Era tan secretamente escrupuloso que nadie, nadie, podría haber sabido cómo colocar las cosas adecuadamente más que él; y se habría dado cuenta enseguida si hubieran hurgado en sus cosas… Pero ¿cómo podía haber ido a parar a un sitio que no conocía, que no le era ni remotamente familiar? ¿Quién, cómo, por qué había logrado jugar con él de aquella manera?

    Entró en el pueblo fantasma, caminando despacio y con la respiración acelerada, cuando encontró la respuesta sin buscarla: creyó oír tras de sí unos pasos, creyó sentir un pinchazo en el brazo y, mientras se desvanecía sobre el suelo mojado, entrevió unos ojos azules y brillantes, un pelo negro y alborotado, una cara blanca y sucia, unas ropas roídas y andrajosas, unos pies descalzos y magullados, una boca sonriente y siniestra.

    Y luego le encontraron en la montaña en la que creía (y creían) que se había perdido, sumido en la niebla. Y guardó silencio sobre lo ocurrido durante días, preguntándose quién, cómo por qué había logrado hurgar en él de aquella manera. Al no obtener respuesta, se sentó ante el fuego, en el refugio, con los demás, y sonriente, decidió olvidarlo todo. Pero, claro, nunca lo logró.