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Entradas que hablan sobre «Gente»

  1. De haitianos, desastres y maratones

    Lo escribí el Miércoles 27 de enero de 2010

    Me había propuesto esquivar esta entrada pero, visto lo visto, parece imposible.

    Estoy, últimamente, lo suficientemente concentrado en mis cosas como para no enterarme de nada de lo que ocurre a tres manzanas de mi casa, incluidos terremotos de magnitudes insalvables. Pero hete aquí que lo de Haití se me ha plantado en la puerta de la habitación, en el armario de las tazas del desayuno y hasta en los blogs que suelo consultar: uno va a por un poco de lechuga al supermercado, y alguien ha montado una colecta “desinteresada”; acude a la Facultad a un examen, y Renfe ha logrado imprimir unos carteles bastante más caros de lo que recaudará; todos los artistas buenrolleros del mundo han organizado sus maratones (en el de la sala El Sol se las ingeniaron para que figurara en las notas de prensa hasta la marca de guitarras que las había cedido); y hemos llegado, por fin, a una de esas situaciones en las que si no donas pasta eres el demonio en persona aunque, si lo haces, has ganado la santidad sin pensarlo.

    Está muy bien que de vez en cuando el Altísimo nos dé la oportunidad de redimirnos de todos nuestros pecados pretéritos, que ponga un checkpoint para guardar la partida y seguir como si tal cosa. Porque no nos dejemos engañar: está en la naturaleza humana el que nos revuelvan algo las imágenes que llegan desde Haití, pero también lo está que, si no nos enteramos de ellas, o si sencillamente lo hubiéramos oído contar, nos diese exactamente lo mismo.

    A esto sigue el argumento de la nivelación por lo alto, que completa el checkpoint divino: si ayudamos a Haití, estamos siendo hipócritas, porque en otros lugares del mundo están ocurriendo barbaridades a diario que nos dan igual. Entonces, igual que hacemos con las colecciones de quiosco en septiembre, nos hacemos de Amnistía Internacional (¿soy el único que ha notado que últimamente el número de captadores callejeros se ha multiplicado?), de Greenpeace y de Médicos Sin Fronteras.

    Luego quedarán cinco columnistas neo-ilustrados para recordarnos cuán malos somos (incluyéndose a sí mismos, lo cual es aún más desgarrador) y, finalmente, un puñado ínfimo de gente capaz y valiente, se irá a donde tercie a echar una mano.

    Lo realmente cruel de todo este proceso es el terror, cada vez más evidente, que nos tenemos a nosotros mismos: resulta mucho más sencillo dar algo de dinero y llorar las injusticias del mundo que asumir que esas supuestas injusticias son INHERENTES a la especie humana, son lo único que ha mantenido la Tierra en movimiento. Aquí va otra verdad:  el cambio climático (¡tachán!) se debe, en gran medida, a su socavamiento: en vez de renunciar al bienestar que tan bien nos sienta, tratamos de convencernos de que lo mejor que podemos hacer es elevar el nivel de vida de los 6.000 y pico millones de personas que ya anegamos el planeta. Error.

    Lo de Haití es un drama televisado, una gran mentira vestida de verdad analizada, masticada y vendida por un puñado de trajeados sin ideas que ya han logrado sentar las bases de un lugar común en el que nos sentimos cómodos (no así el terrible caso de la Gripe A, en el que todos fuimos escépticos y listos como nosotros solos): llorar, llorar, dar, llorar, insultar a los políticos (siempre hace bonito) y, por fin, bajar a por el pan y los periódicos el domingo por la mañana para alternar entre las páginas de moda de El País Semanal y las últimas noticias del seísmo.

    Menos mal que no me entero de lo que ocurre a tres manzanas de mi casa.


  2. Nuevos sabores

    Lo escribí el Sábado 5 de diciembre de 2009

    logoculturasGivaudan es una multinacional suiza, gigantesca, que se dedica a la síntesis de aromas naturales: una molécula de este cítrico, un toque de ua planta tropical y tachán: un nuevo sabor sintético.

    Existe, en este sector envuelto en secretismo corporativo, un concepto interesante: el de espacios blancos, esto es, sabores que no existían creados a partir de componentes conocidos. Por ejemplo, el Red Bull: ¿a qué sabe? A sí mismo, es único e inconfundible.

    Es sabido que lo mismo ocurre con los libros, con el cine o con la música: por estar, está todo inventado, la cuestión es ir colocando y recolocando elementos hasta dar con una nueva fórmula magistral: ese solo tremendo, esa descripción emocionante, ese plano secuencia que quita el habla.

    Uno de estos nuevos aromas, de los que estremecen hasta los dedos de los pies, topé hará un par de semanas, en un zapping, visitando la última joya de la producción televisiva nacional: Un burka por amor. Creo que uno de los momentos cumbre de la Historia de la pequeña pantalla se dio cuando, sobre la imagen de una pista de aterrizaje, apareció un subtítulo informándonos de que estábamos viendo Kabul. Exotismo a tope: entonces aterriza un avión de EasyJet, como si nada, y vemos a una Olivia Molina desembarcar más ancha que pancha en un aeropuerto que, si no era Ranón con un puñado de figurantes con la cara sin lavar, bien podría pasar por el vestíbulo de una oficina de Correos.

    Nuevos sabores, nuevas emociones: algo de castizo, mucho de barato, quítame allá el pudor, un buen chorro de tópicos y bien de carne para que entre mejor. Y a correr.


  3. Carnaza

    Lo escribí el Sábado 21 de noviembre de 2009

    logoculturasNo hay como levantarse de buena mañana y hacer un repaso a un puñado de periódicos y blogs para quedarse tranquilo una semana más: el mundo sigue su curso. Así es, en esta esquina de la Red de redes nosequién lanza su pulla personal contra la discográfica/editorial de turno porque no puede pagar el alquiler con su arte; Ramoncín dice «Blah» en un comunicado y le destruyen en la ristra de comentarios que acompañan a la noticia; por allá asoma la enésima diatriba contra González Sinde con lo mejor de un cabreo ilustrado: resulta que la cultura se ha convertido en «campo de fuerzas profundamente estratégico donde se libra la batalla global, donde se confrontan, encuentran y resitúan intereses, valores y significados».

    Y es que el café, con un poquito de bilis, entra mejor. Anoche estaba tan tranquilo leyendo en el sillón, viendo la última de Clint Eastwood o escuchando alguna novedad musical y notaba que algo me faltaba, que la velada se encarrilaba al fracaso: ponerme un ‘reality’ y ver a dos gemelos darse puñetazos, a una tertuliana con boca de estropajo y lengua viperina descuartizar a José Amedo (!), focos resplandecientes, sudor, sangre y lágrimas, espectáculo en estado puro.

    Es la diferencia entre la cultura de suplemento y la de toda la vida: aquellos se aferran al DRAE y a su afilada pluma mientras que los segundos (¡gracias!) han aprendido el glorioso camino de la metadestrucción, esto es, de sacar chicha de la propia inmolación de su cultura. ¿Qué tienen que hacer los llorones, ristomejides y editorialistas jurásicos frente a un montador de Telecinco bien forrado de féminas, injurias y paternidades dudosas? Hermánense de una vez y epátennos con lo mejor de este país: ¿Sara Montiel con Alaska? Esto no ha hecho más que empezar…


  4. El horror no mira a los ojos

    Lo escribí el Sábado 14 de noviembre de 2009

    Pasadas las 12, se abrió la puerta al fondo del pasillo y una enjuta figura de metro setenta lo atravesó a toda prisa, escoltado por dos policías nacionales que le sentaron a apenas dos metros de mí. Iba cubierto con una braga y un gorro, fuera de la sala tan solo le espetaron un «¡Eres mierda!» que nos subió un par de palmos tráquea arriba el nudo que ya arrastrábamos quienes sabíamos para qué estábamos allí.

    —Por favor, tome asiento. Sabe que tiene derecho a no testificar en su contra; tiene derecho a responder a todas, alguna o ninguna de las preguntas que se le formulen.

    —Sí, señoría —repuso la figura con la voz temblando—. No voy a responder a ninguna pregunta, no quiero declarar porque estoy muy nervioso y no quiero.

    No es habitual que estos juicios sean públicos: la causa es contra J.R.B.L., que el 14 de abril de 2008, como profesor de educación física, pidió a R.M.R.P. (7 años) que le acompañara al cuarto de materiales del colegio para enseñarle un «juego de percepción sensorial» (no es un vomitivo eufemismo: es el término utilizado por el acusado y su defensa a lo largo del juicio), del cual no daré más detalles.

    Comenzamos por escuchar, con el nudo en la garganta apretando ya alguna lágrima, la exploración que el psicólogo de la Guardia Civil practicó a la menor; media hora de declaración en vídeo con la pantalla vuelta de espaldas al público y el acusado agitando nerviosamente el pie contra el parqué, tras negarse a contemplar las imágenes.

    El horror no mira a los ojos. No miró ni a los padres, ni al director del colegio, ni a los agentes que testificaron, ni a su abogado, ni al de la acusación, ni al público, ni al presidente de la sala. Miró al infinito durante las casi 6 horas de juicio, sin dejar de mover el pie. El horror no busca más que salir lo más indemne posible de su primer delito, de recibir la menor pena de cárcel posible, de librarse tras pedir a la familia uno de los perdones menos sinceros que jamás he tenido la desgracia de escuchar.

    Como decía, no quiero dar más detalles del caso, pero lo que aquí se juzgaba era, básicamente, si había existido penetración o no. De eso pende que al pollo que caiga un año de cárcel o que le caigan diez; en cualquier caso, la inhabilitación es por seis años y luego supongo que puede volver a dar clase.

    Jueces y magistrados mantenían el semblante serio durante las más de seis horas de juicio, y sólo resoplaron con el alivio del que ha terminado otro largo día en la oficina cuando sacaron al acusado de la sala, pasadas ya las siete de la tarde: ya era de noche, reinaba el silencio en la Audiencia. Los padres de la niña esperaban en el pasillo a que saliera su abogado, con alguna lágrima reseca y mirando curiosos a todos los que salíamos como público. «Mucha suerte», les dijimos uno tras otro. Apenas quince minutos antes, el abogado de la defensa había logrado sembrar la duda. «Queda visto para sentencia.»


  5. De cómo perdimos la razón

    Lo escribí el Lunes 12 de octubre de 2009

    El mundo de Internet en general y el de los blogs en particular siempre me han parecido fascinantes. Y es que en esta soleada mañana de octubre acabo de toparme con dos nuevos fragmentos de la locura que ha engendrado la Red de redes: en primer lugar, Google Wave, el nuevo despropósito de la macroempresa californiana para sorbernos los sesos y que sirve para… ¡Hacer relaciones sociales, hablar con los amigos y compañeros de trabajo en directo, compartir archivos, estar conectados! Me cuesta contener la emoción ante tan innovador y práctico recurso. ¿Qué será lo próximo? ¿Google Splash, para bañar a tu perro virtualmente?

    Lo segundo con lo que he tropezado ha sido con un refrescante artículo (que no enlazo porque lo voy a poner a caer de un burro) sobre cómo escribir una entrada diariamente en tu blog. Una de las claves es la aplicada en el propio artículo: adaptar libremente otro ya publicado, incluyendo un enlace al final y procediendo, a continuación, a bombardear con él todas las redes sociales y comunidades habidas y por haber. A todos nos gusta ser leídos, pero como bien apunta la “autriz”: “Cantidad no significa calidad.” Gracias, autriz.

    Esto entronca con la peculiar noción de éxito que tiene la gente de esta calaña. Miden el éxito de un blog por los millones de visitas que recibe, por los comentarios que le dejan, por la prontitud de sus actualizaciones. Todo esto está muy bien, pero ¿dónde quedó el gusto por releer los artículos pasado un tiempo y no avergonzarse de ellos? ¿Dónde quedó la necesidad de cuidar UN POCO nuestra lengua y no vomitar frases inconexas desde un móvil para que las lean nuestros 658.000 contactos de Twitter en menos de 30 segundos? ¿Dónde quedó la calidad, suplantada por la afición a anegar la Red a base de insulsas entradas con el único fin de recibir un puñado de visitas más? Si dedicáramos algo más de tiempo a hacernos un buen café y a lecturas distintas del catálogo del Carrefour, Internet sería un lugar mejor. Creo.