RSS Feed

Entradas que hablan sobre «Francisco Camps»

  1. De revuelos y festivales

    Lo escribí el Viernes 27 de enero de 2012

    A diario, encuentro un motivo (alguno más peregrino que otro) para abrir un periódico. Muchas veces me doy cuenta de lo obsceno de la idea en el preciso instante en el que miro la portada; otras, me detengo y lo leo con avidez, acompañado de muchos cafés y pinchos, y sin mirar el reloj.

    Últimamente predomina el primer caso, solo superado por el esfuerzo aeróbico y gimnástico de enterarme de la misa a la media; pero en ese vacío, en ese aburrimiento total en el que la primera página me pesa, en general, más que una bolsa de la compra repleta escaleras arriba por la densidad de temas, me doy cuenta de lo difícil que es optimizar fuentes y reducir la lectura al mínimo necesario para cualquier mortal.

    Camps estalla en todas las portadas, y se debate, en foros nacionales muy sesudos e informados, sobre la necesidad de rehabilitarle. Ahora bien, en ese debate no se tiene en cuenta, para nada, el caso de corrupción que sigue coleando en Asturias y que no ha valido portadas de más medios que los de aquí. Todo ello, a pesar de que tiene el mismo –si no más– alcance.

    Ayer por la mañana me levanté, me tomé un café y me fui a la Casa de la Palmera a dos ruedas de prensa. Una, de un espectáculo infantil y la otra, de uno de danza. Todo parcía apacible, hasta que entré por la puerta de la sala y me encontré únicamente a la gerente del Teatro Jovellanos, María Teresa Sánchez, delante de una nube de cámaras dando explicaciones sobre la próxima (ocurrió a las cuatro) proclamación de Nacho Carballo como nuevo director del Festival de Cine de mi ciudad.

    El asunto era portada en los digitales asturianos al cabo de un par de horas, justo cuando me senté a comer, escuchando la radio (de ámbito nacional) donde alguien seguía destripando el asunto Camps, o quizás la reunión de Rajoy y Merkel. Pero con profusión y ganas, con tertulianos y todo, con saña. Con tiempo radiofónico.

    En Gijón se organizaba la mundial con Cienfuegos, Carballo y demás. O puede que, en la barra de un chigre, dos paisanos miraran el asunto Camps en la tele con el vermú en una mano y el palillo rechupado en otra, murmurando: «Y la otra, ¿qué?»


  2. El gol de Camps en la prórroga

    Lo escribí el Jueves 26 de enero de 2012

    Qué abono más fértil para la comparación tontorrona, para el cruce ocioso. Pero es que parece que lo ponen a huevo: Camps fue declarado no culpable, después de tres años de dimes y diretes, y de ganar unas elecciones regionales, dos horas y media antes de que empezara el partido en el que el Barça eliminó al Madrid en Copa del Rey, con un gol anulado por nosequé y una inefable entrada de Pepe pocos segundos antes de que terminara el encuentro, como si quisiera hacer (aún más) leña del árbol caído.

    En Asturias, todo esto sucedía (tomaremos el fútbol como eje central, esas fatídicas 22 horas del 25 de enero de 2012), aproximadamente nueve horas después de que a Francisco Álvarez-Cascos le tumbaran el presupuesto y entrábamos en prórroga, con el consiguiente tumulto. Y, es más, once horas después de que Gallardón saliera con la cadena perpetua y el aborto, y se cepillara todas las previsiones sobre cuestiones judiciales.

    Maravilloso nudo de cuatro temas que muchos se han apresurado en cruzar; pero un nudo, una alineación astral que no recordaremos dentro de dos meses. El 25 de enero no pasará a la Historia como aquel día en el que todo ocurrió de una sola vez, sino como un día más, normal y corriente, salvo para los obsesos o los que han salvado la vida de milagro (!), los que han obtenido el trabajo de su carrera o los que han tenido un lindo retoño.

    ¿Por qué? Quizás porque todas estas cosas ocurren a diario, o a lo largo de muchos días. Alguno tendrá ganas de pegar un puñetazo en la mesa y afirmar que no, que esto es intolerable y que lo va a llevar grabado a fuego toda la vida: el Barça, me temo, gana al Madrid todo el rato (con perdón); Camps lleva tanto tiempo siendo no culpable que ha dejado de importar más que por la foto; Cascos y su presupuesto tenían una vida aciaga desde hace meses; y lo de Gallardón pues sí, pues bueno, habrá que ver en qué queda. Seguramente, en nada, en una curiosidad de hemeroteca que alguien descubrirá dentro de doscientos años. Boutades, todas, entrañables y olvidables.

    La realidad, que se mueve más despacio pero con más contundencia, no era esto. No era un gol de Camps en la prórroga.


  3. Domingos electorales IV: Elección general(izada)

    Lo escribí el Domingo 24 de julio de 2011

    Leo en Twitter que el 15M vuelve a ponerse en marcha. #solrenace. ¿Volverá a cundir el desconcierto entre políticos y periodistas? ¿Volverán las interminables acampadas, y el diluvio de opiniones y análisis de escasa enjundia? Veremos.

    De momento, lo que sí ha resucitado es el espíritu Francisco Camps, de cuya dimisión esta semana alguno destacaba más la calidad política y la valentía que el acto de consecuencia, ejecutado a destiempo, que supone su dimisión. Y ahora vamos con las generalizaciones.

    Se tenga o no razón, y termine como termine el juicio, el caso es que a nadie extrañará escuchar a una enfadada señora de Benidorm gritarle a su ya ex presidente: «¡Chorizo!» Aunque nuestra señora de Benidorm haya votado, entusiasmada, por la re elección del presidente valenciano, empieza a olerse que algo tiene él que ver con lo de los trajes y, de paso, que está abonado a la teoría de que la mejor defensa es negarlo todo. Bien.

    Ahora, nuestra señora de Benidorm va un paso más allá y, preguntada por la calle por un programa de televisión, dice algo así como: «La clase política está podrida». A continuación, irá a preparar una paella a los indignados más cercanos para que protesten con el estómago lleno.

    Y así habrá nacido el «No nos representan» y los dardos envenenados contra esa Gorgona que es «la clase política». Fin.

    Habida cuenta de esto, en España las elecciones regionales suelen funcionar como toma de temperatura al sentir generalizado frente a unas generales, como si los candidatos a las alcaldías o presidencias fueran embajadores, de alguna forma, de su partido.

    Y lo son. Pero uno empieza a tener la sensación, de unos meses a esta parte, de que este mecanismo ya no funciona igual. Ahora, el elector puede conocer con una facilidad pasmosa a quienes le van a gobernar directamente, y ser consciente de lo lejos que se encuentran los «señores del Congreso».

    Ya no nos importa tanto un color o un partido, nos importa, más bien, quién es este y quién es aquel. No votamos a Camps porque Zapatero estuviera hundiendo España, sino porque nos gusta Camps. No estamos cocinando el derrocamiento electoral de Griñán en Andalucía por culpa de la crisis, sino por los EREs de Mercasevilla. No cambiamos la veleta de Castilla La-Mancha por apartar al PSOE de uno de sus feudos y castigar a nuestro desgastado presidente, sino porque preferimos la determinación artera de Cospedal.

    A la luz de esta situación, los candidatos a la presidencia del Gobierno tendrán que embarcarse en una aventura harto complicada: primero, convencer a quienes acampan en una plaza de que sí, que sí los representan (jamás se les podrá decir que se equivocan); y, segundo, seguir convenciendo a los demás (la señora de Benidorm, desencantada, es la primera) de que pueden seguir jugando en esta liga de la política.

    Parece que volvemos a lo concreto.