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Entradas que hablan sobre «Estados Unidos»

  1. Siempre quise ir a Hollywood

    Lo escribí el Martes 2 de febrero de 2010

    Acaban de salir, hace un rato, las nominaciones a los Oscar 2010.

    Bueno, cada año suelo oír a alguien que era oscarófilo afirmar que “no pienso volver a pasarme la noche en vela buscando canales de Azerbaiyán para ver esa gala de mierda.” Todo es culpa de que está comprado, amañanado; de que no hay nada más fácil que una quiniela de los Oscar con unas posibilidades de éxito enormes.

    En la página web oficial, Oscar.com, no es difícil percibir ese aroma tan genuinamente yanqui que tanto repatea a los desertores de las madrugadas de algún domingo de febrero: el diseño blanco y sencillo, el vídeo de Steve Martin y Alec Baldwin pasándolo TAN bien que dan hasta un poco de repelús, el rollo de la ilusión y la magia del cine, etc.

    Todos esos elementos de neón primero, de tecnología 3D luego, y de humanismo a la americana ahora son los que han ido deslumbrando, desde Hollywood, al resto del mundo desde que existe: el lujo de los primeros tiempos; la tecnología y los medios al alcance de nadie más luego; los guiones desgarradores y películas selectamente buenas ahora (y luego está Avatar).

    Ahí están las nominaciones, ya salen: Sandra Bullock marcando un antes y un después en su carrera, Guy Ritchie con mejor dirección de arte, orgía 3D, orgía Tarantino y un montón de películas que aún no hemos tenido ocasión de ver, pero que probablemente en su mayoría serán peores que pegarle a un padre.

    Vale. ¿Y? Tenemos lo de siempre, tenemos lo que queríamos: pan, circo, Coca Cola y un cubo de alitas de pollo con el que pringarnos los dedos mientras que encontramos, un año más, alguna tele por internet en la que enterarnos de algo. Y que se nos vayan cerrando los ojos a medida que se acerca la hora de madrugar, y ver que, en cuanto nos metemos en la cama, un par de ventanas más se quedan sin luz: una logia silenciosa de cinéfilos a la vieja usanza.

    Que la industria de Hollywood es eso, una industria, no es ningún secreto; que la mitad de lo que ocurre es de cartón piedra bien instalado por algún equipo de arte, tampoco; que son capaces de campañas milagrosas para que veamos bazofias (¡Pero es que son tan divertidas!); que son americanos hasta para darle a la claqueta.

    Para todo lo demás, los festivales al sol europeo o al gélido frío independiente. ¡Palomitas, a mí!


  2. El texto tras el autor

    Lo escribí el Sábado 30 de enero de 2010

    Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).

    La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.

    Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.

    Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).

    Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.

    Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.

    Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.


  3. Gran Torino

    Lo escribí el Jueves 19 de noviembre de 2009

    torinoposterClint Eastwood, dirigiendo, es un auténtico dolor de muelas para todo aquel que quiera comentar su cine o incluso entenderlo en toda su extensión.

    Esta película no iba a ser menos: otra que avanza con su ritmo pausado y dimensiones pequeñas; otra en la que el espectador tiene permanentemente la sensación de que algo se está perdiendo entre línea y línea.

    No hay problema con utilizar este recurso, con ponerle algo difícil las cosas al espectador y exigirle un mínimo esfuerzo; aunque se corre el riesgo de que lo que parecía un mensaje enterrado bajo una narración sencilla empiece a hacer aguas a mitad de la película.

    Se abren muchos frentes en Gran Torino, a cada cual más interesante, que resultan quedarse en nada o aparcados indefinidamente en la cuneta, como si Eastwood no tuviera reparo en señalarnos dónde hemos errado en nuestra interpretación como espectadores.

    El resultado es, por un lado, un batiburrillo excesivo de ideas, algo mareante y poco fluido; y por otro, una película que obliga en el último momento a aferrarse a su lectura más simple para no perderse, precisamente, en el mogollón: el problema es que esta lectura más básica es, en efecto, demasiado simple.

    El final también cojea, dejándonos, en definitiva, con una sensación agridulce que nos impide saber bien si nos encontramos ante una obra maestra o un producto fallido. Yo, tras cuatro días de darle vueltas, he llegado a la conclusión de que se trata de lo segundo.

    Me la defendían, no obstante, arguyendo un magistral lenguaje de imágenes o ciertas referencias a Harry el Sucio. Esto sí resulta claro: Eastwood ha intentado algo tremendamente complicado. Y bien por él, pero no lo ha logrado: uno no puede ensimismarse en las dificultades (nimiedades, al final) y olvidarse del espectador que, con la mente cansada y la cabeza desenchufada, quiere disfrutar de una película el domingo.


  4. Hablar de lo que no se sabe

    Lo escribí el Domingo 6 de septiembre de 2009

    Estoy despachando los New Yorkers atrasados y he encontrado, en el del 20 de julio, un incisivo reportaje sobre el sheriff del Condado de Maricopa (Arizona). El pollo se llama Joe Arpaio, podéis leer un resumen del artículo aquí.

    Bueno, la gracia del personaje reside en que es un inmigrante italiano de 77 años de los que las pasó canutas de pequeño, creció sin madre y, en general, ganándose la vida desde que era un chaval en las fuerzas del orden. Luego se retiró y en 1992 se presentó como candidato a sheriff (allí funciona como unas elecciones, se elige sheriff cada cuatro años) y en el puesto lleva desde entonces, saboreando la peligrosa miel resultante de mezclar política chusca con poderes policiales.

    Cuenta el artículo que su nueva obsesión es la inmigración ilegal: apuntaré, sólo como ejemplo de sus expeditivos métodos, la solución impuesta para solventar el problema de la saturación de las cárceles: instalar tiendas de campaña militares al sur de Phoenix (que cae en su jurisdicción), a tiro de piedra de una perrera, un vertedero y una planta de tratamiento de residuos; rodearlas de alambre de espino; y colgar de una de las torres vigilancia un neón que reza “Plazas libres”.

    Huelga decir que, aunque hasta aquí no haya llegado, la figura del sheriff Arpaio es tan odiada como idolatrada por aquellos lares: es la típica historia que, bien filtrada por el tamiz de un estudiante de 3º de Ciencias Progres, daría cuenta de lo paletos y de lo analfabetos que son estos yanquis, que siguen votando a esta especie de ogro neonazi. En fin, lo de siempre.

    Ahora bien, este artículo me ha hecho cruzar la frontera en dirección sur y ponderarlo usando la balanza de dos noticias que recientemente nos han llegado: en primer lugar, esta semana hemos sabido que 18 personas habían sido asesinadas en Ciudad Juárez a sangre fría por unos sicarios, que dos quedaron con heridas graves y que tres se desvanecieron (y van…). La situación allí es insostenible, creo que de eso no nos cabe ninguna duda. Estamos hablando, cuidado, de un lugar que se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con los States, donde tenemos una buena remesa de Arpaios esperando para cazar al ilegal, ponerse un par de chapitas y empezar a usar los méritos en sus carreras por los pasillos de Washington.

    La otra noticia es el asesinato de Christian Poveda, en El Salvador, a manos de las Maras, sobre las cuales había realizado un reportaje. Según he leído, estas bandas se llevaron por delante a 3.700 personas el año pasado: otra animalada.

    Quiero decir con esto que William Finnegan ha podido firmar un artículo sobre Joe Arpaio que incluye conversaciones con él y con su equipo en el que no le tiembla la mano al insinuar que el sheriff es poco menos que un dictador, un personaje sin escrúpulos ni demasiados problemas para saltarse un puñado de leyes. Y nadie le ha pegado un tiro por hacerlo.

    Y toda la gente que ha votado a Arpaio teme a “lo que hay al sur”, ora debido a la burricie, ora debido a noticias como las que llegan de Juárez; la gente que le ha votado también odia, sin duda a causa del desconocimiento y, probablemente, a causa también del temor mencionado. Y si a esto le sumamos la estirpe que citaba, la de quienes manipulan, crean y recrean para beneficiarse (Arpaio, seguramente, el capitán de todos ellos), tenemos un cóctel lo suficientemente denso como para que simplificarlo y servirlo bien remozadito y masticadito no resulte demasiado complicado a ciertos medios de comunicación de cuyo nombre no quiero acordarme.

    La realidad americana (norte, sur y centro) es, si no imposible, muy complicada de entender. No digamos ya de compartir, apoltronados en esta península con una frontera de 11 km de mar y cómodamente alejados de lo que realmente está ocurriendo. Me encantaría que dejáramos de juzgar de una santa vez a Arpaios y compañía, pero no de lamentar que existan; que dejáramos de opinar sobre Ciudad Juárez como si fuéramos legisladores, pero no de horrorizarnos ante la crueldad humana; que nos diera tanta grima el asesinato de Christian Poveda como el hecho de que el gobierno de El Salvador no haya tardado ni una semana (¡milagro!) en detener a un responsable… Que dejemos, en definitiva, de hablar de lo que no sabemos.


  5. Muerte de un viajante

    Lo escribí el Jueves 16 de julio de 2009

    Muerte de un viajanteTraducción: Eduardo Mendoza

    Dirección: Mario Gas

    Reparto: Jordi Boixaderas, María Cirici, Carles Cruces, Pablo Derqui, Camilo García

    No negaré que cuando abrí el libreto y encontré que la duración del espectáculo era de 3 horas y 10 minutos (con pausa de 20 minutos) se me cayó a los pies y temí por mi supervivencia, dada la ¿encantadora? incomodidad de los asientos del Teatro Español.

    Sobre todo porque hace algún tiempo asistí a una representación (no daré nombres, pero se esperaba otra cosa de ellos) bastante lamentable de El precio, sobreactuada y bastante poco lograda: Arthur Miller no es un autor que se caracterice por sus explosiones literarias, por la espectacularidad escénica. No, sus obras requieren uno de los ingredientes clave en teatro: que lo complejo parezca simple.

    Es lo que él ofrece en el texto, y lo que debe llegar al espectador tras haber superado no ya el trabajo de los actores, sino el peliagudo escollo de una traducción o adaptación. Mendoza realiza un trabajo impecable en este sentido, y Mario Gas (San Mario Gas, a partir de ahora) no se queda atrás con su sobriedad y minuciosidad. En Las Troyanas, de Eurípides, que pude ver el año pasado en las Naves del Español, quedaba clara su valía, pero se desinflaba por cortesía de un reparto en exceso televisivo.

    Aquí no. Entre una escenografía cuidada al milímetro y un Boixaderas espectacular, los flashbacks dejan con la boca abierta, los momentos más crudos erizan hasta el último pelo y los más tiernos (dentro de la dureza implacable de Miller) cierran con convicción un nudo en la boca del estómago, que acompañará al espectador hasta que haya logrado echarse unas risas tras la representación.

    Tampoco creo que sea casual que Boixaderas y Camilo García sean actores de doblaje, de Russell Crowe y Anthony Hopkins respectivamente, lo cual, unido al atrezzo profundamente americano nos transporta a otro tiempo, a otro ambiente. Brillante Biff Loman, interpretado por el sorprendente Pablo Derqui; sobresaliente Rosa Renom como madre; Víctor Valverde en el papel de Ben… Habría que citar y aplaudir a cada uno de ellos, por engrasar y hacer rodar una máquina inasible y enorme; todo un hito se mire por donde se mire.

    Por fin podemos ovacionar por convicción y encontrar que aún queda, en España, una casta de artistas capaz de traspasar el escenario, sentarse con nosotros en el patio de butacas y zarandearnos hasta que sintamos algo. Por fin una obra redonda.