Archivo de etiquetas de ‘Estados Unidos’
Que Lost nos pille confesados
Para quien no esté enterado de la movida, explico lo que va a ocurrir el próximo domingo: Cuatro va a emitir cuatro de los últimos capítulos de Lost, luego va a estrenar el penúltimo subtitulado y, por fin, va a emitir –agárrense– el doble capítulo final con una diferencia de 30 minutos con respecto a la emisión estadounidense. La movida es que lo va a hacer subtitulado…
Bueno, los fans de Lost se congratulan por esta iniciativa y, sin duda, tienen motivos para hacerlo: por fin, los piratillas de Internet han ganado la partida a los traductores profesionales que se desloman para que los capítulos lleguen en el menor tiempo posible: ojo, siempre he creído que tendría que ser el sector audiovisual el que se adaptara a los nuevos tiempos, y no al revés, pero tener a alguien subtitulando una serie como Lost en un intervalo de media hora, a riesgo de que se equivoque y la horda de frikis le meta fuego a Cuatro armada con azadas, me parece inhumano.
Obviamente lo voy a ver, y no por ser fan de la serie sino por admirar el temple de quien vaya a llevar a cabo este triple mortal, y con la mera esperanza de que en la web de Cuatro cambien la expresión “generar los subtítulos” por algo un poco más elegante. No es que tenga que aparecer quien los vaya a hacer en pantalla pero, copón, ya les vale.
Una de traficantes de armas
Sugerente título, ¿verdad?
Hoy quiero hablar de Monzer Al-Kassar, personaje sensiblemente siniestro, retratado por The New Yorker recientemente. ¿A qué se dedicaba Monzer Al-Kassar? Cuenta el artículo que, inicialmente y de la mano de su hermano, al narcotráfico a escala McDonald’s; luego, al tráfico de armas; y, aprovechando contactillos y amigos de la profesión, se dice que llegó a tener potestad para desencadenar, frenar, arrancar de nuevo y manejar algún que otro conflicto armado.
Este personaje, actualmente entre rejas tras una investigación de más de veinte años, operaba desde la pradisíaca y mediterránea villa de Marbella desde los 80, cuando hombres de negocios de su mismo perfil empezaron a instalarse en la Costa del Sol, algo para lo que, según cita el artículo, la Policía española no estaba preparada: se trata de gente tremendamente bien educada, que sabe lo que hace, que no se expone a riesgos y, lo que es más, que se conoce el derecho internacional como para cometer nimios y casi imperceptibles delitos en gigantescos movimientos de cargamento armamentístico.
A este lo cazaron: ¿cómo? Organizando una operación de la agencia antidroga estadounidense en España de agárrate y no te menees y logrando grabar al tipo hablando de sus negocios, para luego inducirle a viajar desde Málaga a Madrid para cerrar el trato y, sólo cuando estaba en el aire camino de Barajas, informar de quién era el buscado criminal a las autoridades españolas. Y es que Al-Kassar, sin ir más lejos, llamó a José Villarejo, su contacto dentro de la inteligencia antiterrorista (así, como suena) para preguntarle si lo de Madrid era una trampa. Villarejo, por suerte, no sabía nada.
Cuando todo esto se descubrió, los miembros de las Fuerzas de Seguridad con los que Al-Kassar tenía relación afirmaron que colaboraba con la inteligencia española en misiones internaciones secretas. Cada cual, que piense lo que quiera. A mí me parece una historia fascinante.
Barack me robó el periódico
El gabinete de prensa de la Casa Blanca nunca había tenido que preocuparse en exceso de las nuevas tecnologías: hasta la legislatura anterior, valía con tener a un pollo que supiera usar Internet Explorer y enviar e-mails para enterarse más o menos de lo que se decía del presidente de Estados Unidos por ahí.
Pero con la era Obama llegó la locura: Twitter, Facebook, Youtube ya eran una realidad, un monstruo de siete cabezas imposible de dominar. Sólo quedaba una opción: hacerse un hueco.
En alguna ocasión he hablado ya de esos psicópatas de las nuevas tecnologías que con la excusa de la web 2.0 twittean hasta desde la cola del supermercado, y comparten con nosotros cada detalle de sus vidas mediante insulsos blogs en los que los enlaces a redes sociales ocupan más que el propio cuerpo del texto. Bien, pues de esta tendencia no se iba a salvar la prensa política estadounidense de hoy: habla un artículo reciente de The New Yorker de un corresponsal que a lo largo del día publica 3 ó 5 entradas en su blog y 8 ó 10 actualizaciones de Twitter. El ritmo de la noticia en Washington dura 24 horas, y vuelve a coger carrerilla antes de que amanezca.
Vista la voracidad del nuevo periodismo, frenético e imparable, lo que la administración Obama decidió, como astutamente analiza el artículo de Ken Auletta, fue llevarles la noticia a la puerta de casa. Te abro un canal en Youtube, te modernizo la página web, contrato a un equipo de televisión: yo te lo cuento TODO. Yo soy la fuente directa; así, no se acalla a los medios de comunicación, sino que (esto suena rarísimo) se compite con ellos: ¿Quién hubiera podido pensar hace 30 años que el gobierno publicara un periódico propio? Ahora no sólo hace eso: tiene además un canal de televisión y, todo, con difusión mundial.
Los medios tradicionales, mientras, están contra la pared: los tipos de los puros reclaman a los atribulados reporteros en mangas de camisa y con el lápiz sobre la oreja historias, historias, historias, y a éstos no les queda más remedio que tirar de Blackberry y procurar esquivar las faltas de ortografía; el periodismo no tiene más remedio que hacerse con un nicho ideológico y afianzarlo, a costa de cortar cabezas, y el análisis se va doblegando ante el hambre de sencillez poco a poco.
La inmediatez ha permitido a un gobierno circunvalar a una prensa de dudosa moralidad y levantar, en tan sólo unos meses, un debate sobre la ética periodística y comunicativa que empieza a proyectar una sombra ligeramente siniestra sobre el idolotrado Obama, que ha dejado de molar algo de lo que molaba (pero sigue siendo guay).
Aquí esto no pasa, y dudo que llegue a ocurrir. Como siempre digo, mientras que en un sótano de Washington un think tank mide cada uno de los términos que aparecerá en un discurso, aquí montamos un ministerio. Pero el poder, más que nunca, está en nuestras manos: ellos saben cómo funciona; nosotros, no.
Es tonificante vivir en un país que sigue creyendo que es más eficaz regalar bolis y globos en los mítines que esto:
Siempre quise ir a Hollywood
Acaban de salir, hace un rato, las nominaciones a los Oscar 2010.
Bueno, cada año suelo oír a alguien que era oscarófilo afirmar que “no pienso volver a pasarme la noche en vela buscando canales de Azerbaiyán para ver esa gala de mierda.” Todo es culpa de que está comprado, amañanado; de que no hay nada más fácil que una quiniela de los Oscar con unas posibilidades de éxito enormes.
En la página web oficial, Oscar.com, no es difícil percibir ese aroma tan genuinamente yanqui que tanto repatea a los desertores de las madrugadas de algún domingo de febrero: el diseño blanco y sencillo, el vídeo de Steve Martin y Alec Baldwin pasándolo TAN bien que dan hasta un poco de repelús, el rollo de la ilusión y la magia del cine, etc.
Todos esos elementos de neón primero, de tecnología 3D luego, y de humanismo a la americana ahora son los que han ido deslumbrando, desde Hollywood, al resto del mundo desde que existe: el lujo de los primeros tiempos; la tecnología y los medios al alcance de nadie más luego; los guiones desgarradores y películas selectamente buenas ahora (y luego está Avatar).
Ahí están las nominaciones, ya salen: Sandra Bullock marcando un antes y un después en su carrera, Guy Ritchie con mejor dirección de arte, orgía 3D, orgía Tarantino y un montón de películas que aún no hemos tenido ocasión de ver, pero que probablemente en su mayoría serán peores que pegarle a un padre.
Vale. ¿Y? Tenemos lo de siempre, tenemos lo que queríamos: pan, circo, Coca Cola y un cubo de alitas de pollo con el que pringarnos los dedos mientras que encontramos, un año más, alguna tele por internet en la que enterarnos de algo. Y que se nos vayan cerrando los ojos a medida que se acerca la hora de madrugar, y ver que, en cuanto nos metemos en la cama, un par de ventanas más se quedan sin luz: una logia silenciosa de cinéfilos a la vieja usanza.
Que la industria de Hollywood es eso, una industria, no es ningún secreto; que la mitad de lo que ocurre es de cartón piedra bien instalado por algún equipo de arte, tampoco; que son capaces de campañas milagrosas para que veamos bazofias (¡Pero es que son tan divertidas!); que son americanos hasta para darle a la claqueta.
Para todo lo demás, los festivales al sol europeo o al gélido frío independiente. ¡Palomitas, a mí!
El texto tras el autor
Más de uno y más de dos se preguntaron ayer: «Pero ¿no se había muerto ya?» Pues no: Jerome David Salinger llevaba 36 años sin conceder una entrevista, metido en su casa de Cornish (New Hampshire) supuestamente escribiendo para sí y espantando a escobazos todo lo que oliera a mundo exterior, a fama, o a reconocimiento: a finales de los 80, por ejemplo, amenazó a un biógrafo tenaz con demandarle por plagio si se atrevía a publicar un libro basado en textos del propio Salinger (es decir, cartas personales…).
La (no) historia personal de la figura ¾dos fotos, dos, ilustran todos los obituarios¾ tras la (escueta) obra es, probablemente, lo que ha contribuido a coronar con el aura de misterio una escritura más que valiosa por sí misma: en Estados Unidos, desde que en los años 60 un profesor valiente se atreviera a meter ‘El guardián entre el centeno’ en las aulas, se ha convertido en un imprescindible de la cultura de aquel país.
Salinger ayudó a forjar una estirpe de escritores que aún nos resulta algo lejana en España: alérgicos a la novela de 600 páginas, currantes y amantes del relato, del arte de comprimir en un puñado de páginas todo lo fundamental junto con algo de aderezo.
Esta tendencia, y su amistad personal con el igualmente esquivo editor de The New Yorker William Shawn («protector de los no prolíficos», cita The New York Times en el obituario del escritor) le hicieron establecerse en la revista y publicar en ella casi toda su producción, trabajando en la ficticia familia Glass desde el primer relato hasta el último, abandonándola en contadas ocasiones (una de ellas, El guardián entre el centeno, justamente).
Esto nos conduce al otro gran rasgo de su escritura: ¿Qué pasa en las historias? Nada. Sí, puede morirse este, puede nacer aquel, pueden mudarse; pero lo importante no es el qué, sino el cómo (esto no es nuevo) y el dónde y el quién (esto sí). El trabajo de Salinger sobre el lenguaje y sobre la caracterización de los personajes son lo que deja ese regusto único al leerle: crea a alguien tangible, verosímil hasta sentárnoslo al lado y luego le insufla ficción hasta bordear el precipicio del ridículo o de la alucinación: John Updike, por ejemplo, admirador en su día, se apeó del «salinguerismo» por Franny y Zooey, dos de sus últimos relatos, por considerarlos excesivos.
Curiosamente, en nuestro país muchos le consideran un autor sobrevalorado, pero esto no se debe más que a la traducción de El guardián entre el centeno de la que «gozamos»: por ejemplo, Holden Caulfield pasa todo el libro administrando el adjetivo «phony» a discreción. En español no sólo nos quedamos sin una traducción, sino que no se repite en toda la novela. ¿Sacrificio necesario? Mejor apuntarse a una academia de inglés, por si acaso.
Salinger deja tras de sí un legado literario que va atravesando (y atravesará), con las décadas, los niveles de lectura clásicos para instalarse en esa balda de la estantería a la que acudimos en busca del grato recuerdo de un libro pasado y disfrutado, de un relato rápido y directo, de una forma de escribir distinta y fresca. Descanse, Salinger. Si le dejan.