Llevo una temporada escuchando casi compulsivamente Alone, un disco de Bill Evans grabado en los años 60 (no me atrevo a dar fecha) en solitario, y que incluye un tema que me tiene obsesionado: se llama Never let me go, dura 14 minutos y pico y prometo que quien lo escuche, quedará hipnotizado.
De momento, dejo Waltz for Debbie en una excepcional versión con su trío; podéis ponerla mientras leéis:
El (buen) jazz realiza un recorrido casi simétrico desde que es concebido hasta que el escuchante lo recibe: cuanto más honda es su raigambre en el alma del músico, en una zona más profunda golpeará la del espectador: nace de las tripas más tripas, de la improvisación. Se trata de adquirir una serie de cualidades técnicas (que el contrabajo afine, que la trompeta suene) que permitan olvidarlas en el momento en que se toca la primera nota: sólo la armonía o la melodía deben estar presentes, y de una manera absolutamente orientativa. A partir de ahí, sale el artista de verdad.
De los mejores trompetistas, por ejemplo, siempre me ha fascinado su capacidad para hacer hablar a un instrumento que, en el fondo, no es más que el filtro de sus soplidos. ¿Cómo se le imprime un estilo personal a los metales? Es una cuestión de feeling, de tempos, de intensidades… Es una combinación de factores que no creo que valga la pena siquiera explicar (eso para los musicólogos). Lo mismo ocurre con el resto de instrumentos de una formación jazzera: guitarra, contrabajo, bajo, batería… Se puede coger cualquiera de ellos y se observará que no hace más que filtrar la energía de quien lo domina, sea energía muscular, aeróbica o artística.
Pero llega un momento en el que esa barrera desaparece, en que el propio instrumento deja de importar. Pues eso, exactamente, es lo que ocurre con Bill Evans: su piano no canaliza, dialoga. Además, literalmente.
Más allá de una brillantez técnica que le permite hacer cualquier filigrana con las teclas, más allá del virtuosismo compositivo para idear o versionar, creo que lo que más me fascina de Evans es su capacidad para llevar cada mano por un lado: escucharle solo es encontrar que la una no acompaña a la otra, que no imprime una base, no. Existen dos melodías, que se entrecruzan sin tropezar y se complementan a la perfección. Una dice una cosa, la otra le responde o sigue a lo suyo; nunca llegan a discutir, siempre se entienden, pero generan una tensión que nos hace asistir a una suerte de peloteo tenístico: cuando, en el inicio de Waltz for Debbie, la derecha presenta la melodía y la izquierda apostilla breves acordes de respuesta, se producen repentinos fraseos, se produce un acompañamiento inesperado y chocante y ¡zas!, la mano supuestamente en segundo plano nos grita “aquí estoy, hacedme caso”, casi como un guiño, casi imperceptible pero, de alguna manera, perfectamente presente.
Eso es jazz.

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