Empecé a escribir estas líneas desde una Huesca primaveral. Huesca, por cierto, no es nada grande, tiene poco más de 50.000 habitantes. Y una catedral.
Pero ayer Huesca era trending topic en Twitter, y lo era ni más ni menos que por el motivo que me había llevado allí: el XII Congreso de Periodismo Digital (de Huesca).
En el auditorio hervían ordenadores, iPads y móviles: las redes sociales reventaban ayer y anteayer de puro entrecomillado deliciosamente relleno de vacuidad. Por supuesto que algún esbozo de proyecto de idea hemos sacado, pero en general, uno tiene la sensación de que lo que más vale la pena son los contactos que pueden llegar a hacerse y, qué carajo, la comida. Dejaré de lado los episodios «Lo que pasa en Huesca se queda en Huesca» para evitar el sonrojo de algún congresista.
Es lo primero que me dijeron al acreditarme, que si me quedaba cenar. Y me dieron un vale que gasté gustoso, para volver después al Edén, afrodisíaco pub local en el que lo más granado del congreso ya se puso tibio la primera noche a base de copas y futbolín.
Porque hemos tenido a ponentes más repetitivos (pero por desgracia no tan sabrosos) que las judías que cenamos el primer día; hemos tenido a ponentes más populistas (pero que no achispaban el corazón) que el vinazo de segunda con el que regamos el bacalao al horno del segundo día; y hemos tenido a ponentes más abstrusos (pero no tan tonificantes) que la presunta ensalada de cogollos, gambas, huevo duro y anchoas de la última comida.
Lo más reseñable y entrañable, sin duda, fue el anuncio del alcalde Luis Felipe de que la ciudad va a dedicarle una rotonda a Forges (porque «no hay nada más democrático que una rotonda»). Eso, y algunas charlas al fresco de la noche oscense mientras fumábamos, o las carreras por el histórico hostal Rugaca, o incluso escuchar a gente a la que conocemos y respetamos soltarse la lengua (y la melena) para dejarnos boquiabiertos.
Pero por lo demás, el famoso Congreso de Periodismo parecía una broma de mal gusto. Una excusa que sorprendió, como bien decía alguien, a lo más granado de la profesión hablando sobre sí misma mientras que, al otro lado del mundo, se desencadenaba el cuarto mayor terremoto de la historia. No, aquí lo importante eran los 5.000 tweets por segundo, lanzar el discurso de turno con la accesoria soflama contra alguien o algo. Ya está ahí para contarlo y quedarse anonadado el respetable, integrado en su inmensa mayoría por estudiantes.
Nos llevamos grandes recuerdos y, claro, algún destello fugaz de inteligencia, un mordisco de información enterrado entre el puro trámite: nos llevamos la permanente sensación de perplejidad ante un sector que no sabe ni lo que hace ni cómo hacerlo mejor y, en los momentos cumbre, un par de experiencias enriquecedoras de gente que sí sabe lo que pretende conseguir en esta selva de mediocridad y estrechez de miras.
Me he tragado algunos congresos sobre Traducción y, si bien los vórtices de endogamia y onanismo puro y duro son frecuentes en esta clase de reuniones, en el caso del Periodismo la capacidad para hablar de todo menos de eso, de un oficio y de un arte, llegan a cotas alucinantes.
Por lo demás, la pata de cordero correcta y abundante. Solo un consejo para el año que viene: pongan gaseosa al lado del vino.
