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Entradas que hablan sobre «Imprescindibles»

  1. Cisne negro

    Lo escribí el Lunes 21 de febrero de 2011

    Vengo de ver esta película y creo que, en una hora, me meteré a ver Valor de ley con la única esperanza de dormir bien esta noche.

    Cisne negro no es turbadora por la crudeza inesperada de algunas imágenes, ni siquiera porque tenga un desarrollo especialmente sobrecogedor: lo es por los riesgos que asume. Lo es porque Aronofsky se embarca en la nunca fácil tarea de incluir al espectador en un viaje que ha sido contado mil veces, el del protagonista que no tiene más remedio que empujar sus propios límites primero, y sobrepasarlos después, para alcanzar el ansiado objetivo.

    En este sentido, los logros del director son dos: sacar de Natalie Portman el proceso, lograr que lo cuente, y al mismo tiempo conseguir que perdamos en los momentos precisos el interés en el esperado final para imbuirnos en el mero placer y sufrimiento de la caza.

    Portman está brillante, soporta todo el peso de la película y así construye, ella sola, el doble juego que tanto seduce al espectador: primero, nos obliga a sospechar hasta dónde se mete la propia actriz en el papel de la intérprete; después, tratamos de adivinar con interés morboso qué hay de Portman y qué hay de Nina. Hasta Vincent Cassel, que está inmenso, termina por borrarse, por desaparecer (y sabe cómo hacerlo) ante el chaparrón de talento que destila Nina.

    El guión camina con mucha firmeza en la primera mitad, luego se emborrona con algunos instantes de autoparodia y concluye con un final intencionadamente abrupto (en cuanto cae el telón, se acaba todo). Deja el regusto de la duda en cuanto a su intencionalidad; ahora bien, luego uno se pregunta: ¿hubiera sido posible dejar tanto margen de maniobra a Portman y a Aronofsky sin perder el control de la película? Probablemente no.

    La propia tensión entre perfección, entre intención y desmelene existe en la película… ¿Una historia dentro de otra historia, quizás?

    Cisne negro solo gustará a los espectadores cuyos propios límites haya logrado pulsar, una película de las que jamás se podrán ver con objetividad y rigor cinematográfico. No es ni buena ni mala, ni clásica ni moderna. Es, sencillamente, la que es, para ser consumida en el momento preciso. Todo un riesgo; pero también un acierto.


  2. Freedom

    Lo escribí el Miércoles 16 de febrero de 2011

    Freedom

    Jonathan Franzen

    4th Estate: Londres (2010)

    562 pp.

    Cuesta saber por dónde empezar con Franzen. ¿Qué decir de él, si su literatura parece de lo más cotidiano, si se diría que no ha ocurrido nada, o poco, que realmente haya cambiado el mundo? Y es que ese es el truco: recurre a una historia tan normal –en un principio– que podría estar sucediendo a la vuelta de la esquina sin que nos estemos enterando. Luego los acontecimientos se van amontonando, van entrando en escena todo tipo de juegos, de giros, de filigranas aparentemente gratuitos. Y va colándonos la auténtica carga de la novela y, al pasar la última página (doblando el lomo, ya: no es que sea un folleto) buscamos un poco más de Franzen. Pero no, se ha terminado: ¿te lo has perdido? Eso pasa por parpadear.

    Tampoco es que sea difícil seguirle los pasos al relato. Está construido sobre un puñado de estadounidenses de hoy exagerados hasta sus respectivos estereotipos (estereotipos adecuados, digo), limitando el grupo a un número asequible de miembros. Asimismo la estructura, que alterna segmentos de aquí y de allí, lineal pero no llana, permite ir visitando cada una de las escenas con enorme agilidad. De no ser así, no habría por dónde agarrar Freedom.

    Y digo «de no ser así» con toda la intención, porque no creo haber encontrado el punto fuerte, la clave de la genialidad de Franzen. Existe, sí, uno se da cuenta a medida de que lee de que algo está ocurriendo; se identifica con este o con aquel, o con el que pasa por allí al fondo: todo es real y fascinante como un día normal. Puede que esa sea la sensación. Pero es imposible aislarla de todo lo que la rodea.

    No es tanto un ensayo o una crónica como una buena novela, una que da cuenta de su tiempo y de su pulso. No pesan tanto los hechos o la minuciosidad con la que se describen las interacciones entre los personajes (verosímiles, como digo) como el ambiente general, sus argumentaciones, lo que representan.

    Podría haber llegado a ser la novela que te cambia la vida de no haber sido por el plano emocional. La misma técnica utilizada para la construcción de los Berglund y alrededores en lo moral y lo ideológico llega hasta sus sentimientos y la manera en que encaran el paso del tiempo. Esto queda perfectamente reflejado y medido, cosa nada fácil de encontrar bien hecha, pero le falta, para ser redondo, un punto de sutileza. Perderle el miedo a dejar cosas sin decir que intuya el propio lector; incluso, por qué no, ocultárselas deliberadamente. No solo hacernos pensar, sino hacernos preguntas con algo de descaro.

    Pero ni siquiera estoy seguro de que sea un inconveniente. Ni siquiera estoy seguro de vaya a olvidarme de este libro. Ni siquiera estoy seguro de suficientes cosas tras terminar de leerlo como para no recomendarlo mucho, mucho.


  3. Helena o el mar del verano

    Lo escribí el Martes 15 de febrero de 2011

    Helena o el mar del verano

    Julián Ayesta

    Acantilado: Barcelona, 2000 (ed. original de 1952)

    87 páginas

    ¿Quién es Julián Ayesta y qué hacía en 1952 escribiendo cosas como «Conocía a todas las personas que habían muerto de una manera rara. Cientos y miles de Señoresdegijón y Señorasdegijón que habían sido degollados por ascensores o habían muerto electrocutados por tocar el timbre desde el baño o habían muerto de una pulmonía por no querer ponerse el jersey después de jugar al fútbol»?

    Sin duda, la simple vocación poética del texto (en el sentido clásico del término), su amor por el entorno y que ese entorno sea Gijón ya son motivos suficientes para pasar una tarde agradable. Un rato con Helena y con ese protagonista que transpira autobiografía: podemos ir pasando por el verano, el invierno y luego otra vez el verano en apenas un par de horas.

    Ni siquiera la trama o el desarrollo son importantes. Se van quedando pegadas las descripciones, que se acumulan hasta conformar un cuadro completo de los sentimientos. Es más, da la sensación de que lo redonda que es Helena o el mar del verano se debe, en gran medida, a que Ayesta ha hecho en la novela esa especie de incursión que el artista realiza en el cine adoptando un papel que se le parece mucho: el que se interpreta a sí mismo por una vez, pero con un tiempo de reflexión (emotiva, sobre todo) detrás tan grande que por fin saca todo lo que lleva años guardando.

    Todo lo mejor: aquí conviven esas escenas que Marsé terminaría de pulir unos años más tarde, convive también la existencia religiosa tan aburrida para un chaval, y sobre todo se integra a la perfección el descubrimiento de la poesía, de la literatura, entrelazando fascinación con ensoñación propia. Sí, como si el pequeño Julián tuviera un futuro prometedor del que nunca más se supo.

    Porque el regusto amargo final que Asturias tiene, el mismo que hace aflorar la mueca de incomodidad a veces pero en el que reside la gracia de la tierrina, se refleja en el relato como un nubarrón emocional que nunca se explicita pero que está ahí, empujando a todos y a cada uno de los habitantes de ese mundo a buscar su sitio: desde tener una familia convenientemente estructurada (y qué, queremos hacer guerras de almohadas) hasta hallar el propio sitio en el mundo. Sí, la cuestión es encontrarlo.


  4. La red social

    Lo escribí el Viernes 22 de octubre de 2010

    Muchas son las moralejas que aparentemente se pueden extraer de La red social; pero, al mismo tiempo, ninguna. Se trata únicamente de un retrato (aunque el cartelito que anuncia que está basada en hechos reales no aparece al principio de la película) de un momento histórico que estamos viviendo. Ahora, aquí.

    Es difícil decir, tras haber salido del cine hace apenas 45 minutos, cuál es su alcance: sólo sé que me ha empujado a escribir estas líneas, que me ha removido varias cosas a lo largo de las dos horas que he pasado apoltronado en la butaca. Es una película absolutamente Sorkin: es épica, es honda, tiene unos diálogos afiladamente brillantes, no es tópica, posee una estructura inapelable y tiene una carga tan concentrada que casi asusta. Por otro lado, es una película absolutamente Fincher: cuidada, conmovedora, gélida, difícil de digerir e impactantemente cercana al espectador –en todo–. Por cierto, la escena de la carrera de traineras, con esa banda sonora, probablemente sea lo mejor de todo 2010.

    Como adelantaba, la epopeya de los Zuckerberg y Savarin de la pantalla no es una historia que provoque simpatía, antipatía, miedo o asco hacia Facebook; es más, es la demostración de que este mundo en el que vivimos contiene una fascinante cantidad de hechos, de cosas, compuestos a su vez por tantos elementos que lo convierten en un festival tan poliédrico que es inevitable la tentación de exprimirlo hasta dejarlo seco.

    Lo más inteligente es, sin duda, haber logrado eso que tanto le critican a El Americano, de Anton Corbijn: aislar a sus personajes y a las relaciones entre ellos de todo lo demás, abstraer la auténtica esencia de lo que ocurre y destriparlo sin contemplaciones o prejuicios incómodos –salvo, levemente, al final–.

    Lo negativo es, quizás, que no se haya aprovechado del todo la teatralidad (por lo reducido de los espacios) del guión de Sorkin, y quizás esa abundancia de escenarios sea lo único que puede confundir al espectador.

    Por todo lo demás, corriendo al cine.


  5. Últimas tardes con Teresa

    Lo escribí el Martes 12 de octubre de 2010

    Ultimas tardes con Teresa

    Juan Marsé

    Barcelona: DeBols!llo, 2009 (original de 1966)

    470 pp.

    Probablemente, el libro más conocido de Juan Marsé. Y digo «libro» no por azar, sino porque no se trata de una novela al uso. Especialmente, por su carácter de ensayo, en cierto modo: leyendo algún Marsé posterior se puede observar cómo la historia del entrañable Pijoaparte y lo que la rodea no son tan importantes como el camino literario que el autor empieza a trazar.

    No sé muy bien cómo, pero el relato ensimisma cuando tiene que ensimismar –los alucinados párrafos corridos, tan ambiciosos– y precisa cuando tiene que precisar: por algún motivo, el lector tiene la sensación permanente de que las escenas culminantes, a las que Marsé se refiere en el prólogo a esta edición, son efectivamente el pilar sobre el que se sustenta toda la obra. Los colores, los olores, los paisajes, los movimientos –metáforas aparte– cobran una vida que sólo es posible con una escritura acelerada y concentrada.

    Se nota la falta de edición en algunos pasajes, aunque no molesta; se nota, también, lo cercano y conocido que es todo el universo plasmado para el narrador; pero lo que no se nota hasta haber pasado la última página es la construcción del héroe. Cualquiera podría ser Pijoaparte, cualquiera entiende al joven Manolo Reyes y a las muchachas y personajes que van desfilando por su vida. Es lo suficientemente complejo y elaborado como para que una descripción proletaria y baratera –que, viendo la época, sería lo oportuno– quede excluida del horizonte desde el primer momento.

    Mandan todas sus facetas, entre las cuales podemos elegir; manda el razonamiento maduro y meditado de las emociones que le conducen al siguiente paso.

    Manda, en definitiva, la sinceridad: literaria, intelectual, y artística. Y, qué narices, que es una novela incomparable.