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Entradas que hablan sobre «Gente»

  1. ¡Quinqui!

    Lo escribí el Sábado 13 de febrero de 2010

    Cualquier estudiante sabe que, cuanto más se acercan los exámenes, mayor es el surtido de películas, series y materiales culturales de diverso pelaje que se cruzan en su camino: un amigo pasó diez años intentando sacar Derecho sin éxito, por culpa de Falcon Crest.

    Pero yo voy con todo, nada de sutilezas: leo una noticia sobre la política de comunicación de la Casa Blanca y veo La cortina de humo, peliculón; ya que estamos de thriller político, revisemos Todos los hombres del presidente (cómo nos gusta Robert Redford); y puestos a degustar el inconfundible sabor de las películas setenteras, rebusquemos, rebusquemos… ¡Nada al otro lado del charco! Bueno, pues volvamos a España (siempre con los apuntes al alcance de la mano para no sentirnos mal). ¡Premio! En dos días no puedo resistirme a la trilogía de Perros callejeros, con El Torete en plena forma; a las de El Lute; a la de El Vaquilla y -gracias, España- El Pico partes 1 y 2.

    Por ir, iremos a septiembre en procesión, pero hay que ver lo que se puede llegar a aprender en un par de semanas: in ir más lejos, a robar coches y la historia reciente de España, condensada en un puñado de cintas a medio camino entre lo cómico, lo dramático y lo grotescamente pos franquista: cine quinqui vs. apuntes. ¿Queda alguna duda? Suerte, estudiantes.


  2. Seprotec, mon amour

    Lo escribí el Jueves 11 de febrero de 2010

    Una entrañable señora de la limpieza atraviesa las puertas de los juzgados con parsimonia, y toma asiento. Me gusta imaginarla con el pañuelo atado en la cabeza y ropa de señora de pueblo: no viene a pasar los suelos, sino que se trata de la intérprete de algún idioma del este enviada por la ínclita Seprotec a la Audiencia Provincial de Madrid.

    Hace unos dos años, Interior decidió privatizar los servicios de traducción y contratar una empresa externa por concurso público, en lugar de formar y pagar a su propia plantilla, como se había hecho hasta entonces.

    La elegida fue Seprotec, empresa modélica y sospechosamente barata, que desde entonces no ha hecho más que acumular una ristra de escándalos dentro y fuera del mundillo de la traducción más que delicioso: aún no he oído a nadie hablar bien de ellos y, lo que es más, cuando se les ha mentado, no ha sido precisamente para ponerles por las nubes.

    Ejemplo práctico: 1 de mayo de 2008, la Policía Nacional requiere, en Barajas, a un intérprete de portugués. Se presenta, al punto, un paquistaní (!), al cual los agentes solicitan la documentación. No, no, no, mejor no, dice el intérprete. Sí, sí, sí, mejor sí, dicen los agentes. Introducen los datos en el ordenador y ¡bingo!: seis antecedentes penales: dos por falsificación, uno por tráfico de drogas y una orden de busca y captura. No me lo invento.

    La juez Pilar de Luna se ha plantado, diciendo que se va a poner a suspender juicios, tras haber denunciado que habían enviado una intérprete que no hablaba el idioma del acusado o a un intérprete de árabe que no hablaba español, y es que ahora, la Consejería de Interior de la Comunidad de Madrid ha renovado la concesión a Seprotec. El Defensor del Pueblo se ha quejado.

    Esto salió ayer en las noticias de TVE, con su plano general de las oficinas de Seprotec repletas de pre-licenciados sin experiencia y una representante negándolo todo, como tiene que ser. A mí me asaltan diversas preguntas, a saber: ¿Cómo es posible que nuestro eficiente Ministerio del Interior sea capaz de encontrar, por ejemplo, a Rodríguez Menéndez en una maldita jungla tropical y no sea capaz de BUSCAR EN GOOGLE Seprotec para darse cuenta de la cera que le dan TODOS los profesionales? Parece ser que el problema radica, a este respecto, en que sólo se han presentado dos (2) empresas al concurso público, y es necesario un historial económico que, dicen, no es muy fácil de cumplir.

    Por otro lado, la empresa se escuda en que los casos que han saltado no representan ni un 1% de los servicios que presta Seprotec, pero yo me pregunto: ¿Podemos permitirnos un 1% de error en estas cuestiones? Un 1% de error, en un pequeño juicio, es confundir la palabra “copa” con “coca”, pongamos por caso: un acusado cometiendo perjurio, un no delito convertido en uno contra la salud pública…1% de mediocridad, 99% de eficiencia dudosa, así nos va.


  3. “Total, es ponerlo en español”

    Lo escribí el Lunes 8 de febrero de 2010

    Desayuno hoy con un mensaje del TRAG, la lista de distribución de traductores audiovisuales más asentada, con un enlace a cierto artículo de El País sobre la traducción y doblaje de la última temporada de Perdidos, proceso que, dicho sea de paso, se está llevando a cabo a velocidades demenciales.

    Me encanta cuando envían estos enlaces, porque así disfruto leyendo algo sobre traducción en prensa (cosa infrecuente) y luego asisto a los mensajes enfervorecidos o a las felicitaciones de los colegas, en función de quienes aparezcan en el texto.

    En esta ocasión, las reacciones son de cabreo, y no es para menos: el artículo de El País, aparentemente elaborado con la misma premura con la que se realiza el doblaje, habla de los actores y de la directora largo y tendido; mientras que la traductora (María José Aguirre de Cárcer, en esta ocasión) queda relegada a la siguiente frase:

    - Sábado 30. Llega el guión provisional, que se traduce en 24 horas.

    Me imagino que a esto se referían los teóricos de la traducción con aquello de la “invisibilidad del traductor”… Yo, personalmente, no tenía ni idea de quién era María José Aguirre de Cárcer; y, sin meternos en debates sobre dónde debe quedar el nombre del traductor en el producto final, es demasiado que en un artículo de estas características ni siquiera se mencione su nombre.

    Especialmente porque, por encomiable que resulte el trabajo de dirección y actuación en el proceso de doblaje, puedo asegurar y aseguro que traducir el guión de un capítulo de una hora en un día supone un buen tarrado de horas delante del ordenador y del diccionario; y una capacidad sobrehumana para mantener la concentración durante todo ese tiempo, y bajo presión.

    La interesada, dicho sea de paso, ha respondido al foro esta mañana limitándose a agradecer las enhorabuenas. Mañana por la noche, a las 22:15, media España estará viendo el esperadísimo estreno y, de ellos, más bien pocos sabrán quién ha traducido lo que oyen. ¿Triste? No necesariamente: nadie conoce los nombres de las voces o directores de doblaje; lo triste es que, una vez más los alumnos aventajados de Primero de Progre, especialidad Cultureta, han vuelto a sacarse de la manga un reportaje curioso, cultural, pisoteando la figura central del proceso: quien ha puesto las palabras en boca de las voces.

    No sé quién tiene más problemas, si periodistas o traductores… ¿Traductores periodistas?


  4. Siempre quise ir a Hollywood

    Lo escribí el Martes 2 de febrero de 2010

    Acaban de salir, hace un rato, las nominaciones a los Oscar 2010.

    Bueno, cada año suelo oír a alguien que era oscarófilo afirmar que “no pienso volver a pasarme la noche en vela buscando canales de Azerbaiyán para ver esa gala de mierda.” Todo es culpa de que está comprado, amañanado; de que no hay nada más fácil que una quiniela de los Oscar con unas posibilidades de éxito enormes.

    En la página web oficial, Oscar.com, no es difícil percibir ese aroma tan genuinamente yanqui que tanto repatea a los desertores de las madrugadas de algún domingo de febrero: el diseño blanco y sencillo, el vídeo de Steve Martin y Alec Baldwin pasándolo TAN bien que dan hasta un poco de repelús, el rollo de la ilusión y la magia del cine, etc.

    Todos esos elementos de neón primero, de tecnología 3D luego, y de humanismo a la americana ahora son los que han ido deslumbrando, desde Hollywood, al resto del mundo desde que existe: el lujo de los primeros tiempos; la tecnología y los medios al alcance de nadie más luego; los guiones desgarradores y películas selectamente buenas ahora (y luego está Avatar).

    Ahí están las nominaciones, ya salen: Sandra Bullock marcando un antes y un después en su carrera, Guy Ritchie con mejor dirección de arte, orgía 3D, orgía Tarantino y un montón de películas que aún no hemos tenido ocasión de ver, pero que probablemente en su mayoría serán peores que pegarle a un padre.

    Vale. ¿Y? Tenemos lo de siempre, tenemos lo que queríamos: pan, circo, Coca Cola y un cubo de alitas de pollo con el que pringarnos los dedos mientras que encontramos, un año más, alguna tele por internet en la que enterarnos de algo. Y que se nos vayan cerrando los ojos a medida que se acerca la hora de madrugar, y ver que, en cuanto nos metemos en la cama, un par de ventanas más se quedan sin luz: una logia silenciosa de cinéfilos a la vieja usanza.

    Que la industria de Hollywood es eso, una industria, no es ningún secreto; que la mitad de lo que ocurre es de cartón piedra bien instalado por algún equipo de arte, tampoco; que son capaces de campañas milagrosas para que veamos bazofias (¡Pero es que son tan divertidas!); que son americanos hasta para darle a la claqueta.

    Para todo lo demás, los festivales al sol europeo o al gélido frío independiente. ¡Palomitas, a mí!


  5. El texto tras el autor

    Lo escribí el Sábado 30 de enero de 2010

    Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).

    La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.

    Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.

    Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).

    Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.

    Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.

    Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.