Vengo de ver esta película y creo que, en una hora, me meteré a ver Valor de ley con la única esperanza de dormir bien esta noche.
Cisne negro no es turbadora por la crudeza inesperada de algunas imágenes, ni siquiera porque tenga un desarrollo especialmente sobrecogedor: lo es por los riesgos que asume. Lo es porque Aronofsky se embarca en la nunca fácil tarea de incluir al espectador en un viaje que ha sido contado mil veces, el del protagonista que no tiene más remedio que empujar sus propios límites primero, y sobrepasarlos después, para alcanzar el ansiado objetivo.
En este sentido, los logros del director son dos: sacar de Natalie Portman el proceso, lograr que lo cuente, y al mismo tiempo conseguir que perdamos en los momentos precisos el interés en el esperado final para imbuirnos en el mero placer y sufrimiento de la caza.
Portman está brillante, soporta todo el peso de la película y así construye, ella sola, el doble juego que tanto seduce al espectador: primero, nos obliga a sospechar hasta dónde se mete la propia actriz en el papel de la intérprete; después, tratamos de adivinar con interés morboso qué hay de Portman y qué hay de Nina. Hasta Vincent Cassel, que está inmenso, termina por borrarse, por desaparecer (y sabe cómo hacerlo) ante el chaparrón de talento que destila Nina.
El guión camina con mucha firmeza en la primera mitad, luego se emborrona con algunos instantes de autoparodia y concluye con un final intencionadamente abrupto (en cuanto cae el telón, se acaba todo). Deja el regusto de la duda en cuanto a su intencionalidad; ahora bien, luego uno se pregunta: ¿hubiera sido posible dejar tanto margen de maniobra a Portman y a Aronofsky sin perder el control de la película? Probablemente no.
La propia tensión entre perfección, entre intención y desmelene existe en la película… ¿Una historia dentro de otra historia, quizás?
Cisne negro solo gustará a los espectadores cuyos propios límites haya logrado pulsar, una película de las que jamás se podrán ver con objetividad y rigor cinematográfico. No es ni buena ni mala, ni clásica ni moderna. Es, sencillamente, la que es, para ser consumida en el momento preciso. Todo un riesgo; pero también un acierto.




