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Entradas que hablan sobre «Estados Unidos»

  1. The New Yorker, talibanes y demás

    Lo escribí el Miércoles 24 de junio de 2009

    El frente macarra de The New Yorker, esto es, sus dibujantes y viñetistas, ya se han ganado un par de grupos en Facebook que les desean de todo menos prosperidad y felicidad en la vida, tras haber ironizado en una portada con el presidente Obama disfrazado de talibán:

    Obama Cover Taliban

    Ahora vuelven a la carga, quizás con algo más de tacto, reinventando un par de publicaciones estadounidenses al estilo del viejo oeste. Pincha encima de la foto para visitar la galería completa:

     
    The ayatollahist


  2. Animación para el domingo

    Lo escribí el Domingo 14 de junio de 2009

    Descubierto aquí. Atención al proyecto de fin de curso de este simpático estudiante:


  3. Un mundo manejable

    Lo escribí el Lunes 4 de mayo de 2009

    Acabo de encontrar en el canal Historia un reportaje, firmado por el periodista independiente y analista de medios Danny Schechter, sobre la estrategia de comunicación en la guerra de Irak. En él se diseccionan, sin llegar a caer en activismos a lo Michael Moore, todas las mentiras y estrategias de dudosa moralidad que la administración Bush puso en práctica para dominar el flanco más importante del conflicto: el comunicativo.

    Con él he recordado la muerte de José Couso, aquel cámara de Telecinco que murió abatido por disparos estadounidenses cuando estaba grabando desde el hotel de Bagdad en el que se encontraban los periodistas, he recordado a Jon Sistiaga en una azotea desvencijada pidiendo a un tipo cualquiera en un inglés primario que hiciera un plano general. Y es más, he visto por primera vez el vídeo del tanque norteamericano que, en mitad de un puente y de una calma chicha, dispara un obús contra el edificio, alegando más tarde defensa propia.

    He recordado todos los retazos de información que fuimos recibiendo los europeos, tanto desde el campo de batalla como desde los canales estadounidenses, y que no sirvieron más que para alimentar un odio exacerbado contra aquella administración, luego contra aquel país y, ahora, para despertar la admiración más paleta hacia el presidente Obama por parte de aquellos que en apenas un año han olvidado todo lo que deploraban de los norteamericanos, y que sigue existiendo hoy en día en aquel país.

    Aquellas verdades de la guerra de Irak, de la invasión, aquellas manifestaciones multitudinarias, que fueron las primeras para muchos de los que aún no entendíamos del todo bien lo que estaba ocurriendo, supusieron las piedras de toque de todo un juego de ideologías que sacudió el mundo a principios de este siglo. Los Estados Unidos ya no eran un icono del progreso, sino de decadencia. Saddam Hussein era un asesino, ya no un líder de un país lejano que nos daba bastante igual. La alianza de Bush, Aznar, y Blair se convirtió una de las mayores aberraciones que se recuerdan.

    Pero la política de la Casa Blanca extendió sus tentáculos y nos alcanzó incluso a nosotros, europeos tan críticos y tan sanos de espíritu: seguimos relacionando a Saddam con Osama, seguimos sin saber situar a Irak en el mapa y seguimos sin tener ni pajolera idea de si Irán “mola” o “no mola”. De hecho, recuerdo un e-mail que me llegó hace algún tiempo demonizando al país persa en el que se incluía una fotografía de un niño, en un bazar, con la mano metida debajo de la rueda de un coche. El pie de foto explicaba que aquel niño había robado pan para comer, y que se le iba a aplastar la zarpa para que no volviera a hacerlo.

    La lista de reenvíos del correo era infinita, enorme, y alguno incluso había incluido comentarios indignados entre arroba y arroba. Pues bien, una investigación con apenas dos búsquedas en Google, y una consulta a alguien que conoce el país me permitió averiguar que lo que aquel niño hacía era parte de un espectáculo, y que el hombre que aparecía en la imagen jaleando al público no era otro que su padre, pasando la gorra.

    Es muy fácil para nosotros acomodarnos en lo primero que nos llega, igual que rechazarlo de plano. Es muy fácil asumir verdades asidas a nuestro entorno inmediato, verdades bien comunicadas que entroncan con lo que conocemos y lo extienden hacia parajes en los que nos movemos con inseguridades y lagunas: el mismo principio que rige los cotilleos y las leyendas urbanas puede vestirse de traje, presionar un poco a un canal de televisión o a un periódico e invadirnos sin mayor dificultad. Por mucho que alguno se ponga a investigar, es prácticamente imposible llegar al fondo de algo que sucede a miles de kilómetros y varias civilizaciones de distancia.

    La verdad absoluta, científica e irrefutable, no existe. Todo es discutible y relativo fuera de la física, de la química o de las matemáticas (e incluso en estos campos existen controversias más que justificadas), todo es demasiado complejo como para ser entendido, y es este miedo el que nos conduce, a velocidades de vértigo, a refugiarnos en verdades ideales como la religión, el comunismo o la literatura.

    Todo esto son mundos manejables. Son espacios creados por el hombre que él mismo ha definido y delimitado, creando una idea perfecta y aproximándose a ella en la medida de lo posible: pensamos en un libro y sabemos lo que es, pero al terminar de leerlo nos damos cuenta de que la idea que teníamos ha cambiado; pensamos en un gobierno de izquierdas teniendo en cuenta la idea de izquierda que conocemos, pero a medida que pasa el tiempo nuestro concepto ideal primigenio se matiza, se modifica, se enriquece.

    Y de vez en cuando, estos mundos manejables se desploman. Se da una situación en la que el concepto ideal generado por una fuente externa se enfrenta a una verdad completamente diferente, inesperada. Un ejemplo burdo es que un hijo salga del armario: en la medida en que el mundo manejable esté enraizado en aquel que recibe la confesión, le será más difícil aceptar esta nueva verdad o entenderla.

    Este es justamente el proceso que se llevó a cabo en los Estados Unidos, en una maniobra perfectamente orquestada; similar fue el contraproceso que vivimos aquí: Bush es malo, los Estados Unidos son malos, Aznar es malo, el progresismo es bueno. Tan eficaces fueron estas dos corrientes que aún hoy perduran restos en la conciencia colectiva, hasta tal punto que lo peor no es que sus respectivos seguidores vivan pensando de esta o de aquella manera, sino que están convencidos de que se encuentran en posesión de la verdad absoluta.

    Lo peor de las verdades absolutas es que nos sirven de soporte para justificar nuestras acciones, para legitimar cada paso que damos. Este es el motivo de que a medida que nos hacemos mayores y que ganamos en sabiduría y en experiencia nuestras opiniones ganen valor y nuestros actos, firmeza. Cada día el mundo está más ciego por su propia convicción de un conocimiento que, en realidad, está servido por fuentes aún más ignorantes o malintencionadas: toda una herramienta de control que resulta, al menos de momento, de lo más eficaz. Porque una vez que las opiniones se forman y se consolidan, ya no se mueven ni se destruyen, sólo se reajustan; cada día son menos los que, con 40 o 50 años a la espalda son capaces de replantearse una verdad en la que vivían instalados y convencidos: ahí tenemos el cambio climático y las dos décadas que llevamos mareando la perdiz sin llegar a nada concreto.

    Nos hemos vuelto demasiado vagos para contrastar cada una de nuestras palabras o reflexiones, estamos demasiado convencidos de una idea del bien y del mal que no es más que semántica aderezada con algo de retórica, nos hemos dejado dominar por la publicidad teledirigida, tanto como espectadores pasivos como escapistas activos.

    Esa es la sociedad del bienestar: la de la ignorancia reconocida o negada, pero ignorancia a fin de cuentas; la de esforzarnos más en convencernos de que sabemos que en saber realmente; la de darnos de bruces contra la cruda realidad de que, en el fondo, no podemos aspirar a más que a vivir lo mejor posible en el mundo de claroscuros que nos empeñamos en negar; la de crear un mundo manejable y habitarlo con humildad, sin pretensiones de hacerlo coincidir con el mundo real.


  4. Working on a Dream

    Lo escribí el Lunes 30 de marzo de 2009


    Acercarme a un disco de Bruce Springsteen siempre me provoca sentimientos encontrados: el cosquilleo de degustar una nueva perla de un ídolo; la incertidumbre de si habrá tropezado, como por desgracia hace de vez en cuando; y la siempre gratificante sensación de que durante la próxima hora no me tengo que preocupar de nada más que de escuchar música, de prestar atención a lo que sucede en el iPod, generalmente durante un largo paseo.

    Working on a dream apuntaba al desastre tras la escucha de los dos primeros singles, esto es, la canción que pone título al disco y My lucky day: la primera, por facilona; la segunda, por aún más facilona. Parecían de esos temas que de vez en cuando pare el jefe y que son fruto más de una reflexión de una noche embutida en su bagaje musical que composiciones meditadas y trabajadas. Esta tendencia ya se dio (y con profusión) en los años 90, cuando lanzó, por ejemplo, Lucky Town y Human Touch al mismo tiempo, en un desvarío que le ha valido más de un sonrojo.

    Visto, pues, que desde 2005 ha publicado cuatro discos, y que no ha dejado de girar en todo este tiempo —”pero no le vayas a ver, inconsciente, ¡si toca en España cada semana!”—, y considerando que Magic estaba al límite de caer en el más hondo de los cajones, uno se temía lo peor. Aunque por fin, la semana pasada, me atreví a hincarle el diente y me llevé una sorpresa.

    En primer lugar, es necesario alejarse de todo lo que rodea a los últimos discos de Springsteen: me refiero a esa crítica mediática ilustrada que ha decidido etiquetarle como “trovador de los desheredados” y que se vanagloria de que un mito del rock se haya subido a la Obama-fever que tantos estragos causa en los periódicos faltos de contenido (Obama tiene una cana, Obama juega a los bolos, Obama se abrocha la chaqueta). Como el propio artista decía en una entrevista reciente con Jon Stewart en The Daily Show, cuando se mete en berenjenales políticos en los conciertos y la gente le abuchea él simplemente hace como que en vez de “buuu” le están gritando “Bruuuce” y sigue adelante. Eso es justamente lo primero que hay que hacer: olvidar el envoltorio, e ir a por la hamburguesa.

    Outlaw Pete, el primer corte, supone toda una alegría para los fans que creíamos que el héroe había olvidado cómo se fabrican temas de ocho minutos que pueda escuchar cualquiera, sin necesidad de ser un iniciado en su música: crece desde un cuento de cuatreros (léase pistolero en pañales) hasta una enorme canción, sirviéndose de unos sorprendentes arreglos de cuerda que se van apoderando de la pegadiza melodía hasta explotar, y del magistral control de las dinámicas marca de la casa.

    Tras los singles, viene el terreno desconocido: una sucesión que por momentos resulta collage, una sinfonía de temas que van desde la popera y medio beatle This Life hasta el blues a lo Tom Waits que es Good Eye, rematando la montaña rusa con la redondísima The Wrestler.

    A medida que avanzaban las canciones entendía cada vez menos la lógica que las había reunido en este disco, hasta que se hizo el silencio en los auriculares y no supe qué pensar o cómo reaccionar ante lo que acababa de suceder. Luego comprendí, volvió la sonrisa post-primera escucha: el siguiente paso, una vez “indexada” la obra, fue volver sobre los cortes que, por el tipo de música que escucho últimamente, más me atrajeron.

    Examiné entonces con más detenimiento What love can do. Es una canción que se basa, de nuevo, en un riff pegadizo sobre un lecho de guitarras acústicas (muchas, una montaña) de sonido límpido y seco, contenido a la perfección por una batería sin florituras y sin rastro de reverb. Cada sonido se corta, se detiene, y entre todos se amontonan para arropar a la voz de Bruce, que canta una de esas letras quizás insulsas o quizás profundísimas. Qué más da. Armónicamente, seduce y atrapa uno de esos finales de estrofa que el productor Brendan O’Brien sugiere al jefe, quien los integra y agradece: el resultado no podría lucir mejor.

    Los guiños y recovecos por explorar se suceden —en Queen of the Supermarket distinguimos, al final, el pitido de un lector de código de barras—, dejando tras de sí la sensación de que, efectivamente, el disco requiere varias escuchas para entender al completo el sentido de cada canción, para disfrutarla enteramente. Y, de paso, para tratar de averiguar cuál es el hilo conductor, la lógica.

    Podría pensarse que, al tratarse de descartes del disco anterior, esta lógica sencillamente no existe, que se trata de una estrategia de la escuela OT, consistente en lanzar la canción importante (Working on a dream) envuelta en suficiente material como para que el comprador no se sienta estafado. Bien, no es así.

    Detrás de las canciones se mantienen dos sólidas vigas, una musical y otra literaria, que les confieren una unidad inesperada. La viga musical reside en que se trata de composiciones que crecen en torno a la guitarra acústica y la letra (pero que crecen mucho, mucho, y en direcciones absolutamente divergentes), aunando algo de los últimos trabajos de Springsteen en un solo estilo, nuevo: el frenético ritmo de la Seeger Sessions Band, la banda de 17 miembros que montaba temas en apenas dos horas bajo la batuta del boss, y que le obligó a revisar toda su discografía, a desentrañarla y a recrearla en formato acústico; la desnudez de Devils & Dust, la anterior incursión narrativa-política; o el pop sin complejos que afloró en Magic.

    La viga literaria se encuentra en el tono, en el lenguaje y en el enfoque elegidos para plantear las historias: una mezcla de simplicidad narrativa, humor y dramatismo épico que sigue funcionando como el primer día. Porque para el experimento country Tomorrow never knows (“Where the cold wind blows/ tomorrow never knows/ Where your sweet smile goes/ tomorrow never knows”) hay que ser un genio, un jeta o un poco de ambas. Springsteen, por suerte, responde a esta última descripción, resultando, como sólo él sabe, en un personaje que a veces se ríe de nostros, con nosotros o simplemente nos entretiene con algo que tararear por la calle.

    Al final, resulta que Working on a dream es lo que poquísimas veces le hemos visto al de New Jersey: un disco perfectamente editado, diseñado para ser escuchado con cierta atención y que lleva al extremo la capacidad expresiva de su creador; una de esas obras que nos dejan un regusto agradable y las ganas de volver a escucharla, o de tenerla cerca, o de tararearla: uno de esos discos que se guardan. El jefe, por suerte, lo ha vuelto a hacer.

    Aquí debajo, A night with the Jersey devil, que grabó el Halloween pasado para la web y que al final se cayó del disco.