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Entradas que hablan sobre «Gente»

  1. Gijoners & New Yorkers

    Lo escribí el Martes 7 de julio de 2009

    La pinchadiscos accidental fumaba atribulada durante los discursos, pocos minutos antes de que los invitados a la boda salieran al jardín al bailoteo. «Oye ¿Michael Jackson cómo se escribe? ¿Maicol?», preguntaba tratando de encontrar Billy Jean en el portátil.

    Al día siguiente uno de los asistentes pedía a su hija, de dos años, que hiciera el favor de dejar de volcar su nueva moto rosa por el Campo Valdés: «Piedad con tus padres en este día difícil, por favor te lo pido».

    Y no obstante el flanco del novio, una comandita estadounidense que desembarcó en Gijón con más ímpetu que el Circo del Sol, dejaba anonadados a los locales con su energía: el abuelo de 80 años rompía la pista a ritmo de pasodoble mientras que todos los demás reposábamos los pies y el modelito en un tresillo habilitado a tal efecto, como en una versión de las Meninas, la maja desnuda y los fusilamientos del 2 de mayo —todo a la vez— firmada por Francis Bacon. «A los americanos se les distingue por el afeitado y a ellas, por el modelito», escrutaba uno; «no sabía que en Zara hicieran cosas tan apañadas», sentenciaba otra.

    La cosa queda entre Gijoners y New Yorkers: una boda sin puros, pero con speeches; el vals, de Sinatra, pero con un gaitero tamaño natural a la vista; la manzana, del pomar, pero frente a la Gran Manzana. Y que no se diga.


  2. El mundo perdido

    Lo escribí el Jueves 2 de julio de 2009

    Pasé buena parte de mi modorra post-comida viendo una y otra vez un vídeo de un engendro de origen desconocido, con patas de pollo y cuerpo de ratón. Y es que hubo un tiempo pasado en el que mezclar bichos era un objetivo genéticamente encomiable, en el que vestir a un perro de Darth Vader o poner a un mono a fumar era más gracioso que ilegal.

    Pero ayer por la tarde, paseando por el centro, descubrí que no todo está perdido. Entre el gentío que atestaba las calles, me llegó el inconfundible sonido de un sintetizador y distinguí un sombrero ajado, bajo el cual se encontraba un hombre de 75 años con un plato de plástico cubierto de monedas en una mano y la correa de un perro que se sostenía sobre las dos patas traseras en la otra.

    Y detrás del hombre —esto es lo jugoso —, una escalera con la consabida cabra encima, ofreciendo a los viandantes su trasero y sembrando la acera de «conguitos», que dijo aquel. Los paseantes quedaban tan alucinados que, entre exclamación y exclamación, le echaban sus buenos euros al tipo. No sé si será porque enfrente de aquella pollería existe un vórtice espacio-temporal o porque el espíritu del Grand Prix, con sus vaquillas y azafatas, no ha muerto del todo. La esperanza no se ha extinguido. Crucemos los dedos…


  3. ¿Un cigarrito?

    Lo escribí el Viernes 12 de junio de 2009

    Resulta que la última de Elena Salgado, la ministra que logró tocar la fibra sensible de media España desde su Ministerio de Sanidad con leyes contra el flotador ibérico y el tabaco lo ha vuelto a hacer, desde Economía, y con un par.

    19 céntimos más por cajetilla, porque ella lo vale. Que así nos protege, dice. Y que así salvamos las arcas del Estado, dice. Eso sí, sigue siendo más barato que en Portugal.

    Estamos aviados, si nos anuncian reformas fiscales como tiendas de toallas…

    Ah, se me olvidaba. Pregunten en su gasolinera más cercana, verán qué gustito.


  4. Cortando el pelo

    Lo escribí el Jueves 9 de abril de 2009

    Soy una de esas personas que se corta el pelo de pascuas a ramos (nunca mejor dicho) y, por tanto, suele ocurrirme que me pego unos rapes bastante pronunciados una o dos veces al año, cuando el flequillo empieza a impedirme ver con claridad.

    Hacía ya dos meses que lo veía todo codificado, y que la incómoda media melena me interrumpía cada vez que hacía cualquier movimiento de cabeza: mi visión lateral dependía de la raya del pelo, y un insidioso mechón, que nacía a la altura de la sien, se colaba en la comisura derecha de mi boca cada vez que iba a cruzar la calle.

    Pero ayer, por fin, me decidí a rendirme al imperio de las tijeras y la maquinilla para que dieran buena cuenta del perro de aguas que me acompañaba allí donde iba. Aprovechando la tarde, tan agradable, paseé con calma por la calle Fuencarral hasta una peluquería cualquiera, y entré con paso decidido. Mientras que me lavaban el pelo, observé a mi alrededor el local, lleno de luces azules y de baldosas inmaculadas, por el que corrían atribulados especialistas en materia capilar que parecían recién escapados de Fama.

    Finalmente, llegó la hora de sentarse frente al espejo. Me preguntaron cómo lo quería, y pedí maquinilla. Con horror, me fue negada por el momento, y empezó la operación a tijera. Iban cayendo densos mechones por mi cara, por la bata, por el suelo, por todas partes. Por un momento, parecía un emo: el flequillo seguía en su sitio; todo lo demás, no. Veía tras de mí ojos tristes por no poder hacerme un cardado y teñírmelo de azul.

    Siguió el corte hasta el momento pánico: ahora parecía que durante las próximas semanas estaría necesariamente obligado a peinarme hacia arriba. “Más, córtalo todo”, exclamé. Aquello empezaba a tomar forma y notaba que a los dedos cada vez les costaba más encontrar dónde cortar. Finalmente, logré que me dejaran corto por los lados, algo más largo por arriba: se había producido el milagro; me habían hecho caso.

    Di las gracias, pagué, y salí a la calle de nuevo. El sol me cegó, la vida había vuelto a la alta definición. Noté la brisa de última hora de la tarde mientras que me miraba en los escaparates; noté cómo al coger el móvil intentaba calzarlo por debajo del pelo que recubría mi oreja hasta pocos minutos antes; me descubrí en más de una ocasión haciendo el giro de cuello del pelopantene, aquel que tantas tortícolis me había estado provocando.

    Luego llegué a casa. La locura, mi madre llorando de emoción, confeti por los aires… Como si del solsticio se tratara, como si una tribu pagana cualquiera estuviera celebrando el nacimiento de un salvador, o rindiendo culto a los frutos de la cosecha.

    Feliz, y fresco, dormí mejor que nunca.