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Gracias por fumar

Tabaco, tabaco, tabaco. Ayer me vi esta película en uno de mis arranques de insomnio estival, y me quedé muy gratamente sorprendido: me la habían recomendado, me habían hablado muy bien de ella, pero he visto tantos documentales y películas de este tipo dársela por un mensaje mal llevado…

Pero no, eso no ocurre en Gracias por fumar. Y eso se debe, fundamentalmente, a que el tema central de la película no es el tabaco, sino la comunicación: se exhiben con sentido del humor todas las técnicas y trampas a través de un Aaron Eckhart magistralmente dirigido por Jason Reitman, y al final la moraleja obvia pasa a un segundo plano –hasta el punto de que se permiten detalles como que no aparezca ni una sola persona fumando en toda la película–. Seguir leyendo

El Pentateuco de Isaac

El Pentateuco de Isaac

Angel Wagenstein

Traducción de Liliana Tabákova

Barcelona: Libros del Asteroide, 2008

316 páginas

Lo han vuelto a hacer. El catálogo de Libros del Asteroide se nutre, una vez más, de uno de esos libros que marcan y refrescan al mismo tiempo: resfrescan por su agilidad, por su calidad y por una traducción brillante; marcan porque aportan algo nuevo y único.

En este caso, ese algo es la conciliación: El Pentateuco de Isaac nace en una cultura literaria alejadísima de la nuestra, con mucho de centroeuropeo y una pizca de occidentalidad. Lo que concilia, pues, es una estructura que nos es muy ajena pero al mismo tiempo accesible, es decir, toda una lección de literatura. Seguir leyendo

Obabakoak

Obabakoak

Bernardo Atxaga

Barcelona: Ediciones B (Ficcionario)

1997

379 páginas

Considerar que este libro es una novela es, cuanto menos, una osadía. Es lo que yo de pequeño, cuando aún no sabía lo que era leer un libro sin dibujos, me fascinaba: una trama inexplicable a un tierno infante, un mundo que sólo provocaba mutismo entre los adultos que me rodeaban y que habían saboreado esta obra.

Obabakoak es, pues, un volumen repleto de hallazgos: el primero es la estructura. El planteamiento de un entorno rural y norteño es sencillamente brillante, para luego lanzarse a una espiral de metaliteratura que ni de lejos es tal. Distante de convertirse en un conato de Vila-Matas circular, abstruso y bobo, Atxaga implica al lector en su juego, exponiendo con claridad los rasgos característicos de cada relato «citado»: de esta forma, no despierta únicamente nuestra sensibilidad literaria; también la analítica. Seguir leyendo

Jules et Jim

Hay algunos momentos, raros, en los que a uno una obra de arte le devuelve, o mejor, le redescubre, una sensación algo oxidada: la de maravillarse. Esto es lo que anoche me ocurrió de la mano de Truffaut, viendo Jules et Jim.

Ubico la cuestión, para que se tengan en cuenta los elementos necesarios para un buen sopapo: para empezar, es necesaria una buena ración de tralla institucional. Truffaut, esta película, y Le Tourbillon, la deliciosa canción que la redondea, son nombres fijos en esos espantosos libros de texto de lengua francesa que llevamos sufriendo desde pequeños, y que incluyen pinceladas sobre su cultura y costumbres: Torre Eiffel, bullabesa, Molière, Johnny Halliday, y fotos desteñidas de croissants.

Hay que añadir a un puñado de pazguatos asiduos a la Filmoteca cantando las virtudes de este maestro del séptimo arte en tono recargado y pedante.

Bien, con esto ya se han evaporado (casi) todas las ganas de ver cualquier cosa de Truffaut. Por eso llega una lluviosa noche de abril, con té, manta y poco sueño, y aparece una mano providencial que tiende esta película. Uno, tirado a la 1 de la mañana bajo el edredón, la pone sin esperanzas y dispuesto a dejar pasar el tiempo necesario para que se le cierren los ojos, cuando se le van abriendo poco a poco. El bigote de Jim, la nuca de Catherine, la guitarra de Albert, el acento de Jules, la inefable sensación de que está ocurriendo algo enorme con apenas dos trazos, como aquellos que Jules dibuja en la mesa del café.

Con una aparente levedad y economía de recursos, van cayendo las dos horas de placer de otro tiempo con tal ligereza que tengo que parar varias veces la película para que no se me acabe: igual que una novela de las que ocupan los puestos altos en la estantería, uno disfruta tanto el durante que no quiere que llegue este momento, el de verse casi obligado a saltar de la cama y escribir unas líneas tras el «The End».

Eso es Jules et Jim: es pura literatura y puro cine al mismo tiempo, pura belleza en el sentido más amplio de la expresión, puro arte accesible a todos los paladares por su desnudez y precisión. Es un principio absoluto, en el sentido de que ninguna obra que haya venido detrás, ningún comentario que se pueda hacer al respecto pueden ayudar a hacerse una idea de lo que supone remontar la sinuosa estela que Truffaut ha dejado tras de sí.

Ni siquiera me atrevo a recomendarla, porque supongo que es la película exacta, en el momento preciso. Esta vez, me quedo callado y me quito el sombrero. Sin más.

Trilogía de Deptford

DeptfordTrilogía de Deptford

Robertson Davies

Barcelona: Libros del Asteroide, 2009

El quinto en discordia – Traducción de Natalia Cervera

Mantícora – Traducción de Miguel Martínez-Lage

El mundo de los prodigios — Traducción de Miguel Martínez-Lage

Entro en la librería, me armo de valor y agarro el ladrillo de 1.200 y pico páginas: tras haber disfrutado tantísimo como disfruté de la prosa inteligente de Robertson Davies en la Trilogía de Cornish, la avidez me llevó a hacerme con la de Deptford en bloque, sin pensarlo dos veces –y considerando la economía, qué narices–.

Leer una trilogía de esta envergadura de una sentada permite observar aquello que, en un escritor como Davies, más peligroso puede resultar: la creación de una obra tan extendida en el tiempo, la pérdida de coherencia del texto sin quererlo. Es evidente que una mente meticulosa y ordenada como parece ser la suya es capaz de no caer en fallos tontos de argumento; a lo que me refiero es más bien al ritmo subyacente, a la manera en que fluye la pluma sobre el papel.

Y, sorprendentemente, a pesar de que cada una de las tres novelas adopta un punto de vista y un modo narrativo distinto, el traqueteo no se detiene: en El quinto en discordia tenemos una narración biográfica animada; en Mantícora, el discurso en primera persona salpimentado con diálogos más densos que enriquecen y aportan un fondo a la historia; y en El mundo de los prodigios, pues eso, el prodigio: la suma de ambos estilos combinada, a su vez, con la historia que ata y cierra lo que hasta ahora hemos leído, la revelación del truco del mago, el making-of de todo lo sucedido.

Davies logra, al mismo tiempo, que no nos cueste dejar de fijarnos en la página por la que vamos, incluso que olvidemos el peso del tocho: los segmentos, más allá de la estructura global del texto, tienen valor por sí mismo, cada capítulo es un desarrollo de lectura cerrada y al mismo tiempo inserto en un total; esta dualidad se da igualmente en las novelas en general: pueden leerse empezando por la tercera parte hasta llegar a la primera y disfrutarlas de la misma forma. Abracadabra.

La belleza estética del estilo y de la lengua que maneja Davies queda perfectamente plasmada en unas traducciones asumiblemente ricas, aunque de calidad creciente: la primera flojea por momentos, e incluye un puñado de errores tipográficos; la segunda se hace con el tono, aunque quizás lo adorne demasiado y resulte densa por momentos; la tercera mimetiza con enorme pericia el original, llegando incluso a arrancar una de esas sonrisas fruto de una broma inesperada, con la que tropezamos leyendo absortos.

No me cansaré de recomendar a este señor, el puente perfecto entre la lectura de entretenimiento, la erudición más opaca y –adoro poder decirlo– la escritura inteligente.