Ayer Mario y yo fuimos hasta Arriondas a enfrentarnos a la fiestona del Descenso, para llenar la última página del suplemento especial que hoy publica El Comercio sobre el acontecimiento. Por eso hoy, en lugar de copiar el texto, dejo el PDF con el reportaje y sus fotos.
Entradas que hablan sobre «Gente»
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Que nos quiten lo orbayao (Sella 09)
Lo escribí el Domingo 9 de agosto de 2009
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La vida analógica
Lo escribí el Sábado 8 de agosto de 2009
El jueves, tras una plácida tarde de ordenador apagado, observando el orvallo desde detrás de una ventana, se me ocurrió consultar el correo electrónico antes de confinar definitivamente el cacharro a una esquina, hasta el día siguiente, con un olímpico y agradecido puntapié.
Pero en cuanto lo encendí, no pude evitar descubrir que Twitter se había inmolado y que Facebook ardía en mensajes de desesperación con demasiadas mayúsculas; en otras palabras, lo que el jueves experimentaron quienes se enchufan a Internet hasta en la cola del supermercado sería el equivalente a enviar cartas a Correos quejándose de que la correspondencia no llega.
Un par de mis amigos (virtuales) pertenecen a esta estirpe, capaz de mandar un mensaje desde el móvil para lanzar el titular: «Estoy en la playa», «Voy a hacerme un café», «Me pica la espalda» y otras delicias de lo cotidiano.
Una práctica sin duda estimulante, pero ¿qué ocurrirá cuando Internet se autodestruya definitivamente, cuando el malvado en la sombra pulse el botón rojo, cuando tengamos que volver a quedar por tam-tam? Supongo que mirar el orvallo volverá a ser divertido. Pero de momento, respiremos aliviados: españoles, Twitter ha vuelto a la vida.
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Operación salida
Lo escribí el Domingo 2 de agosto de 2009
El viernes, por fin se quitó la corbata y se encerró en casa de un amigo a quemar la consola. Luego, a salir por ahí.
Él forma parte de esa casta que, a partir de entonces, está oficialmente de vacaciones, congelando definitivamente medio país. En julio quedaban pocos y reblandecidos por el sol, pero la ciudad seguía desprendiendo cierto tufillo a trabajo; en agosto, podría organizarse un picnic en el carril bus del Paseo de la Castellana sin mayor problema.
Intento charlar con esa mitad paralizada de España: «¿Te vas de viaje?» Me responde que sí, y se pregunta en voz alta qué se puede llevar para matar las horas en la tumbona, con un mojito en la mano: «Bueno», empiezo, crecido en mi papel de recomendador, «yo ahora estoy leyendo un libro de Stendhal con una delicadeza en las descripciones francamente increíble.»
Mi amigo hacía un buen rato que no me estaba escuchando, por supuesto, fascinado por una bola de espejos, como el resto de celebrativos oficinistas que habían desterrado el traje al fondo de armario.
Se giró y me dijo: «Mira, a menos que el Stendhal ese haya escrito el folleto del hotel o venda camisas hawaianas, olvídate. Esto es la operación salida: salir de currar, y a descansar.» Y amén.
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Personalidades
Lo escribí el Viernes 31 de julio de 2009
En el centro de Madrid se puede practicar un divertido pasatiempo que, muchos forasteros, de visita en la capital, suelen pedir con la boca piñonera. Me refiero al reverso tenebroso de leer el ¡Hola!: consiste en apostarse en algún café de la calle Fuencarral y ver lucir palmito al famoseo, dejarse sorprender por aquel futbolista estrella que camina deprisa y con la gorra calada hasta la nariz («¡Es enano!») o por este secundario de la última serie española de moda.
Pero nada hay como los de tres al cuarto, esos personajes que se encuentran en el escalafón inmediatamente inferior al de los tertulianos bandarras de los viernes por la noche: así ocurrió el pasado sábado, puede que al volver de un plató; el pequeño naturalista que todos llevamos dentro entra en ebullición cuando se detiene un taxi, se baja una señora con cara de pocos amigos y un bolso aparentemente pesado colgando del brazo; se apea su hija, con su cara de alien, y alguien exclama: «¡Tamara!». El «yo esas cosas no las veo» queda anegado por móviles con cámara, todos los presentes pegan la cara al cristal del portal en el que han entrado con curiosidad mal disimulada, y la otra, en plan starlette, se da la vuelta, saluda, y se mete en el ascensor con su madre-rottweiler.
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Soldados
Lo escribí el Viernes 17 de julio de 2009
Podría ser un chiste: sentados en una bulliciosa terraza matritense, un guardia civil y un miembro de la marina británica departían sobre gastronomía castrense.
El diálogo transcurría, más o menos, de la siguiente manera: «Nuestras beans son de lo mejor que te puedas echar a la cara», iniciaba uno. «No, si ya, lo de nuestra sopa que se calienta agitándola… Pero de todos modos nuestras salchichas con tomate eran de lo más cotizado en Bosnia eh.» Ponían cara de asco, daban un trago a sus cañas y seguían parloteando sobre calibres y gases lacrimógenos.
A pocos metros de ellos, empezaban a cundir las miradas de recelo y los sibilinos movimientos de sillas entre el resto de terracistas, a medida que la cosa avanzaba hacia terrenos más pantanosos: masticaban olivas y mordisqueaban patatitas mientras comparaban el marco legal de las porras extensibles en una legislación y en otra.
Para terminar, una anécdota sobre sprays de pimienta y la despedida: «Se me hace tarde. Si ves en el telediario que pasa algo en Afganistán, mándame un mensaje por el Facebook y te confirmo que sigo bien. Nos vamos de cañas cuando vuelva eh, sin falta.» Como si tal cosa, se saludaron con efusividad y cada uno se fue doblando una esquina. «¡Hasta la próxima!»
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