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Entradas que hablan sobre «Españoles»

  1. Carnaza

    Lo escribí el Sábado 21 de noviembre de 2009

    logoculturasNo hay como levantarse de buena mañana y hacer un repaso a un puñado de periódicos y blogs para quedarse tranquilo una semana más: el mundo sigue su curso. Así es, en esta esquina de la Red de redes nosequién lanza su pulla personal contra la discográfica/editorial de turno porque no puede pagar el alquiler con su arte; Ramoncín dice «Blah» en un comunicado y le destruyen en la ristra de comentarios que acompañan a la noticia; por allá asoma la enésima diatriba contra González Sinde con lo mejor de un cabreo ilustrado: resulta que la cultura se ha convertido en «campo de fuerzas profundamente estratégico donde se libra la batalla global, donde se confrontan, encuentran y resitúan intereses, valores y significados».

    Y es que el café, con un poquito de bilis, entra mejor. Anoche estaba tan tranquilo leyendo en el sillón, viendo la última de Clint Eastwood o escuchando alguna novedad musical y notaba que algo me faltaba, que la velada se encarrilaba al fracaso: ponerme un ‘reality’ y ver a dos gemelos darse puñetazos, a una tertuliana con boca de estropajo y lengua viperina descuartizar a José Amedo (!), focos resplandecientes, sudor, sangre y lágrimas, espectáculo en estado puro.

    Es la diferencia entre la cultura de suplemento y la de toda la vida: aquellos se aferran al DRAE y a su afilada pluma mientras que los segundos (¡gracias!) han aprendido el glorioso camino de la metadestrucción, esto es, de sacar chicha de la propia inmolación de su cultura. ¿Qué tienen que hacer los llorones, ristomejides y editorialistas jurásicos frente a un montador de Telecinco bien forrado de féminas, injurias y paternidades dudosas? Hermánense de una vez y epátennos con lo mejor de este país: ¿Sara Montiel con Alaska? Esto no ha hecho más que empezar…


  2. El horror no mira a los ojos

    Lo escribí el Sábado 14 de noviembre de 2009

    Pasadas las 12, se abrió la puerta al fondo del pasillo y una enjuta figura de metro setenta lo atravesó a toda prisa, escoltado por dos policías nacionales que le sentaron a apenas dos metros de mí. Iba cubierto con una braga y un gorro, fuera de la sala tan solo le espetaron un «¡Eres mierda!» que nos subió un par de palmos tráquea arriba el nudo que ya arrastrábamos quienes sabíamos para qué estábamos allí.

    —Por favor, tome asiento. Sabe que tiene derecho a no testificar en su contra; tiene derecho a responder a todas, alguna o ninguna de las preguntas que se le formulen.

    —Sí, señoría —repuso la figura con la voz temblando—. No voy a responder a ninguna pregunta, no quiero declarar porque estoy muy nervioso y no quiero.

    No es habitual que estos juicios sean públicos: la causa es contra J.R.B.L., que el 14 de abril de 2008, como profesor de educación física, pidió a R.M.R.P. (7 años) que le acompañara al cuarto de materiales del colegio para enseñarle un «juego de percepción sensorial» (no es un vomitivo eufemismo: es el término utilizado por el acusado y su defensa a lo largo del juicio), del cual no daré más detalles.

    Comenzamos por escuchar, con el nudo en la garganta apretando ya alguna lágrima, la exploración que el psicólogo de la Guardia Civil practicó a la menor; media hora de declaración en vídeo con la pantalla vuelta de espaldas al público y el acusado agitando nerviosamente el pie contra el parqué, tras negarse a contemplar las imágenes.

    El horror no mira a los ojos. No miró ni a los padres, ni al director del colegio, ni a los agentes que testificaron, ni a su abogado, ni al de la acusación, ni al público, ni al presidente de la sala. Miró al infinito durante las casi 6 horas de juicio, sin dejar de mover el pie. El horror no busca más que salir lo más indemne posible de su primer delito, de recibir la menor pena de cárcel posible, de librarse tras pedir a la familia uno de los perdones menos sinceros que jamás he tenido la desgracia de escuchar.

    Como decía, no quiero dar más detalles del caso, pero lo que aquí se juzgaba era, básicamente, si había existido penetración o no. De eso pende que al pollo que caiga un año de cárcel o que le caigan diez; en cualquier caso, la inhabilitación es por seis años y luego supongo que puede volver a dar clase.

    Jueces y magistrados mantenían el semblante serio durante las más de seis horas de juicio, y sólo resoplaron con el alivio del que ha terminado otro largo día en la oficina cuando sacaron al acusado de la sala, pasadas ya las siete de la tarde: ya era de noche, reinaba el silencio en la Audiencia. Los padres de la niña esperaban en el pasillo a que saliera su abogado, con alguna lágrima reseca y mirando curiosos a todos los que salíamos como público. «Mucha suerte», les dijimos uno tras otro. Apenas quince minutos antes, el abogado de la defensa había logrado sembrar la duda. «Queda visto para sentencia.»


  3. Traducir y callar

    Lo escribí el Jueves 5 de noviembre de 2009

    Estudio cuarto de carrera de la licenciatura (sí, licenciatura) de Traducción e Interpretación, el último curso. No me pondré ahora a relatar en qué ha consistido y consiste mi formación en “la segunda profesión más antigua del mundo”; baste decir que me han dado clase 5 profesores (cinco) en toda la carrera que hayan practicado la traducción profesional en algún momento de sus vidas y que los otros (más de diez, y de 20 me atrevería a decir) eran lingüistas, filólogos, o mejor, teóricos de la traducción que nunca han traducido (paradojas de la vida).

    Ocurre con frecuencia que se organiza algún debate en clase sobre esas marcianadas que tanto nos gustan: la invisibilidad del traductor (¿hasta qué punto se tiene que notar que estamos ante una traducción?), cómo hay que afrontar la traducción de determinado tipo de texto (¿leerlo previamente o no? ¿usar software de apoyo o hacerlo a pelo?), y mi preferido: euros.

    La obsesión que ha desarrollado cierta gente en esta carrera —fomentada, en ocasiones, por conferenciantes con problemas para pagar las facturas— por los euros y la situación laboral del traductor les ha convertido en aguerridos sindicalistas de cuchillo entre los dientes antes incluso de asomarse de lejos a lo que es el mercado: escuchar hablar a veteranos del mundillo que han tenido que luchar por leyes que reconozcan nuestro estatus les envalentona y llena el espíritu de ganas de venganza contra el empresario maligno.

    Entretanto, se van nutriendo, en su burbuja de instituto —”¡Mierda, este 5,2 me baja la media!”—, de lo que los lingüistas insertan en sus cerebritos: un mundo idílico en el que se traduce un párrafo por hora, en el que cada recoveco del texto se puede y debe explorar, en el que la traducción es una actividad científica, compleja, para la que hacen falta un método y sabiduría teóricas que, por supuesto, nunca adquiriremos (e ignorantes moriremos).

    Con este unvierso cocinado en los pasillos, despachos y congresos de facultades mal iluminadas rondándome, estaba hace unas semanas en casa cuando sonó el teléfono: “Alejandro, soy X. Tengo una traducción para ti; cambio climtáico; 70 páginas; fatal escrito; te lo mando.”

    Otra vez la adrenalina, otra vez noches sin dormir, otra vez correr, volar, pasar páginas del diccionario, comer delante del ordenador. Otra vez curro del que nos motiva  a los que nos gusta el tipo de trabajo que en algún momento te lleva a preguntarte: “¿En qué hora…?” Otra vez traducir el doble de lo recomendable en un día, otra vez sonreírse al pensar en el libro acabado. Otra vez, la satisfacción que pocos entienden o quieren entender: otra vez, traducir y callar.


  4. El dardo en la palabra

    Lo escribí el Martes 1 de septiembre de 2009

    El dardo en la palabraEl dardo en la palabra

    Fernando Lázaro Carreter

    Madrid, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores

    1998 (recopilación de artículos desde 1975 a 1996)

    Tengo que advertir que probablemente ésta sea una de las reseñas más complicadas de todas las que he hecho en este blog. ¿Por qué? En primer lugar, por la magnitud de la obra; en segundo lugar, por la cuestión tratada y el enfoque elegido.

    Estas crónicas, como artículos periodísticos que son, dan cuenta de una realidad tan cambiante como es la lengua española a lo largo, además, de 21 años en los que este país se transformó intensamente. Lázaro Carreter vigila en cada texto los malos usos, investiga su origen, los critica, censura o simplemente ironiza al respecto: no cejó en su empeño de ser escuchado y de tratar de hacer algo por el español, no se limitó a relatar realidades. Él de verdad creía en sus posibilidades para fomentar un debate en torno a esta complicadísima cuestión que es cómo nos expresamos.

    No en todos los casos triunfó (el libro está trufado de notas al pie indicando voces que entraron en el Diccionario en 1992 y que a Lázaro le resultan abominables), y no abundan los artículos en los que se congratula por un éxito a la hora de enmendar un mal uso. Puede que en ocasiones peque de cierto purismo, y se puede estar más o menos de acuerdo con lo que expone; ahora bien, no da un solo paso en falso, no deja de justificar por qué algo está mal dicho ni de proponer una alternativa. Así es como descubrimos el proceso que lleva al hablante a elegir qué español es el suyo y cómo usarlo, y se empieza a despertar, con sabias reprimendas, la conciencia lingüística del lector.


  5. Todo recto

    Lo escribí el Miércoles 26 de agosto de 2009

    Es conocida la dificultad de un enorme número de gijoneses para levantar la mirada de las estilosas aceras de nuestra ciudad; lo cual, unido a la supersónica velocidad a la que caminan, con las manos en la espalda, les convierte en auténticas apisonadoras.

    En las estrechas calles del centro, resulta casi más seguro pasear por el centro de la calzada que transitar por ese sanfermín humano que organizan los viandantes a media tarde; pero lo preocupante es que en el mismísimo Muro, con su anchura de autovía de dieciséis carriles, se corre riesgo de atropello.

    En esto que andaba yo pegado a la barandilla blanca, disfrutando del sol y del mar cuando, como si acabase de meterme en una justa medieval improvisada, vi acercarse en mi misma dirección a un cuasi vigoréxico y decididamente moreno gijonés bien entrado en años, con los consabidos pantalones cortos y la camiseta en la mano, concentrado, por supuesto, en la calidad del cemento que recubre el paseo.

    Decidí no apartarme, aunque sólo fuera por averiguar si el problema era de miopía, de orgullo o de convicción; el tipo, consciente ya del choque, frunció el ceño y apretó el paso cuando sólo nos quedaban un par de metros.

    Y no, no frenó: embistió y, ya de paso, me lanzó en la trayectoria de un carrito con su bebé kamikaze. Tonterías, las justas. Advertidos quedan.