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Y ya que estamos, a nivel nacional

Son muchas las ocasiones en las que me he regocijado por el jugoso potaje de berzas y patatas con el que los analfabetos funcionales que pululan por la red alimentan a los marranos del lenguaje por excelencia, que no son ni más ni menos que aquellos que parecen haber aprendido a leer y/o escribir –ambas, no– puestos hasta las cejas de absenta y mescalina.

No lo digo por nada en especial, es sólo que de vez en cuando las ocurrencias que me topo por la red me dejan absolutamente fascinado: entiendo ciertos errores al colocar esas molestas amiguitas que son las tildes –en ocasiones, de criterio dudoso, aunque no se pueda aplicar al ejemplo de aquí abajo–; entiendo incluso el cambio de bes por uves al teclear con esos deditos de golem fartón de más de uno; pero no me da la mente para asumir joyas como las que siguen.

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De Spotify y otras genialidades

La semana pasada conseguí acceder a ese excelso club que es el Spotify. Por si alguien, a estas alturas de la película, aún no sabe en qué consiste el invento, lo explico brevemente: se trata de un programa conectado a internet que funciona, básicamente, como un Youtube, pero con música. Se ofrece en dos modalidades: la de pago (9,99 e al mes que dan derecho a disponer off-line de hasta 3.333 canciones y un puñado más de ventajas) y la suculentamente gratuita (cuyo único inconveniente es que incluye anuncios cada cierto tiempo, como una radio). Ah, y lo más importante: es completamente legal (y al parecer moralmente aceptable).

El invento aún no está disponible en todos los países en los que cabría esperar, pero por suerte el nuestro es uno de ellos, y según alguna que otra noticia ya está dando beneficios: parece que esta fórmula, la de brindarnos el acceso a un catálogo enormísimo de canciones (aunque aún tenga boquetes, como los Beatles) gratuitamente con métodos de autofinanciación como la publicidad o el pago voluntario es la solución definitiva a los lloriqueos discográfico-progres.

Ahora bien, no debemos obviar el reverso de la moneda: de aquí a un tiempo, y si no nacen opciones alternativas YA, corremos el riesgo de vivir un efecto Google y que estos señores se monten un monopolio encubierto para cobrarnos, alegremente, el triple o el cuádruple de lo que piden ahora por el mismo servicio.

No obstante, uno no puede sino estar contento y feliz con este nuevo servicio: para empezar, por el simple hecho de poder ponerme música cómodamente sin tener que escrutar webs pseudoescondidas, descargar megas y megas de porno surcoreano antes de dar con lo que busco o, qué narices, mover carpetas de un lado a otro; para seguir, porque estoy descubriendo hordas de grupos y toneladas de música que desconocía; para acabar, porque la tecnología empieza a permitir colocarlo en tu móvil y, por tanto, permitirte disfrutar de esa música por la calle, tan alegre.

De cara al futuro yo sería el primero en hacerme con los discos que me gustaran, pero supongo (y espero) que, en ese sentido, aún estamos en la fase de transición: ¿cómo puede ser que un disco que no es novedad cueste lo mismo que una suscripción de pago durante un mes? Cuestión de darle una vuelta.

De cómo perdimos la razón

El mundo de Internet en general y el de los blogs en particular siempre me han parecido fascinantes. Y es que en esta soleada mañana de octubre acabo de toparme con dos nuevos fragmentos de la locura que ha engendrado la Red de redes: en primer lugar, Google Wave, el nuevo despropósito de la macroempresa californiana para sorbernos los sesos y que sirve para… ¡Hacer relaciones sociales, hablar con los amigos y compañeros de trabajo en directo, compartir archivos, estar conectados! Me cuesta contener la emoción ante tan innovador y práctico recurso. ¿Qué será lo próximo? ¿Google Splash, para bañar a tu perro virtualmente?

Lo segundo con lo que he tropezado ha sido con un refrescante artículo (que no enlazo porque lo voy a poner a caer de un burro) sobre cómo escribir una entrada diariamente en tu blog. Una de las claves es la aplicada en el propio artículo: adaptar libremente otro ya publicado, incluyendo un enlace al final y procediendo, a continuación, a bombardear con él todas las redes sociales y comunidades habidas y por haber. A todos nos gusta ser leídos, pero como bien apunta la “autriz”: “Cantidad no significa calidad.” Gracias, autriz.

Esto entronca con la peculiar noción de éxito que tiene la gente de esta calaña. Miden el éxito de un blog por los millones de visitas que recibe, por los comentarios que le dejan, por la prontitud de sus actualizaciones. Todo esto está muy bien, pero ¿dónde quedó el gusto por releer los artículos pasado un tiempo y no avergonzarse de ellos? ¿Dónde quedó la necesidad de cuidar UN POCO nuestra lengua y no vomitar frases inconexas desde un móvil para que las lean nuestros 658.000 contactos de Twitter en menos de 30 segundos? ¿Dónde quedó la calidad, suplantada por la afición a anegar la Red a base de insulsas entradas con el único fin de recibir un puñado de visitas más? Si dedicáramos algo más de tiempo a hacernos un buen café y a lecturas distintas del catálogo del Carrefour, Internet sería un lugar mejor. Creo.

La vida analógica

El jueves, tras una plácida tarde de ordenador apagado, observando el orvallo desde detrás de una ventana, se me ocurrió consultar el correo electrónico antes de confinar definitivamente el cacharro a una esquina, hasta el día siguiente, con un olímpico y agradecido puntapié.

Pero en cuanto lo encendí, no pude evitar descubrir que Twitter se había inmolado y que Facebook ardía en mensajes de desesperación con demasiadas mayúsculas; en otras palabras, lo que el jueves experimentaron quienes se enchufan a Internet hasta en la cola del supermercado sería el equivalente a enviar cartas a Correos quejándose de que la correspondencia no llega.

Un par de mis amigos (virtuales) pertenecen a esta estirpe, capaz de mandar un mensaje desde el móvil para lanzar el titular: «Estoy en la playa», «Voy a hacerme un café», «Me pica la espalda» y otras delicias de lo cotidiano.

Una práctica sin duda estimulante, pero ¿qué ocurrirá cuando Internet se autodestruya definitivamente, cuando el malvado en la sombra pulse el botón rojo, cuando tengamos que volver a quedar por tam-tam? Supongo que mirar el orvallo volverá a ser divertido. Pero de momento, respiremos aliviados: españoles, Twitter ha vuelto a la vida.

Los reyes del servidor

Leo en El Mundo de hoy un reportaje de media página sobre el creador de Facebook, uno de esos tipos de 25 años que hacen que los padres empiecen a mirar a los hijos universitarios con cara de «ya te estás dando prisa». Resulta que se forró a base de mangar fotos de sus compañeras del archivo de la universidad y, a partir de ahí, sólo había que dejar hacer a la máxima universal de la interné: «Dame chicas y fútbol, y te haré rico». De fotos de compañeras a red de colegas de universidad, de ahí a red social y voilà.

Mientras tanto uno, que tiene aspiraciones poco más que napoleónicas con este blog, asiste perplejo a un nuevo episodio de desastre absoluto en el ínclito reino de la informática: se desenchufa mi página web un soleado domingo a mediodía por un oportuno fallo eléctrico, según descubro al enviarles un e-mail y así me tiro más de 24 horas.

Agradezco la consideración de enviarme a tomar algo el sol y despegarme del engendro maligno, pero sólo renuncio a la Red para ir a topar con el mencionado artículo, desde el cual me sonríe el tipo con su misma camisa de hace 6 años, vanagloriándose de su oficina de californianos enrollaos que llegan cuando quieren, comen gratis y curran poco: «Sí, Alejandro, mi hosting funciona y el tuyo no.»

Y mientras, mis reyes del servidor 20 horas intentando conectar el cable azul con el verde. Hay que joderse.