Me había propuesto ceñirme a un español pulcro e irreprochable, ya que aprovecho los días finales del año para leer, entre otras cosas, El nuevo dardo en la palabra, pero compruebo alucinado que la Academia no reconoce «ránquin». ¿Cómo pluralizar, pues, el concepto ranking?
En fin, evidentemente con esta entrada me refiero a la gloriosa proliferación de listas con lo mejor, lo peor y lo anodino del año en todos los medios. En esta ocasión, con más entusiasmo que nunca debido sin duda al efecto 2.0 y a las abominables técnicas de posicionamiento en buscadores.
Me he sentido muy tentado de hacer una lista, aunque fuera de la compra, pero en lugar de eso he preferido comprarme un puro como una casa para despedirme de los bares en Nochevieja y me he centrado, ante todo, en el menú de lecturas que me aguarda en la entrada del año.
Digo lecturas como podría decir freidoras, visto que el año 2010 ha dejado más bien poco que recordar dentro de otra década: cada vez más, disfrutamos dejándonos recomendar por cosas (sí, cosas) que atesorar primero, almacenar después y acabar odiando.
Hoy, más que nunca, recuerdo la filosofía de Libros del Asteroide: «Un día me di cuenta de que no compraba libros que tuvieran más diez años». Pues eso. Me niego a renunciar a la pretensión de comprar o vivir experiencias que me duren, por lo menos, otros diez años.
