Soy una de esas personas que se corta el pelo de pascuas a ramos (nunca mejor dicho) y, por tanto, suele ocurrirme que me pego unos rapes bastante pronunciados una o dos veces al año, cuando el flequillo empieza a impedirme ver con claridad.
Hacía ya dos meses que lo veía todo codificado, y que la incómoda media melena me interrumpía cada vez que hacía cualquier movimiento de cabeza: mi visión lateral dependía de la raya del pelo, y un insidioso mechón, que nacía a la altura de la sien, se colaba en la comisura derecha de mi boca cada vez que iba a cruzar la calle.
Pero ayer, por fin, me decidí a rendirme al imperio de las tijeras y la maquinilla para que dieran buena cuenta del perro de aguas que me acompañaba allí donde iba. Aprovechando la tarde, tan agradable, paseé con calma por la calle Fuencarral hasta una peluquería cualquiera, y entré con paso decidido. Mientras que me lavaban el pelo, observé a mi alrededor el local, lleno de luces azules y de baldosas inmaculadas, por el que corrían atribulados especialistas en materia capilar que parecían recién escapados de Fama.
Finalmente, llegó la hora de sentarse frente al espejo. Me preguntaron cómo lo quería, y pedí maquinilla. Con horror, me fue negada por el momento, y empezó la operación a tijera. Iban cayendo densos mechones por mi cara, por la bata, por el suelo, por todas partes. Por un momento, parecía un emo: el flequillo seguía en su sitio; todo lo demás, no. Veía tras de mí ojos tristes por no poder hacerme un cardado y teñírmelo de azul.
Siguió el corte hasta el momento pánico: ahora parecía que durante las próximas semanas estaría necesariamente obligado a peinarme hacia arriba. “Más, córtalo todo”, exclamé. Aquello empezaba a tomar forma y notaba que a los dedos cada vez les costaba más encontrar dónde cortar. Finalmente, logré que me dejaran corto por los lados, algo más largo por arriba: se había producido el milagro; me habían hecho caso.
Di las gracias, pagué, y salí a la calle de nuevo. El sol me cegó, la vida había vuelto a la alta definición. Noté la brisa de última hora de la tarde mientras que me miraba en los escaparates; noté cómo al coger el móvil intentaba calzarlo por debajo del pelo que recubría mi oreja hasta pocos minutos antes; me descubrí en más de una ocasión haciendo el giro de cuello del pelopantene, aquel que tantas tortícolis me había estado provocando.
Luego llegué a casa. La locura, mi madre llorando de emoción, confeti por los aires… Como si del solsticio se tratara, como si una tribu pagana cualquiera estuviera celebrando el nacimiento de un salvador, o rindiendo culto a los frutos de la cosecha.
Feliz, y fresco, dormí mejor que nunca.