No sé qué fenómeno extraño se produce en Gijón cada fin de año y uno de enero. Haga buen tiempo o haga malo (hoy hace un día excepcional aquí) flota en el aire una especie de calor, una sensación como de western por escribir. Como si fuera a pasar algo, vamos.
Y no lo digo solo por la previsible juerga que la aguerrida juventud prevé meterse, no, esta sensación se extiende a esos envidiables paisanos (paisanos) con camisas de mercería compradas por sus mujeres, los que se levantan a las 6 y media de la mañana los domingos para aprovechar la jornada.
Al final, este es uno de los escasos momentos en los que contentos, tristes, animados o aburridos todos sabemos exactamente qué pasa y qué supone; es casi como saber que España juega la final del Mundial. La diferencia, ahora, es que no todos afrontamos el trámite de igual manera.
Me quedan menos de 12 horas de un año que se ha mantenido entre lo excepcional y lo intenso, un año con anécdotas, experiencias y bastante aprendizaje. También con sus cosas, como todo acompañante, con sus momentos de incomodidad o de inercia imparable.
Ha sido un año, en general, en el que el sol se ha dejado disfrutar. Hay quien, a pesar de la ya citada sensación western, no da importancia alguna a este día. Yo sí. Y que haga sol y pueda irme, ahora, a enchufarme una o dos botellas de sidra a vuestra salud es, sin duda, uno de los mejores augurios. Esta tarde-noche, la despedida. ¡Disfruten!
