Llevo varios días dándole vueltas a un artículo sobre una noticia, aparecida en el diario Público, titulada «La ministra británica de Salud pide llamar “gordos” a los obesos». Qué tema espinoso: trataré de no herir sensibilidades.
Pulsando impresiones, he recalado en la web de la Asociación Española para la Aceptación de la Obesidad (ellos lo escriben así, con mayúsculas), que, ironías de la vida, se llama gordos.org. Sólo quería mencionarla, porque uno podría pasarse horas navegando por esta organización casi equiparable a la de fans del cubo de Rubik.
Volviendo a la ministra: opina que con este cambio terminológico, las personas con sobrepeso se sentirán culpables y adelgazarán más rápido (o al menos así lo relata Público). Como razonamiento deja bastante que desear, pero esconde el mismo proteccionismo grimoso que rezumaba aquel intento por prohibirnos el Burger King.
El problema de los gordos, obesos, gente con sobrepeso u orondos es el de siempre: lo políticamente correcto enfrentado a una realidad social, añadiéndole el factor patológico. Nadie podrá decirle nada a quien padezca una enfermedad que le condene a una vida de curvas e inseguridades; pero a mí, personalmente, el gordo por deporte me da bastante reparo. Si has elegido comer como un animal, enchufarte tres bocadillos de chorizo en un trayecto Asturias-Madrid, cinco cervezas y dos cocacolas ¿por qué tengo que ceder los preciosos centímetros que arrebatas a mi asiento?
Y alguien dirá que si el otro obeso, el patológico, no me molesta. Sí, claro, igual que –quien no quiera, que no lo reconozca– alguien con un problema de salud mental que se pasa el mismo viaje gritando. Pero como enfermedades tenemos todos, uno se aguanta y se calla –o lo intenta, o se va a otro vagón–.
Hablando de esto el otro día con un amigo que defiende las curvas –y eso, sorprendentemente, le ha costado más de una crítica feroz– llegamos a la conclusión (novedosa) de que todo radica en hasta qué punto se nos ha ido la cabeza. Como bien indican en gordos.org, el problema no es tanto el volumen como la autoestima, la seguridad. Vivimos en una sociedad (tranquilos, trataré de esquivar el tópico) que no ve con buenos ojos determinados físicos; pero como la sociedad no es La Sociedad, S.A., esquivar aquello que nos acompleja, o incluso afrontarlo es mucho más fácil de lo que pretenden hacernos creer.
Se montó una buena con aquella compañía aérea que pretendía cobrar dos asientos a quienes ocuparan demasiado espacio, y hubo quien se quejó. Bueno, es comprensible, pero yo en los aviones sigo procurando coger pasillo para encajar más a gusto mi metro ochenta generoso.
Lo llevan repitiendo unos cuantos siglos: no somos todos iguales, y pretenderlo es absurdo; no es fácil haber nacido de esta o de aquella manera; lo único por lo que podemos pelear, no obstante, es por establecer un sistema de convivencia aceptable y digno para todos pero que, al mismo tiempo, establezca unos límites razonables a la libertad individual y a la colectiva: déjame fumar, maldito; déjame engordar, maldito; déjame decir tacos, maldito; pero evita que con ello moleste a los demás. No puedes hacer más, y si lo intentas, fracasarás.