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Entradas que hablan sobre «Gente»

  1. Ornitología de terraza

    Lo escribí el Miércoles 15 de julio de 2009

    A media tarde, un hombre impertérrito cruza la plaza con una urraca viva (aunque igualmente seria) sobre el brazo: acaba de darle de beber en una fuente pública y ahora corren a refugiarse a la sombra de un árbol, sentados en un banco de piedra.

    El tipo se dedica a jugar con el ave, le da de comer, la posa en una papelera mientras que recoge algo del suelo («No te escapes eh, pórtate bien») y la otra obedece dócil.

    Pero lo más increíble es que aquí, en pleno centro de Madrid, no deje de pasar gente, que ya sale de sus guaridas y oficinas, sin prestar la más mínima atención al dúo. Será que ya están aburridos de encontrar a gente que tiene una urraca como animal de compañía.

    Por fin, llega la última esperanza: el consabido estudiante de Bellas Artes sacándole fotos a cada baldosa que pisa. Se acerca al hombre y a la urraca, yo cruzo los dedos de la emoción ¾ellos no mudan su semblante por nada: urraca y paisano en una simbiosis única¾ cuando de pronto… Sorpresa, cambia de rumbo en el último segundo y se dirige a la papelera en la que hace unos minutos reposaba el ave. Le saca una foto al mamotreto gris y solitario y, encantado por la instantánea, prosigue su camino como si nada hubiera ocurrido.


  2. Una barbacoa

    Lo escribí el Martes 14 de julio de 2009

    Tres voluminosas panzas bebían algo frío alrededor de una barbacoa incipiente. «Sólo nos faltan los oros para completar el atuendo…» Justamente: en bañador, con las gafas de sol, sin camiseta o con una camisa abierta de par en par, aquellos tres domingueros se afanaban por encender la brasa. «Que no, que lo muevas. Así no, inútil, más al centro. ¿Hay extintor aquí?»

    Es el plan perfecto: invadir un chaletazo a las afueras de Madrid, desembarcar con una compra que alimentaría a todo Cabo Noval durante un mes y meterse en la piscina a hacer el cafre. Luego, cuando el sol empieza a remitir, darse el último chapuzón, secar y enfrascarse en la guerra del fuego.

    Pero existe un instante aún más idílico: ese momento en el que todavía hace algo de calor y se puede estar descalzo sobre el prao, en el que escuchas a los amigos de fondo («Creo que lo idóneo es tirarse por el tobogán de cabeza») y en el que el humo empieza a llenar el aire, despertándote de cierta modorra.

    A la mañana siguiente tres fantasmas desayunaban Fanta Limón con las piernas metidas en la piscina («Os dije que se nos estaba olvidando comprar algo.») y otro, manguera en mano, borraba los últimos restos de la barbacoa del suelo de la terraza. No quedó ni rastro, pero… hay que repetir.


  3. La gran colleja

    Lo escribí el Viernes 10 de julio de 2009

    Aunque esta semana el calor nos está dando una tregua, en Madrid basta con colocarse en cualquier lugar sin aire acondicionado a horas estratégicas (1 de la tarde, por ejemplo) para sentir lo que yo llamo «La gran colleja».

    Se trata de una serie de leves movimientos musculares, una sinfonía de relajamiento facial que desemboca en esa expresión alelada y absorta consistente en mantener la boca ligeramente abierta, los ojos entrecerrados y una cierta dificultad para sostener la cabeza erguida.

    Esta modorra se acentúa preocupantemente en el caso de los administrativos de universidad en bermudas y chancloides (o PAS, un nombre sugerentemente onomatopéyico tratándose de collejas) y ciertos vendedores de puestos de comida para llevar: el otro día pasé 45 minutos explicándole a uno en qué consistía un bocadillo de pollo sin mayonesa (sin éxito).

    Lo llamo «La gran colleja» porque este sutil movimiento de antebrazo, respetuoso con el medio ambiente y bajo en calorías, suele ser el medio más eficaz para despertar al afectado, pero se han dado casos de bofetada directa sin quebrantar el cuelgue.

    El metro es un foco de contagio, aunque quizás también tenga que ver lo que se denomina «Duchas fuera». Pero de eso mejor no hablar.


  4. En tren

    Lo escribí el Jueves 9 de julio de 2009

    Hace cuatro horas que el tren salió de Gijón con destino a Madrid. Es un día fantástico, los pájaros trinan y se forman arcoiris en los aspersores que riegan los idílicos campos castellanos. Pero eso es al otro lado de la ventanilla, eso es fuera del microcosmos que constituye el asiento 5A del vagón número 6.

    Aquí, estoy disfrutando de la compañía de una madre con su hijo («Miguel, súbete los pantalones, se te está viendo el culo») y de una espléndida señora que lleva cinco minutos discutiendo con el revisor porque había tenido que coger un taxi para llegar al tren.

    Entramos en Valladolid y mi anhelado paisaje de western se interrumpe por momentos. Aunque las pintadas que pueblan los muretes de las vías bien lo valen: leo, mientras que la madre amenaza con tirar todos los juguetes de Miguel a una incineradora: «Al-Qaeda es la CIA». Muero de ganas de llegar.

    Ya estamos a punto de atravesar el túnel de Guadarrama, mientras que nos entretienen con un excelente documental futurista, cuando un grácil y contundente regüeldo, procedente de algún asiento detrás del mío, surca el vagón de lado a lado.

    Abandono el micromundo del 5A con una bocanada de aire a 35 grados. Y por fin, estoy en una terraza de Malasaña.


  5. Tiburón (otra vez)

    Lo escribí el Miércoles 8 de julio de 2009

    Recuerdo lo ocurrido hace cuatro veranos, cuando un tiburón se plantó en Poniente y más de uno quería salir a lo Roy Scheider con el bazooka a por aquel simpático animalillo que, a pesar de su tamaño y aspecto, resultó ser totalmente inofensivo y bastante amistoso (según Wikipedia: cada cual sabrá dónde se baña). Es más, en España nunca se ha registrado un ataque mortal de tiburón. No obstante, mi adorada televisión pública decidió poner anoche, en un alarde de originalidad estival, Tiburón 2. De hecho, es la segunda vez en menos de tres semanas que tan selecto manjar deleita nuestros paladares desde canales distintos.

    Entiendo perfectamente que en Semana Santa nos calcen las megaproducciones bíblicas, y los telefilmes de cuando los actores de CSI tenían que ganarse la vida interpretando a Noé en un plató de cartón (sin piedra); entiendo los desbarres de Chuck Norris repartiendo leña a terroristas islámicos; entiendo incluso las películas de catástrofes después de un terremoto o de un tsunami. Pero la asociación de los programadores de la cadena estatal entre abrir las playas, fomentar el turismo y poner una película sobre escualos asesinos de cuatro metros se me escapa. Será porque el bicho les parece muy poco real.