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Entradas que hablan sobre «Internet»

  1. La vida analógica

    Lo escribí el Sábado 8 de agosto de 2009

    El jueves, tras una plácida tarde de ordenador apagado, observando el orvallo desde detrás de una ventana, se me ocurrió consultar el correo electrónico antes de confinar definitivamente el cacharro a una esquina, hasta el día siguiente, con un olímpico y agradecido puntapié.

    Pero en cuanto lo encendí, no pude evitar descubrir que Twitter se había inmolado y que Facebook ardía en mensajes de desesperación con demasiadas mayúsculas; en otras palabras, lo que el jueves experimentaron quienes se enchufan a Internet hasta en la cola del supermercado sería el equivalente a enviar cartas a Correos quejándose de que la correspondencia no llega.

    Un par de mis amigos (virtuales) pertenecen a esta estirpe, capaz de mandar un mensaje desde el móvil para lanzar el titular: «Estoy en la playa», «Voy a hacerme un café», «Me pica la espalda» y otras delicias de lo cotidiano.

    Una práctica sin duda estimulante, pero ¿qué ocurrirá cuando Internet se autodestruya definitivamente, cuando el malvado en la sombra pulse el botón rojo, cuando tengamos que volver a quedar por tam-tam? Supongo que mirar el orvallo volverá a ser divertido. Pero de momento, respiremos aliviados: españoles, Twitter ha vuelto a la vida.


  2. Los reyes del servidor

    Lo escribí el Lunes 3 de agosto de 2009

    Leo en El Mundo de hoy un reportaje de media página sobre el creador de Facebook, uno de esos tipos de 25 años que hacen que los padres empiecen a mirar a los hijos universitarios con cara de «ya te estás dando prisa». Resulta que se forró a base de mangar fotos de sus compañeras del archivo de la universidad y, a partir de ahí, sólo había que dejar hacer a la máxima universal de la interné: «Dame chicas y fútbol, y te haré rico». De fotos de compañeras a red de colegas de universidad, de ahí a red social y voilà.

    Mientras tanto uno, que tiene aspiraciones poco más que napoleónicas con este blog, asiste perplejo a un nuevo episodio de desastre absoluto en el ínclito reino de la informática: se desenchufa mi página web un soleado domingo a mediodía por un oportuno fallo eléctrico, según descubro al enviarles un e-mail y así me tiro más de 24 horas.

    Agradezco la consideración de enviarme a tomar algo el sol y despegarme del engendro maligno, pero sólo renuncio a la Red para ir a topar con el mencionado artículo, desde el cual me sonríe el tipo con su misma camisa de hace 6 años, vanagloriándose de su oficina de californianos enrollaos que llegan cuando quieren, comen gratis y curran poco: «Sí, Alejandro, mi hosting funciona y el tuyo no.»

    Y mientras, mis reyes del servidor 20 horas intentando conectar el cable azul con el verde. Hay que joderse.


  3. El milagro de la (in)comunicación

    Lo escribí el Jueves 30 de julio de 2009

    Anteanoche pude dejarme sorprender a una hora indecente por una película de 1971, The day of the Jackal. En España se  llamó Chacal, a secas, pero no guarda más parentesco con la película de Bruce Willis que el hecho de que ésta es un mal remake de aquélla.

    Se trata de una historia basada en la novela del mismo título de Frederick Forsyth. La trama es simple y clara: la OAS, esa organización terrorista francesa de los años 60, quiere cargarse a De Gaulle y, para ello, contrata a un asesino profesional e implacable. La gracia está en que, una vez preparado el golpe, el asesino comienza su periplo desde Italia hacia París en coche mientras que un agente trata de pararle los pies: el gato y el ratón, de nuevo, aliñado con el lujo entendido en los años 60.

    La gracia está en que la historia transcurre en 1963, de ahí el título de esta entrada: 20 años después, con móviles a medio cocinar y la capacidad de enviar fotografías en poco tiempo, no habría argumento, y el autor se vería en serios apuros para mantener alejado a su protagonista de las fuerzas del orden —eso por no hablar del encanto de verlos hablar por macroteléfonos desde un coche—. La fuerza del guión reside, en gran medida, en la tensión que se genera en el tiempo transcurrido entre el descubrimiento de pruebas cruciales y el peregrinaje que realizan hasta su punto de destino, para llegar, en la mayoría de los casos, demasiado tarde y dejando al Chacal avanzar un poco más hacia su presa. Este escollo se hace aún más claro en el mencionado remake, que sorteaba estos problemas con más bien poco tino, aprovechando los momentos en los que el cerco se cerraba para montar uno o dos asesinatos, tres explosiones y fuera.

    Y no es ninguna tontería: ¿cuántas trabas ha encontrado Hollywood en los últimos tiempos para redondear esta clase de argumentos? Los fugitivos ya no pueden echar a correr con un grillete y una cadena por Louisiana, robar un coche y escaparse sin más; el mundo ya no funciona así: ahora los guionistas se ven en la obligación de introducir al típico enrollao experto en telecomunicaciones que lleva gafas amarillas y pelopincho para que aquello quede medianamente verosímil; hay que servir al espectador una buena dosis de tecnicismos para que no chirríe.

    Ahora los personajes tienen el Internet ese de las narices, tienen un teléfono a mano constantemente (lo de que no haya cobertura ya no cuela) y, así, sin comerlo ni beberlo, asistimos a un nuevo quebradero de cabeza provocado por las condiciones tecnológicas. ¿Será por eso que tenemos inflación de westerns y películas de época?


  4. Las barbas del vecino

    Lo escribí el Martes 19 de mayo de 2009

    Entre los muchos fenómenos provocados por las nuevas tecnologías, hay uno que justifica sobradamente la afirmación de que Internet democratiza: la globalización informativa conlleva el acceso de todo el mundo a todo, y con ello la creación de mercados profesionales donde nadie, jamás, esperaría que florecieran.

    El ejemplo de los blogs y de los periódicos es el más notorio, pero quiero empezar por otro que conozco algo mejor y del que quizás se hable menos: el mundillo de los traductores pirata.

    Se trata de una práctica tremendamente frecuente en el ámbito friki de las series, y que ha generado un mecanismo tan rápido y eficiente que casi asusta: se emite el último capítulo de Lost o de Prison Break o de la serie de turno en Estados Unidos; los de aquel país lo graban durante su emisión y menos de una hora después de su final, está colgado en la Red. Entonces los de este lado del charco (o de Sudamérica: se dice, se comenta que en Argentina son muchos los traductores que se “regalan”) se lo descargan inmediatamente, lo despiezan en varios segmentos y se lo reparten. Comienza la traducción, que estará acabada la misma noche y el capítulo, disponible para todo aquel que no entienda inglés y quiera disfrutarlo. En la comunidad de la traducción profesional existe una gran polémica con todo este tema: hay quien defiende que habría que meterlos a todos en la cárcel; quien considera que son unos héroes; quien no les tiene miedo por la teórica escasa calidad de su trabajo; y quien defiende esta última postura con la boquita piñonera.

    No entraré en valoraciones personales porque sería alejarse demasiado del tema central, baste observar que, en cualquier caso, la aparición de los traductores altruistas, piratas o como se les quiera llamar ha supuesto un importante terremoto en el mundo de la producción audiovisual. El público ya no considera de recibo esperar dos años a que su serie preferida se emita en España, ya no está dispuesto a comprar una caja con los DVD de una temporada completa. Claro que, en su mayoría, da por buena una traducción que puede no serlo, y está dispuesto a consumir un producto de inferior calidad (imagen, sonido: eso es innegable) por el mero hecho de ver el ansiado capítulo ya mismo. En cualquier caso, han cambiado las tornas.

    Pues en el periodismo actual se da exactamente lo mismo. Me di cuenta leyendo las palabras de Pedro J. en Navarra el pasado viernes, cuando decía que “un bloguero no es un periodista por contar cosas”. Y un traductor pirata, ¿no se convierte en traductor por traducir cosas? He aquí el problema, la dificultad de definir qué distingue a un intruso de un profesional: la titulitis. La vía fácil es afirmar que lo que hace a un periodista (o a un traductor) es el haber estudiado una carrera, que es el mensaje de fondo de ese discurso del terror, el de los profesionales que temen (con razón) quedarse sin empleo por culpa de la gente que regala su trabajo o que cobra menos por él. O quienes sostienen (como intuyo que hacía Pedro J.) que se trata de una cuestión de análisis, de encontrar caras de la noticia. Da igual la excusa elegida, ya es hora de abrir los ojos: un tipo de Albacete que lleve toda su vida apasionado por la política estadounidense podrá competir con cualquier analista del USA Today. Digo.

    La otra dificultad es asumir que nuestro albaceteño es capaz de producir algo que quizás tenga peor calidad, a ojos de un experto, pero que venda 10 veces más: dinero contra calidad. Qué combinación más peligrosa. Peligrosa porque cuando la (supuesta, que hay mucho jeta) profesionalidad es inversamente proporcional al dinero generado lo fácil, de nuevo, es invocar al Estado y pedir una ley, una ayuda, o un algo que remedie la situación. Puede colocarse este parche, pero la cuestión de fondo perdurará: el público prefiere menos calidad; o le da igual. Eso es lo que hay que subsanar.


  5. De demonios yanquis y derechos de autor

    Lo escribí el Viernes 15 de mayo de 2009

    Con la tranquilidad de un viernes festivo, el diario Público incluye un detalladísimo artículo sobre el ya famoso informe de la IIPA, la Alianza Internacional para la Propiedad Intelectual (a.k.a. “los americanos”), que pone a caldo a nuestro gobierno por su enorme ineficacia a la hora de frenar la descarga ilegal, etc.

    Lo primero que trasluce el artículo es la dificultad ibérica para entender el concepto de “lobby”, que tan arraigado está en Estados Unidos y que tiene una importancia capital en el buen funcionamiento de la maquinaria democrática de aquel país. No el lobby entendido como herramienta chusca para chantajear a congresistas con escándalos sexuales, no, sino como un grupo de personas que, desde su posición de comunidad o de asociación defienden sus intereses; un conjunto que recomienda, asesora y trata de que ser escuchado reuniéndose con representantes electos en Washington, organizando think tanks y grupos de presión; actuando, en definitiva, en los despachos, que es donde, en mi opinión, se ganan estas guerras.

    Esto significa que el poder real y efectivo de la Alianza no es mayor que el de cualquier comunidad de vecinos, y que aunque desembarque en nuestro país con un nombre tan pomposo y un informe tan serio, no depende sino del gobierno de España que se adopten sus propuestas y se acepten sus opiniones.

    El informe parte de una idea que ya se ha convertido en tópica: que la piratería es mala; luego, dedica un pescozón a nuestro gobierno por su ineficacia legislativo-ejecutivo-judicial para frenar esta situación. Y aunque se trata de un estudio muy bien documentado, el núcleo del problema queda fuera de su alcance: la SGAE como encarnación del cutrismo hispánico más arraigado, esas figuras casposas capaces de ganarse el odio de toda una sociedad consumidora de cultura por el mero hecho de defender sus jubilaciones en Torrevieja.

    Lo que necesitamos no es una caza de brujas amparada por la ley, lo que necesitamos no es que nos expliquen qué está bien y qué está mal: lo único que nos hace falta es una industria del entretenimiento lo suficientemente dinámica y competente como para ofrecernos los avances que la tecnología ha puesto a nuestro alcance y olvidarse de las preocupaciones mezquinas de dos o tres viejas glorias. Es decir, no necesitamos que se inviertan nuestros impuestos en convencernos de que bajarse una película equivale a robar un coche; no necesitamos que se tiren horas y horas de nuestros ahorros en reuniones eternas para determinar si un quinceañero de Villaconejo de Abajo es un terrorista en potencia; necesitamos que se fomenten prácticas como poner a disposición de los internautas los contenidos íntegros de la televisión para su posterior disfrute; que se prime la iniciativa de un músico de ofrecer gratuitamente su trabajo y luego ganar dinero en una gira. Que se busquen medidas, de esta forma, que beneficien a todo el mundo aprovechando las posibilidades que, en 2009, nos brindan las nuevas tecnologías.

    Cada día son más los españoles que piensan de esta manera, y alegra ver que una convicción tan sana (que no co-mu-nis-ta, como decía Bau-tis-ta en una en-tre-vis-ta) cuenta el soporte social necesario para impulsar un cambio en la concepción y consumo de cultura que no es ya una opción, sino una necesidad: somos muchos los ciudadanos que estamos más que dispuestos a pagar por la cultura de este país y deseosos por hacerlo, lo cual nos exculpa de los cargos de comunistas, y que no obstante prescindimos de dejarnos los cuartos por el simple hecho de no pagar a quien no le estamos comprando nada. Pero ¿qué falta, pues, para que este cambio se ponga en marcha de una vez?

    Paradójicamente, la carencia más urgente de los consumidores de cultura en España es un grupo de personas bien organizado, con argumentos sólidos y alguna que otra aptitud política, que pueda asesorar y convencer a la administración sobre las fronteras legales en esta cuestión; un conjunto de ciudadanos que despierte un debate real y de fondo sobre el problema; unas voces que (¡sólo por una vez!) aparquen ideologías y se sobrepongan a los caducos esteretotipos políticos (izquierda, derecha); un grupo de seres racionales que encarne las ideas, ya maduras y bien definidas, que exponía un poco más arriba: esto es, un “lobby”. Lo habéis adivinado: como el del demonio yanqui.