RSS Feed

Entradas que hablan sobre «Ficción»

  1. Días de niebla [1]

    Lo escribí el Jueves 3 de diciembre de 2009

    Se despertó con la espalda, desde la nuca hasta la rabadilla, hundida en el húmedo barro. Abrió los ojos nada más despejarse por la fina llovizna que caía sobre el chubasquero; no vio más que una densa niebla correr sobre él. Estaba tumbado en mitad de ninguna parte y no sabía por qué: sólo que le costaba levantar los talones de las botas de montaña del pegadizo suelo; que los vaqueros hacía tiempo que se habían calado y que tenía el pelo y la cara cubiertos por una molestísima mezcla de gotas de agua y trocitos de hojas, de ramas, de suelo.

    Se levantó tan solo para descubrir que la niebla impedía ver a más de dos metros alrededor. Giró sobre sí mismo, como buscando una salida a aquella espesura; miró hacia arriba, como contando con encontrar la trampilla por la que estaba cayendo la lluvia. Sin éxito.

    Se calló, trató de escuchar pero no oyó nada: ¿la niebla retiene el sonido? No, ni un riachuelo, ni un pájaro, ni el crujir de una rama.

    Olió: el bosque que sin duda se cernía sobre él (aunque no pudiera verlo) le enviaba, montadas en la humedad, notas de robles, de criaturas de ojos afilados, de bayas, de solitarios senderos; quizás algo de otoño así, en general: ineludibles las ganas de una taza de chocolate caliente en el refugio, frente al fuego que solían encender esta clase de tardes, o de mañanas.

    Se preguntó dónde estarían los demás mientras comprobaba —no pudo recordarlo— qué llevaba  consigo. Encontró la navaja, dos barritas energéticas, un poco de agua. La brújula de la muñeca seguía donde estaba, y parecía funcionar.

    En ningún momento había dejado que le invadiera la inaquietud, ni siquiera consideraba importante preguntarse cómo había ido a parar allí: ahora sólo quería encontrar el refugio, sentarse frente al fuego y contarles a los demás que, sin saber bien qué hacer, había decidido caminar, con los pies chapoteando en la espesa capa de barro, hacia el Norte en primer lugar.

    Lee la segunda parte.


  2. La cabeza [4]

    Lo escribí el Miércoles 2 de septiembre de 2009

    Ver la tercera parte.

    Acabó por tranquilizarme no ya el tiempo que transcurrió —¿minutos?¿horas?— sino el más absoluto aburrimiento de no poder moverme: la impotencia se transformaba en desazón y ésta en una quietud que no me atrevería a llamar paz, puesto que el desasosiego no me abandonaba, pero sí en un cierto aturdimiento.

    Tenía los ojos cerrados cuando empezaron a llamar a la puerta con insistencia: mi secretario y la criada gritaban, alarmados, desde el pasillo. Yo trataba de responder, de nuevo con una especie de estertores melosos, sin éxito. Volvió la angustia, volvieron los sudores; tenía que hacer esfuerzos mayores para tragar saliva y, con cada intento, mi garganta ardía un poco más.

    Finalmente sentí que rompían una de las ventanas, noté una mano firme pero delicada zarandearme, supe que sería el ama de llaves, y a continuación escuché la voz de mi secretario, ahora cercana. No podía verles, estaban detrás de mí; seguía siendo incapaz de girar la cabeza. Me destaparon, encontraron la cama empapada, manchada; me miraron, adivinaron algo de vida en mi pecho agitado, me incorporaron, me movieron y entonces, sólo entonces, mi cráneo formó un ángulo imposible con mis cervicales que hizo proferir a la criada un horrendo grito, que hizo a mi secretario y al ama de llaves depositarme con cierta violencia de vuelta en la almohada.

    El médico sentenció que se trataba de una extrañísima separación del cráneo: la juntura entre dos de mis vértebras se había resquebrajado milagrosamente, sin llegar a matarme, dejando la vida suficiente fluir por mi cuerpo, pero postrándome en esta silla de ruedas envuelto en un artificioso cuello acolchado de roble. Tardé años en saber que a punto estuvo el matasanos de lanzar un brusco movimiento que me decapitara finalmente, y yo mismo pienso, a veces, si no sería mejor que olvidaran sujetarme las malditas vértebras un día cualquiera. Porque sé que nunca, jamás, volveré a escuchar aquel delicioso crujido.


  3. La cabeza [3]

    Lo escribí el Domingo 30 de agosto de 2009

    Ver la segunda parte.

    Logré aguantar la sobremesa como pude, y en cuanto hubo terminado, aproveché el receso del que gozábamos para enviar discretamente a mi secretario a la botica, en busca de algún remedio que pudiera mitigar el dolor hasta mi vuelta a la ciudad; los pinchazos se volvían más y más insoportables con cada nuevo movimiento y preveía que la junta de aquella tarde se iba a convertir en un auténtico suplicio; y así fue.

    Daban ya las siete, empezaba a oscurecer entre la niebla espesa y el farolero la iba sembrando de esferas de luz que flotaban suspendidas entre la masa blanquecina. Nosotros nos apresurábamos para tomar el ferrocarril; mi estado era ya muy lamentable y, aunque no me miré en ningún espejo, supe por el semblante con el que me observaba mi secretario que el mío no podía ser sino el de un moribundo.

    Penosamente, entré en mi habitación y me desvestí. Renuncié a la cena fría que tenía sobre la mesa; me limité a asearme y a acostarme de inmediato. Tardé varios minutos en encontrar una postura que no me hiciera daño en el cuello, me costó mucho dormir a pesar del agotamiento y el sudor, permanente, impregnaba la almohada allí donde reposaba la cabeza más de unos instantes.

    Por fin logré conciliar el sueño boca arriba; un sueño por supuesto entrecortado y en absoluto reponedor. No obstante, en algún momento debí de lograr sumirme en una fase algo más honda y, cuando quise darme cuenta, comenzaba amanecer.

    La primera sensación que tuve, al abrir los ojos, fue de haber descansado y de que todo había pasado. Fuera brillaba un extraño sol de domingo y la jornada parecía ofrecer un largo paseo a quienes quisiéramos aprovecharlo. Me propuse estirarme levemente, levantarme y disfrutar del día de descanso; reponerme, aunque fuese, del desasosiego.

    Pero no pude. Me descubrí boca arriba, con la cabeza ladeada sobre la almohada, totalmente inmóvil, con la manta cubriéndome hasta las axilas. Me entró el pánico, no lo niego; noté cómo cada nervio se encogía, se expandía y todos los poros de mi cuerpo se abrían para empezar a liberar chorros de sudor frío. Volví a intentar la operación, convenciéndome de que todo era un mal sueño, una imaginación. De nuevo, fracasé.

    Por fin renuncié a todo y traté de pedir ayuda, pero de mi garganta no salió más que una incómoda y débil masa de sonido ininteligible. No podía mover las manos; ni las piernas; ni el torso; ni el cuello: era perfectamente consciente de cada parte de mi cuerpo, pero me era imposible hacer nada con ellas.

    Al cabo de unos minutos, cuando logré tranquilizarme (“en algún momento me echarán en falta”, pensé) lo que empecé a sentir fue un fino hilo de baba deslizarse por la comisura de mis labios hasta posarse en la delicada tela, empapada. Y no logré contenerlo. Entonces, sentí dos lágrimas ir a reunirse con la mezcla de fluidos…

    Ver la cuarta parte.


  4. La cabeza [2]

    Lo escribí el Martes 25 de agosto de 2009

    Ver la primera parte.

    Cuando ya estábamos entrando en la estación, sentí la necesidad de desperezarme antes de salir al frío andén. Estiré furtivamente las piernas, miré hacia un lado y, como acostumbro a hacer, empujé el mentón hacia arriba con la palma de la mano. Noté el relajante crujido de las vértebras recorrerme las cervicales y terminar, con un inesperado pinchazo de dolor, en la nuca: quizás debía empezar a plantearme dejar de hacerlo por unos días, al menos hasta que desapareciera el dolor.

    Las calles del pueblo, embarradas, estaban cubiertas por una densa bruma, que impedía ver acercarse a los coches e incluso, los tejados de algunas casas. Con el traqueteo de los caballos y la humedad penetrante, sentía que el más mínimo movimiento de cuello me resultaba molesto, que girar la cabeza se volvía una empresa complicada y rematadamente incómoda; lo que es peor, cargando la pipa y sorbiendo el humo, sólo logré que los pinchazos ascendieran un par de pulgadas y se convirtieran en una infame cefalea.

    El almuerzo con el alcalde no fue fácil de soportar; trataba de ocultar la rigidez con movimientos que se pretendían naturales, pero que desencadenaban una momentánea mueca de dolor de la que tanto el anfitrión como mi secretario se dieron cuenta de inmediato. Aquél se mantuvo callado, como fingiendo que no me notaba extraño; éste, me preguntaba con la mirada si todo marchaba bien y yo, por fin, tuve que excusarme para ir al aseo y refrescarme.

    Me miré en el espejo y encontré mi semblante pálido, ojeroso; chorreaba sudor por mi frente y, al abrirme la chaqueta, descubrí la camisa y el chaleco absolutamente empapados. No supe lo que hacer; me aseé como pude, volví a vestirme y volví a la mesa. El alcalde me miró de reojo y se concentró en su copa de jerez; mi secretario, preocupado, trató de hacerse con la conversación. Yo ya sólo pensaba en volver y en guardarme bajo las mantas.

    Ver la tercera parte.


  5. La cabeza [1]

    Lo escribí el Domingo 23 de agosto de 2009

    El día del viaje fue un sábado, jamás lo olvidaré: me desperté temprano, antes incluso de que mi secretario llamara a la puerta, con un leve dolor en la base del cráneo, en el cuello. Corría el invierno de 1893, uno de los más crudos que recuerdo. Debíamos tomar, como digo, el ferrocarril de las ocho de la mañana para llegar a la hora del almuerzo; con suerte, tras la junta, alcanzaríamos a volver a la ciudad a tiempo para cenar y dejarnos caer por el club. Pero el objetivo era, ante todo, evitar tener que pernoctar en una de esas inmundas pensiones de las estaciones de tren: mucho me temía que en el minúsculo pueblo nos costaría encontrar algo más decente que un hospedaje para viajeros.

    Una vez acomodado en el vagón, cargué la pipa y lamenté el frío cortante de la mañana; sin duda, de no haber tenido que atender aquel asunto con tanta premura, hubiera disfrutado poniendo en orden los papeles en mi gabinete, o desayunando tranquilamente en la cama. Pero no nos quedaba más remedio que resolver la compra.

    Apenas charlamos durante el viaje, mi secretario repasaba sus notas y documentos y yo, simplemente, me distraía buscando entre la monotonía de la nieve y la niebla que se cernían sobre el vagón y que impedían ver a más de cinco pies. El revisor abrió la puerta de nuestro compartimento violentamente por culpa de un bache, o de una curva mal tomada y yo, sobresaltado, desvié rápidamente la mirada de la ventanilla. Noté un potente pinchazo de dolor en el cuello, de nuevo, y no se me ocurrió más que achacárselo al tabaco de pipa, al frío, o al hollín que sibilinamente se colaba por cada rendija.

    Ver la segunda parte.