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Entradas que hablan sobre «Invierno»

  1. Fin de año, etc. (uno) Sol

    Lo escribí el Viernes 31 de diciembre de 2010

    No sé qué fenómeno extraño se produce en Gijón cada fin de año y uno de enero. Haga buen tiempo o haga malo (hoy hace un día excepcional aquí) flota en el aire una especie de calor, una sensación como de western por escribir. Como si fuera a pasar algo, vamos.

    Y no lo digo solo por la previsible juerga que la aguerrida juventud prevé meterse, no, esta sensación se extiende a esos envidiables paisanos (paisanos) con camisas de mercería compradas por sus mujeres, los que se levantan a las 6 y media de la mañana los domingos para aprovechar la jornada.

    Al final, este es uno de los escasos momentos en los que contentos, tristes, animados o aburridos todos sabemos exactamente qué pasa y qué supone; es casi como saber que España juega la final del Mundial. La diferencia, ahora, es que no todos afrontamos el trámite de igual manera.

    Me quedan menos de 12 horas de un año que se ha mantenido entre lo excepcional y lo intenso, un año con anécdotas, experiencias y bastante aprendizaje. También con sus cosas, como todo acompañante, con sus momentos de incomodidad o de inercia imparable.

    Ha sido un año, en general, en el que el sol se ha dejado disfrutar. Hay quien, a pesar de la ya citada sensación western, no da importancia alguna a este día. Yo sí. Y que haga sol y pueda irme, ahora, a enchufarme una o dos botellas de sidra a vuestra salud es, sin duda, uno de los mejores augurios. Esta tarde-noche, la despedida. ¡Disfruten!


  2. Fin de año, etc. (cuatro) El regalo

    Lo escribí el Martes 28 de diciembre de 2010

    Aunque los peores augurios vaticinen que el fin de el mundo llega en 2012, parece que muchos ciudadanos estiman que en realidad termina el viernes; por ello, por miedo a una monstruosa hecatombe, se están abasteciendo de los necesarios regalos.

    Me he dejado caer, acompañando a un amigo a comprar 17 kilos de comida para su perro (!), por una gran superficie. Lo primero, nada más entrar, ordenadores, videocámaras y cosas que se enchufan, donde un tipo con gafas toma minuciosas notas sobre las especificidades de una impresora.

    Pero un poco más allá se encuentra el inefable paraíso de los juguetes, todos aquellos muñecos que tan buenos recuerdos traen. ¿Todos? No, mi visita me ha permitido revivir uno de los momentos más amargos de la Navidad –aparte del «pilas no incluidas» que tantas existencias ha marcado–: como toda gran superficie que se precie, esta despliega ante el visitante ocasional el montonazo de juegos qué-más-te-da-si-es-casi-lo-mismo. Es CASI una Wii, es CASI una PSP, es CASI un Playmobil… pero no.

    Ahí están esperando, a ver quién pica y se olvida durante suficiente tiempo del flamante brillo de una carcasa bien acabada como para encontrarse, en el coche, con un sucedáneo baratero del objeto tan ansiado. Y con unos euros menos.

    Pero aquí no, aquí no aceptamos imitaciones.


  3. Fin de año, etc. (cinco) Trámites divertidos

    Lo escribí el Lunes 27 de diciembre de 2010

    Hoy parece un lunes normal, aunque la cuenta atrás recuerda con cada potente tic y cada sublime tac que el fin de año está a la vuelta de la esquina.

    Precisamente por ser lunes, entran en el correo electrónico algunos mensajes impensables para un fin de semana; a uno de ellos, tratándose de un encargo divertido, es necesario responder que nunca es agradable dejar tareas pendientes para el año entrante: ya hay deberes.

    Recuerdo, entonces, dejando pasar las horas, que si bien traducir cuatro páginas de un artículo fresco e interesante son un trámite así, divertido, aún lo es más oficiar los reencuentros y cumplir con algunas promesas de las establecidas a lo largo de año (las posibles).

    Los reencuentros en Navidad acaban por tener algún tipo de urgencia, una especie de aspecto confesionario, como si quisiéramos recordar y maniatar todo lo bueno y lo malo que nos ha ido ocurriendo a lo largo de estos doce meses y establecer, en plan organismo oficial, una versión conjunta de lo que no debemos desechar de las fechas pasadas.

    Obviamente parte de este proceso es íntimo y personal, pero siempre es apasionante pasar por esos momentos de contrastar versiones y establecer prioridades con aquellos amigos a los que –¡ay!– uno no ve lo que quisiera pero que, extrañamente, no dejan de despertar el abrazo fraternal.


  4. Fin de año, etc. (siete) Café cargado

    Lo escribí el Sábado 25 de diciembre de 2010

    Pues sí, hemos sobrevivido a la cena de Nochebuena y a la comida de Navidad con bastante dignidad, mientras que tuppers y tuppers de sobras desfilan hacia la nevera para alimentarnos, por lo menos, hasta el lunes.

    La familia es multitudinaria, ruidosa, y habla, ríe y brama más a medida que las servilletas, inmaculadas hasta ayer, se van manchando de vino y salsas. El roast-beef está delicioso un año más, el puré, sedoso un año más; aunque todos vayan cumpliendo y las más pequeñas se hagan, con cada, fiesta, más grandes.

    Decido salir a pasear para bajar ambos festines. Aprovecho primero el viento frío para visitar el Muro, escuchar algo de música entretanto y tomar un té antes de volver a casa. Los café están más llenos que nunca un día de Navidad por la tarde.

    Cada nuevo visitante trae una bocanada de frío que deposita a su lado al sentarse, las familias sacan a los niños sin pudor alguno y, a medida que el té va bajando descubro que en realidad el calor que contrasta tanto con la temperatura de la calle no es obra de ninguna calefacción, sino de los lametazos de aire que todos ocultan bajo los abrigos. Ese es el calor que acaba por comerse el frío previamente instalado, el que torna los locales en lugares cargados y ruidosos.

    Paseo un poco más bajo las luces, volviendo a casa ya. Ha sobrado roast-beef para la cena.


  5. Fin de año, etc. (ocho) Sin comerlo ni beberlo

    Lo escribí el Viernes 24 de diciembre de 2010

    Hay dos maneras de tomarse el fin de año: a la ligera o a la tremenda. Inevitablemente, es el momento en el que la mayoría se detiene y mira hacia atrás, hacia delante, hacia un lado y hacia el otro; salda cuentas y elabora planes.

    Empezamos a tomar conciencia al descubrirnos con la familia, vistiendo el consabido jersey de lana, en Nochebuena. Dejamos pasar los días y de pronto es Nochevieja. Hay quien se queda en casa, hay a quien le toca trabajar, quien tiene calor y quien tiene frío: situémonos en el salón elegante y añejo, con todo el mundo haciendo equilibrismos para aguantar las doce uvas, en una reunión que congrega a todos los personajes que han pasado por nuestro 2010.

    Uno hace balance bajo los techos altos y las lámparas, en el mismo decorado del año anterior. Cuando se quiere dar cuenta, el cuenco con las uvas se ha vaciado y está brindando con quien tiene alrededor. Todo el mundo parece festivo, pero todo el mundo está, también, empezando a hacerse a la idea de que el calendario ya ha completado otra vuelta completa.

    Examina errores, aciertos y acontecimientos del año que acaba para predecir qué depara el entrante. Así hasta que amanece otro primero de enero y la luz de la mañana empieza a colarse por los enormes ventanales; en el suelo solo quedan confeti, serpentinas y colillas pisoteadas. Vuelve a casa y, sin comerlo ni beberlo, se encuentra ante un año más que estrujar, explotar y disfrutar. Feliz 2011.