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	<title>¡Bah! &#187; Invierno</title>
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	<description>El irreductible blog diario</description>
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		<title>Fin de año, etc. (uno) Sol</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Dec 2010 12:46:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El clima ayuda a empujar el último día.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé qué fenómeno extraño se produce en Gijón cada fin de año y uno de enero. Haga buen tiempo o haga malo (hoy hace un día excepcional aquí) flota en el aire una especie de calor, una sensación como de <em>western</em> por escribir. Como si fuera a pasar algo, vamos.</p>
<p>Y no lo digo solo por la previsible juerga que la aguerrida juventud prevé meterse, no, esta sensación se extiende a esos envidiables paisanos (paisanos) con camisas de mercería compradas por sus mujeres, los que se levantan a las 6 y media de la mañana los domingos para aprovechar la jornada.</p>
<p>Al final, este es uno de los escasos momentos en los que contentos, tristes, animados o aburridos todos sabemos exactamente qué pasa y qué supone; es casi como saber que España juega la final del Mundial. La diferencia, ahora, es que no todos afrontamos el trámite de igual manera.</p>
<p>Me quedan menos de 12 horas de un año que se ha mantenido entre lo excepcional y lo intenso, un año con anécdotas, experiencias y bastante aprendizaje. También con sus cosas, como todo acompañante, con sus momentos de incomodidad o de inercia imparable.</p>
<p>Ha sido un año, en general, en el que el sol se ha dejado disfrutar. Hay quien, a pesar de la ya citada sensación <em>western</em>, no da importancia alguna a este día. Yo sí. Y que haga sol y pueda irme, ahora, a enchufarme una o dos botellas de sidra a vuestra salud es, sin duda, uno de los mejores augurios. Esta tarde-noche, la despedida. ¡Disfruten!</p>
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		<title>Fin de año, etc. (cuatro) El regalo</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Dec 2010 20:03:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Lo que fastidian las copias de hipermercado.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aunque los peores augurios vaticinen que el fin de el mundo llega en 2012, parece que muchos ciudadanos estiman que en realidad termina el viernes; por ello, por miedo a una monstruosa hecatombe, se están abasteciendo de los necesarios regalos.</p>
<p>Me he dejado caer, acompañando a un amigo a comprar 17 kilos de comida para su perro (!), por una gran superficie. Lo primero, nada más entrar, ordenadores, videocámaras y cosas que se enchufan, donde un tipo con gafas toma minuciosas notas sobre las especificidades de una impresora.</p>
<p>Pero un poco más allá se encuentra el inefable paraíso de los juguetes, todos aquellos muñecos que tan buenos recuerdos traen. ¿Todos? No, mi visita me ha permitido revivir uno de los momentos más amargos de la Navidad &#8211;aparte del «pilas no incluidas» que tantas existencias ha marcado&#8211;: como toda gran superficie que se precie, esta despliega ante el visitante ocasional el montonazo de juegos qué-más-te-da-si-es-casi-lo-mismo. Es CASI una Wii, es CASI una PSP, es CASI un Playmobil&#8230; pero no.</p>
<p>Ahí están esperando, a ver quién pica y se olvida durante suficiente tiempo del flamante brillo de una carcasa bien acabada como para encontrarse, en el coche, con un sucedáneo baratero del objeto tan ansiado. Y con unos euros menos.</p>
<p>Pero aquí no, aquí no aceptamos imitaciones.</p>
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		<title>Fin de año, etc. (cinco) Trámites divertidos</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Dec 2010 20:17:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Reencuentros navideños: divertido, cuanto menos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy parece un lunes normal, aunque la cuenta atrás recuerda con cada potente <em>tic </em>y cada sublime <em>tac</em> que el fin de año está a la vuelta de la esquina.</p>
<p>Precisamente por ser lunes, entran en el correo electrónico algunos mensajes impensables para un fin de semana; a uno de ellos, tratándose de un encargo divertido, es necesario responder que nunca es agradable dejar tareas pendientes para el año entrante: ya hay deberes.</p>
<p>Recuerdo, entonces, dejando pasar las horas, que si bien traducir cuatro páginas de un artículo fresco e interesante son un trámite así, divertido, aún lo es más oficiar los reencuentros y cumplir con algunas promesas de las establecidas a lo largo de año (las posibles).</p>
<p>Los reencuentros en Navidad acaban por tener algún tipo de urgencia, una especie de aspecto confesionario, como si quisiéramos recordar y maniatar todo lo bueno y lo malo que nos ha ido ocurriendo a lo largo de estos doce meses y establecer, en plan organismo oficial, una versión conjunta de lo que no debemos desechar de las fechas pasadas.</p>
<p>Obviamente parte de este proceso es íntimo y personal, pero siempre es apasionante pasar por esos momentos de contrastar versiones y establecer prioridades con aquellos amigos a los que &#8211;¡ay!&#8211; uno no ve lo que quisiera pero que, extrañamente, no dejan de despertar el abrazo fraternal.</p>
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		<title>Fin de año, etc. (siete) Café cargado</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Dec 2010 19:02:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Menos de una semana]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pues sí, hemos sobrevivido a la cena de Nochebuena y a la comida de Navidad con bastante dignidad, mientras que tuppers y tuppers de sobras desfilan hacia la nevera para alimentarnos, por lo menos, hasta el lunes.</p>
<p>La familia es multitudinaria, ruidosa, y habla, ríe y brama más a medida que las servilletas, inmaculadas hasta ayer, se van manchando de vino y salsas. El <em>roast-beef</em> está delicioso un año más, el puré, sedoso un año más; aunque todos vayan cumpliendo y las más pequeñas se hagan, con cada, fiesta, más grandes.</p>
<p>Decido salir a pasear para bajar ambos festines. Aprovecho primero el viento frío para visitar el Muro, escuchar algo de música entretanto y tomar un té antes de volver a casa. Los café están más llenos que nunca un día de Navidad por la tarde.</p>
<p>Cada nuevo visitante trae una bocanada de frío que deposita a su lado al sentarse, las familias sacan a los niños sin pudor alguno y, a medida que el té va bajando descubro que en realidad el calor que contrasta tanto con la temperatura de la calle no es obra de ninguna calefacción, sino de los lametazos de aire que todos ocultan bajo los abrigos. Ese es el calor que acaba por comerse el frío previamente instalado, el que torna los locales en lugares cargados y ruidosos.</p>
<p>Paseo un poco más bajo las luces, volviendo a casa ya. Ha sobrado <em>roast-beef</em> para la cena.</p>
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		<title>Fin de año, etc. (ocho) Sin comerlo ni beberlo</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Dec 2010 16:49:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Un poco menos, y empiezan las cenas.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay dos maneras de tomarse el fin de año: a la ligera o a la tremenda. Inevitablemente, es el momento en el que la mayoría se detiene y mira hacia atrás, hacia delante, hacia un lado y hacia el otro; salda cuentas y elabora planes.</p>
<p>Empezamos a tomar conciencia al descubrirnos con la familia, vistiendo el consabido jersey de lana, en Nochebuena. Dejamos pasar los días y de pronto es Nochevieja. Hay quien se queda en casa, hay a quien le toca trabajar, quien tiene calor y quien tiene frío: situémonos en el salón elegante y añejo, con todo el mundo haciendo equilibrismos para aguantar las doce uvas, en una reunión que congrega a todos los personajes que han pasado por nuestro 2010.</p>
<p>Uno hace balance bajo los techos altos y las lámparas, en el mismo decorado del año anterior. Cuando se quiere dar cuenta, el cuenco con las uvas se ha vaciado y está brindando con quien tiene alrededor. Todo el mundo parece festivo, pero todo el mundo está, también, empezando a hacerse a la idea de que el calendario ya ha completado otra vuelta completa.</p>
<p>Examina errores, aciertos y acontecimientos del año que acaba para predecir qué depara el entrante. Así hasta que amanece otro primero de enero y la luz de la mañana empieza a colarse por los enormes ventanales; en el suelo solo quedan confeti, serpentinas y colillas pisoteadas. Vuelve a casa y, sin comerlo ni beberlo, se encuentra ante un año más que estrujar, explotar y disfrutar. Feliz 2011.</p>
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		<title>Lo bueno y lo malo</title>
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		<pubDate>Fri, 24 Dec 2010 09:52:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una ley que juzga.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La ciencia médica es tajantemente clara al respecto del  peligro del tabaco. Lo que ocurre es que a pesar de que la ciencia  médica se tome tres raciones de verdura al día, haga media hora de  ejercicio, duerma ocho horas y modere el consumo de alcohol, el hecho es  que el común de los mortales disfruta remoloneando en la cama media  horita más, adora brindarse un homenaje (por estas fechas, más) y en  general pretende equilibrar lo que es físicamente sano con lo que es  mentalmente sano. O lo que es médicamente inapelable con lo que es  económicamente jugoso.</p>
<p>Consultando el avance de la liquidación de los  Presupuestos Generales de 2010, observamos que el Estado ha recibido de  las llamadas labores del tabaco, y solo del tabaco (sin alcohol), 4.289  millones de euros. Agárrense, que hay más: la previsión de gasto por  programas para 2011 del Ministerio de Sanidad es de 2.693 millones de  euros, esto es, un 62% de lo ingresado por las labores del tabaco, y  solo del tabaco. Con los 1.596 millones de euros restantes podrían  cubrirse las previsiones de gasto del Ministerio de Cultura para todo  2011, y todavía sobrarían 360 milloncejos para, no sé, regalar 50  billetes de Metro a cada habitante de Madrid y frenar el cambio  climático, que también es muy malo.</p>
<p>He aquí el imponderable de marras: la nivelación entre lo  que nos garantiza vivir 100 años y lo que nos garantiza vivirlos a  gusto. Hay quien disfruta yendo a pescar (eso es bueno); hay quien  disfruta fumando (eso es malo); hay quien disfruta corriendo 15  kilómetros en su día libre (eso es bueno); hay quien disfruta  comiéndose, mientras, cuatro grasientas hamburguesas (eso es malo).</p>
<p>Conste que todo es malo o bueno, que no hay términos  medios: el humo en la ropa molesta, los ambientes cargados, también. Y  todos agradeceremos respirar mejor y saborear vinos y manjares. Eso sí,  no debemos olvidar que lo que estamos examinando aquí no es la densidad  del humo de un cigarrillo. No, esa es otra guerra y no debemos  confundirnos: lo que estamos midiendo es la potestad de nuestro  Estado-padre para decidir sobre qué nos conviene y qué no (mientras que  nos vende cajetillas a puñados).</p>
<p>Dejando de lado aficiones poco positivas (robar bancos o  importar ojivas nucleares), lo que no termino de comprender es qué clase  de autoridad moral tiene el Estado sobre todos nosotros, sobre el  devenir de la sociedad civil. Probablemente, ninguna. Evidentemente,  toda.</p>
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		<title>Fin de año, etc. (nueve) Trenes perdidos</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Dec 2010 17:11:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Queda un día menos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Gracias a un atasco, a una máquina expendedora de billetes que no funcionaba y a la suficiente intransigencia de un empleado de Renfe, me encontré tirado en Madrid un día más, hasta esta mañana.</p>
<p>Claro, uno  retorna a casa con cara de tonto, la maleta hecha y la nevera perfectamente vacía, con todo listo para volver dentro de 20 días.</p>
<p>Sin querer tocar nada (a fin de cuentas no me quedaban más que unas pocas horas en la ciudad) pasé de puntillas por el pequeño apartamento. Y decidí ajustar las cuentas que aún me quedaban por saldar.</p>
<p>La primera: unas carrilleras con salsa de pimienta excepcionales, al calor de una copa de Planta y de <em>Freedom</em>, de Johnathan Franzen, que empiezo a disfrutar en toda su magnitud.</p>
<p>La segunda: ver a un buen amigo y recorrer bares, y bares, fumando. Imaginando cómo va a cambiar el paisaje la próxima vez que nos veamos, en apenas eso, 20 días; recapitulando y dándonos cuenta de la cantidad de cosas que han tenido a bien suceder en el último año.</p>
<p>Por fin me fui a dormir. No podía volver a permitirme perder el tren: moverse de Madrid a Asturias ya es difícil de por sí, pero por estas fechas más: mientras que escribo estas líneas ya viajo, con un niño a mi espalda y rodeado de gente de toda clase y condición, rumbo a Gijón.</p>
<p>Puede que no hiciera tan mal en perder el tren, pero casi rozo con los dedos el mar.</p>
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		<title>Piedra y madera (viaje en el tiempo)</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Dec 2010 15:16:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mapas, ejem, desactualizados en el MAEC.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ha sido una semana de lo más ajetreada y cargada, especialmente, de interesantes movimientos en el ámbito internacional: Kosovo, un ejercicio sobre el Sur Sudán, una magistral clase sobre Irán en la Historia y sus relaciones con los países vecinos&#8230;</p>
<p>El miércoles disfruté, sin embargo, de una tarde libre que pude aprovechar convenientemente para acercarme hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación a hacer unos papeleos.</p>
<p>Descubro que el Palacio de Santa Cruz, donde tiene su sede el Ministerio, fue una cárcel en tiempos, sobre la cual (extraigo de la propia web) William Bromley escribió, en 1702:</p>
<blockquote><p>«La cárcel de aquí es la más elegante que jamás he visto: fue construida  como palacio para un príncipe; el Cardenal-Infante, creo, hermano de  Felipe IV, le dio este otro fin de Cárcel del Estado.»</p></blockquote>
<p>El simple acceso lateral del edificio ya revela una frialdad marmórea por las sólidas paredes de piedra, pero suavizada más adelante por las pesadas puertas de madera y el crujiente parquet de sabedios qué época.</p>
<p>Entro en la sala habilitada para información y una funcionaria, tremendamente amable, me cede su ordenador para que rellene los formularios que luego presentaré en la habitación contigua («Así te queda mejor», sonríe).</p>
<p>En aquella otra sala me recibirá una alucinante señora que bien podría haber sobrevivido a un cómic de Tintín: es una mujer negra, muy negra, muy mayor, que camina encorvada bajo el peso de un moño imposible y que me mira por encima de las gafas, que hacen a su vez equilibrismos sobre la punta de su nariz.</p>
<p>Me reñirá por no haber llevado un sobrecito para guardar las fotos de carnet, y grapará con parsimonia pero enorme minuciosidad todos los documentos que le entrego.</p>
<p>Bien, volvamos a la habitación de información. En un momento en el que la funcionaria busca el documento que tengo que rellenar e imprimir, miro a las paredes.</p>
<p>Hay mapas envejecidos. El más cercano es el de África, por el que paseo la mirada desde el Cabo de Buena Esperanza hacia el Norte. De pronto, mis ojos se detienen y tengo que acercar la cabeza para dar crédito a lo que veo: Rhodesia.</p>
<p>Rhodesia lleva el nombre de Cecil Rhodes, ese gran hombre que conquistó su trocito de tierra y no tuvo empacho alguno en bautizarlo con su apellido. Pero Rhodesia dejó de existir en 1964 para dividirse en dos naciones; y una década más tarde, el territorio pasó a llamarse definitivamente Zambia (al norte) y Zimbabwe (al sur). En este glorioso mapa, en aras de la actualización, han pegado dos etiquetas Dimo que indican, muy dignamente, dónde está Zimbabwe y que su capital es Harare.</p>
<p>Aún queda otra sorpresa entrañable: descubro, pasada Nigeria, la República del Alto Volta. No me sonaba de nada semejante país, así que volví a abrir mucho los ojos y a acercar la cabeza al mapa. No había reparado en otro Dimo que advertía, ahora, de que se trataba en realidad de Burkina Faso. La República del Alto Volta dejó de llamarse así, comprobé  más tarde, en 1984. Esto es, hace 26 años.</p>
<p>Sin duda no conviene malgastar el dinero del contribuyente en inútiles mapas políticos actualizados, por mucho Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación que se sea: es más, aquí, uno, agradece y agradecerá saber dónde está la máquina del tiempo.</p>
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		<title>Libros sin abrir</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jan 2010 12:41:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Han venido los Reyes.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada vez que paso por delante de una librería suelo apretar el paso y, como dice esa creencia popular sobre las funerarias, agacharme para que no me tomen las medidas. Si por un casual se me ocurriera virar, empujar la puerta y meterme en la librería, tendríamos un enorme problema.</p>
<p>Para empezar, caminaría entre las estanterías sin saber bien qué buscar. Entonces recordaría un trozo de periódico, una reseña, una recomendación y me encaminaría a donde estuviera el libro en cuestión. Lo abriría, lo hojearía, me gustaría. Luego otro. Y otro. Me encontraría con siete estimulantes libros en las manos, el tipo de la caja sonriendo y mi tarjeta temblando en el bolsillo.</p>
<p>La última vez que me ocurrió eso (&#8220;venirse arriba&#8221;, lo llamo yo) rellené la estantería de libros por leer y llena sigue: se tarda un segundo en comprar <em>Vida y destino</em>; no se tarda tan poco en leerlo&#8230; Pero sí, va bajando, uno disfruta de tener tanto entre lo que elegir cuando se levanta, por ejemplo, un domingo con la literatura efervescente y tiene ganas de desayunarse con algo rico.</p>
<p>Pues ahora que han venido los Reyes, estamos igual, pero con la cuenta corriente encamada: abro un paquete y Jan Potocki, desde Acantilado, me saluda con casi 800 páginas de tapa dura. ¡Viva! Y luego abro otro: <em>Todo fluye</em>, de Vasili Grossman, ¡alegría! Qué contento estoy con mis libros nuevos, ahora podré leerlos, toquetearlos, abrirlos, cerrarlos, contemplarlos y&#8230; ponerlos a la cola. ¡Maldición!</p>
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		<title>Días de niebla [4]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/17/dias-de-niebla-4/</link>
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		<pubDate>Thu, 17 Dec 2009 12:25:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuarta y última parte de <em>Días de niebla</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=852">tercera parte</a>.</em></p>
<p>Pero a medida que se fue acercando al pueblo descubrió que nada refulgía en las paredes de piedra de las casas: no tenían ventanas; que las entradas eran agujeros oscuros: no tenían puertas; que pocos tejados se mantenían en su sitio. Aquel pueblo marronuzco, lleno de ocres y bañado por la lluvia que empezaba a brillar bajo los primeros acordes del sol que siguió a la tormenta, estaba abandonado.</p>
<p>Siguió andando, con la masa de niebla pisándole los talones pero cada vez más alejada, como extenuándose y empezando a disolverse. Aprovechó la momentánea tranquilidad para comerse la otra barra energética y recordar, intranquilo, que no le quedaban víveres.</p>
<p>No había querido que el nerviosismo cundiera en él, había preferido achacar los temblores de su pulso al frío y al barro que aún quedaba pegado en la espalda, pero ahora, al no encontrarse sumido en la blancura cegadora de la mole de niebla, no pudo evitar que le invadieran las hipótesis.</p>
<p>Palpándose la ropa concluyó que era la misma que recordaba haberse puesto pot última vez y que, casualmente, todo lo que llevaba en los bolsillos respondía a su disposición habitual: odiaba equivocarse y guardar la navaja en el bolsillo derecho para luego, al necesitarla, ir a buscarla al izquierdo y que no estuviese allí.</p>
<p>Era tan secretamente escrupuloso que nadie, nadie, podría haber sabido cómo colocar las cosas adecuadamente más que él; y se habría dado cuenta enseguida si hubieran hurgado en sus cosas&#8230; Pero ¿cómo podía haber ido a parar a un sitio que no conocía, que no le era ni remotamente familiar? ¿Quién, cómo, por qué había logrado jugar con él de aquella manera?</p>
<p>Entró en el pueblo fantasma, caminando despacio y con la respiración acelerada, cuando encontró la respuesta sin buscarla: creyó oír tras de sí unos pasos, creyó sentir un pinchazo en el brazo y, mientras se desvanecía sobre el suelo mojado, entrevió unos ojos azules y brillantes, un pelo negro y alborotado, una cara blanca y sucia, unas ropas roídas y andrajosas, unos pies descalzos y magullados, una boca sonriente y siniestra.</p>
<p>Y luego le encontraron en la montaña en la que creía (y creían) que se había perdido, sumido en la niebla. Y guardó silencio sobre lo ocurrido durante días, preguntándose quién, cómo por qué había logrado hurgar en él de aquella manera. Al no obtener respuesta, se sentó ante el fuego, en el refugio, con los demás, y sonriente, decidió olvidarlo todo. Pero, claro, nunca lo logró.</p>
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		<title>Días de niebla [3]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/14/dias-de-niebla-3/</link>
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		<pubDate>Mon, 14 Dec 2009 09:18:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[<em>Días de niebla</em> se acerca a su final...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=727">segunda parte</a>.</em></p>
<p>Por fin, podría decir que tenía miedo.</p>
<p>Lo que había empezado siendo un pequeño temblor sin posibilidad de turbar lo más mínimo su habitual templanza se había extendido ya hasta los nervios tras sus vidriosos ojos, hasta su helada y húmeda nariz, hasta su boca, hasta su pecho de latir acelerado: el miedo empezaba a atenazar sus sentidos, como el del niño que, desorientado en la oscuridad de su habitación, deja de oír el silencio para quedarse sordo, mudo, ciego hasta que alguien vuelve a encender el interruptor.</p>
<p>Pero él sabía que nadie iba a encender el interruptor, empezaba a ser consciente de que descansar un poco no iba a ayudar en nada: el chubasquero seguía condensando rocío hasta formar gotas que se deslizaban hasta el pantalón; sobre su espalda, sus pantalones la capa de barro empezabaa hacerse más densa (que no sólida).</p>
<p>Estaba pensando en esto, y no en la manera de salir del laberinto abierto: cada vez había menos árboles y el suelo presentaba menos accidentes, pero la niebla que se cernía sobre él seguía plantando, alucinante, una pantalla blanca ante él, sin importar la dirección en la que caminara.</p>
<p>De pronto, se fue aclarando, se hizo más luminosa. Fue adquiriendo motivos, manchas aquí y allá que dudó si serían fruto de su imaginación y de pronto, como quien atraviesa una puerta, el sol le golpeó en la cara descompuesta, dejándole repentinamente boquiabierto.</p>
<p>Ante él se extendía un campo reseco, de amarillo apagado y punzante: crujía bajo sus pies -por fin podía oírlo- y, vasto, resplandecía bajo un sol que aún se estaba desperezando. El cielo estaba ribeteado por algunas nubes estiradas y amorfas, el paisaje se perdía, desierto, en el infinito y tras él, una pared de niebla le iba persiguiendo lentamente, sin disolverse, amenazante.</p>
<p>Echó a andar en la única dirección posible: lejos de la mole blanca que quería engullirle, en línea recta. Allí, a lo lejos, creyó ver un pueblo. Por fin&#8230;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=863">cuarta parte</a>.</em></p>
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		<title>Días de niebla [2]</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Dec 2009 11:58:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[Segunda parte de <em>Días de niebla</em>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=721">primera parte</a>.</em></p>
<p>No tardó en tropezar con una piedra, en sortear un tronco caído, en sentir algún animalillo asustado escurrirse entre sus piernas al escapar. Seguía desorientado, pero al menos tenía la certeza de estar caminando en una dirección fija, con la esperanza de topar con algo, algo, en un momento dado.</p>
<p>En esta zona no debería ser demasiado complicado encontrar señales, aunque fueran nimiedades, que le permitieran ubicarse en el mapa que tan netamente tenía dibujado en la mente: era como si el terreno esperara a que llegara él y clavara con decisión su dedo sobre un punto (&#8220;¡Aquí estoy!&#8221;), como si el paisaje que le rodeba estuviera dispuesto a descubrirse, majestuoso, de esta niebla tupida y abandonara el siniestro cariz que poco a poco iba tomando.</p>
<p>Era lo suficientemente aficionado al monte como para no dejar que se le acelerara el pulso, que la incómoda humedad le hiciera exhalar vaho, desasosegado, hasta tener que gritar para liberar la presión del pecho: ya se había perdido alguna vez, y nunca había tardado en volver a encontrar el camino. Esta vez no tenía por qué ser distinta.</p>
<p>Efectivamente, evitaba pensar, absolutamente, en lo que le podría haber llevado a despertar sumido en barro: ¿De qué le serviría hacerse preguntas que era imposible responder ahora? Lo último que recordaba era noche, calor, lana, las manos enroscadas en una taza y meterse en la cama del refugio con calcetines. Nada de vestirse, nada de acostarse con esta ropa.</p>
<p>Sintió una punzada de hambre que le hizo pensar en que la mañana avanzaba rápida, sin que la niebla hiciera el más mínimo amago de romper filas. Y seguía sin reconocer nada, y sin agobiarse. Ni siquiera tenía clara la topografía: subía, bajaba, saltaba.</p>
<p>Empezó a sospechar que nunca había pisado este bosque, y que orientarse sería una cuestión de suerte. Había querido reservarse las barritas energéticas, pero una nueva punzada en el estómago le obligó a abrir una y a engullirla casi sin pensarlo. Cuando guardó el papel en el bolsillo, empezó a tener claro que la pregunta que no tenía sentido responder entonces (&#8220;¿Cómo&#8221;?) era, quizás, la clave para salir de esa niebla.</p>
<p>Por fin, le empezó a temblar el pulso.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=852">tercera parte</a>.</em></p>
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		<title>Días de niebla [1]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/12/03/dias-de-niebla/</link>
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		<pubDate>Thu, 03 Dec 2009 11:46:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Barro]]></category>
		<category><![CDATA[Frío]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Niebla]]></category>

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		<description><![CDATA[Llega el invierno y, con él, relatos con frío.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se despertó con la espalda, desde la nuca hasta la rabadilla, hundida en el húmedo barro. Abrió los ojos nada más despejarse por la fina llovizna que caía sobre el chubasquero; no vio más que una densa niebla correr sobre él. Estaba tumbado en mitad de ninguna parte y no sabía por qué: sólo que le costaba levantar los talones de las botas de montaña del pegadizo suelo; que los vaqueros hacía tiempo que se habían calado y que tenía el pelo y la cara cubiertos por una molestísima mezcla de gotas de agua y trocitos de hojas, de ramas, de suelo.</p>
<p>Se levantó tan solo para descubrir que la niebla impedía ver a más de dos metros alrededor. Giró sobre sí mismo, como buscando una salida a aquella espesura; miró hacia arriba, como contando con encontrar la trampilla por la que estaba cayendo la lluvia. Sin éxito.</p>
<p>Se calló, trató de escuchar pero no oyó nada: ¿la niebla retiene el sonido? No, ni un riachuelo, ni un pájaro, ni el crujir de una rama.</p>
<p>Olió: el bosque que sin duda se cernía sobre él (aunque no pudiera verlo) le enviaba, montadas en la humedad, notas de robles, de criaturas de ojos afilados, de bayas, de solitarios senderos; quizás algo de otoño así, en general: ineludibles las ganas de una taza de chocolate caliente en el refugio, frente al fuego que solían encender esta clase de tardes, o de mañanas.</p>
<p>Se preguntó dónde estarían los demás mientras comprobaba —no pudo recordarlo— qué llevaba  consigo. Encontró la navaja, dos barritas energéticas, un poco de agua. La brújula de la muñeca seguía donde estaba, y parecía funcionar.</p>
<p>En ningún momento había dejado que le invadiera la inaquietud, ni siquiera consideraba importante preguntarse cómo había ido a parar allí: ahora sólo quería encontrar el refugio, sentarse frente al fuego y contarles a los demás que, sin saber bien qué hacer, había decidido caminar, con los pies chapoteando en la espesa capa de barro, hacia el Norte en primer lugar.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Lee la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=727">segunda parte</a>.</em></p>
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		<title>Sábado tarde</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/11/07/sabado-tarde/</link>
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		<pubDate>Sat, 07 Nov 2009 12:33:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[El Comercio]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Suplemento Culturas]]></category>
		<category><![CDATA[Televisión]]></category>

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		<description><![CDATA[Nada mejor para una tarde de invierno que quedarse al calor del hogar.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/wp-content/uploads/logoculturas.gif"><img class="size-full wp-image-187 alignright" title="logoculturas" src="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/wp-content/uploads/logoculturas.gif" alt="logoculturas" width="240" height="424" /></a>Primer plano del muslo del protagonista. El director quiere hacernos creer que se le ha clavado algo al huir por esta «tupida» jungla tropical, y que se lo va a quitar de la pierna en un alarde de desagradables efectos especiales. Gime, fuerza la mueca de dolor &#8212qué bien lo hace, el condenado&#8212 y entonces suenan tambores. Se levanta sobre la pierna mala y echa a correr. Bravo: camino del Oscar.</p>
<p>Llegados a este punto decidimos que o bien puede tratarse de una película de monos asesinos, o bien de una película de caníbales. Tiene que ser lo segundo: si no tienen dinero ni para hacer una sangre falsa como es debido ¿cómo esperar un mono asesino en condiciones?</p>
<p>Cambiamos de canal. «Por el poder de la espada del anillo, acabaré con él, maestro.» Vamos, si ni siquiera puedes contratar a un actor que haya salido del competitivo circuito de los anuncios de champú ¿en qué momento decides rodar una imitación de ‘El Señor de los Anillos’ con dragones?</p>
<p>Preguntas, preguntas todas que asaltan a uno un sábado cualquiera por la tarde frente al televisor: un zapping en cierta franja horaria en la que todo lo que topes vale su peso en oro, en la que los títulos de las películas recuerdan sospechosamente a otros (¿<em>La isla de los caníbales</em>?¿<em>El reino del anillo</em>?), en que florecen anuncios de queso manchego que no verás en ningún otro sitio, a ninguna otra hora. Todo termina con Cine de Barrio: tras Paco Martínez Soria, el diluvio. Bendito invierno que no acaba de llegar&#8230;</p>
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		<title>La cabeza [4]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/09/02/la-cabeza-4/</link>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2009 17:08:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

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		<description><![CDATA[Final de <em>La cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=600">tercera parte</a>.</em></p>
<p>Acabó por tranquilizarme no ya el tiempo que transcurrió —¿minutos?¿horas?— sino el más absoluto aburrimiento de no poder moverme: la impotencia se transformaba en desazón y ésta en una quietud que no me atrevería a llamar paz, puesto que el desasosiego no me abandonaba, pero sí en un cierto aturdimiento.</p>
<p>Tenía los ojos cerrados cuando empezaron a llamar a la puerta con insistencia: mi secretario y la criada gritaban, alarmados, desde el pasillo. Yo trataba de responder, de nuevo con una especie de estertores melosos, sin éxito. Volvió la angustia, volvieron los sudores; tenía que hacer esfuerzos mayores para tragar saliva y, con cada intento, mi garganta ardía un poco más.</p>
<p>Finalmente sentí que rompían una de las ventanas, noté una mano firme pero delicada zarandearme, supe que sería el ama de llaves, y a continuación escuché la voz de mi secretario, ahora cercana. No podía verles, estaban detrás de mí; seguía siendo incapaz de girar la cabeza. Me destaparon, encontraron la cama empapada, manchada; me miraron, adivinaron algo de vida en mi pecho agitado, me incorporaron, me movieron y entonces, sólo entonces, mi cráneo formó un ángulo imposible con mis cervicales que hizo proferir a la criada un horrendo grito, que hizo a mi secretario y al ama de llaves depositarme con cierta violencia de vuelta en la almohada.</p>
<p>El médico sentenció que se trataba de una extrañísima separación del cráneo: la juntura entre dos de mis vértebras se había resquebrajado milagrosamente, sin llegar a matarme, dejando la vida suficiente fluir por mi cuerpo, pero postrándome en esta silla de ruedas envuelto en un artificioso cuello acolchado de roble. Tardé años en saber que a punto estuvo el matasanos de lanzar un brusco movimiento que me decapitara finalmente, y yo mismo pienso, a veces, si no sería mejor que olvidaran sujetarme las malditas vértebras un día cualquiera. Porque sé que nunca, jamás, volveré a escuchar aquel delicioso crujido.</p>
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		<title>La cabeza [3]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/08/30/la-cabeza-3/</link>
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		<pubDate>Sun, 30 Aug 2009 11:24:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

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		<description><![CDATA[Tercera y penúltima parte de <em>La Cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=592">segunda parte</a>.</em></p>
<p>Logré aguantar la sobremesa como pude, y en cuanto hubo terminado, aproveché el receso del que gozábamos para enviar discretamente a mi secretario a la botica, en busca de algún remedio que pudiera mitigar el dolor hasta mi vuelta a la ciudad; los pinchazos se volvían más y más insoportables con cada nuevo movimiento y preveía que la junta de aquella tarde se iba a convertir en un auténtico suplicio; y así fue.</p>
<p>Daban ya las siete, empezaba a oscurecer entre la niebla espesa y el farolero la iba sembrando de esferas de luz que flotaban suspendidas entre la masa blanquecina. Nosotros nos apresurábamos para tomar el ferrocarril; mi estado era ya muy lamentable y, aunque no me miré en ningún espejo, supe por el semblante con el que me observaba mi secretario que el mío no podía ser sino el de un moribundo.</p>
<p>Penosamente, entré en mi habitación y me desvestí. Renuncié a la cena fría que tenía sobre la mesa; me limité a asearme y a acostarme de inmediato. Tardé varios minutos en encontrar una postura que no me hiciera daño en el cuello, me costó mucho dormir a pesar del agotamiento y el sudor, permanente, impregnaba la almohada allí donde reposaba la cabeza más de unos instantes.</p>
<p>Por fin logré conciliar el sueño boca arriba; un sueño por supuesto entrecortado y en absoluto reponedor. No obstante, en algún momento debí de lograr sumirme en una fase algo más honda y, cuando quise darme cuenta, comenzaba amanecer.</p>
<p>La primera sensación que tuve, al abrir los ojos, fue de haber descansado y de que todo había pasado. Fuera brillaba un extraño sol de domingo y la jornada parecía ofrecer un largo paseo a quienes quisiéramos aprovecharlo. Me propuse estirarme levemente, levantarme y disfrutar del día de descanso; reponerme, aunque fuese, del desasosiego.</p>
<p>Pero no pude. Me descubrí boca arriba, con la cabeza ladeada sobre la almohada, totalmente inmóvil, con la manta cubriéndome hasta las axilas. Me entró el pánico, no lo niego; noté cómo cada nervio se encogía, se expandía y todos los poros de mi cuerpo se abrían para empezar a liberar chorros de sudor frío. Volví a intentar la operación, convenciéndome de que todo era un mal sueño, una imaginación. De nuevo, fracasé.</p>
<p>Por fin renuncié a todo y traté de pedir ayuda, pero de mi garganta no salió más que una incómoda y débil masa de sonido ininteligible. No podía mover las manos; ni las piernas; ni el torso; ni el cuello: era perfectamente consciente de cada parte de mi cuerpo, pero me era imposible hacer nada con ellas.</p>
<p>Al cabo de unos minutos, cuando logré tranquilizarme (&#8220;en algún momento me echarán en falta&#8221;, pensé) lo que empecé a sentir fue un fino hilo de baba deslizarse por la comisura de mis labios hasta posarse en la delicada tela, empapada. Y no logré contenerlo. Entonces, sentí dos lágrimas ir a reunirse con la mezcla de fluidos&#8230;</p>
<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=622">cuarta parte</a>.</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>La cabeza [2]</title>
		<link>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/08/25/la-cabeza-2/</link>
		<comments>http://www.alejandrocarantonna.es/2009/08/25/la-cabeza-2/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 25 Aug 2009 14:46:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=592</guid>
		<description><![CDATA[Segunda parte de  <em>La cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=587">primera parte</a>.</em></p>
<p>Cuando ya estábamos entrando en la estación, sentí la necesidad de desperezarme antes de salir al frío andén. Estiré furtivamente las piernas, miré hacia un lado y, como acostumbro a hacer, empujé el mentón hacia arriba con la palma de la mano. Noté el relajante crujido de las vértebras recorrerme las cervicales y terminar, con un inesperado pinchazo de dolor, en la nuca: quizás debía empezar a plantearme dejar de hacerlo por unos días, al menos hasta que desapareciera el dolor.</p>
<p>Las calles del pueblo, embarradas, estaban cubiertas por una densa bruma, que impedía ver acercarse a los coches e incluso, los tejados de algunas casas. Con el traqueteo de los caballos y la humedad penetrante, sentía que el más mínimo movimiento de cuello me resultaba molesto, que girar la cabeza se volvía una empresa complicada y rematadamente incómoda; lo que es peor, cargando la pipa y sorbiendo el humo, sólo logré que los pinchazos ascendieran un par de pulgadas y se convirtieran en una infame cefalea.</p>
<p>El almuerzo con el alcalde no fue fácil de soportar; trataba de ocultar la rigidez con movimientos que se pretendían naturales, pero que desencadenaban una momentánea mueca de dolor de la que tanto el anfitrión como mi secretario se dieron cuenta de inmediato. Aquél se mantuvo callado, como fingiendo que no me notaba extraño; éste, me preguntaba con la mirada si todo marchaba bien y yo, por fin, tuve que excusarme para ir al aseo y refrescarme.</p>
<p>Me miré en el espejo y encontré mi semblante pálido, ojeroso; chorreaba sudor por mi frente y, al abrirme la chaqueta, descubrí la camisa y el chaleco absolutamente empapados. No supe lo que hacer; me aseé como pude, volví a vestirme y volví a la mesa. El alcalde me miró de reojo y se concentró en su copa de jerez; mi secretario, preocupado, trató de hacerse con la conversación. Yo ya sólo pensaba en volver y en guardarme bajo las mantas.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=600">tercera parte</a>.</em></p>
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		<title>La cabeza [1]</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Aug 2009 14:17:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Invierno]]></category>

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		<description><![CDATA[Primera parte de <em>La cabeza</em>.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El día del viaje fue un sábado, jamás lo olvidaré: me desperté temprano, antes incluso de que mi secretario llamara a la puerta, con un leve dolor en la base del cráneo, en el cuello. Corría el invierno de 1893, uno de los más crudos que recuerdo. Debíamos tomar, como digo, el ferrocarril de las ocho de la mañana para llegar a la hora del almuerzo; con suerte, tras la junta, alcanzaríamos a volver a la ciudad a tiempo para cenar y dejarnos caer por el club. Pero el objetivo era, ante todo, evitar tener que pernoctar en una de esas inmundas pensiones de las estaciones de tren: mucho me temía que en el minúsculo pueblo nos costaría encontrar algo más decente que un hospedaje para viajeros.</p>
<p>Una vez acomodado en el vagón, cargué la pipa y lamenté el frío cortante de la mañana; sin duda, de no haber tenido que atender aquel asunto con tanta premura, hubiera disfrutado poniendo en orden los papeles en mi gabinete, o desayunando tranquilamente en la cama. Pero no nos quedaba más remedio que resolver la compra.</p>
<p>Apenas charlamos durante el viaje, mi secretario repasaba sus notas y documentos y yo, simplemente, me distraía buscando entre la monotonía de la nieve y la niebla que se cernían sobre el vagón y que impedían ver a más de cinco pies. El revisor abrió la puerta de nuestro compartimento violentamente por culpa de un bache, o de una curva mal tomada y yo, sobresaltado, desvié rápidamente la mirada de la ventanilla. Noté un potente pinchazo de dolor en el cuello, de nuevo, y no se me ocurrió más que achacárselo al tabaco de pipa, al frío, o al hollín que sibilinamente se colaba por cada rendija.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Ver la <a href="http://www.alejandrocarantonna.es/wordpress/?p=592">segunda parte</a>.</em></p>
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