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Entradas que hablan sobre «Gente»

  1. Distinto

    Lo escribí el Domingo 14 de marzo de 2010

    logoculturasPor mucho que digan, no es fácil encontrar buenas obras de teatro en Madrid. Hay muchas potables, bastantes decentes, demasiadas experimentales y un puñado de joyas cuyo programa no nos atreveremos a tirar al llegar a casa, y guardaremos arrugado en un cajón por los siglos de los siglos.

    Pero en el fondo, da igual: el poder del teatro, en estos tiempos en que la prudencial distancia de una pantalla y un moreno reluciente nos separan de películas, series y actores, reside, ante todo, en la propia potencia de lo que ocurre entre esas cuatro paredes.

    Dejemos de atender al texto: un silencio solidario y sepulcral se apodera del teatro en cuanto sube el telón; las tablas resuenan bajo los zapatos de los personajes; cada vez que se encienden un cigarrillo, una bocanada de humo alcanza las primeras filas; y resulta que sus voces les persiguen allá donde vayan dentro de la escena. Todo está sucediendo ahí, delante, al alcance de la mano.

    En el descanso somos conscientes, repentinamente, de que llevamos una hora y media callados, y rodeados de gente callada (¡milagro!), como sumidos en un limbo entre la ficción y lo tangible que sólo logramos desarmar un rato después, al desaparecer la enemistad de los dos protagonistas, o al resucitar aquel villano, que ahora sonríen, se agarran de la mano y saludan en una reverencia final. Ellos mismos se transforman, noche tras noche, en un ejercicio agotador que acota un tiempo, lo abstrae de todo lo demás y luego nos devuelve, zarandeados, al mundo real. Un gustazo, sin duda.


  2. Some kind of monster

    Lo escribí el Martes 2 de marzo de 2010

    Aún no sé muy bien por qué, la semana pasada me acordé repentinamente del documental sobre Metallica Some kind of monster, rodado entre 2001 y 2003, cuando la banda atravesaba uno de sus episodios más constructivos: sin bajista, con un bloqueo creativo de tres pares y la tormenta de la demanda de Lars Ulrich, el batería, a Napster, aún fresca.

    Realmente sorprende la cantidad de horas de metraje que tienen que existir como para describir con tanta exactitud el camino que va desde un grupo al borde del abismo hasta el de los cuatro metallicos defendiendo su St. Anger frente a nosecuantascientas mil personas, pasando por las imprescindibles escenas con el terapeuta.

    Se aprecia a la perfección cómo el mismo ego y energía que llevaron a Ulrich, Hetfield y Hammet a comerse el mundo empezaban a volverse contra ellos; más aún cuando se veían incapaces de producir una canción que valiera la pena: se les estaba empezando a ir la cabeza (más) y ese pequeño resquicio de maldad, de estupidez, de lo que sea que acaba por germinar y convertirnos en seres insoprotables e ingobernables parece adueñarse de ellos al principio de la historia, para acabar por derretirse cuando todo encaja y funciona, de golpe.

    Dudo que el señor terapeuta como tal tenga demasiado que ver en el proceso; más bien parece que el hecho de tener cámaras delante y a alguien “vigilándoles” basta para que Hetfield y sus psicópatas se contengan en momentos clave y consigan llevar a buen puerto –no sin esfuerzos sobrehumanos– el disco que acabaría por ser St. Anger.

    Tampoco queda de lado la presión: a pesar de la capacidad que ha de tener uno para ser músico y poder permitirse ser Metallica al mismo tiempo, cómo meterse en el estudio y (en la medida de lo posible) olvidarse del mundanal ruido y hacer lo que mejor –o lo único– que saben hacer.

    En fin, tampoco conviene hablar mucho más: vedlo y opinad, sabios.


  3. Jubileo

    Lo escribí el Sábado 27 de febrero de 2010

    logoculturasDediqué el fin de semana pasado a revisitar lugares importantes de la tierna infancia y, por qué no, a mantener vivas tradiciones esenciales: llegarse a Muros de San Pedro, en las Rías Baixas, y ponerse tricolor a base de pulpo a la gallega tras pasear por sus calles empinadas y pescadoras; andar por Santiago de Compostela y visitar la catedral: me ha llamado especialmente la atención que, poco a poco, visitar la catedral de Santiago con intención de ganar el jubileo no va a diferir demasiado de darse una vuelta por la sección de electrodomésticos de El Corte Inglés.

    Para empezar, la colección de hermosas capillas, a donde yo de niño solía acercarme en busca de la titilante luz de las llamas sobre el Cristo correspondiente y el inconfundible olor a cirio, se han convertido en «un meta diez céntimos y se encenderá una lucecita». Para seguir, a alguna lumbrera se le ha ocurrido proteger el Santo del Croque, esa columna en cuyo desgaste la tradición manda colocar la mano, de la hercúlea fuerza de los visitantes. Y no sólo se ha instalado una valla; también un avezado empleado de Prosegur debidamente aleccionado para explicar el por qué de semejante decisión con profusión de datos históricos (no es broma). No llegamos a probar a echarle diez céntimos, pero igual se encendía. A ver si la próxima vez se animan a encargarle al Cirque du Soleil el rito del botafumeiro.


  4. Una de traficantes de armas

    Lo escribí el Martes 23 de febrero de 2010

    Sugerente título, ¿verdad?

    Hoy quiero hablar de Monzer Al-Kassar, personaje sensiblemente siniestro, retratado por The New Yorker recientemente. ¿A qué se dedicaba Monzer Al-Kassar? Cuenta el artículo que, inicialmente y de la mano de su hermano, al narcotráfico a escala McDonald’s; luego, al tráfico de armas; y, aprovechando contactillos y amigos de la profesión, se dice que llegó a tener potestad para desencadenar, frenar, arrancar de nuevo y manejar algún que otro conflicto armado.

    Este personaje, actualmente entre rejas tras una investigación de más de veinte años, operaba desde la pradisíaca y mediterránea villa de Marbella desde los 80, cuando hombres de negocios de su mismo perfil empezaron a instalarse en la Costa del Sol, algo para lo que, según cita el artículo, la Policía española no estaba preparada: se trata de gente tremendamente bien educada, que sabe lo que hace, que no se expone a riesgos y, lo que es más, que se conoce el derecho internacional como para cometer nimios y casi imperceptibles delitos en gigantescos movimientos de cargamento armamentístico.

    A este lo cazaron: ¿cómo? Organizando una operación de la agencia antidroga estadounidense en España de agárrate y no te menees y logrando grabar al tipo hablando de sus negocios, para luego inducirle a viajar desde Málaga a Madrid para cerrar el trato y, sólo cuando estaba en el aire camino de Barajas, informar de quién era el buscado criminal a las autoridades españolas. Y es que Al-Kassar, sin ir más lejos, llamó a José Villarejo, su contacto dentro de la inteligencia antiterrorista (así, como suena) para preguntarle si lo de Madrid era una trampa. Villarejo, por suerte, no sabía nada.

    Cuando todo esto se descubrió, los miembros de las Fuerzas de Seguridad con los que Al-Kassar tenía relación afirmaron que colaboraba con la inteligencia española en misiones internaciones secretas. Cada cual, que piense lo que quiera. A mí me parece una historia fascinante.


  5. No sabía que tú también fueras escritor

    Lo escribí el Jueves 18 de febrero de 2010

    Esto fue lo que, el otro día, me dijo así, a bocajarro, una amiga reciente para mi sorpresa y fascinación: ¿cómo, por qué, ha llegado a pensar que soy escritor? ¿Porque tengo un blog? ¿Porque escribo en un periódico? ¿Porque paseo libros bajo el brazo y me siento en cafés a leer? ¿Porque estudio Traducción? ¿Porque he publicado un libro de relatos y una novela?

    Ah, sí, debe de ser por eso.

    Uy, un momento: ¡No he publicado ninguna novela, ni ningún libro de relatos!

    – No, no soy escritor: no he publicado nada –le respondí.

    – Pff –dijo ella– la de ellos que habrá que no han publicado nada. No te preocupes: eres escritor.

    No le hice caso, y preocupado me quedé, sentado frente a la mesa de mármol con un libro de mil páginas encima, decidido a documentarme sobre esa estirpe secreta de escritores-zombi en cuanto llegara a casa. He localizado a un puñado de ellos desde entonces, rebuscando por  fantásticos blogs diseñados en Times New Roman, sin márgenes, que recopilan encendidos artículos al borde de lo guerrillero firmados por algún chileno que aún no se explica por qué no es Roberto Bolaño; también he dado con excelsos autores de aforismos en Twitter, de cuyo mérito no dudo; y con especialistas en compendios de relatos, libros a ocho manos y artículos sobre vino, comida, y otros epicúreos y novedosos temas.

    La expresión “sustancia literaria” aflora en sus labios cada dos frases; critican traducciones del ruso; malviven en quintos sin ascensor; y construyen descripciones interminables (el récord, de momento, son 300 palabras sin un solo punto). Ah, me enamoran.

    Imagino que mi nueva amiga, la que tan generosamente me adjudica el título de escritor –¡ni siquiera de autor!– se refería a todo esto. Y no sólo no estoy tranquilo, sino que estoy más preocupado.