Acabo de encontrar en el canal Historia un reportaje, firmado por el periodista independiente y analista de medios Danny Schechter, sobre la estrategia de comunicación en la guerra de Irak. En él se diseccionan, sin llegar a caer en activismos a lo Michael Moore, todas las mentiras y estrategias de dudosa moralidad que la administración Bush puso en práctica para dominar el flanco más importante del conflicto: el comunicativo.
Con él he recordado la muerte de José Couso, aquel cámara de Telecinco que murió abatido por disparos estadounidenses cuando estaba grabando desde el hotel de Bagdad en el que se encontraban los periodistas, he recordado a Jon Sistiaga en una azotea desvencijada pidiendo a un tipo cualquiera en un inglés primario que hiciera un plano general. Y es más, he visto por primera vez el vídeo del tanque norteamericano que, en mitad de un puente y de una calma chicha, dispara un obús contra el edificio, alegando más tarde defensa propia.
He recordado todos los retazos de información que fuimos recibiendo los europeos, tanto desde el campo de batalla como desde los canales estadounidenses, y que no sirvieron más que para alimentar un odio exacerbado contra aquella administración, luego contra aquel país y, ahora, para despertar la admiración más paleta hacia el presidente Obama por parte de aquellos que en apenas un año han olvidado todo lo que deploraban de los norteamericanos, y que sigue existiendo hoy en día en aquel país.
Aquellas verdades de la guerra de Irak, de la invasión, aquellas manifestaciones multitudinarias, que fueron las primeras para muchos de los que aún no entendíamos del todo bien lo que estaba ocurriendo, supusieron las piedras de toque de todo un juego de ideologías que sacudió el mundo a principios de este siglo. Los Estados Unidos ya no eran un icono del progreso, sino de decadencia. Saddam Hussein era un asesino, ya no un líder de un país lejano que nos daba bastante igual. La alianza de Bush, Aznar, y Blair se convirtió una de las mayores aberraciones que se recuerdan.
Pero la política de la Casa Blanca extendió sus tentáculos y nos alcanzó incluso a nosotros, europeos tan críticos y tan sanos de espíritu: seguimos relacionando a Saddam con Osama, seguimos sin saber situar a Irak en el mapa y seguimos sin tener ni pajolera idea de si Irán “mola” o “no mola”. De hecho, recuerdo un e-mail que me llegó hace algún tiempo demonizando al país persa en el que se incluía una fotografía de un niño, en un bazar, con la mano metida debajo de la rueda de un coche. El pie de foto explicaba que aquel niño había robado pan para comer, y que se le iba a aplastar la zarpa para que no volviera a hacerlo.
La lista de reenvíos del correo era infinita, enorme, y alguno incluso había incluido comentarios indignados entre arroba y arroba. Pues bien, una investigación con apenas dos búsquedas en Google, y una consulta a alguien que conoce el país me permitió averiguar que lo que aquel niño hacía era parte de un espectáculo, y que el hombre que aparecía en la imagen jaleando al público no era otro que su padre, pasando la gorra.
Es muy fácil para nosotros acomodarnos en lo primero que nos llega, igual que rechazarlo de plano. Es muy fácil asumir verdades asidas a nuestro entorno inmediato, verdades bien comunicadas que entroncan con lo que conocemos y lo extienden hacia parajes en los que nos movemos con inseguridades y lagunas: el mismo principio que rige los cotilleos y las leyendas urbanas puede vestirse de traje, presionar un poco a un canal de televisión o a un periódico e invadirnos sin mayor dificultad. Por mucho que alguno se ponga a investigar, es prácticamente imposible llegar al fondo de algo que sucede a miles de kilómetros y varias civilizaciones de distancia.
La verdad absoluta, científica e irrefutable, no existe. Todo es discutible y relativo fuera de la física, de la química o de las matemáticas (e incluso en estos campos existen controversias más que justificadas), todo es demasiado complejo como para ser entendido, y es este miedo el que nos conduce, a velocidades de vértigo, a refugiarnos en verdades ideales como la religión, el comunismo o la literatura.
Todo esto son mundos manejables. Son espacios creados por el hombre que él mismo ha definido y delimitado, creando una idea perfecta y aproximándose a ella en la medida de lo posible: pensamos en un libro y sabemos lo que es, pero al terminar de leerlo nos damos cuenta de que la idea que teníamos ha cambiado; pensamos en un gobierno de izquierdas teniendo en cuenta la idea de izquierda que conocemos, pero a medida que pasa el tiempo nuestro concepto ideal primigenio se matiza, se modifica, se enriquece.
Y de vez en cuando, estos mundos manejables se desploman. Se da una situación en la que el concepto ideal generado por una fuente externa se enfrenta a una verdad completamente diferente, inesperada. Un ejemplo burdo es que un hijo salga del armario: en la medida en que el mundo manejable esté enraizado en aquel que recibe la confesión, le será más difícil aceptar esta nueva verdad o entenderla.
Este es justamente el proceso que se llevó a cabo en los Estados Unidos, en una maniobra perfectamente orquestada; similar fue el contraproceso que vivimos aquí: Bush es malo, los Estados Unidos son malos, Aznar es malo, el progresismo es bueno. Tan eficaces fueron estas dos corrientes que aún hoy perduran restos en la conciencia colectiva, hasta tal punto que lo peor no es que sus respectivos seguidores vivan pensando de esta o de aquella manera, sino que están convencidos de que se encuentran en posesión de la verdad absoluta.
Lo peor de las verdades absolutas es que nos sirven de soporte para justificar nuestras acciones, para legitimar cada paso que damos. Este es el motivo de que a medida que nos hacemos mayores y que ganamos en sabiduría y en experiencia nuestras opiniones ganen valor y nuestros actos, firmeza. Cada día el mundo está más ciego por su propia convicción de un conocimiento que, en realidad, está servido por fuentes aún más ignorantes o malintencionadas: toda una herramienta de control que resulta, al menos de momento, de lo más eficaz. Porque una vez que las opiniones se forman y se consolidan, ya no se mueven ni se destruyen, sólo se reajustan; cada día son menos los que, con 40 o 50 años a la espalda son capaces de replantearse una verdad en la que vivían instalados y convencidos: ahí tenemos el cambio climático y las dos décadas que llevamos mareando la perdiz sin llegar a nada concreto.
Nos hemos vuelto demasiado vagos para contrastar cada una de nuestras palabras o reflexiones, estamos demasiado convencidos de una idea del bien y del mal que no es más que semántica aderezada con algo de retórica, nos hemos dejado dominar por la publicidad teledirigida, tanto como espectadores pasivos como escapistas activos.
Esa es la sociedad del bienestar: la de la ignorancia reconocida o negada, pero ignorancia a fin de cuentas; la de esforzarnos más en convencernos de que sabemos que en saber realmente; la de darnos de bruces contra la cruda realidad de que, en el fondo, no podemos aspirar a más que a vivir lo mejor posible en el mundo de claroscuros que nos empeñamos en negar; la de crear un mundo manejable y habitarlo con humildad, sin pretensiones de hacerlo coincidir con el mundo real.