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Entradas que hablan sobre «Internet»

  1. Fin de año, etc. (tres) Ranking(s)

    Lo escribí el Miércoles 29 de diciembre de 2010

    Me había propuesto ceñirme a un español pulcro e irreprochable, ya que aprovecho los días finales del año para leer, entre otras cosas, El nuevo dardo en la palabra, pero compruebo alucinado que la Academia no reconoce «ránquin». ¿Cómo pluralizar, pues, el concepto ranking?

    En fin, evidentemente con esta entrada me refiero a la gloriosa proliferación de listas con lo mejor, lo peor y lo anodino del año en todos los medios. En esta ocasión, con más entusiasmo que nunca debido sin duda al efecto 2.0 y a las abominables técnicas de posicionamiento en buscadores.

    Me he sentido muy tentado de hacer una lista, aunque fuera de la compra, pero en lugar de eso he preferido comprarme un puro como una casa para despedirme de los bares en Nochevieja y me he centrado, ante todo, en el menú de lecturas que me aguarda en la entrada del año.

    Digo lecturas como podría decir freidoras, visto que el año 2010 ha dejado más bien poco que recordar dentro de otra década: cada vez más, disfrutamos dejándonos recomendar por cosas (sí, cosas) que atesorar primero, almacenar después y acabar odiando.

    Hoy, más que nunca, recuerdo la filosofía de Libros del Asteroide: «Un día me di cuenta de que no compraba libros que tuvieran más diez años». Pues eso. Me niego a renunciar a la pretensión de comprar o vivir experiencias que me duren, por lo menos, otros diez años.


  2. Revolution-tweeting people

    Lo escribí el Jueves 7 de octubre de 2010

    Malcolm Gladwell es uno de los colaboradores de The New Yorker que menos me gusta –es decir, me encanta–, pero en el número de este lunes publicó un artículo que devoré y disfruté mucho sobre Twitter y los movimientos sociales.

    La idea más interesante del texto tiene que ver con la noción de revolución, con la que tantos gurús de los social media se llenan la boca: hasta una aplicación que te indique dónde hay una cafetería cerca es revolucionaria hoy en día. Lo que Gladwell sostiene es que un movimiento social como el de, como él mismo ejemplifica, la igualdad racial en los años 60 no puede producirse mediante redes sociales, por mucho que se diga lo contrario. Y esto se debe a que carece de organización: describe la escena de un grupo de estudiantes negros quedándose sentados en una cafetería sin ser atendidos; ¿por qué triunfaron en su reivindicación? Porque estaban unidos y sabían lo que hacían y cómo hacerlo. Con que uno solo hubiera respondido a una de las muchas provocaciones a las que fueron sometidos, se hubiera fastidiado el invento. (más…)


  3. Y ya que estamos, a nivel nacional

    Lo escribí el Jueves 15 de julio de 2010

    Son muchas las ocasiones en las que me he regocijado por el jugoso potaje de berzas y patatas con el que los analfabetos funcionales que pululan por la red alimentan a los marranos del lenguaje por excelencia, que no son ni más ni menos que aquellos que parecen haber aprendido a leer y/o escribir –ambas, no– puestos hasta las cejas de absenta y mescalina.

    No lo digo por nada en especial, es sólo que de vez en cuando las ocurrencias que me topo por la red me dejan absolutamente fascinado: entiendo ciertos errores al colocar esas molestas amiguitas que son las tildes –en ocasiones, de criterio dudoso, aunque no se pueda aplicar al ejemplo de aquí abajo–; entiendo incluso el cambio de bes por uves al teclear con esos deditos de golem fartón de más de uno; pero no me da la mente para asumir joyas como las que siguen.

    (más…)


  4. De Spotify y otras genialidades

    Lo escribí el Jueves 4 de marzo de 2010

    La semana pasada conseguí acceder a ese excelso club que es el Spotify. Por si alguien, a estas alturas de la película, aún no sabe en qué consiste el invento, lo explico brevemente: se trata de un programa conectado a internet que funciona, básicamente, como un Youtube, pero con música. Se ofrece en dos modalidades: la de pago (9,99 e al mes que dan derecho a disponer off-line de hasta 3.333 canciones y un puñado más de ventajas) y la suculentamente gratuita (cuyo único inconveniente es que incluye anuncios cada cierto tiempo, como una radio). Ah, y lo más importante: es completamente legal (y al parecer moralmente aceptable).

    El invento aún no está disponible en todos los países en los que cabría esperar, pero por suerte el nuestro es uno de ellos, y según alguna que otra noticia ya está dando beneficios: parece que esta fórmula, la de brindarnos el acceso a un catálogo enormísimo de canciones (aunque aún tenga boquetes, como los Beatles) gratuitamente con métodos de autofinanciación como la publicidad o el pago voluntario es la solución definitiva a los lloriqueos discográfico-progres.

    Ahora bien, no debemos obviar el reverso de la moneda: de aquí a un tiempo, y si no nacen opciones alternativas YA, corremos el riesgo de vivir un efecto Google y que estos señores se monten un monopolio encubierto para cobrarnos, alegremente, el triple o el cuádruple de lo que piden ahora por el mismo servicio.

    No obstante, uno no puede sino estar contento y feliz con este nuevo servicio: para empezar, por el simple hecho de poder ponerme música cómodamente sin tener que escrutar webs pseudoescondidas, descargar megas y megas de porno surcoreano antes de dar con lo que busco o, qué narices, mover carpetas de un lado a otro; para seguir, porque estoy descubriendo hordas de grupos y toneladas de música que desconocía; para acabar, porque la tecnología empieza a permitir colocarlo en tu móvil y, por tanto, permitirte disfrutar de esa música por la calle, tan alegre.

    De cara al futuro yo sería el primero en hacerme con los discos que me gustaran, pero supongo (y espero) que, en ese sentido, aún estamos en la fase de transición: ¿cómo puede ser que un disco que no es novedad cueste lo mismo que una suscripción de pago durante un mes? Cuestión de darle una vuelta.


  5. De cómo perdimos la razón

    Lo escribí el Lunes 12 de octubre de 2009

    El mundo de Internet en general y el de los blogs en particular siempre me han parecido fascinantes. Y es que en esta soleada mañana de octubre acabo de toparme con dos nuevos fragmentos de la locura que ha engendrado la Red de redes: en primer lugar, Google Wave, el nuevo despropósito de la macroempresa californiana para sorbernos los sesos y que sirve para… ¡Hacer relaciones sociales, hablar con los amigos y compañeros de trabajo en directo, compartir archivos, estar conectados! Me cuesta contener la emoción ante tan innovador y práctico recurso. ¿Qué será lo próximo? ¿Google Splash, para bañar a tu perro virtualmente?

    Lo segundo con lo que he tropezado ha sido con un refrescante artículo (que no enlazo porque lo voy a poner a caer de un burro) sobre cómo escribir una entrada diariamente en tu blog. Una de las claves es la aplicada en el propio artículo: adaptar libremente otro ya publicado, incluyendo un enlace al final y procediendo, a continuación, a bombardear con él todas las redes sociales y comunidades habidas y por haber. A todos nos gusta ser leídos, pero como bien apunta la “autriz”: “Cantidad no significa calidad.” Gracias, autriz.

    Esto entronca con la peculiar noción de éxito que tiene la gente de esta calaña. Miden el éxito de un blog por los millones de visitas que recibe, por los comentarios que le dejan, por la prontitud de sus actualizaciones. Todo esto está muy bien, pero ¿dónde quedó el gusto por releer los artículos pasado un tiempo y no avergonzarse de ellos? ¿Dónde quedó la necesidad de cuidar UN POCO nuestra lengua y no vomitar frases inconexas desde un móvil para que las lean nuestros 658.000 contactos de Twitter en menos de 30 segundos? ¿Dónde quedó la calidad, suplantada por la afición a anegar la Red a base de insulsas entradas con el único fin de recibir un puñado de visitas más? Si dedicáramos algo más de tiempo a hacernos un buen café y a lecturas distintas del catálogo del Carrefour, Internet sería un lugar mejor. Creo.